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El potlatch

El potlatch es la institución de las sociedades de la costa noroeste de Norteamérica —kwakwaka’wakw, haida, tlingit, tsimshian, nuu-chah-nulth, salish de la costa— en la que un anfitrión convoca a invitados de otros grupos, les ofrece un banquete y les distribuye bienes de valor. La palabra viene del jargón chinuk patshatl, «dar», y su traducción habitual como «fiesta de reparto» es responsable de casi todos los malentendidos: el potlatch no es un banquete generoso, es un procedimiento jurídico.

Lo que ocurre en un potlatch es la validación pública de una posición. Un heredero asume el nombre y las prerrogativas de su predecesor; un jefe hace efectivo un derecho sobre un territorio de pesca; un matrimonio se sella; una muerte se cierra; una deshonra se repara. Ninguna de esas cosas queda establecida por la voluntad del interesado: queda establecida porque hay testigos convocados formalmente que reciben bienes y que, al recibirlos, ratifican lo que han visto y quedan obligados a recordarlo. En sociedades sin escritura, el potlatch es el registro de la propiedad, el registro civil y el archivo de precedentes a la vez, y los regalos son el equivalente de las tasas y de la firma del notario. De ahí que la cantidad importe: cuanto mayor es el derecho que se reclama, más testigos hay que convocar y más caro es convocarlos.

Fotografía de 1914 de un grupo kwakwaka'wakw sobre una plataforma de canoas durante una ceremonia matrimonial
Fig. 1 Edward S. Curtis, grupo nupcial kwakwaka’wakw, 1914: la comitiva llega por agua sobre una plataforma montada entre canoas. Un matrimonio de rango era una transferencia de nombres y prerrogativas entre linajes, y por eso se hacía a la vista de todos y con bienes por medio. Conviene una advertencia sobre la fuente: Curtis pagaba, vestía y ponía en escena a sus modelos, y retocaba los negativos para borrar objetos de manufactura industrial. Sus fotografías documentan a la vez lo que quedaba de una institución y lo que un fotógrafo blanco quería que pareciera.Edward S. Curtis · 1914 · Dominio público · Wikimedia Commons

Los bienes que circulan no son mercancías cualesquiera. Están las mantas —originalmente de lana de cabra montesa y corteza de cedro, más tarde las mantas de comercio de la Compañía de la Bahía de Hudson, que se contaban por millares—, las cajas de aceite de eulachon, las canoas, los esclavos en el periodo anterior a la prohibición, y sobre todo los tlakwa, las grandes láminas de cobre martilleado, blasonadas, que tienen nombre propio, historia conocida y un valor expresado en mantas que sube cada vez que cambian de manos. Un cobre no es dinero: es un título con biografía, y su valor está en la lista de quienes lo han tenido antes. La misma lógica gobierna la manta chilkat, tejida durante meses a partir de un patrón heredado que es propiedad de un linaje concreto y que nadie más puede usar.

Manta chilkat de lana de cabra montesa con diseño formal en negro, amarillo y azul
Fig. 2 Manta chilkat. Se teje sin telar de calada, a mano y por secciones, a partir de un patrón pintado sobre tabla que pertenece a un linaje: el diseño es propiedad, no decoración. Meses de trabajo de una tejedora concentrados en un objeto cuya función es ser exhibido y entregado — que es la definición práctica de un bien de prestigio.Manta chilkat del Museo de la Universidad de Alaska · Dominio público · Wikimedia Commons

Marcel Mauss hizo del potlatch la pieza central de su Ensayo sobre el don (1925), y con ello lo convirtió en un problema teórico general. Su tesis es que en muchas sociedades el intercambio no se organiza como una transacción entre individuos que buscan un beneficio, sino como una prestación total entre grupos, gobernada por tres obligaciones inseparables: dar, recibir y devolver. Rechazar un don es declarar la guerra; aceptarlo es contraer una deuda; devolver más de lo recibido es marcar superioridad. Con ello Mauss identificó lo que la economía política no veía: que el don no es lo contrario del contrato sino una forma de contrato en la que las personas quedan implicadas en la cosa, y que un objeto puede llevar consigo algo de quien lo dio —lo que él, siguiendo una explicación maorí, llamó el hau de la cosa—. Ese último punto es el más discutido: Marshall Sahlins mostró que la lectura de Mauss del término maorí era una interpretación forzada de un texto breve, y que la obligación de devolver no necesita una fuerza mística para explicarse.

