El método que inventó la antropología de campo y los cinco estudios que lo fundaron, con los tres capítulos que la disciplina preferiría no tener.
13 capítulos · 13,486 palabras · 68 min
· cada capítulo es un artículo de la enciclopedia
Hasta 1898 la antropología se hacía en despachos, con informes de misioneros y funcionarios. La expedición al Estrecho de Torres puso a siete investigadores de Cambridge a trabajar en las islas, y veinticinco años después Malinowski había convertido aquello en un método con reglas: vivir dentro el tiempo suficiente para entender lo que los miembros de un grupo dan por supuesto y no se dicen entre ellos.
Los cinco casos clásicos están aquí porque cada uno resolvió un problema que parecía irresoluble. El kula demostró que un intercambio sin utilidad aparente organiza la política de un archipiélago. El potlatch, que destruir riqueza puede ser una forma de acumular rango. Evans-Pritchard sacó la brujería azande del cajón de las supersticiones y la convirtió en un problema de teoría del conocimiento, y con los nuer explicó cómo mantiene el orden una población sin jefes ni tribunales. La descripción densa de Geertz es la formulación que aún se enseña.
Los tres últimos capítulos son la otra mitad de la historia, y van al final porque solo se entienden con el método ya visto: la craniometría, los zoos humanos, que entre 1810 y 1940 exhibieron a más de treinta mil personas ante un público de cerca de mil millones, y el caso de Ishi, que vivió sus cinco últimos años en un museo como informante y atracción dominical. Trece capítulos y algo más de una hora, el segundo más largo del sitio.
La etnografía es a la vez un método y un género. Como método consiste en describir el modo de vida de un grupo humano —en su vertiente material (útiles, ropas, viviendas, técnicas) y en la inmaterial (parentesco, relatos, canciones, normas, creencias)— conviviendo con él el tiempo suficiente para entender lo que sus miembros dan por supuesto. Como género es el texto que resulta de ese trabajo: la monografía etnográfica, que sigue siendo la unidad de publicación característica de la antropología.
La norma profesional la fijó Bronisław Malinowski en la introducción de Argonauts of the Western Pacific (1922) y apenas ha cambiado. Sus exigencias son cuatro: vivir en la comunidad y no en la casa del misionero o del administrador; aprender la lengua y trabajar sin intérprete; permanecer un ciclo anual completo, porque una sociedad agrícola o ganadera no es la misma en cada estación; y registrar lo cotidiano y no solo lo excepcional, lo que él llamó los imponderables de la vida real. El instrumento que hace posible todo eso es la observación participante: el investigador toma parte en la vida que estudia y anota lo que ve. Su producto inmediato es el cuaderno de campo, y a su alrededor se ordenan las técnicas auxiliares, desde la entrevista en profundidad hasta los censos de casas y de ganado, las genealogías, los mapas, la fotografía y el registro sonoro. Las dos versiones del origen del método están en El kula, la inmersión larga de un investigador solo, y en La expedición del Estrecho de Torres, la expedición multidisciplinar que la precedió por veinte años.
Un texto etnográfico no es un espejo, y la disciplina tardó medio siglo en decirlo en voz alta. La publicación en 1967 del diario privado de Malinowski —lleno de aburrimiento, desprecio por sus informantes y ganas de marcharse— abrió la sospecha de que la serenidad del autor omnisciente era una convención literaria y no un logro epistemológico. El volumen colectivo Writing Culture (1986) convirtió esa sospecha en programa: la etnografía se escribe desde algún sitio, con recursos retóricos identificables, y ocultarlo no la vuelve más objetiva. De ahí proceden la reflexividad como requisito de método y la descripción densa de Clifford Geertz como respuesta: si lo que se interpreta son significados, el criterio de calidad no es la neutralidad del observador sino la finura de la interpretación.
El método ha salido además de su marco original por tres vías. George Marcus propuso en 1995 la etnografía multisituada, que sigue al objeto —una mercancía, una metáfora, un conflicto, una persona— por los lugares que atraviesa en lugar de fijar el estudio en una aldea, y es hoy la forma habitual de investigar migraciones, cadenas de suministro o instituciones internacionales. La etnografía digital aplica el mismo procedimiento a foros, plataformas, videojuegos y grupos de mensajería, con dos problemas propios: qué significa estar presente y cómo se pide consentimiento en un espacio que no es del todo público ni del todo privado. Y la etnografía aplicada es la que empresas, hospitales y administraciones contratan para entender a usuarios y pacientes: funciona, pero comprime meses en semanas y responde a quien paga, lo que condiciona qué preguntas llegan a formularse. Fuera de la antropología, la sociología urbana la adoptó muy pronto; ver La Escuela de Chicago.
Queda la ética, que en este método no es un trámite añadido. El material etnográfico son personas identificables que hablan en confianza, y las obligaciones mínimas —consentimiento informado, seudónimos, control de lo que puede publicarse sin perjudicar a nadie, devolución de los resultados a la comunidad estudiada— han sido históricamente la única defensa frente al uso que administraciones coloniales, servicios de inteligencia y ejércitos han hecho de este tipo de conocimiento.
La expedición del Estrecho de Torres fue la misión científica que en 1898 llevó a siete investigadores de Cambridge a las islas situadas entre Australia y Nueva Guinea, y que la historiografía de la antropología reconoce como el punto en que la disciplina dejó de ser un trabajo de gabinete. La organizó Alfred Cort Haddon, un zoólogo reconvertido en etnólogo que ya había visitado el estrecho en 1888 para estudiar corales y había vuelto convencido de que allí quedaba más ciencia social que biología. Con él viajaron el fisiólogo W. H. R. Rivers, el médico Charles G. Seligman, el maestro y lingüista autodidacta Sidney Ray, el estudiante Anthony Wilkin y, algo después, los psicólogos William McDougall y Charles S. Myers. Entre abril de 1898 y la primavera de 1899 pasaron unos siete meses en el archipiélago, con base en la isla de Mer.
El objetivo declarado era medir. La expedición llevaba el instrumental de un laboratorio de psicología experimental —aparatos para umbrales de visión, audición y discriminación de pesos, un fonógrafo, una cámara cinematográfica— y pretendía comprobar sobre el terreno si las capacidades sensoriales y mentales de los pueblos que la ciencia de la época llamaba primitivos diferían de las europeas. Los resultados, publicados en los seis volúmenes de los Reports entre 1901 y 1935, no encontraron las diferencias radicales que el programa esperaba: la agudeza visual de los isleños, por ejemplo, era comparable a la europea y su supuesta superioridad natural era efecto del entrenamiento en su medio. El dato era inconveniente para el racismo científico de la época, y la expedición lo dejó constatado sin hacer de ello un titular.
Fig. 1Los miembros de la expedición en Mer, 1898: de pie, Rivers, Seligman, Ray y Wilkin; sentado, Haddon. La foto ordena al grupo como un equipo de laboratorio desplazado al terreno, que es exactamente lo que era: ninguno era etnógrafo de profesión, porque la profesión aún no existía.Expedición de Cambridge al Estrecho de Torres · 1898 · Dominio público · Wikimedia Commons
De la estancia salieron tres legados duraderos. El primero es técnico: Haddon filmó en septiembre de 1898 unos cuatro minutos de danzas y de la producción de fuego por fricción, considerados las primeras imágenes en movimiento tomadas con fines antropológicos, y registró en cilindros de fonógrafo cantos y habla que hoy son un archivo insustituible. El segundo es metodológico: Rivers, intentando reconstruir relaciones de parentesco a partir de entrevistas, elaboró el método genealógico, un procedimiento sistemático para registrar filiaciones, matrimonios y herencias que se convirtió en la herramienta básica de los estudios de parentesco durante medio siglo. El tercero es institucional: la colección de objetos que trajeron fundó el fondo etnográfico del museo de Cambridge, y la expedición demostró que una universidad podía organizar y financiar trabajo de campo, lo que abrió la puerta a las misiones posteriores.
Conviene, sin embargo, corregir la imagen heroica. Los expedicionarios no vivieron años entre los isleños: la estancia más larga de Haddon en Mer fue de unos tres meses, el trabajo se hizo desde la casa de la misión y en lengua de contacto, y los informantes clave —como Pasi o Debe Wali— eran hombres ya integrados en la administración colonial y en la iglesia. Mer llevaba casi tres décadas evangelizada por la London Missionary Society: la gran ceremonia del culto de Malu-Bomai que Haddon quería documentar había sido prohibida por los misioneros, de modo que los materiales rituales que la expedición fotografió y filmó eran en buena parte reconstrucciones encargadas por la propia expedición, piezas hechas a petición de los visitantes para representar lo que ya no se practicaba. La etnografía nació, desde su primer día, registrando un pasado parcialmente fabricado para ser registrado.
Fig. 2La casa consistorial de Mer en 1898, sede del gobierno insular bajo la administración de Queensland. La expedición no llegó a un mundo intacto: llegó a una isla con veintisiete años de misión, escuela, ley colonial y tribunal propio, y lo que describió fue esa sociedad transformada, no un resto prístino del pasado.Departamento de Tierras de Queensland · 1898 · Dominio público · Wikimedia Commons
Esto conecta con la objeción más seria que se ha hecho al conjunto: la de la etnografía de salvamento. El proyecto se justificaba con la idea de que las culturas del estrecho iban a desaparecer y había que registrarlas antes de que lo hicieran, y esa premisa convertía a los isleños en restos de una etapa ya superada de la humanidad, es decir, en especímenes. La colección incluyó restos humanos, cuya restitución siguen pidiendo las comunidades meriam. Y hay una segunda objeción, historiográfica: cuando Malinowski publicó Argonauts en 1922 presentó su estancia en las Trobriand como la invención del trabajo de campo prolongado, y la historia de la disciplina le creyó durante décadas. Los expedicionarios de 1898 —que habían hecho campo, aprendido lo esencial del método y publicado antes— quedaron borrados del relato fundacional. La revisión posterior, con trabajos como los de Stocking o el volumen centenario de Herle y Rouse, ha repuesto a Torres en su lugar: no como el nacimiento puro de la observación participante, que fue más bien una jubilación gradual del gabinete, sino como el momento en que la antropología aceptó que sus datos había que ir a buscarlos, con todas las medias verdades que ese viaje implicaba.
La trayectoria posterior de los expedicionarios da la medida de lo abierto que quedó todo: Seligman fundó la etnografía africana británica desde la London School of Economics, Rivers derivó hacia la antropología del parentesco y después, durante la Gran Guerra, hacia la psiquiatría de los traumas de combate en Craiglockhart, donde trató a Siegfried Sassoon y a Wilfred Owen, y Ray fijó el primer estudio serio de las lenguas del estrecho. El destino de los resultados fue más accidentado: los seis volúmenes de los Reports tardaron treinta y siete años en completarse —el primero salió en 1901, el último en 1935, con Haddon ya retirado—, y para cuando el aparato documental estuvo cerrado la disciplina había cambiado de preguntas dos veces. Rivers, que en Torres había inventado el método genealógico para reconstruir historia social sin documentos, derivó en su History of Melanesian Society (1914) hacia un difusionismo de grandes migraciones que hoy se lee como la dirección equivocada: las genealogías servían mejor para estudiar cómo funciona un parentesco vivo que para adivinar prehistorias.
