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Los zoos humanos

Los zoos humanos —también exhibiciones etnográficas, Völkerschauen o aldeas coloniales— fueron el formato de espectáculo por el que, entre 1810 y 1940, se mostró a unas treinta o treinta y cinco mil personas procedentes de África, Asia, Oceanía, el Ártico y América ante un público que la investigación de referencia cifra en cerca de mil cuatrocientos millones de visitantes, dentro de recintos que reproducían un poblado, un campamento o un paisaje. No son un episodio marginal de feria: se solapan con la fundación de la antropología como disciplina universitaria y proveyeron de cuerpos y de medidas a la antropología física. La historiografía que los estudia como fenómeno unitario es relativamente reciente: la fijó el volumen colectivo Zoos humains en 2002.

El caso que abre la serie es el de Sara Baartman, una mujer khoikhoi nacida en el Cabo hacia 1789 y llevada a Londres en 1810, donde se exhibió en el número 225 de Piccadilly con el nombre de escena de «Venus hotentote». La exhibición se anunciaba por sus proporciones corporales, y su formato —una plataforma, una cortina, un empresario que la hacía entrar y salir a su voz— era el del gabinete de curiosidades. Ese mismo año la African Institution abolicionista llevó el asunto a los tribunales para averiguar si estaba retenida contra su voluntad; interrogada en neerlandés ante el Tribunal del Banco del Rey, declaró que actuaba por su propio acuerdo y a cambio de una parte de las ganancias, y el caso se cerró. La ambigüedad de ese testimonio —dado por una mujer sin bienes, sin lengua franca y sin nadie a quien acudir— es exactamente el problema que atraviesa toda la historia posterior del formato.

Caricatura londinense de 1810 titulada «Love and Beauty — Sartjee the Hottentot Venus», con la figura de Sara Baartman y un cupido
Fig. 1 «Love and Beauty — Sartjee the Hottentot Venus», estampa satírica londinense de octubre de 1810. La nota manuscrita al pie informa de dónde se la exhibía: las salas del señor Wigley, en Spring Gardens. De la iconografía disponible sobre Baartman esta es la menos degradante: las otras imágenes que circulan son las láminas anatómicas que Cuvier publicó tras disecar su cadáver, y reproducirlas aquí sería continuar el acto que el artículo describe.Autoría desconocida · 1810 · Dominio público · Wikimedia Commons

Baartman murió en París en diciembre de 1815. Georges Cuvier, que la había examinado en vida en el Jardin des Plantes, disecó el cadáver, conservó el esqueleto, el cerebro y los genitales, hizo un molde en escayola y publicó sus observaciones en 1817 en las memorias del Museo de Historia Natural. Los restos estuvieron expuestos en el Museo del Hombre de París hasta los años setenta y almacenados después. Sudáfrica los reclamó tras el fin del apartheid; Francia necesitó una ley específica para devolverlos, y en agosto de 2002 fueron enterrados en Hankey, en el Cabo Oriental. Entre la exhibición y el entierro habían pasado ciento noventa y dos años.

Lo que en 1810 era una empresa artesanal se industrializó en la segunda mitad del siglo. El nombre clave es Carl Hagenbeck, tratante de animales de Hamburgo, que en 1874 presentó su primera Völkerschau con un grupo de sámi, sus renos y sus trineos. Hagenbeck aportó dos innovaciones decisivas: el circuito —las compañías giraban por decenas de ciudades europeas con contratos, agentes y publicidad— y el decorado naturalista, la reconstrucción de un entorno completo en lugar de la tarima desnuda. La segunda tiene una derivada que conviene no pasar por alto: el recinto sin barrotes con foso y panorama, que Hagenbeck perfeccionó exhibiendo personas, es el que trasladó después a los animales en su parque de Stellingen en 1907, y es el modelo del zoológico moderno.

Fotografía de 1875 de un recinto con una tienda, renos y trineos, un hombre sámi a la derecha y un público de europeos con sombreros tras la valla
Fig. 2 La primera Völkerschau de Carl Hagenbeck, 1875: una tienda, renos, trineos, una familia sámi y, al otro lado de la valla, el público con sombrero de copa. Toda la gramática del formato está en esta imagen — el recinto, la distancia, la reconstrucción del hábitat y la valla que decide quién mira. El mismo diseño de recinto sin barrotes se aplicaría después a los animales del parque zoológico de Hagenbeck.Autoría desconocida · 1875 · Dominio público · Wikimedia Commons

Las exposiciones universales convirtieron el negocio en política de Estado. La de París de 1889 —la de la torre Eiffel, con unos veintiocho millones de visitantes— incluyó un «village nègre» con unas cuatrocientas personas, y fue una de sus atracciones más concurridas; la de 1900 repitió la fórmula. La Exposición Colonial de Berlín de 1896 y la Exposición Colonial Internacional de París de 1931, que vendió más de treinta millones de entradas, hicieron de la aldea indígena el argumento central de la pedagogía imperial: el visitante recorría en una tarde las posesiones de su país y comprobaba con sus ojos la distancia entre él y los pueblos administrados. La contraexposición que en 1931 organizaron surrealistas y comunistas con el título «La verdad sobre las colonias» recibió unos pocos miles de visitantes. Y el formato bajó también a las ferias de provincias: en Nantes en 1904, en Amiens en 1906, en decenas de capitales medianas europeas hubo aldea, taller de artesanía y buceadores, con su serie de tarjetas postales para llevarse a casa.