La imagen popular del potlatch —jefes rivales rompiendo cobres, quemando mantas y vertiendo aceite al fuego para humillarse mutuamente en una escalada de destrucción— es real y es históricamente localizada, y confundir las dos cosas es el error más extendido. El trabajo de Helen Codere sobre la serie completa de potlatches kwakwaka’wakw entre 1792 y 1930 mostró dos hechos que la explican. El primero es que la escala se infló con la colonización: la incorporación al mercado —trabajo asalariado en las conserveras, mantas de comercio baratas, dinero— multiplicó por órdenes de magnitud la cantidad de bienes disponibles para distribuir, de modo que los potlatches del siglo XIX son mucho más grandes que cualquier cosa anterior. El segundo es que la guerra intergrupal había sido prohibida y reprimida por las autoridades coloniales, y el prestigio que antes se ganaba en el conflicto armado se desplazó a la competencia con propiedad. Codere lo resumió en el título de su libro: pelear con bienes. El potlatch de rivalidad no es el potlatch inmemorial: es lo que quedó del potlatch cuando se le quitaron alrededor la guerra, la autonomía política y la economía de subsistencia.

Armazón de vigas y postes tallados de una gran casa kwakwaka'wakw
Fig. 3 Armazón de una gran casa kwakwaka’wakw. Las vigas y los postes tallados representan los blasones del linaje propietario, y la casa es a la vez vivienda, escenario del potlatch y afirmación permanente del derecho que el potlatch validaba. Levantar una era en sí misma una ocasión para convocar testigos.Edward S. Curtis · 1910 · Dominio público · Wikimedia Commons

Que la institución escandalizara a los administradores coloniales es comprensible desde su lógica y no desde ninguna otra. En 1884 el Parlamento canadiense enmendó la Indian Act para prohibir el potlatch, con el argumento explícito de que impedía la acumulación, fomentaba la ociosidad y obstaculizaba la conversión de los indígenas en propietarios individuales. La prohibición se aplicó de forma desigual durante décadas y culminó en 1921, cuando la policía interrumpió un gran potlatch celebrado por Dan Cranmer en Village Island: hubo procesamientos, penas de cárcel para quienes no aceptaron entregar sus objetos, y la confiscación de máscaras, tocados, sonajas y cobres que acabaron en museos de Ottawa, Toronto y Nueva York y en manos de coleccionistas privados. La prohibición desapareció del texto de la ley en la revisión de 1951. La devolución de los objetos confiscados se negoció a partir de los años setenta y condujo a la creación de dos centros culturales en la propia zona —el U’mista en Alert Bay y el Nuyumbalees en Cape Mudge— construidos con la condición de que las piezas volvieran a la comunidad y no a un museo nacional. Es uno de los primeros casos de repatriación patrimonial del mundo, y su origen no es un debate académico sino un juicio penal.

La aportación teórica del potlatch sigue viva en dos direcciones. La primera es la crítica al modelo del agente económico maximizador: aquí el prestigio se obtiene desprendiéndose de bienes, y una teoría que solo sepa hablar de acumulación no puede describir el fenómeno sin declararlo irracional, que es exactamente lo que hicieron los administradores. La segunda es más fina y la formuló Annette Weiner al examinar qué es lo que no se da: en toda economía de dones hay bienes inalienables —nombres, blasones, ciertos cobres, reliquias— que se exhiben, se prestan y se heredan pero no se entregan, y cuya retención es la fuente última del rango. La generosidad del potlatch no consiste, entonces, en dar todo: consiste en dar mucho de lo que circula para conservar aquello que no puede circular. Mauss vio la obligación de dar; Weiner vio que sin algo que se guarde no hay nada que dar signifique.

El kulaPatrimonio culturalRito de pasajeBien culturalAura y reproductibilidad técnica

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Fuentes

  1. Franz BoasThe Social Organization and the Secret Societies of the Kwakiutl IndiansReport of the U.S. National Museum1897
  2. Marcel MaussEssai sur le don. Forme et raison de l'échange dans les sociétés archaïquesL'Année Sociologique1925
  3. Helen CodereFighting with Property: A Study of Kwakiutl Potlatching and Warfare, 1792-1930American Ethnological Society1950
  4. Marshall SahlinsThe Spirit of the Gift, en «Stone Age Economics»Aldine1972
  5. Douglas Cole e Ira ChaikinAn Iron Hand upon the People: The Law against the Potlatch on the Northwest CoastDouglas & McIntyre1990
  6. Annette B. WeinerInalienable Possessions: The Paradox of Keeping-While-GivingUniversity of California Press1992
  7. U'mista Cultural CentreThe Potlatch Collection HistoryAlert Bay, Columbia Británicaenlace
Sarasola, Josemari (2026). "El potlatch". Ikusmira. Recuperado de https://ikusmira.org/p/el-potlatch/

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