El regreso a Torres ha sido una de las pruebas de madurez de la disciplina. En el centenario de 1998, el volumen editado por Herle y Rouse reunió a historiadores con descendientes de los isleños que habían informado a la expedición, y los materiales de 1898 —las fotos, los cilindros de fonógrafo, los objetos de Cambridge— pasaron de archivo colonial a memoria local: las comunidades meriam los usan hoy para recuperar nombres de antepasados, cantos y técnicas. La expedición no produjo una teoría, y esa es quizá su aportación más honda: sustituyó la pregunta de gabinete —a qué estadio de la evolución pertenece este pueblo— por la pregunta de campo, que es la de qué hace y qué dice esta gente concreta, y esa sustitución es la que la antropología no ha dejado de hacer desde entonces.
Fig. 3W. H. R. Rivers, retratado por el estudio Maull. De las entrevistas de parentesco que practicó en Mer salió el método genealógico; de su consulta de Craiglockhart salió, años después, el tratamiento de las neurosis de guerra de Siegfried Sassoon y Wilfred Owen. La misma persona hilando ambas cosas es un buen resumen de lo indisciplinada que era aún la disciplina.Henry Maull · 1914 · Dominio público · Wikimedia Commons
El kula es un sistema de intercambio ceremonial que circula entre las comunidades insulares del archipiélago Massim, al este de Nueva Guinea, y es el objeto de estudio con el que Bronisław Malinowski fundó la etnografía moderna. Lo describió en Argonauts of the Western Pacific (1922), a partir de un trabajo de campo de más de dos años en las islas Trobriand entre 1915 y 1918, y su descripción tiene una propiedad rara: sigue siendo el punto de partida obligatorio un siglo después, tanto para quienes la desarrollan como para quienes la corrigen.
El sistema funciona así. Dos clases de objetos circulan por un anillo de una veintena de comunidades separadas por decenas o cientos de kilómetros de mar abierto: los mwali, brazaletes tallados en concha de cono, y los soulava, collares de discos de concha roja de espóndilo. Los brazaletes viajan en un sentido del anillo y los collares en el contrario, de manera que cada participante recibe collares por un lado y brazaletes por el otro, y los entrega en la dirección opuesta. Un objeto kula no se conserva: retenerlo demasiado tiempo es una falta grave, y su poseedor lo es siempre de forma transitoria. No se usa —los brazaletes más valiosos son demasiado pequeños para llevarse—, no se consume y no se convierte en nada. Su valor está enteramente en su historia: las piezas de renombre tienen nombre propio y una genealogía conocida de portadores anteriores, y quien las ha tenido en las manos hereda un fragmento de ese prestigio.
Fig. 1Lámina XXXVI de Argonauts of the Western Pacific: una escena del wasi, el intercambio ceremonial de vegetales por pescado en el poblado de Oburaku. La distinción importa: el wasi y el kula son ceremoniales y obligan; el gimwali, el trueque corriente, admite regateo y no obliga a nada. Sugerir a un socio de kula que se está haciendo gimwali es un insulto.Bronisław Malinowski, «Argonauts of the Western Pacific», lám. XXXVI · 1922 · Dominio público · Wikimedia Commons
La distinción que Malinowski subrayó y que sigue siendo su hallazgo más citado es la que separa el kula del gimwali, el trueque ordinario. En el trueque se regatea, se busca ventaja, se cierra la operación y se queda en paz; en el kula está prohibido regatear, no se pide nada a cambio en el momento, la contraprestación llega meses o años después y su cuantía se decide por el honor del socio. Los dos sistemas coexisten en la misma expedición: mientras los jefes intercambian brazaletes y collares con solemnidad, sus acompañantes cambian cerdos, cerámica, obsidiana y alimentos en el mercado que se monta al lado. Los participantes no confunden los dos registros y se ofenden si un extraño los confunde. De ahí la primera conclusión teórica del libro: en esa sociedad no hay una esfera económica única gobernada por el interés, hay esferas de intercambio con reglas distintas, y una operación legítima en una es un agravio en la otra.
Las relaciones de kula son individuales, vitalicias y hereditarias: cada hombre tiene un número limitado de socios, unos hacia el sentido de los brazaletes y otros hacia el de los collares, y la relación se mantiene durante toda la vida. Ese es el aspecto que la lectura económica suele pasar por alto y que probablemente explica la existencia del sistema. Un anillo de socios permanentes convierte un mar peligroso y unas islas mutuamente extrañas en una red de hospitalidad garantizada: un navegante que llega a una playa ajena no llega como forastero sino como socio esperado, y eso hace posible la navegación de altura, el comercio incidental de bienes que no se producen en todas las islas, la circulación de noticias, de magia y de personas. El kula no es un intercambio con función económica encubierta; es una institución política y diplomática que hace posible una economía.
Fig. 2Lámina XXXII: el granero de ñames de un jefe en Kasana’i, con los tubérculos dispuestos en los huecos entre los troncos para que se vean desde fuera y guirnaldas de cocos rodeando el hastial. El granero es un balance publicado: exhibe la cosecha que el linaje ha recibido de sus parientes por matrimonio, y su función es que la comunidad pueda leerla. Buena parte de lo que se almacena así se pudrirá sin comerse.Bronisław Malinowski, «Argonauts of the Western Pacific», lám. XXXII · 1922 · Dominio público · Wikimedia Commons
En torno al kula se organiza además una enorme cantidad de trabajo que la contabilidad no explica. La construcción de la canoa de altura, con su casco monóxilo, su balancín y sus tablas de proa talladas, moviliza a un linaje entero durante meses y va acompañada de fórmulas mágicas cuya propiedad es hereditaria; la expedición se prepara con ritos, ayunos y encantamientos destinados a hacer al viajero irresistible para su socio, es decir a persuadirlo de entregar la pieza mejor. Malinowski dedicó capítulos enteros a esa magia y sacó de ellos una tesis que hoy se enseña en cualquier introducción: la magia no es un sustituto defectuoso de la técnica, porque conviven perfectamente —el trobriandés sabe achicar la canoa y calafatearla— sino que aparece justamente donde la técnica no alcanza, en el margen de riesgo que no se puede controlar. El horticultor hace magia para el ñame y no para el manejo del hacha.
La importancia del libro va más allá de su objeto, porque en él Malinowski formuló el programa de la etnografía como método. Vivir en la comunidad y no en la casa del misionero, aprender la lengua, permanecer un ciclo anual completo, registrar la vida cotidiana y no solo lo excepcional, levantar cuadros sinópticos de parentesco y de propiedad, y —la frase que ha organizado la disciplina desde entonces— aspirar a captar el punto de vista del nativo, su relación con la vida, su visión de su mundo. La observación participante como norma profesional empieza aquí. Y es también aquí donde el método recibió su golpe más duro, desde dentro: la publicación en 1967 del diario privado que Malinowski llevó en el campo reveló a un etnógrafo que despreciaba a sus informantes, se aburría, deseaba marcharse y anotaba insultos raciales, lo que abrió una discusión de décadas sobre la distancia entre la autoridad serena del texto publicado y la experiencia real de quien lo escribió. El volumen colectivo Writing Culture (1986) convirtió esa distancia en el asunto central de la antropología durante una generación: si el etnógrafo escribe, escribe desde algún sitio, y la retórica del observador transparente es una convención literaria más.
La corrección más importante al análisis del kula, sin embargo, no vino de la teoría literaria sino de más trabajo de campo. Annette Weiner regresó a las Trobriand en los años setenta y encontró un circuito de riqueza que Malinowski había visto y descartado como irrelevante: los fardos de hojas de plátano y las faldas de fibra que las mujeres fabrican, acumulan y distribuyen masivamente en los ritos mortuorios. Ese circuito no es folclore doméstico: es el mecanismo por el que un linaje reafirma su identidad y sus derechos cuando muere uno de sus miembros, y la capacidad de un hombre de reunir prestigio en el kula depende de la riqueza que las mujeres de su grupo puedan movilizar. La conclusión metodológica es incómoda y saludable: el etnógrafo que fundó la observación participante pasó dos años en un poblado de unos pocos cientos de personas y no vio la mitad de su economía, porque la mitad que no vio estaba en manos de mujeres y él preguntaba a los hombres.
El potlatch es la institución de las sociedades de la costa noroeste de Norteamérica —kwakwaka’wakw, haida, tlingit, tsimshian, nuu-chah-nulth, salish de la costa— en la que un anfitrión convoca a invitados de otros grupos, les ofrece un banquete y les distribuye bienes de valor. La palabra viene del jargón chinuk patshatl, «dar», y su traducción habitual como «fiesta de reparto» es responsable de casi todos los malentendidos: el potlatch no es un banquete generoso, es un procedimiento jurídico.
Lo que ocurre en un potlatch es la validación pública de una posición. Un heredero asume el nombre y las prerrogativas de su predecesor; un jefe hace efectivo un derecho sobre un territorio de pesca; un matrimonio se sella; una muerte se cierra; una deshonra se repara. Ninguna de esas cosas queda establecida por la voluntad del interesado: queda establecida porque hay testigos convocados formalmente que reciben bienes y que, al recibirlos, ratifican lo que han visto y quedan obligados a recordarlo. En sociedades sin escritura, el potlatch es el registro de la propiedad, el registro civil y el archivo de precedentes a la vez, y los regalos son el equivalente de las tasas y de la firma del notario. De ahí que la cantidad importe: cuanto mayor es el derecho que se reclama, más testigos hay que convocar y más caro es convocarlos.
Fig. 1Edward S. Curtis, grupo nupcial kwakwaka’wakw, 1914: la comitiva llega por agua sobre una plataforma montada entre canoas. Un matrimonio de rango era una transferencia de nombres y prerrogativas entre linajes, y por eso se hacía a la vista de todos y con bienes por medio. Conviene una advertencia sobre la fuente: Curtis pagaba, vestía y ponía en escena a sus modelos, y retocaba los negativos para borrar objetos de manufactura industrial. Sus fotografías documentan a la vez lo que quedaba de una institución y lo que un fotógrafo blanco quería que pareciera.Edward S. Curtis · 1914 · Dominio público · Wikimedia Commons
Los bienes que circulan no son mercancías cualesquiera. Están las mantas —originalmente de lana de cabra montesa y corteza de cedro, más tarde las mantas de comercio de la Compañía de la Bahía de Hudson, que se contaban por millares—, las cajas de aceite de eulachon, las canoas, los esclavos en el periodo anterior a la prohibición, y sobre todo los tlakwa, las grandes láminas de cobre martilleado, blasonadas, que tienen nombre propio, historia conocida y un valor expresado en mantas que sube cada vez que cambian de manos. Un cobre no es dinero: es un título con biografía, y su valor está en la lista de quienes lo han tenido antes. La misma lógica gobierna la manta chilkat, tejida durante meses a partir de un patrón heredado que es propiedad de un linaje concreto y que nadie más puede usar.
