El racismo científico es el conjunto de teorías que entre finales del siglo XVIII y mediados del XX pretendieron establecer, con los métodos e instituciones de la ciencia, la existencia de razas humanas jerarquizadas por capacidad intelectual y moral. La craniometría —la medición sistemática del cráneo— fue su técnica emblemática, y el caso conserva un interés que no es solo histórico: es probablemente el mejor ejemplo documentado de cómo un programa de investigación puede acumular datos cuidadosos, aritmética correcta y revisión por pares, y estar equivocado de principio a fin.
El punto de partida no era malintencionado en el sentido obvio. La historia natural del siglo XVIII clasificaba todo lo vivo, y aplicar la clasificación a la especie humana era el paso natural. Johann Friedrich Blumenbach propuso en 1795 cinco variedades a partir de la forma del cráneo, y conviene señalar que era monogenista —sostenía la unidad de la especie humana— y que insistió en que las variedades se solapan y no tienen fronteras nítidas. Pero introdujo, junto con eso, un juicio estético travestido de dato: llamó «caucásica» a la variedad europea porque el cráneo que le parecía más hermoso de su colección procedía del Cáucaso, y la situó en el centro del esquema, del que las demás eran degeneraciones. El término sobrevivió al razonamiento y sigue apareciendo en formularios oficiales dos siglos después.

El paso decisivo lo dio Samuel George Morton en Filadelfia. Morton reunió la mayor colección craneal del mundo —más de mil piezas— y midió su capacidad interna, primero con semilla de mostaza y después, al comprobar que era irregular, con municiones de plomo, un procedimiento que él mismo mejoró por rigor. Publicó los resultados en Crania Americana (1839) y Crania Aegyptiaca (1844), ordenó las medias por «raza» y concluyó que existía una jerarquía de capacidad craneal, con los europeos arriba. Morton era además poligenista: sostenía que las razas eran creaciones separadas, tesis que en el contexto estadounidense de aquellas décadas tenía una utilidad política transparente. La llamada Escuela Americana —Morton, Josiah Nott, George Gliddon, con el respaldo de Louis Agassiz— construyó sobre esos datos una defensa de la esclavitud presentada como ciencia natural, y la construyó en un momento en que la esclavitud necesitaba justificaciones nuevas.

Lo que falla se ve en otro sitio, y ahí está la parte instructiva del caso. En 1981, Stephen Jay Gould dedicó a Morton un capítulo de La falsa medida del hombre en el que sostenía que sus cifras estaban sesgadas —no falsificadas, sino inconscientemente desviadas— por expectativas previas: submuestras convenientemente elegidas, errores aritméticos que iban todos en la misma dirección, omisiones selectivas. El libro se convirtió en un clásico y su tesis en un ejemplo de manual de sesgo del investigador. En 2011, un equipo volvió a medir físicamente los cráneos de la colección de Morton, que se conservan, y encontró que las mediciones originales eran en general correctas y que varios de los errores denunciados por Gould eran de Gould, incluida la atribución a Morton de sesgos que sus datos no muestran. La réplica no acabó ahí: un tercer trabajo argumentó que la remedición contestaba a la pregunta menos importante, porque el sesgo de Morton no estaba en el uso de la balanza sino en decisiones anteriores a cualquier medición —qué contaba como raza, qué cráneos entraban en cada categoría, qué se hacía con la enorme variación interna de cada grupo y por qué la media de un conjunto arbitrario debía significar algo—. La conclusión que sobrevive a las tres rondas es la mejor lección del episodio: la aritmética se puede auditar y el marco no, y el sesgo grave casi nunca vive en los números.

La técnica se refinó y se expandió durante el siglo XIX. Paul Broca fundó en París una escuela de antropometría minuciosa, con instrumentos de precisión y series de decenas de índices; Cesare Lombroso trasladó el método al delito y postuló un «criminal nato» reconocible por rasgos anatómicos; Francis Galton acuñó en 1883 el término eugenesia y desarrolló buena parte de la estadística moderna —la correlación, la regresión— trabajando en este programa, que es una de las ironías más incómodas de la historia de la ciencia. En las primeras décadas del siglo XX la craniometría y los primeros test de inteligencia proporcionaron la base técnica de políticas concretas: cuotas de inmigración por origen nacional en los Estados Unidos, leyes de esterilización forzosa validadas por sus tribunales supremos, y finalmente la legislación racial alemana, cuyos ejecutores citaban literatura académica publicada en revistas ordinarias.
El desmontaje llegó por dos vías. La primera fue empírica, y su golpe más limpio lo dio Franz Boas en 1912: al medir el cráneo de inmigrantes europeos llegados a los Estados Unidos y el de sus hijos nacidos allí, encontró que la forma craneal cambiaba de una generación a la siguiente. Si el rasgo que se estaba usando para definir razas fijas se modificaba con la nutrición y el ambiente en veinte años, entonces no medía lo que se decía que medía. La segunda vía fue conceptual y llegó con la genética de poblaciones: el trabajo de Richard Lewontin de 1972 cuantificó cómo se reparte la variación genética humana y encontró que la abrumadora mayoría se da dentro de cada población y no entre poblaciones, de modo que las categorías raciales clásicas no delimitan grupos genéticamente discretos. Entre medias, las declaraciones de la Unesco de 1950 y 1951, redactadas por paneles de científicos con la experiencia europea reciente muy presente, retiraron a la ciencia el aval que había prestado.
Dos observaciones finales que evitan las dos moralejas fáciles. La primera es que la craniometría no era una pseudociencia con métodos malos: era ciencia normal, con instrumentos buenos, publicada en las revistas serias de su tiempo y practicada por gente que ocupaba cátedras. Tratarla como una aberración de charlatanes impide aprender de ella, porque su fallo —una categoría mal construida, importada de la política, tratada como si fuera un dato natural— es un fallo perfectamente posible hoy y se han descrito casos recientes. La segunda es que medir cráneos no es en sí mismo el problema: la morfometría geométrica sigue siendo un instrumento válido en paleoantropología, en anatomía forense y en biología evolutiva, y aporta información fiable cuando la pregunta está bien planteada. Lo que caducó no fue el calibre; fue la idea de que un promedio de una categoría inventada dijera algo sobre la capacidad de una persona.
Etnocentrismo – Salvajismo – Relativismo cultural – Paleoantropología – Sesgo de confirmación
Fuentes
- Stephen Jay GouldThe Mismeasure of ManW. W. Norton1981
- Jason E. Lewis et al.The Mismeasure of Science: Stephen Jay Gould versus Samuel George Morton on Skulls and BiasPLoS Biology2011
- Jonathan M. Kaplan, Massimo Pigliucci y Joshua A. BantaGould on Morton, Redux: What Can the Debate Reveal about the Limits of Data?Studies in History and Philosophy of Biological and Biomedical Sciences2015
- Franz BoasChanges in Bodily Form of Descendants of ImmigrantsReports of the Immigration Commission1912
- Nancy StepanThe Idea of Race in Science: Great Britain 1800-1960Macmillan1982
- Richard C. LewontinThe Apportionment of Human DiversityEvolutionary Biology1972
- UNESCOThe Race QuestionDeclaración de expertos, París1950enlace