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Relativismo cultural

El relativismo cultural es la posición según la cual las creencias, las prácticas y los valores de una cultura deben entenderse en su propio contexto y no medirse con la vara de otra. Es la respuesta directa al etnocentrismo, y conviene distinguir dos versiones que se confunden con frecuencia porque una es un método y la otra una ética.

El relativismo metodológico es una regla de trabajo: para entender una práctica hay que reconstruir el sistema de sentido en el que es razonable, antes de juzgarla. Lo formuló Franz Boas contra el evolucionismo victoriano, que ordenaba a los pueblos en una escala única de salvajismo, barbarie y civilización, y de ahí salió su particularismo histórico: cada cultura es el resultado de una historia propia y no un peldaño de la ajena. En esta versión el relativismo no es una tesis sobre el bien, sino una condición de la descripción, y no está en discusión: ninguna etnografía que empiece por evaluar entiende nada.

El relativismo moral, en cambio, sostiene que no existen criterios transculturales para valorar prácticas, y ahí empiezan los problemas. Su momento institucional fue la declaración que la American Anthropological Association aprobó en 1947, redactada por Melville Herskovits, que se oponía a la Declaración Universal de Derechos Humanos que se estaba preparando por entender que ningún catálogo de derechos podía formularse fuera de una cultura concreta y que aplicarlo universalmente sería un acto imperial más. Fue una posición coherente y envejeció mal: la misma asociación adoptó en 1999 una Declaración sobre Antropología y Derechos Humanos que dice lo contrario, y el argumento de 1947 ha sido usado desde entonces por Estados autoritarios para blindar sus prácticas frente a la crítica externa.

El caso que suele cerrar la discusión en clase es el de la mutilación genital femenina, y su interés está en que no admite una salida cómoda. El relativista consecuente no puede condenarla; el universalista ingenuo la condena sin entender por qué se practica, quién la sostiene —muy a menudo mujeres mayores con autoridad reconocida— y por qué las campañas prohibicionistas fracasaron durante décadas mientras funcionaban las intervenciones negociadas con esas mismas autoridades. La antropología aporta aquí lo que sabe hacer: describir cómo funciona la institución, quién gana y quién pierde con ella, y qué palancas existen dentro de la propia cultura, en vez de elegir de antemano entre condenar y consentir.

Clifford Geertz dio en 1984 la fórmula más citada al respecto en una conferencia titulada «Anti anti-relativismo». Su argumento era que no hace falta defender el relativismo como doctrina para desconfiar del antirrelativismo, porque este suele ser el vehículo por el que vuelven a colarse las jerarquías de culturas superiores e inferiores. Y hay una asimetría que a menudo se olvida en el debate: el relativismo cultural se inventó como herramienta antirracista para desarmar la escala colonial de civilización, no como coartada. Su límite es interno: una versión estricta impide criticar también la propia sociedad, y una cultura no es un bloque homogéneo con una sola voz, sino un espacio de disputa donde alguien impone la costumbre y alguien la sufre.

EtnocentrismoParticularismo históricoEurocentrismoCultura y personalidadRelativismo lingüístico (hipótesis de Sapir-Whorf)La brujería entre los azande

Sarasola, Josemari (2023). "Relativismo cultural". Ikusmira. Recuperado de https://ikusmira.org/p/relativismo-cultural/

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