Fig. 2Manta chilkat. Se teje sin telar de calada, a mano y por secciones, a partir de un patrón pintado sobre tabla que pertenece a un linaje: el diseño es propiedad, no decoración. Meses de trabajo de una tejedora concentrados en un objeto cuya función es ser exhibido y entregado — que es la definición práctica de un bien de prestigio.Manta chilkat del Museo de la Universidad de Alaska · Dominio público · Wikimedia Commons
Marcel Mauss hizo del potlatch la pieza central de su Ensayo sobre el don (1925), y con ello lo convirtió en un problema teórico general. Su tesis es que en muchas sociedades el intercambio no se organiza como una transacción entre individuos que buscan un beneficio, sino como una prestación total entre grupos, gobernada por tres obligaciones inseparables: dar, recibir y devolver. Rechazar un don es declarar la guerra; aceptarlo es contraer una deuda; devolver más de lo recibido es marcar superioridad. Con ello Mauss identificó lo que la economía política no veía: que el don no es lo contrario del contrato sino una forma de contrato en la que las personas quedan implicadas en la cosa, y que un objeto puede llevar consigo algo de quien lo dio —lo que él, siguiendo una explicación maorí, llamó el hau de la cosa—. Ese último punto es el más discutido: Marshall Sahlins mostró que la lectura de Mauss del término maorí era una interpretación forzada de un texto breve, y que la obligación de devolver no necesita una fuerza mística para explicarse.
La imagen popular del potlatch —jefes rivales rompiendo cobres, quemando mantas y vertiendo aceite al fuego para humillarse mutuamente en una escalada de destrucción— es real y es históricamente localizada, y confundir las dos cosas es el error más extendido. El trabajo de Helen Codere sobre la serie completa de potlatches kwakwaka’wakw entre 1792 y 1930 mostró dos hechos que la explican. El primero es que la escala se infló con la colonización: la incorporación al mercado —trabajo asalariado en las conserveras, mantas de comercio baratas, dinero— multiplicó por órdenes de magnitud la cantidad de bienes disponibles para distribuir, de modo que los potlatches del siglo XIX son mucho más grandes que cualquier cosa anterior. El segundo es que la guerra intergrupal había sido prohibida y reprimida por las autoridades coloniales, y el prestigio que antes se ganaba en el conflicto armado se desplazó a la competencia con propiedad. Codere lo resumió en el título de su libro: pelear con bienes. El potlatch de rivalidad no es el potlatch inmemorial: es lo que quedó del potlatch cuando se le quitaron alrededor la guerra, la autonomía política y la economía de subsistencia.
Fig. 3Armazón de una gran casa kwakwaka’wakw. Las vigas y los postes tallados representan los blasones del linaje propietario, y la casa es a la vez vivienda, escenario del potlatch y afirmación permanente del derecho que el potlatch validaba. Levantar una era en sí misma una ocasión para convocar testigos.Edward S. Curtis · 1910 · Dominio público · Wikimedia Commons
Que la institución escandalizara a los administradores coloniales es comprensible desde su lógica y no desde ninguna otra. En 1884 el Parlamento canadiense enmendó la Indian Act para prohibir el potlatch, con el argumento explícito de que impedía la acumulación, fomentaba la ociosidad y obstaculizaba la conversión de los indígenas en propietarios individuales. La prohibición se aplicó de forma desigual durante décadas y culminó en 1921, cuando la policía interrumpió un gran potlatch celebrado por Dan Cranmer en Village Island: hubo procesamientos, penas de cárcel para quienes no aceptaron entregar sus objetos, y la confiscación de máscaras, tocados, sonajas y cobres que acabaron en museos de Ottawa, Toronto y Nueva York y en manos de coleccionistas privados. La prohibición desapareció del texto de la ley en la revisión de 1951. La devolución de los objetos confiscados se negoció a partir de los años setenta y condujo a la creación de dos centros culturales en la propia zona —el U’mista en Alert Bay y el Nuyumbalees en Cape Mudge— construidos con la condición de que las piezas volvieran a la comunidad y no a un museo nacional. Es uno de los primeros casos de repatriación patrimonial del mundo, y su origen no es un debate académico sino un juicio penal.
La aportación teórica del potlatch sigue viva en dos direcciones. La primera es la crítica al modelo del agente económico maximizador: aquí el prestigio se obtiene desprendiéndose de bienes, y una teoría que solo sepa hablar de acumulación no puede describir el fenómeno sin declararlo irracional, que es exactamente lo que hicieron los administradores. La segunda es más fina y la formuló Annette Weiner al examinar qué es lo que no se da: en toda economía de dones hay bienes inalienables —nombres, blasones, ciertos cobres, reliquias— que se exhiben, se prestan y se heredan pero no se entregan, y cuya retención es la fuente última del rango. La generosidad del potlatch no consiste, entonces, en dar todo: consiste en dar mucho de lo que circula para conservar aquello que no puede circular. Mauss vio la obligación de dar; Weiner vio que sin algo que se guarde no hay nada que dar signifique.
La brujería entre los azande es el objeto de Witchcraft, Oracles and Magic Among the Azande (1937), el libro con el que E. E. Evans-Pritchard sacó la brujería del cajón de las supersticiones y la convirtió en un problema de teoría del conocimiento. Su material viene de unos veinte meses de trabajo de campo repartidos entre 1926 y 1930 en el sur del Sudán anglo-egipcio, y su tesis es incómoda para quien la lee esperando exotismo: el sistema zande de brujería es coherente, se somete a comprobación empírica constante y, dentro de sus propios términos, funciona. La pregunta que dejó abierta —cómo puede un sistema de creencias falso resistir tanta comprobación— ocupó a la filosofía de la ciencia durante medio siglo.
El punto de partida es una distinción que el castellano borra y el zande no. Mangu, que se traduce por brujería, es una sustancia física —una masa localizada en el abdomen, detectable en autopsia— que se hereda por línea directa: los hijos de un brujo son brujos, las hijas de una bruja son brujas. Su portador no necesita saberlo ni quererlo: el alma de su brujería sale de noche a comer la carne de sus vecinos, y con frecuencia el acusado se sorprende de la acusación y la lamenta de buena fe. Frente a eso, ngwa, la hechicería, es un acto deliberado: alguien compra una medicina mala y la administra. La brujería zande no es, por tanto, un delito de intención; es una condición desafortunada que produce daño, y esa asimetría explica el tono cortés de todo el sistema.
Fig. 1Manziga, jefe azande, fotografiado por Herbert Lang durante la expedición del Museo Americano de Historia Natural al Congo (1909-1915). La aristocracia avongara que gobernaba los reinos zande era también la dueña de la justicia: el oráculo de veneno del príncipe cerraba los casos de brujería y de adulterio, y ninguna acusación se dirigía nunca hacia arriba. El reino en el que trabajó Evans-Pritchard había sido desmantelado por los británicos en 1905, cuando cayó el rey Gbudwe.Herbert Lang · 1910 · Sin restricciones conocidas · Wikimedia Commons
Lo que la brujería explica no es cómo ocurren las cosas, sino por qué le ocurren a alguien. El ejemplo que ha quedado en todos los manuales es el del granero. Un granero zande se sostiene sobre postes que las termitas roen; con el calor del mediodía, la gente se sienta a su sombra; un día el granero se derrumba y hiere a quienes estaban debajo. Ningún zande niega que fueran las termitas: la causa mecánica es obvia y se conoce. Pero que el derrumbe coincidiera con esas personas y ese momento es lo que exige explicación, y ahí entra la brujería. Los dos órdenes causales no compiten, se suman —Evans-Pritchard lo comparó con la umbaga, la segunda lanza que en una cacería comparte con la primera el mérito de la muerte—. Visto así, el sistema no es una física alternativa mal hecha: es una teoría de la desgracia, y ocupa el lugar que en otras sociedades ocupan la mala suerte, el destino o la negligencia ajena.
La comprobación se hace con oráculos, y los oráculos forman una jerarquía por coste y por autoridad. Los tres palos apoyados del mapingo y el dakpa de las termitas —dos ramas metidas en el termitero para ver cuál se roe— resuelven consultas menores. El iwa, una tablilla de madera que se frota hasta que se pega o se desliza, sirve para tantear en cualquier momento del día. Y por encima de todos está el benge, el oráculo de veneno: un polvo rojo extraído de una liana del bosque, administrado a un pollo mientras se le formula la pregunta, con la respuesta en la muerte o la supervivencia del animal. Es caro, requiere la compra del veneno en viaje al sur, exige tabúes sexuales y alimentarios al operador, y está reservado a los hombres. Su rasgo metodológico más notable es que las preguntas se hacen por partida doble: primero se pide al veneno que mate al pollo si la respuesta es sí, y después, con un segundo pollo, que lo perdone si la respuesta sigue siendo sí. Una consulta que no se corrobora no vale. Evans-Pritchard, que reconoció haber gobernado su propia casa con el oráculo —dijo que le resultaba una manera de llevar su casa y sus asuntos tan satisfactoria como cualquier otra que conociera—, insistió en que el zande no consulta por credulidad, sino porque exige confirmación.
Fig. 2Hombre azande con pieles y una hilera de amuletos, silbatos y cuernos al cinto, en una lámina atribuida a Richard Buchta, que recorrió el alto Nilo con su cámara entre 1878 y 1881. Los abinza, los que hoy se traducen por doctores-brujos, danzaban, tomaban medicinas y nombraban brujos en público; el oráculo del príncipe, en privado, era el que valía.Atribuido a Richard Buchta · 1878 · Dominio público · Wikimedia Commons
El paso decisivo del libro es el capítulo en el que Evans-Pritchard enumera lo que llamó las elaboraciones secundarias: las razones por las que el fracaso de un oráculo nunca se lee como refutación del oráculo. Si dos consultas se contradicen, es que el veneno era malo, o que se compró a un vendedor sin escrúpulos, o que el operador rompió un tabú, o que un brujo interfirió, o que la pregunta se formuló mal, o que un fantasma vengativo la desvió. Cada excusa es razonable por separado y todas están disponibles siempre. De ahí su formulación más citada: los azande «razonan excelentemente en el idioma de sus creencias, pero no pueden razonar fuera de ellas, o contra ellas, porque no tienen otro idioma en el que expresar su pensamiento». La observación no refuta el sistema porque la observación se interpreta dentro del sistema.
El sistema tiene además una sociología muy clara, y es lo que dio pie a la lectura funcionalista. Nadie acusa al azar: se acusa a un vecino con el que hay pleito, a la coesposa rival, al pariente político con el que se discutió una dote. La brujería es el idioma en el que se dicen las tensiones que no tienen otro cauce, y el procedimiento de acusación está diseñado para desactivarlas: no hay linchamiento, hay un ala del pollo muerto que un emisario presenta al acusado, y el acusado sopla agua sobre el ala y declara que si su brujería anda haciendo daño, que se enfríe. El asunto se cierra con una fórmula de cortesía. Mary Douglas y la generación que siguió leyeron ahí una válvula de escape institucional; la objeción evidente es que también funciona como mecanismo de control, porque las acusaciones circulan entre iguales y nunca suben: al príncipe no se le acusa de brujería.
Fue Peter Winch quien, en 1964, giró el problema hacia el propio antropólogo. Evans-Pritchard había escrito que las creencias zande son «místicas» porque atribuyen a los fenómenos cualidades que no tienen «en la realidad»; Winch respondió que ese criterio de realidad es un objeto cultural más y que juzgar un lenguaje desde fuera es un error de categoría, no una corrección. Robin Horton contestó en 1967 con una posición intermedia que sigue viva: el pensamiento tradicional y el científico persiguen lo mismo —orden, causa, explicación— y lo que los separa no es la lógica sino la ausencia de alternativas teóricas, la diferencia entre un sistema cerrado y uno abierto. La discusión salió de la antropología: las «elaboraciones secundarias» de los azande son, palabra por palabra, el problema de las hipótesis auxiliares que blindan una teoría contra la evidencia, y aparecen hoy en cualquier análisis serio del razonamiento conspirativo. Ver Falsacionismo y revoluciones científicas.
