Ishi (c. 1861-1916) fue el último superviviente conocido de los yahi, un grupo yana del norte de California, y vivió sus cinco últimos años en el Museo de Antropología de la Universidad de California, en San Francisco, como informante, empleado y atracción dominical. Su caso es el más citado de la antropología de salvamento: el programa, dominante entre 1880 y 1930, que asumía que las culturas indígenas estaban condenadas a desaparecer y que la tarea urgente del antropólogo era registrarlas antes de que se apagaran. Ishi es a la vez el mayor éxito de ese programa —de una lengua sin hablantes queda un archivo sonoro— y su acusación más completa.
El 29 de agosto de 1911, un hombre desnutrido de unos cincuenta años apareció en el corral de un matadero cerca de Oroville. El sheriff, sin saber qué hacer con alguien que no hablaba inglés ni español ni ninguna de las lenguas indígenas conocidas en la comarca, lo encerró en la cárcel del condado y llamó a la prensa, que lo bautizó «el indio salvaje de Deer Creek». En Berkeley, Alfred Kroeber y Thomas Waterman leyeron la noticia y reconocieron la oportunidad: Waterman viajó con una lista de palabras yana recogida años antes y logró comunicarse cuando ambos coincidieron en el nombre de la madera de pino. Cuatro días después el hombre viajaba en tren a San Francisco.

Nunca dijo su nombre. En la etiqueta yahi, decir el propio nombre no corresponde a uno mismo: hace falta otro miembro del grupo que lo presente, y no quedaba ninguno. A la pregunta insistente contestó que no tenía, «porque no había nadie que me nombrara». Kroeber acabó llamándolo Ishi, que en yana significa simplemente «hombre», y con ese nombre entró en la historia de la disciplina: una persona conocida universalmente por un sustantivo común, porque el sistema que le daba nombre propio había sido exterminado.
Ese exterminio tiene fechas. La fiebre del oro llevó a las estribaciones del Lassen una población de mineros y ganaderos que respondió a los robos de ganado con expediciones de castigo pagadas por condado. En 1865, en la matanza de Three Knolls, murieron unos cuarenta yahi; en 1871, en la cueva de Kingsley, otros treinta. Los pocos que quedaron —una docena de personas, luego menos— se retiraron a los cañones de Mill Creek y Deer Creek y pasaron cerca de cuarenta años escondidos, moviéndose de noche, tapando el humo, borrando las huellas; el periodo se conoce como «la larga ocultación». En 1908, una cuadrilla de topógrafos que trabajaba para una compañía hidroeléctrica dio con el campamento y lo desmanteló por curiosidad, llevándose los utensilios. Los cuatro últimos se dispersaron; la madre de Ishi murió poco después, y él siguió solo dos o tres años más antes de bajar al valle. Cuando la prensa lo llamó «el último indio salvaje», el adjetivo describía en realidad una política, no una forma de vida.
En el museo —entonces en Parnassus Heights, junto a la facultad de medicina— se le dio un cuarto, un sueldo de ayudante de conserje y una tarea: hablar. Trabajó con Waterman y con Kroeber en vocabulario, mitos, técnica y topografía; con el médico Saxton Pope, que aprendió de él el arco y publicó su historia clínica, mantuvo la amistad más cercana de esos años. Los domingos por la tarde tallaba puntas de flecha y encendía fuego con taladro ante el público, que llegó a contarse por miles. Y en el verano de 1915 el lingüista Edward Sapir se instaló a grabar: quedaron ciento cuarenta y ocho cilindros de cera, cinco horas y cuarenta y un minutos de yahi hablado y cantado, la única documentación sonora de la lengua, incorporada en 2010 al registro nacional de grabaciones de la Biblioteca del Congreso de Estados Unidos.

