La etnografía es a la vez un método y un género. Como método consiste en describir el modo de vida de un grupo humano —en su vertiente material (útiles, ropas, viviendas, técnicas) y en la inmaterial (parentesco, relatos, canciones, normas, creencias)— conviviendo con él el tiempo suficiente para entender lo que sus miembros dan por supuesto. Como género es el texto que resulta de ese trabajo: la monografía etnográfica, que sigue siendo la unidad de publicación característica de la antropología.
La norma profesional la fijó Bronisław Malinowski en la introducción de Argonauts of the Western Pacific (1922) y apenas ha cambiado. Sus exigencias son cuatro: vivir en la comunidad y no en la casa del misionero o del administrador; aprender la lengua y trabajar sin intérprete; permanecer un ciclo anual completo, porque una sociedad agrícola o ganadera no es la misma en cada estación; y registrar lo cotidiano y no solo lo excepcional, lo que él llamó los imponderables de la vida real. El instrumento que hace posible todo eso es la observación participante: el investigador toma parte en la vida que estudia y anota lo que ve. Su producto inmediato es el cuaderno de campo, y a su alrededor se ordenan las técnicas auxiliares, desde la entrevista en profundidad hasta los censos de casas y de ganado, las genealogías, los mapas, la fotografía y el registro sonoro. Las dos versiones del origen del método están en El kula, la inmersión larga de un investigador solo, y en La expedición del Estrecho de Torres, la expedición multidisciplinar que la precedió por veinte años.
Un texto etnográfico no es un espejo, y la disciplina tardó medio siglo en decirlo en voz alta. La publicación en 1967 del diario privado de Malinowski —lleno de aburrimiento, desprecio por sus informantes y ganas de marcharse— abrió la sospecha de que la serenidad del autor omnisciente era una convención literaria y no un logro epistemológico. El volumen colectivo Writing Culture (1986) convirtió esa sospecha en programa: la etnografía se escribe desde algún sitio, con recursos retóricos identificables, y ocultarlo no la vuelve más objetiva. De ahí proceden la reflexividad como requisito de método y la descripción densa de Clifford Geertz como respuesta: si lo que se interpreta son significados, el criterio de calidad no es la neutralidad del observador sino la finura de la interpretación.
El método ha salido además de su marco original por tres vías. George Marcus propuso en 1995 la etnografía multisituada, que sigue al objeto —una mercancía, una metáfora, un conflicto, una persona— por los lugares que atraviesa en lugar de fijar el estudio en una aldea, y es hoy la forma habitual de investigar migraciones, cadenas de suministro o instituciones internacionales. La etnografía digital aplica el mismo procedimiento a foros, plataformas, videojuegos y grupos de mensajería, con dos problemas propios: qué significa estar presente y cómo se pide consentimiento en un espacio que no es del todo público ni del todo privado. Y la etnografía aplicada es la que empresas, hospitales y administraciones contratan para entender a usuarios y pacientes: funciona, pero comprime meses en semanas y responde a quien paga, lo que condiciona qué preguntas llegan a formularse. Fuera de la antropología, la sociología urbana la adoptó muy pronto; ver La Escuela de Chicago.
Queda la ética, que en este método no es un trámite añadido. El material etnográfico son personas identificables que hablan en confianza, y las obligaciones mínimas —consentimiento informado, seudónimos, control de lo que puede publicarse sin perjudicar a nadie, devolución de los resultados a la comunidad estudiada— han sido históricamente la única defensa frente al uso que administraciones coloniales, servicios de inteligencia y ejércitos han hecho de este tipo de conocimiento.
El kula – La descripción densa – Reflexividad – Entrevista en profundidad – Los Nuer: el linaje y el buey – Antropología visual