Fig. 3Calabaza zande grabada con una columna colonial: el europeo barbudo con sombrero y las manos en las caderas, un cornetín, un fusilero y los porteadores con la carga sobre la cabeza. La etnografía canónica va en un solo sentido; esta pieza, recogida por el Museo Americano de Historia Natural, va en el otro. La administración que aparece grabada aquí fue la que retiró al oráculo su valor de prueba judicial.Daderot (fotografía del objeto, American Museum of Natural History) · 2012 · CC0 (dominio público) · Wikimedia Commons
Queda el marco que el libro no cuenta. Evans-Pritchard trabajó en un país recién conquistado: los reinos zande habían sido troceados entre británicos, franceses y belgas, el rey Gbudwe había muerto combatiendo en 1905, y bajo la administración anglo-egipcia el oráculo de veneno perdió el reconocimiento legal que había tenido en los tribunales de los príncipes. La monografía, escrita en presente etnográfico, no deja ver casi nada de eso, y la crítica poscolonial ha señalado con razón que la coherencia del sistema se describe justo cuando su base política ha sido demolida. La respuesta más interesante a esa objeción no es teórica: es que la brujería no se extinguió con la modernización, como esperaban tanto los misioneros como los administradores. Peter Geschiere documentó en los años noventa lo contrario —el discurso de la brujería crece con el mercado, la ciudad y la política electoral, porque sigue siendo el mejor idioma disponible para hablar del enriquecimiento inexplicable del vecino—. El libro de 1937 no describía un mundo a punto de desaparecer; describía una manera de explicar la desgracia que aún no ha encontrado sustituto.
Los Nuer son un pueblo ganadero del alto Nilo, hoy repartido entre Sudán del Sur y Etiopía, y son también el caso de estudio con el que E. E. Evans-Pritchard fundó la antropología política moderna. Su monografía The Nuer (1940) plantea una pregunta que ninguna teoría del Estado sabía contestar: cómo mantiene el orden una población de unos doscientos mil individuos que no tiene jefes con poder coercitivo, ni tribunales, ni policía, ni recaudación, y que sin embargo no vive en guerra permanente. La respuesta —un sistema de linajes que se divide y se recompone según con quién haya conflicto— se enseñó durante cuarenta años como el modelo de la «anarquía ordenada», y llevó otros cuarenta discutiéndose.
Conviene empezar por cómo llegó el libro a existir, porque el propio autor no lo escondió del todo. Evans-Pritchard no eligió a los nuer: el gobierno del Sudán anglo-egipcio, que financiaba su trabajo, lo redirigió hacia ellos después de las operaciones militares de 1928-1930 conocidas como el «Nuer Settlement», el arreglo de los nuer, que bombardearon poblados, confiscaron ganado y capturaron a los profetas que dirigían la resistencia. Llegó, por tanto, como el antropólogo del ejército que acababa de someter a sus anfitriones, y fue recibido en consecuencia: cinco visitas breves entre 1930 y 1936, unos doce meses en total, con informantes que se negaban a hablar y una hostilidad que él mismo bautizó, medio en broma, «nuerosis». La ironía metodológica es notable: el texto más ordenado y más geométrico de la etnografía británica salió del trabajo de campo peor acogido.
Fig. 1Un hombre nuer con su buey, fotografiado por Evans-Pritchard en 1936. En la iniciación, el muchacho recibe un buey y toma de él su nombre: el animal, sus cuernos, su color y su capa se convierten en la manera pública de nombrarlo, cantarlo y celebrarlo. Que la fotografía la tomara el propio etnógrafo no es un detalle menor — la mayor parte del registro visual del alto Nilo de esos años lo hicieron administradores y militares.E. E. Evans-Pritchard · 1936 · Dominio público · Wikimedia Commons
El ganado lo explica casi todo, y no por determinismo económico. El vacuno es alimento, moneda, dote, sacrificio y vocabulario. Un matrimonio se cierra con la entrega de varias decenas de cabezas repartidas entre los parientes de la novia, de manera que cada boda redistribuye ganado por media comarca y cada divorcio obliga a deshacer el reparto. Los sacrificios que resuelven una enfermedad, una falta o una impureza también se pagan en ganado. Y sobre todo el ganado es la lengua en la que se habla de las personas: en la iniciación cada muchacho recibe un buey y adopta su nombre de buey, con el que se le canta y se le desafía; los colores y las manchas de las capas forman un léxico con centenares de términos; una discusión sobre parentesco es, en la práctica, una discusión sobre quién dio qué vaca a quién. Evans-Pritchard lo resumió advirtiendo que quien quiera entender un pleito nuer haría bien en buscar primero la vaca.
De la ganadería sale también la forma del año, y de ahí uno de los capítulos más influyentes del libro. En la estación de lluvias las aldeas se retiran a lomas y montículos por encima de la inundación; en la seca la gente baja con los rebaños a los campamentos junto al río. Ese vaivén organiza el tiempo cotidiano en lo que Evans-Pritchard llamó tiempo ecológico: los meses no son unidades abstractas sino tareas —desbrozar, trasladarse, pescar, volver—. Junto a él describió un segundo registro, el tiempo estructural, que mide la distancia entre grupos y no la duración: la profundidad genealógica no pasa de diez o doce generaciones, y lo llamativo es que no crece. A medida que nacen generaciones nuevas, el extremo antiguo del árbol se olvida y la distancia al antepasado fundador permanece constante — lo que los comentaristas posteriores llamaron amnesia estructural. El tiempo nuer, concluía, no es una línea que se alarga: es un espacio de posiciones.
Fig. 2El país nuer en el mapa actual de Sudán del Sur, entre el Nilo Blanco, el Bahr el Ghazal y el Sobat. La expansión hacia el este y el sur a costa de los dinka durante el siglo XIX, que Raymond Kelly reconstruyó en 1985, es parte del mismo sistema de linajes que Evans-Pritchard describió como un mecanismo de equilibrio: segmentar y fusionarse también sirve para conquistar.Leviavery · 2020 · CC0 (dominio público) · Wikimedia Commons
El corazón teórico es el linaje segmentario. Cada linaje se divide en ramas, y cada rama en ramas menores, hasta el nivel de las familias; el rasgo del sistema es que la unidad relevante no está fijada, sino que la define el adversario. Dos segmentos menores enfrentados entre sí se unen sin dificultad frente a un segmento del nivel inmediatamente superior, y ese conjunto se une a su vez frente a otra tribu. Evans-Pritchard llamó a esto relatividad estructural: nadie pertenece a un grupo, sino a una serie de grupos encajados que se activan por oposición. Del principio se sigue una teoría del conflicto: la venganza de sangre no es un desorden, es el mecanismo que mantiene la escala. Entre parientes próximos una muerte se compensa rápido, y a mayor distancia genealógica la reparación es más difícil y la hostilidad más duradera. Quien media es el jefe de la piel de leopardo, un especialista ritual que ofrece asilo al homicida, negocia el ganado de la compensación y presiona a las partes — pero que no manda: no tiene fuerza para imponer un acuerdo, solo autoridad para hacerlo posible. Marshall Sahlins añadió en 1961 la consecuencia que faltaba: un sistema así no solo se equilibra, también se expande, porque permite reunir a mucha gente para un ataque y disolver la coalición al terminar.
La crítica, cuando llegó, fue demoledora en un punto concreto: el modelo describe cómo hablan los nuer de sus grupos, no cómo viven. Los datos del propio libro muestran que en muchos poblados solo una minoría de los residentes pertenece por vía paterna al linaje dominante; los demás son parientes por matrimonio, refugiados, dinka incorporados o vecinos sin más. Adam Kuper sostuvo en 1982 que la teoría del linaje había construido un objeto que no existía sobre el terreno y que convenía retirarla; Raymond Kelly mostró que la expansión nuer del siglo XIX a costa de los dinka —con captura de personas que después se volvían nuer— era un proceso histórico concreto, no la aplicación de un principio atemporal. Douglas Johnson documentó lo que la monografía apenas menciona: los profetas nuer, figuras de autoridad supralinajística que dirigieron la resistencia contra el gobierno y a los que las columnas de 1928-1930 iban a buscar. Un modelo de sociedad sin líderes tenía un problema evidente con los líderes que el ejército acababa de perseguir. Y Renato Rosaldo, en Writing Culture (1986), leyó el famoso arranque del libro como pieza retórica: el etnógrafo que escribe desde la puerta de su tienda construye una autoridad de observador sereno que su propia experiencia contradice.
Lo que queda no es poco. Sharon Hutchinson volvió al país nuer en los años ochenta y noventa y encontró el sistema vivo pero traducido: hay «dinero de vaca» y «dinero de trabajo», categorías que separan lo que puede convertirse en parentesco de lo que no; hay armas automáticas, iglesias, funcionarios y guerra civil. El vocabulario del ganado sigue midiendo las relaciones, pero el Estado y el mercado ya están dentro de él. Y la lección analítica del libro de 1940 sobrevive a la caída de su modelo: que el orden puede producirse sin nadie que lo imponga, por el simple hecho de que cada conflicto convoca a la vez a los aliados y a los enemigos de escala equivalente. La objeción histórica es que esa maquinaria, cuando se la mira de cerca, tiene siempre fechas, cadáveres y una administración colonial en el margen del encuadre.
Cultura y personalidad es el nombre que recibe la corriente de la antropología estadounidense que entre los años veinte y los cincuenta del siglo XX intentó describir cada cultura como una configuración psicológica coherente, una especie de carácter a escala colectiva que moldearía a los individuos desde la infancia. Sus figuras centrales fueron Margaret Mead y Ruth Benedict, ambas discípulas de Franz Boas, y su premisa de fondo era la del relativismo cultural: si el temperamento de un pueblo difiere del de otro de manera sistemática, la explicación no puede ser biológica sino histórica y educativa. La corriente fue durante tres décadas la antropología que leía el gran público, y su caída en desgracia enseña casi tanto como sus libros.
El punto de partida fue un encargo concreto. Boas quería una prueba empírica contra la doctrina, entonces dominante, de que la turbulencia de la adolescencia era un hecho biológico universal; envió a Mead, de veintitrés años, a Samoa en 1925 con esa pregunta. Coming of Age in Samoa (1928) respondió que no: describió una adolescencia sin conflicto, con una sexualidad juvenil tolerada, y concluyó que la tormenta adolescente americana era un producto cultural. El libro fue un éxito inmenso, convirtió a su autora en la antropóloga más leída del mundo y fijó el método de la escuela: tomar un rasgo que Occidente cree natural —la rivalidad, la adolescencia, el género— y mostrar una sociedad donde funciona al revés, lo que basta para demostrar que es aprendido. Mead lo repitió con el género en Sexo y temperamento (1935), comparando tres pueblos de Nueva Guinea.