Murió de tuberculosis el 25 de marzo de 1916. Kroeber estaba en Nueva York y había escrito con antelación una instrucción tajante: nada de autopsia, y si alguien invocaba los intereses de la ciencia, que dijeran de su parte que la ciencia podía irse al infierno. La autopsia se hizo igualmente. El cuerpo fue incinerado y las cenizas depositadas en un cementerio de Colma, pero el cerebro se conservó y en 1917 se envió a Aleš Hrdlička, del Instituto Smithsoniano, que llevaba años reuniendo una colección comparada de cerebros humanos. Allí permaneció en un tanque del almacén hasta que en 1999, a petición de tribus de California que buscaban sus restos para enterrarlos, se localizó. El 10 de agosto de 2000 fue devuelto a la Redding Rancheria y a la tribu Pit River, que lo enterraron con las cenizas en un lugar no divulgado del país yahi. La ley que hizo posible esa reclamación, la NAGPRA de 1990, obliga a los museos financiados con fondos federales a inventariar y restituir restos humanos y objetos funerarios; el caso de Ishi fue uno de los que la volvieron célebre.

La memoria del caso la fijó Ishi in Two Worlds (1961), escrito por Theodora Kroeber, esposa del antropólogo, un libro extraordinariamente bien hecho que ha vendido más de un millón de ejemplares y que convirtió a Ishi en figura mítica de la California moderna. La revisión crítica llegó con la generación siguiente y tiene tres frentes. El primero, biográfico: Orin Starn reconstruyó en 2004 la historia del cerebro y mostró hasta qué punto la disciplina había preferido no recordarla. El segundo, técnico y demoledor para el relato de pureza: Steven Shackley analizó las puntas de flecha que Ishi talló para el museo y encontró que su técnica se parece más a la nomlaki o wintu que a la yahi arqueológica, lo que sugiere que el «último yahi puro» podría tener ascendencia mixta o haber aprendido de vecinos —es decir, que el grupo aislado no estuvo tan aislado—. El tercero es el más general: la categoría de «el último de su tribu» es una forma narrativa, y en el Handbook of the Indians of California que Kroeber publicó en 1925 varios pueblos aparecen declarados extintos cuyos descendientes estaban vivos y cuya falta de reconocimiento federal se apoyó después, entre otras cosas, en esas páginas. Declarar el fin de una cultura es un acto administrativo, no solo una descripción.
Queda por tanto un balance incómodo y honesto. La antropología de salvamento partía de una premisa falsa —que los pueblos indígenas americanos estaban desapareciendo— y contribuyó a hacerla verosímil, tratando a personas vivas como últimos ejemplares y a sus cuerpos como material. Y a la vez es la razón de que exista un archivo: cinco horas de yahi, cientos de páginas de mitología, un vocabulario. Las tribus de California que hoy reclaman restos en museos trabajan a menudo con notas y grabaciones producidas por el mismo aparato al que se las reclaman. James Clifford lo formuló como el problema de fondo: la historia de Ishi no admite un final limpio, ni el del rescate cultural ni el del expolio, porque las dos cosas ocurrieron en el mismo edificio.
Los zoos humanos – Racismo científico y craniometría – Etnografía – Paleoantropología – Pueblos indígenas – Desindigenización
Fuentes
- Theodora KroeberIshi in Two Worlds: A Biography of the Last Wild Indian in North AmericaUniversity of California Press1961
- Alfred L. KroeberHandbook of the Indians of CaliforniaBureau of American Ethnology, Bulletin 781925
- Saxton T. PopeThe Medical History of IshiUniversity of California Publications in American Archaeology and Ethnology, 13(5)1920
- Orin StarnIshi's Brain: In Search of America's Last 'Wild' IndianW. W. Norton2004
- Karl Kroeber y Clifton Kroeber (eds.)Ishi in Three CenturiesUniversity of Nebraska Press2003
- M. Steven ShackleyThe Stone Tool Technology of Ishi and the Yana of North Central CaliforniaAmerican Anthropologist, 102(4)2000
- James CliffordIshi's Storyen Returns: Becoming Indigenous in the Twenty-First Century, Harvard University Press2013