Postal de 1904 titulada «Le Village Noir — Vue d'ensemble» con calles de chozas, gente en túnicas blancas y visitantes franceses con sombreros de paja y parasoles
Fig. 3 «Le Village Noir. Vista general», postal de la Exposición de Nantes de 1904. La escala del negocio se mide mejor aquí que en las grandes capitales: una ciudad de provincias monta su aldea, la vende como atracción industrial y comercial, y la edita como souvenir numerado. Casi todo el archivo visual que tenemos de estas exhibiciones es el archivo de quien las explotaba.Autoría desconocida · 1904 · Dominio público · Wikimedia Commons

La conexión con la ciencia es directa y está documentada. En la Exposición de Saint Louis de 1904, W. J. McGee, primer presidente de la American Anthropological Association, dirigió un Departamento de Antropología concebido como una demostración de la escala del progreso humano: más de mil cien filipinos, entre ellos la célebre aldea igorote, junto a grupos amerindios, ainus y pigmeos, con un laboratorio de antropometría y de tests psicológicos que medía a los exhibidos. Los «Días de Antropología» del 12 y 13 de agosto de 1904 les hicieron competir en pruebas atléticas para compararlos con los atletas olímpicos que corrían esas semanas en la misma ciudad — un experimento cuyo diseño era su propia conclusión. Franz Boas, que había montado la sección antropológica de la feria de Chicago de 1893 a las órdenes de Frederic Ward Putnam, salió descontento de aquella experiencia, y su particularismo histórico se construyó precisamente contra la idea que estas exhibiciones daban por supuesta: que las culturas se ordenan en una escala única.

El caso que fijó la memoria del asunto en Estados Unidos fue el de Ota Benga, un hombre mbuti traído del Congo por el misionero y empresario Samuel Phillips Verner para la feria de 1904. En septiembre de 1906 el zoológico del Bronx lo alojó en la casa de los monos, compartiendo espacio con un orangután, con un cartel que informaba de su estatura y su peso y con miles de visitantes al día. Las protestas que acabaron con el episodio en pocos días no vinieron de la comunidad científica, sino de un grupo de pastores negros de Nueva York encabezado por James H. Gordon, que denunciaron el mensaje evidente de la puesta en escena. Ota Benga vivió después en un orfanato y en Lynchburg, Virginia, donde trabajó en una fábrica de tabaco, y se suicidó en marzo de 1916 cuando comprendió que no habría manera de volver al Congo. La Wildlife Conservation Society, que gestiona el zoológico del Bronx, pidió perdón públicamente por el episodio en julio de 2020.

Fotografía de Ota Benga de pie junto a un árbol, con un chimpancé en brazos y un bastón en la mano derecha
Fig. 4 Ota Benga con un chimpancé en el zoológico del Bronx. La ficha de catálogo del negativo da una datación imprecisa y posterior; la escena corresponde a la exhibición en la casa de los monos de septiembre de 1906, la que provocó las protestas. Vale la pena mirar la expresión y no el atrezo: el taparrabos, el bastón y el animal son utilería del zoológico.Bain News Service · 1906 · Dominio público · Wikimedia Commons

El formato no murió por convicción, sino por descrédito lento. La última gran aldea de una exposición universal fue la del Congo belga en Bruselas en 1958, y terminó antes de tiempo porque los congoleños que la habitaban se hartaron de que los visitantes les tiraran comida y de que los trataran como fauna, y exigieron volver a casa. Lo que queda hoy es un problema de archivo y otro de restitución. De archivo, porque la enorme colección de fotografías, carteles y postales que documenta las exhibiciones fue producida por los empresarios que las montaban, con lo cual la única mirada disponible sobre los exhibidos es la de quien cobraba la entrada, y reproducirla sin más equivale a prolongarla. De restitución, porque los museos europeos todavía conservan restos humanos, moldes y objetos que llegaron por esta vía; el entierro de Sara Baartman en 2002 fue el primero de una serie que continúa, y es también la razón por la que este capítulo dejó de ser historia de las mentalidades para convertirse en asunto de política contemporánea.

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Fuentes

  1. Nicolas Bancel, Pascal Blanchard, Gilles Boëtsch, Éric Deroo y Sandrine Lemaire (eds.)Zoos humains. De la Vénus hottentote aux reality showsLa Découverte2002
  2. Sadiah QureshiPeoples on Parade: Exhibitions, Empire and Anthropology in Nineteenth-Century BritainUniversity of Chicago Press2011
  3. Georges CuvierExtrait d'observations faites sur le cadavre d'une femme connue à Paris et à Londres sous le nom de Vénus HottentoteMémoires du Muséum d'Histoire Naturelle1817
  4. Robert W. RydellAll the World's a Fair: Visions of Empire at American International Expositions, 1876-1916University of Chicago Press1984
  5. Phillips Verner Bradford y Harvey BlumeOta Benga: The Pygmy in the ZooSt. Martin's Press1992
  6. Hilke Thode-AroraFür fünfzig Pfennig um die Welt. Die Hagenbeckschen VölkerschauenCampus Verlag1989
  7. Clifton Crais y Pamela ScullySara Baartman and the Hottentot Venus: A Ghost Story and a BiographyPrinceton University Press2009
Sarasola, Josemari (2026). "Los zoos humanos". Ikusmira. Recuperado de https://ikusmira.org/p/los-zoos-humanos/

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