Fig. 1Portada de la primera edición de Coming of Age in Samoa (1928). El subtítulo —«un estudio psicológico de la juventud primitiva para la civilización occidental»— declara el programa: el terreno exótico como laboratorio para responder preguntas domésticas. El libro llevaba la palabra «primitiva» en la cubierta y era, sin embargo, el argumento antirracista más leído de su generación.Margaret Mead · 1928 · Dominio público · Wikimedia Commons
Benedict dio a la corriente su forma teórica en Patterns of Culture (1934). La idea es la del configuracionismo: cada cultura selecciona del arco completo de posibilidades humanas un segmento limitado y lo organiza en un patrón dominante que integra costumbres, instituciones y temperamentos. Los pueblos apolíneos de Benedict —los zuñi, moderados, colectivos, desconfiados del exceso— y los dionisíacos —los kwakiutl, agonales, orgullosos, dados al éxtasis y a la humillación del rival— se convirtieron en ejemplos de manual. La frase que resume el enfoque es que la cultura es «la personalidad individual proyectada en la pantalla grande», y su corolario es que un individuo desviado no es un enfermo sino alguien cuyo temperamento no encaja en el patrón de su sociedad: el mismo rasgo que en una cultura vale un santo en otra vale un paria.
La guerra llevó el método a su punto más alto y a su contradicción más visible. Las antropólogas de cultura y personalidad fueron requeridas para estudiar a los enemigos y aliados sin poder pisar el terreno, y desarrollaron el «estudio de la cultura a distancia»: entrevistas con emigrados, prensa, cine, literatura. El resultado más influyente fue El crisantemo y la espada (1946) de Benedict sobre Japón, escrito sin conocer el país ni la lengua, que distinguía las «culturas de la culpa» de las «culturas de la vergüenza» e influyó directamente en la política de ocupación estadounidense —el argumento de que el emperador podía conservarse como eje simbólico es en parte suyo. Un análisis acertado sobre una sociedad nunca visitada es, a la vez, la mejor demostración del poder del método y de su límite.
Fig. 2Ruth Benedict en 1937, fotografía de prensa de World Telegram. Patterns of Culture fue traducido a catorce lenguas y durante décadas fue la forma en que el público culto entendió qué era una cultura: no un repertorio de costumbres sino un carácter.World Telegram · 1937 · Dominio público · Wikimedia Commons
Las objeciones se acumularon desde dos frentes. El primero es interno y conceptual: la metáfora del patrón homogeneiza. Describir a «los zuñi» como moderados exige dejar fuera a los zuñi que no lo son, y la escuela nunca tuvo una buena respuesta a la pregunta de cuánta varianza interna tolera un patrón antes de dejar de serlo. El «carácter nacional», llevado a los grandes estados modernos, se acercaba peligrosamente al estereotipo con aparato teórico, y cuando en los años cincuenta se aplicó a la URSS y a China la sospecha se hizo insostenible. El segundo frente es empírico y tiene un caso famoso: en 1983, cinco años después de la muerte de Mead, Derek Freeman publicó Margaret Mead and Samoa, donde sostenía que sus informantes adolescentes se habían burlado de ella con relatos inventados, que había invertido los datos y que la Samoa real era celosa, violenta y nada permisiva. La disputa se saldó con una revisión más fría: Martin Orans releyó las notas de campo de Mead y mostró que Freeman exageraba al menos tanto como Mead —la broma de las informantes no se sostiene sobre los cuadernos, que consignan los conflictos que Mead supuestamente habría ocultado—, pero también que Mead había forzado sus datos hacia la tesis que buscaba, simplificando una sociedad de jerarquías finas para producir un contraste limpio con América. El veredicto razonable es doble: la pregunta era buena, la respuesta era retórica.
Fig. 3Una de las láminas fotográficas de la edición de 1928: una joven samoana con un niño. Las fotos del libro eran a la vez evidencia y argumento —la adolescencia relajada que el texto defendía se mostraba aquí—, y la discusión posterior ha obligado a leerlas como lo que son: escenas escogidas, no muestreos.Margaret Mead · 1928 · Dominio público · Wikimedia Commons
La escuela no sobrevivió como programa a los años sesenta, pero dejó tres herencias que hoy no parecen suyas. La primera es la costumbre, ya irrenunciable, de sospechar de cualquier rasgo presentado como natural sin antes buscar el contraejemplo cultural. La segunda es metodológica: el intento de responder con trabajo de campo a la pregunta de si la personalidad se distribuye igual en todas partes derivó en diseños comparativos controlados —los estudios de los Whiting sobre seis culturas, con muestreo y codificación sistemática de la crianza—, que son el ancestro directo de la antropología psicológica actual y de la psicología intercultural. La tercera es una lección que la antropología repite en ciclos: una comparación destinada a convencer a un público doméstico tiende a aplanar la sociedad comparada, y el precio del éxito editorial de Mead y de Freeman es que ambos convirtieron Samoa en un argumento. Los samoanos, que nunca fueron consultados en la disputa sobre su propia adolescencia, tardaron décadas en aparecer como interlocutores y no como datos; las etnografías posteriores —incluidas las de autoría samoana— describen una sociedad de jerarquías finas, vergüenza pública y cortesía codificada, mucho menos simple que la de cualquiera de los dos bandos.
La descripción densa es el método que Clifford Geertz propuso como definición misma de la etnografía: no acumular datos sobre una sociedad, sino reconstruir los entramados de significado dentro de los cuales sus miembros actúan. La formuló en el ensayo que abre La interpretación de las culturas (1973), tomando la expresión del filósofo Gilbert Ryle, y desde entonces es probablemente el concepto más citado de la antropología contemporánea y el que mejor resume su giro interpretativo: la cultura no es un engranaje que explique conductas sino un contexto que las hace inteligibles, y el etnógrafo no busca leyes sino lecturas.
El ejemplo de Ryle, adoptado por Geertz, es deliberadamente mínimo. Dos niños contraen el párpado derecho; en uno es un tic, en otro un guiño. Físicamente el movimiento es el mismo, y una descripción fina —la de la cámara, la del fisiólogo— no puede distinguirlos. Pero el guiño comunica, se dirige a alguien, supone un código compartido, puede fallar o ser malinterpretado, y admite réplicas: un tercer niño puede parodiar el guiño, y un cuarto puede ensayar la parodia en privado. Entre el tic y el ensayo de la parodia hay apilados varios planos de significado, y describirlos todos —qué convención se invoca, quién la conoce, qué se juega en ella— es describir densamente. La consecuencia teórica es célebre: la cultura son «telarañas de significado que el propio hombre ha tejido» —la frase es de Weber, que Geertz hizo suya—, y el análisis cultural «no es una ciencia experimental en busca de leyes, sino una ciencia interpretativa en busca de significados».
El ensayo en que Geertz aplicó el método, Deep Play: Notes on the Balinese Cockfight (1972), es el texto etnográfico más comentado del siglo XX. Se abre con una escena de entrada en el campo: Geertz y su mujer, ignorados durante días en un pueblo balinés, huyen con los vecinos de una redada policial contra una pelea de gallos ilegal, y esa vergüenza compartida los convierte de repente en personas visibles. Sigue un análisis de la pelea como «juego profundo», expresión que toma de Bentham: apuestas tan altas que son irracionales desde el punto de vista utilitario. La lectura de Geertz es que en la pelea no se juega dinero sino estatus: el gallo es un símbolo masculino ambivalente —doble, bestial y viril a la vez—, la apuesta central empareja a las familias enemistadas de prestigio comparable, las apuestas laterales reparten la pasión del público, y el conjunto funciona como un texto que los balineses se cuentan a sí mismos sobre quiénes son: una metáfora de la jerarquía, la enemistad y el honor, representada en sangre. La etnografía, sostiene, se parece menos a una medición que a la lectura de un manuscrito «ajeno, borroso, lleno de elipsis, de equívocos incoherentes, de emendaciones sospechosas».
Fig. 1Una pelea de gallos en Bali hacia 1915, fotografiada por Ohannes Kurkdjian, medio siglo antes del trabajo de campo de Geertz. La escena —el círculo cerrado de hombres agachados, la tensión de los que sostienen a los animales— es la que Geertz leyó como un texto sobre el estatus. La fotografía es anterior al ensayo y no ilustra su terreno: ilustra lo durable de la institución que él describió.Ohannes Kurkdjian · 1915 · Dominio público · Wikimedia Commons
La crítica al método empezó por su escena fundacional. ¿Cómo sabemos que la huida de la redada ocurrió así? Geertz escribe con la fluidez de un narrador omnisciente que sabe lo que los balineses sienten, y Vincent Crapanzano lo acusó de un truco retórico: el etnógrafo se presenta como quien no entiende nada al principio y como quien lo entiende todo al final, de modo que la credibilidad del análisis descansa sobre una convención literaria y no sobre evidencia verificable. William Roseberry añadió la objeción política: el ensayo convierte a Bali en un eterno presente estético y borra que la pelea era perseguida por el Estado indonesio y que la isla había pasado en 1965-66 por una de las matanzas masivas del siglo —mencionada por Geertz en una sola nota. Leer la cultura como texto, sostiene la crítica, es leer con la luz que el texto permite y apagar el resto: el poder, la historia y la violencia quedan fuera del marco interpretativo.
La tercera objeción vino de más campo. Unni Wikan trabajó Bali durante años y encontró una sociedad emocionalmente distinta de la del ensayo: donde Geertz vio una superficie estetizada de cortesía que oculta el torbellino, Wikan describió un trabajo cotidiano y explícito de manejo del miedo, la tristeza y los espíritus, y mostró que la máscara balinesa no es una esencia cultural sino una fórmula práctica para convivir, distinta según quién la lleve y ante quién. La «visión balinesa del mundo» resulta ser la visión de ciertos hombres de ciertos pueblos en ciertos años. Es la objeción que ya pesaba sobre cultura y personalidad: el singular homogeneiza.
Fig. 2El corro de espectadores, en otra fotografía de Kurkdjian de la misma serie. En la lectura de Geertz, las apuestas laterales —la pasión dispersa del público— equilibran la apuesta central de las familias rivales; en la lectura de sus críticos, ese equilibrio elegante es justo lo que se afirma pero no se demuestra.Ohannes Kurkdjian · 1915 · Dominio público · Wikimedia Commons
Con todo, la descripción densa sobrevive a sus objeciones porque formula bien algo que las ciencias humanas no pueden eludir: los hechos sociales vienen interpretados de fábrica, y quien los describe ya está interpretando. Geertz dio además al programa una segunda herramienta operativa, la distinción entre conceptos «próximos a la experiencia» y «distantes de la experiencia» —entre lo que un balinés dice de su propia pelea y lo que el analista construye para compararla—, y la regla de que la buena etnografía no elige entre ambos sino que oscila entre ellos sin perderlos de vista. Fuera de la antropología, el método tuvo una segunda vida enorme: la historia cultural —el The Great Cat Massacre de Robert Darnton leyendo una matanza de gatos de aprendices de impresor como se lee una pelea de gallos—, la sociología de la ciencia y los estudios culturales trabajaron durante décadas con su permiso explícito. El debate posterior —el paradigma hermenéutico, la reflexividad sobre la posición del observador— es en buena parte una discusión sobre cómo hacer esa interpretación sin convertirla en literatura autorizada. La lección más fina de la disputa quizá sea que Geertz tenía razón sobre el qué y no del todo sobre el cómo: la cultura como texto funciona, siempre que se recuerde quién sostiene el libro y quién no fue invitado a escribirlo.
El relativismo cultural es la posición según la cual las creencias, las prácticas y los valores de una cultura deben entenderse en su propio contexto y no medirse con la vara de otra. Es la respuesta directa al etnocentrismo, y conviene distinguir dos versiones que se confunden con frecuencia porque una es un método y la otra una ética.
El relativismo metodológico es una regla de trabajo: para entender una práctica hay que reconstruir el sistema de sentido en el que es razonable, antes de juzgarla. Lo formuló Franz Boas contra el evolucionismo victoriano, que ordenaba a los pueblos en una escala única de salvajismo, barbarie y civilización, y de ahí salió su particularismo histórico: cada cultura es el resultado de una historia propia y no un peldaño de la ajena. En esta versión el relativismo no es una tesis sobre el bien, sino una condición de la descripción, y no está en discusión: ninguna etnografía que empiece por evaluar entiende nada.
El relativismo moral, en cambio, sostiene que no existen criterios transculturales para valorar prácticas, y ahí empiezan los problemas. Su momento institucional fue la declaración que la American Anthropological Association aprobó en 1947, redactada por Melville Herskovits, que se oponía a la Declaración Universal de Derechos Humanos que se estaba preparando por entender que ningún catálogo de derechos podía formularse fuera de una cultura concreta y que aplicarlo universalmente sería un acto imperial más. Fue una posición coherente y envejeció mal: la misma asociación adoptó en 1999 una Declaración sobre Antropología y Derechos Humanos que dice lo contrario, y el argumento de 1947 ha sido usado desde entonces por Estados autoritarios para blindar sus prácticas frente a la crítica externa.
El caso que suele cerrar la discusión en clase es el de la mutilación genital femenina, y su interés está en que no admite una salida cómoda. El relativista consecuente no puede condenarla; el universalista ingenuo la condena sin entender por qué se practica, quién la sostiene —muy a menudo mujeres mayores con autoridad reconocida— y por qué las campañas prohibicionistas fracasaron durante décadas mientras funcionaban las intervenciones negociadas con esas mismas autoridades. La antropología aporta aquí lo que sabe hacer: describir cómo funciona la institución, quién gana y quién pierde con ella, y qué palancas existen dentro de la propia cultura, en vez de elegir de antemano entre condenar y consentir.
Clifford Geertz dio en 1984 la fórmula más citada al respecto en una conferencia titulada «Anti anti-relativismo». Su argumento era que no hace falta defender el relativismo como doctrina para desconfiar del antirrelativismo, porque este suele ser el vehículo por el que vuelven a colarse las jerarquías de culturas superiores e inferiores. Y hay una asimetría que a menudo se olvida en el debate: el relativismo cultural se inventó como herramienta antirracista para desarmar la escala colonial de civilización, no como coartada. Su límite es interno: una versión estricta impide criticar también la propia sociedad, y una cultura no es un bloque homogéneo con una sola voz, sino un espacio de disputa donde alguien impone la costumbre y alguien la sufre.
Los cultos cargo son los movimientos religiosos y políticos que aparecieron en Melanesia entre finales del siglo XIX y mediados del XX, y que anunciaban la llegada inminente de una carga de bienes manufacturados —el cargo del inglés pidgin— traída por los antepasados. Es una de las etiquetas más conocidas de la antropología y una de las peor puestas: nombra en bloque decenas de movimientos distintos, los describe desde el punto de vista del colono que se alarmó y arrastra un aire de patología que ninguno de ellos merece. Estudiarlos bien exige, antes que nada, desmontar el nombre.
El caso fundacional es la llamada locura de Vailala, en el golfo de Papúa, entre 1919 y 1922. Entre los elema del delta empezaron a difundirse episodios de temblores, vértigo y habla ininteligible que en la lengua local se describían como iki haveva, «el vientre no sabe», y que los informes coloniales tradujeron como «cabeza que da vueltas». Los dirigentes anunciaban la llegada de un vapor de fantasmas con los muertos a bordo —blancos, como los europeos— cargado de arroz, tabaco, herramientas y rifles. Y mientras esperaban, hicieron dos cosas simétricas. Por un lado destruyeron las máscaras y los objetos ceremoniales del ciclo hevehe, un calendario ritual que llevaba décadas en marcha, y desmantelaron las casas de hombres. Por otro, montaron una imitación meticulosa del aparato europeo: astas de bandera para hablar con los antepasados que a los observadores les parecieron antenas de telegrafía sin hilos, mesas puestas con mantel, ceremonias de té, cargos con nombres administrativos, uniformes, formaciones militares y multas.
Fig. 1Máscara kovave elema, del golfo de Papúa, hoy en el Muséum de La Rochelle. El movimiento de Vailala quemó y arrojó al mar objetos como este por decisión propia: lo que los europeos leyeron como delirio incluía una ruptura deliberada con el ciclo ritual heredado. El antropólogo del gobierno que redactó el informe, F. E. Williams, defendía justamente la conservación de esas ceremonias — y le tocó documentar cómo las destruían sus propios dueños.Ismoon (fotografía del objeto, Muséum de La Rochelle) · 2012 · CC0 (dominio público) · Wikimedia Commons
Esa combinación es la que desconcertó a la administración y sigue siendo la clave interpretativa. Quien lo estudió sobre el terreno fue Francis Edgar Williams, antropólogo del gobierno del Territorio de Papúa, que llegó en 1922 y publicó su informe en 1923. Williams era partidario de preservar las ceremonias indígenas frente al celo de los misioneros, de modo que se encontró en la posición incómoda de registrar una destrucción decidida por los propios elema. Su informe patologizaba el movimiento —«locura» está en el título— pero contiene la observación decisiva: lo que se abandonaba y lo que se copiaba formaban parte del mismo cálculo. Si la riqueza de los europeos venía de sus rituales, del té, de las banderas y de la escritura, entonces la vía para obtenerla pasaba por adoptar esos rituales y soltar los antiguos, que evidentemente no la producían.
La expresión «culto cargo» no la inventó ningún antropólogo. Apareció impresa por primera vez en noviembre de 1945, en la revista Pacific Islands Monthly, en un artículo del residente australiano Norris Mervyn Bird que advertía a los colonos del riesgo que la creencia representaba para la disciplina laboral en las plantaciones. Es decir: el término nace como categoría de orden público, con una connotación de contagio —«un nativo infectado por el desorden»— y solo después es adoptado por la disciplina. Ese origen explica buena parte de sus problemas posteriores.
La fecha tampoco es casual. La Segunda Guerra Mundial fue en Melanesia un acontecimiento material sin precedentes: cientos de miles de toneladas de suministros, pistas de aterrizaje abiertas en semanas, hospitales, cines, refrigeración y comida abundante repartida entre islas que hasta entonces habían conocido al blanco en su versión escasa —misionero, funcionario, capataz—. La presencia de soldados afroamericanos, con uniforme y paga iguales a los de los blancos, contradecía en directo el orden racial que la administración colonial presentaba como natural. En Tanna, en las Nuevas Hébridas, el movimiento de John Frum —surgido a finales de los años treinta en torno a un personaje que instaba a recuperar el kava y las costumbres prohibidas por los misioneros— encontró en 1942 la confirmación de su profecía cuando llegaron los americanos, y organizó desfiles con rifles de madera, banderas y las letras USA pintadas sobre el pecho. Sus seguidores fueron detenidos y deportados por las autoridades; el movimiento sigue existiendo, celebra el 15 de febrero y ha funcionado como fuerza política en el Vanuatu independiente.
Fig. 2Entrada del campamento anexo de la base naval estadounidense en Espíritu Santo, Nuevas Hébridas, entre 1941 y 1945: garita, jeep, cartel de «camiones prohibidos» y barracones Quonset bajo los cocoteros. Este es el hecho material que los movimientos de la posguerra tenían que explicar — y la explicación que daban no era más fantástica que la de los propios colonos, que atribuían su abundancia a la superioridad moral de su raza.U.S. Navy (National Archives) · 1941 · Dominio público · Wikimedia Commons
El mejor análisis del fenómeno como sistema de conocimiento sigue siendo el de Peter Lawrence en Road Belong Cargo (1964), reconstruido en el distrito de Madang a lo largo de casi un siglo y con Yali, un antiguo policía y veterano de guerra, como figura central. Lawrence mostró que en la cosmología local la riqueza no se produce con trabajo y acumulación, sino que la conceden entidades no humanas a quien conoce el procedimiento correcto: el ñame crece porque se conoce el rito, igual que la canoa navega porque se conoce el rito. Dentro de ese marco, la conclusión de que los europeos tienen bienes porque poseen un «camino» —una road belong cargo— y se niegan a enseñarlo no es una fantasía: es una inferencia razonable a partir de premisas compartidas. Y los misioneros habían dado a esa inferencia el mejor de los argumentos, al predicar que la fe correcta trae bendiciones materiales.
Peter Worsley había propuesto en 1957 una lectura distinta y muy influyente: los movimientos serían formas embrionarias de nacionalismo, el único vehículo disponible para organizar políticamente a poblaciones fragmentadas bajo dominio colonial. Los datos le dan parte de razón —los movimientos reunían dinero, creaban jerarquías, coordinaban aldeas que nunca habían actuado juntas y en varios casos desembocaron en partidos y cooperativas—, pero su esquema evolutivo tiene el defecto de tratar la religión como un envoltorio provisional de la política, cuando para los participantes era exactamente lo contrario.
La crítica más dura ha caído sobre la categoría misma. Lamont Lindstrom sostuvo en 1993 que el «culto cargo» dice más sobre el deseo occidental que sobre Melanesia: es una historia que Occidente se cuenta sobre gente que quiere lo que Occidente tiene, y por eso se reproduce en el periodismo, en el cine y en el chiste. Martha Kaplan mostró en Fiyi que el movimiento clasificado como culto en 1885 era, leído en su propio idioma, una disputa ritual y política sobre la legitimidad; y el volumen colectivo que Holger Jebens editó en 2004 recogió la objeción de los propios melanesios, para quienes la palabra funciona hoy como insulto. Hay un giro final que conviene registrar: en 1974 Richard Feynman llamó «ciencia de culto cargo» a la investigación que imita las formas externas del método sin su sustancia, y con eso la expresión completó el viaje. Nacida para describir a unos isleños que copiaban las formas del poder europeo sin entender su origen, acabó sirviendo para describir a los europeos que copian las formas de la ciencia sin entender la suya.
El racismo científico es el conjunto de teorías que entre finales del siglo XVIII y mediados del XX pretendieron establecer, con los métodos e instituciones de la ciencia, la existencia de razas humanas jerarquizadas por capacidad intelectual y moral. La craniometría —la medición sistemática del cráneo— fue su técnica emblemática, y el caso conserva un interés que no es solo histórico: es probablemente el mejor ejemplo documentado de cómo un programa de investigación puede acumular datos cuidadosos, aritmética correcta y revisión por pares, y estar equivocado de principio a fin.
El punto de partida no era malintencionado en el sentido obvio. La historia natural del siglo XVIII clasificaba todo lo vivo, y aplicar la clasificación a la especie humana era el paso natural. Johann Friedrich Blumenbach propuso en 1795 cinco variedades a partir de la forma del cráneo, y conviene señalar que era monogenista —sostenía la unidad de la especie humana— y que insistió en que las variedades se solapan y no tienen fronteras nítidas. Pero introdujo, junto con eso, un juicio estético travestido de dato: llamó «caucásica» a la variedad europea porque el cráneo que le parecía más hermoso de su colección procedía del Cáucaso, y la situó en el centro del esquema, del que las demás eran degeneraciones. El término sobrevivió al razonamiento y sigue apareciendo en formularios oficiales dos siglos después.
Fig. 1El ángulo facial de Petrus Camper, en el grabado que publicó su hijo. Camper había medido perfiles para uso de artistas y sostenía la unidad de la especie humana; la serie, sin embargo, quedó dispuesta como una escala continua que va del orangután al ideal griego, y así se leyó durante un siglo. Es el mecanismo básico de todo este programa: una medida real, un orden arbitrario y una conclusión que la medida no autoriza.Petrus Camper, grabado de Reinier Vinkeles · 1791 · Dominio público · Wikimedia Commons
El paso decisivo lo dio Samuel George Morton en Filadelfia. Morton reunió la mayor colección craneal del mundo —más de mil piezas— y midió su capacidad interna, primero con semilla de mostaza y después, al comprobar que era irregular, con municiones de plomo, un procedimiento que él mismo mejoró por rigor. Publicó los resultados en Crania Americana (1839) y Crania Aegyptiaca (1844), ordenó las medias por «raza» y concluyó que existía una jerarquía de capacidad craneal, con los europeos arriba. Morton era además poligenista: sostenía que las razas eran creaciones separadas, tesis que en el contexto estadounidense de aquellas décadas tenía una utilidad política transparente. La llamada Escuela Americana —Morton, Josiah Nott, George Gliddon, con el respaldo de Louis Agassiz— construyó sobre esos datos una defensa de la esclavitud presentada como ciencia natural, y la construyó en un momento en que la esclavitud necesitaba justificaciones nuevas.
Lo que falla se ve en otro sitio, y ahí está la parte instructiva del caso. En 1981, Stephen Jay Gould dedicó a Morton un capítulo de La falsa medida del hombre en el que sostenía que sus cifras estaban sesgadas —no falsificadas, sino inconscientemente desviadas— por expectativas previas: submuestras convenientemente elegidas, errores aritméticos que iban todos en la misma dirección, omisiones selectivas. El libro se convirtió en un clásico y su tesis en un ejemplo de manual de sesgo del investigador. En 2011, un equipo volvió a medir físicamente los cráneos de la colección de Morton, que se conservan, y encontró que las mediciones originales eran en general correctas y que varios de los errores denunciados por Gould eran de Gould, incluida la atribución a Morton de sesgos que sus datos no muestran. La réplica no acabó ahí: un tercer trabajo argumentó que la remedición contestaba a la pregunta menos importante, porque el sesgo de Morton no estaba en el uso de la balanza sino en decisiones anteriores a cualquier medición —qué contaba como raza, qué cráneos entraban en cada categoría, qué se hacía con la enorme variación interna de cada grupo y por qué la media de un conjunto arbitrario debía significar algo—. La conclusión que sobrevive a las tres rondas es la mejor lección del episodio: la aritmética se puede auditar y el marco no, y el sesgo grave casi nunca vive en los números.
Fig. 3Frontispicio de Types of Mankind (1854), de Nott y Gliddon, el libro que llevó la craniometría al público estadounidense. Aquí ya no hay negligencia: las láminas comparativas fueron dibujadas deliberadamente para exagerar el prognatismo de unos perfiles y estilizar otros, y el aparato visual hace el trabajo que los datos no hacían. Es el punto en que el programa deja de ser mala ciencia y se convierte en propaganda con formato científico.Frontispicio de «Types of Mankind», de J. C. Nott y G. R. Gliddon · 1854 · Dominio público · Wikimedia Commons
La técnica se refinó y se expandió durante el siglo XIX. Paul Broca fundó en París una escuela de antropometría minuciosa, con instrumentos de precisión y series de decenas de índices; Cesare Lombroso trasladó el método al delito y postuló un «criminal nato» reconocible por rasgos anatómicos; Francis Galton acuñó en 1883 el término eugenesia y desarrolló buena parte de la estadística moderna —la correlación, la regresión— trabajando en este programa, que es una de las ironías más incómodas de la historia de la ciencia. En las primeras décadas del siglo XX la craniometría y los primeros test de inteligencia proporcionaron la base técnica de políticas concretas: cuotas de inmigración por origen nacional en los Estados Unidos, leyes de esterilización forzosa validadas por sus tribunales supremos, y finalmente la legislación racial alemana, cuyos ejecutores citaban literatura académica publicada en revistas ordinarias.
El desmontaje llegó por dos vías. La primera fue empírica, y su golpe más limpio lo dio Franz Boas en 1912: al medir el cráneo de inmigrantes europeos llegados a los Estados Unidos y el de sus hijos nacidos allí, encontró que la forma craneal cambiaba de una generación a la siguiente. Si el rasgo que se estaba usando para definir razas fijas se modificaba con la nutrición y el ambiente en veinte años, entonces no medía lo que se decía que medía. La segunda vía fue conceptual y llegó con la genética de poblaciones: el trabajo de Richard Lewontin de 1972 cuantificó cómo se reparte la variación genética humana y encontró que la abrumadora mayoría se da dentro de cada población y no entre poblaciones, de modo que las categorías raciales clásicas no delimitan grupos genéticamente discretos. Entre medias, las declaraciones de la Unesco de 1950 y 1951, redactadas por paneles de científicos con la experiencia europea reciente muy presente, retiraron a la ciencia el aval que había prestado.
Dos observaciones finales que evitan las dos moralejas fáciles. La primera es que la craniometría no era una pseudociencia con métodos malos: era ciencia normal, con instrumentos buenos, publicada en las revistas serias de su tiempo y practicada por gente que ocupaba cátedras. Tratarla como una aberración de charlatanes impide aprender de ella, porque su fallo —una categoría mal construida, importada de la política, tratada como si fuera un dato natural— es un fallo perfectamente posible hoy y se han descrito casos recientes. La segunda es que medir cráneos no es en sí mismo el problema: la morfometría geométrica sigue siendo un instrumento válido en paleoantropología, en anatomía forense y en biología evolutiva, y aporta información fiable cuando la pregunta está bien planteada. Lo que caducó no fue el calibre; fue la idea de que un promedio de una categoría inventada dijera algo sobre la capacidad de una persona.
Los zoos humanos —también exhibiciones etnográficas, Völkerschauen o aldeas coloniales— fueron el formato de espectáculo por el que, entre 1810 y 1940, se mostró a unas treinta o treinta y cinco mil personas procedentes de África, Asia, Oceanía, el Ártico y América ante un público que la investigación de referencia cifra en cerca de mil cuatrocientos millones de visitantes, dentro de recintos que reproducían un poblado, un campamento o un paisaje. No son un episodio marginal de feria: se solapan con la fundación de la antropología como disciplina universitaria y proveyeron de cuerpos y de medidas a la antropología física. La historiografía que los estudia como fenómeno unitario es relativamente reciente: la fijó el volumen colectivo Zoos humains en 2002.
El caso que abre la serie es el de Sara Baartman, una mujer khoikhoi nacida en el Cabo hacia 1789 y llevada a Londres en 1810, donde se exhibió en el número 225 de Piccadilly con el nombre de escena de «Venus hotentote». La exhibición se anunciaba por sus proporciones corporales, y su formato —una plataforma, una cortina, un empresario que la hacía entrar y salir a su voz— era el del gabinete de curiosidades. Ese mismo año la African Institution abolicionista llevó el asunto a los tribunales para averiguar si estaba retenida contra su voluntad; interrogada en neerlandés ante el Tribunal del Banco del Rey, declaró que actuaba por su propio acuerdo y a cambio de una parte de las ganancias, y el caso se cerró. La ambigüedad de ese testimonio —dado por una mujer sin bienes, sin lengua franca y sin nadie a quien acudir— es exactamente el problema que atraviesa toda la historia posterior del formato.
Fig. 1«Love and Beauty — Sartjee the Hottentot Venus», estampa satírica londinense de octubre de 1810. La nota manuscrita al pie informa de dónde se la exhibía: las salas del señor Wigley, en Spring Gardens. De la iconografía disponible sobre Baartman esta es la menos degradante: las otras imágenes que circulan son las láminas anatómicas que Cuvier publicó tras disecar su cadáver, y reproducirlas aquí sería continuar el acto que el artículo describe.Autoría desconocida · 1810 · Dominio público · Wikimedia Commons
Baartman murió en París en diciembre de 1815. Georges Cuvier, que la había examinado en vida en el Jardin des Plantes, disecó el cadáver, conservó el esqueleto, el cerebro y los genitales, hizo un molde en escayola y publicó sus observaciones en 1817 en las memorias del Museo de Historia Natural. Los restos estuvieron expuestos en el Museo del Hombre de París hasta los años setenta y almacenados después. Sudáfrica los reclamó tras el fin del apartheid; Francia necesitó una ley específica para devolverlos, y en agosto de 2002 fueron enterrados en Hankey, en el Cabo Oriental. Entre la exhibición y el entierro habían pasado ciento noventa y dos años.
Lo que en 1810 era una empresa artesanal se industrializó en la segunda mitad del siglo. El nombre clave es Carl Hagenbeck, tratante de animales de Hamburgo, que en 1874 presentó su primera Völkerschau con un grupo de sámi, sus renos y sus trineos. Hagenbeck aportó dos innovaciones decisivas: el circuito —las compañías giraban por decenas de ciudades europeas con contratos, agentes y publicidad— y el decorado naturalista, la reconstrucción de un entorno completo en lugar de la tarima desnuda. La segunda tiene una derivada que conviene no pasar por alto: el recinto sin barrotes con foso y panorama, que Hagenbeck perfeccionó exhibiendo personas, es el que trasladó después a los animales en su parque de Stellingen en 1907, y es el modelo del zoológico moderno.
Fig. 2La primera Völkerschau de Carl Hagenbeck, 1875: una tienda, renos, trineos, una familia sámi y, al otro lado de la valla, el público con sombrero de copa. Toda la gramática del formato está en esta imagen — el recinto, la distancia, la reconstrucción del hábitat y la valla que decide quién mira. El mismo diseño de recinto sin barrotes se aplicaría después a los animales del parque zoológico de Hagenbeck.Autoría desconocida · 1875 · Dominio público · Wikimedia Commons
Las exposiciones universales convirtieron el negocio en política de Estado. La de París de 1889 —la de la torre Eiffel, con unos veintiocho millones de visitantes— incluyó un «village nègre» con unas cuatrocientas personas, y fue una de sus atracciones más concurridas; la de 1900 repitió la fórmula. La Exposición Colonial de Berlín de 1896 y la Exposición Colonial Internacional de París de 1931, que vendió más de treinta millones de entradas, hicieron de la aldea indígena el argumento central de la pedagogía imperial: el visitante recorría en una tarde las posesiones de su país y comprobaba con sus ojos la distancia entre él y los pueblos administrados. La contraexposición que en 1931 organizaron surrealistas y comunistas con el título «La verdad sobre las colonias» recibió unos pocos miles de visitantes. Y el formato bajó también a las ferias de provincias: en Nantes en 1904, en Amiens en 1906, en decenas de capitales medianas europeas hubo aldea, taller de artesanía y buceadores, con su serie de tarjetas postales para llevarse a casa.
Fig. 3«Le Village Noir. Vista general», postal de la Exposición de Nantes de 1904. La escala del negocio se mide mejor aquí que en las grandes capitales: una ciudad de provincias monta su aldea, la vende como atracción industrial y comercial, y la edita como souvenir numerado. Casi todo el archivo visual que tenemos de estas exhibiciones es el archivo de quien las explotaba.Autoría desconocida · 1904 · Dominio público · Wikimedia Commons
La conexión con la ciencia es directa y está documentada. En la Exposición de Saint Louis de 1904, W. J. McGee, primer presidente de la American Anthropological Association, dirigió un Departamento de Antropología concebido como una demostración de la escala del progreso humano: más de mil cien filipinos, entre ellos la célebre aldea igorote, junto a grupos amerindios, ainus y pigmeos, con un laboratorio de antropometría y de tests psicológicos que medía a los exhibidos. Los «Días de Antropología» del 12 y 13 de agosto de 1904 les hicieron competir en pruebas atléticas para compararlos con los atletas olímpicos que corrían esas semanas en la misma ciudad — un experimento cuyo diseño era su propia conclusión. Franz Boas, que había montado la sección antropológica de la feria de Chicago de 1893 a las órdenes de Frederic Ward Putnam, salió descontento de aquella experiencia, y su particularismo histórico se construyó precisamente contra la idea que estas exhibiciones daban por supuesta: que las culturas se ordenan en una escala única.
El caso que fijó la memoria del asunto en Estados Unidos fue el de Ota Benga, un hombre mbuti traído del Congo por el misionero y empresario Samuel Phillips Verner para la feria de 1904. En septiembre de 1906 el zoológico del Bronx lo alojó en la casa de los monos, compartiendo espacio con un orangután, con un cartel que informaba de su estatura y su peso y con miles de visitantes al día. Las protestas que acabaron con el episodio en pocos días no vinieron de la comunidad científica, sino de un grupo de pastores negros de Nueva York encabezado por James H. Gordon, que denunciaron el mensaje evidente de la puesta en escena. Ota Benga vivió después en un orfanato y en Lynchburg, Virginia, donde trabajó en una fábrica de tabaco, y se suicidó en marzo de 1916 cuando comprendió que no habría manera de volver al Congo. La Wildlife Conservation Society, que gestiona el zoológico del Bronx, pidió perdón públicamente por el episodio en julio de 2020.
Fig. 4Ota Benga con un chimpancé en el zoológico del Bronx. La ficha de catálogo del negativo da una datación imprecisa y posterior; la escena corresponde a la exhibición en la casa de los monos de septiembre de 1906, la que provocó las protestas. Vale la pena mirar la expresión y no el atrezo: el taparrabos, el bastón y el animal son utilería del zoológico.Bain News Service · 1906 · Dominio público · Wikimedia Commons
El formato no murió por convicción, sino por descrédito lento. La última gran aldea de una exposición universal fue la del Congo belga en Bruselas en 1958, y terminó antes de tiempo porque los congoleños que la habitaban se hartaron de que los visitantes les tiraran comida y de que los trataran como fauna, y exigieron volver a casa. Lo que queda hoy es un problema de archivo y otro de restitución. De archivo, porque la enorme colección de fotografías, carteles y postales que documenta las exhibiciones fue producida por los empresarios que las montaban, con lo cual la única mirada disponible sobre los exhibidos es la de quien cobraba la entrada, y reproducirla sin más equivale a prolongarla. De restitución, porque los museos europeos todavía conservan restos humanos, moldes y objetos que llegaron por esta vía; el entierro de Sara Baartman en 2002 fue el primero de una serie que continúa, y es también la razón por la que este capítulo dejó de ser historia de las mentalidades para convertirse en asunto de política contemporánea.
Ishi (c. 1861-1916) fue el último superviviente conocido de los yahi, un grupo yana del norte de California, y vivió sus cinco últimos años en el Museo de Antropología de la Universidad de California, en San Francisco, como informante, empleado y atracción dominical. Su caso es el más citado de la antropología de salvamento: el programa, dominante entre 1880 y 1930, que asumía que las culturas indígenas estaban condenadas a desaparecer y que la tarea urgente del antropólogo era registrarlas antes de que se apagaran. Ishi es a la vez el mayor éxito de ese programa —de una lengua sin hablantes queda un archivo sonoro— y su acusación más completa.
El 29 de agosto de 1911, un hombre desnutrido de unos cincuenta años apareció en el corral de un matadero cerca de Oroville. El sheriff, sin saber qué hacer con alguien que no hablaba inglés ni español ni ninguna de las lenguas indígenas conocidas en la comarca, lo encerró en la cárcel del condado y llamó a la prensa, que lo bautizó «el indio salvaje de Deer Creek». En Berkeley, Alfred Kroeber y Thomas Waterman leyeron la noticia y reconocieron la oportunidad: Waterman viajó con una lista de palabras yana recogida años antes y logró comunicarse cuando ambos coincidieron en el nombre de la madera de pino. Cuatro días después el hombre viajaba en tren a San Francisco.
Fig. 1Ishi el día que lo encontraron, el 29 de agosto de 1911, con la ropa que le prestaron en el matadero. La leyenda escrita a mano sobre la propia copia —«el indio de Deer Creek, el hombre salvaje»— es el documento: la categoría con la que se lo presentó al público estaba puesta antes de que nadie hubiera podido hablar con él.Autoría desconocida · 1911 · Dominio público · Wikimedia Commons
Nunca dijo su nombre. En la etiqueta yahi, decir el propio nombre no corresponde a uno mismo: hace falta otro miembro del grupo que lo presente, y no quedaba ninguno. A la pregunta insistente contestó que no tenía, «porque no había nadie que me nombrara». Kroeber acabó llamándolo Ishi, que en yana significa simplemente «hombre», y con ese nombre entró en la historia de la disciplina: una persona conocida universalmente por un sustantivo común, porque el sistema que le daba nombre propio había sido exterminado.
Ese exterminio tiene fechas. La fiebre del oro llevó a las estribaciones del Lassen una población de mineros y ganaderos que respondió a los robos de ganado con expediciones de castigo pagadas por condado. En 1865, en la matanza de Three Knolls, murieron unos cuarenta yahi; en 1871, en la cueva de Kingsley, otros treinta. Los pocos que quedaron —una docena de personas, luego menos— se retiraron a los cañones de Mill Creek y Deer Creek y pasaron cerca de cuarenta años escondidos, moviéndose de noche, tapando el humo, borrando las huellas; el periodo se conoce como «la larga ocultación». En 1908, una cuadrilla de topógrafos que trabajaba para una compañía hidroeléctrica dio con el campamento y lo desmanteló por curiosidad, llevándose los utensilios. Los cuatro últimos se dispersaron; la madre de Ishi murió poco después, y él siguió solo dos o tres años más antes de bajar al valle. Cuando la prensa lo llamó «el último indio salvaje», el adjetivo describía en realidad una política, no una forma de vida.
En el museo —entonces en Parnassus Heights, junto a la facultad de medicina— se le dio un cuarto, un sueldo de ayudante de conserje y una tarea: hablar. Trabajó con Waterman y con Kroeber en vocabulario, mitos, técnica y topografía; con el médico Saxton Pope, que aprendió de él el arco y publicó su historia clínica, mantuvo la amistad más cercana de esos años. Los domingos por la tarde tallaba puntas de flecha y encendía fuego con taladro ante el público, que llegó a contarse por miles. Y en el verano de 1915 el lingüista Edward Sapir se instaló a grabar: quedaron ciento cuarenta y ocho cilindros de cera, cinco horas y cuarenta y un minutos de yahi hablado y cantado, la única documentación sonora de la lengua, incorporada en 2010 al registro nacional de grabaciones de la Biblioteca del Congreso de Estados Unidos.
Fig. 2Ishi encendiendo fuego con taladro en una ladera sobre San Francisco, 1914, con camisa y pantalón de faena. La imagen resume su situación mejor que cualquier retrato en atuendo tradicional: un empleado del museo demostrando una técnica yahi para los visitantes, a media hora en tranvía del edificio donde dormía.Saxton T. Pope · 1914 · Dominio público · Wikimedia Commons
Murió de tuberculosis el 25 de marzo de 1916. Kroeber estaba en Nueva York y había escrito con antelación una instrucción tajante: nada de autopsia, y si alguien invocaba los intereses de la ciencia, que dijeran de su parte que la ciencia podía irse al infierno. La autopsia se hizo igualmente. El cuerpo fue incinerado y las cenizas depositadas en un cementerio de Colma, pero el cerebro se conservó y en 1917 se envió a Aleš Hrdlička, del Instituto Smithsoniano, que llevaba años reuniendo una colección comparada de cerebros humanos. Allí permaneció en un tanque del almacén hasta que en 1999, a petición de tribus de California que buscaban sus restos para enterrarlos, se localizó. El 10 de agosto de 2000 fue devuelto a la Redding Rancheria y a la tribu Pit River, que lo enterraron con las cenizas en un lugar no divulgado del país yahi. La ley que hizo posible esa reclamación, la NAGPRA de 1990, obliga a los museos financiados con fondos federales a inventariar y restituir restos humanos y objetos funerarios; el caso de Ishi fue uno de los que la volvieron célebre.
Fig. 3Retrato de Ishi sin fecha, tomado en alguno de sus años en el museo; la copia que circula está virada a sepia y retocada digitalmente, así que el aire de fotografía antigua es en parte moderno. El pelo corto sí es de época y no es un corte de peluquería: se lo había quemado en señal de duelo, como marcaba la costumbre yahi, antes de bajar al valle.Autoría desconocida · Dominio público · Wikimedia Commons
La memoria del caso la fijó Ishi in Two Worlds (1961), escrito por Theodora Kroeber, esposa del antropólogo, un libro extraordinariamente bien hecho que ha vendido más de un millón de ejemplares y que convirtió a Ishi en figura mítica de la California moderna. La revisión crítica llegó con la generación siguiente y tiene tres frentes. El primero, biográfico: Orin Starn reconstruyó en 2004 la historia del cerebro y mostró hasta qué punto la disciplina había preferido no recordarla. El segundo, técnico y demoledor para el relato de pureza: Steven Shackley analizó las puntas de flecha que Ishi talló para el museo y encontró que su técnica se parece más a la nomlaki o wintu que a la yahi arqueológica, lo que sugiere que el «último yahi puro» podría tener ascendencia mixta o haber aprendido de vecinos —es decir, que el grupo aislado no estuvo tan aislado—. El tercero es el más general: la categoría de «el último de su tribu» es una forma narrativa, y en el Handbook of the Indians of California que Kroeber publicó en 1925 varios pueblos aparecen declarados extintos cuyos descendientes estaban vivos y cuya falta de reconocimiento federal se apoyó después, entre otras cosas, en esas páginas. Declarar el fin de una cultura es un acto administrativo, no solo una descripción.
Queda por tanto un balance incómodo y honesto. La antropología de salvamento partía de una premisa falsa —que los pueblos indígenas americanos estaban desapareciendo— y contribuyó a hacerla verosímil, tratando a personas vivas como últimos ejemplares y a sus cuerpos como material. Y a la vez es la razón de que exista un archivo: cinco horas de yahi, cientos de páginas de mitología, un vocabulario. Las tribus de California que hoy reclaman restos en museos trabajan a menudo con notas y grabaciones producidas por el mismo aparato al que se las reclaman. James Clifford lo formuló como el problema de fondo: la historia de Ishi no admite un final limpio, ni el del rescate cultural ni el del expolio, porque las dos cosas ocurrieron en el mismo edificio.