Mapa geológico de Inglaterra y Gales — Cómo se fecha el pasado: métodos de la arqueología
William Smith, 1815 · Public domain · Wikimedia Commons
Itinerarios / medio

Cómo se fecha el pasado: métodos de la arqueología

Qué autoriza a decir que algo tiene nueve mil años, y qué se destruye para averiguarlo. Los métodos de datación y tres excavaciones donde se ven en acción.

10 capítulos · 8,930 palabras · 45 min · cada capítulo es un artículo de la enciclopedia

Un museo pone una fecha en una cartela y nadie pregunta de dónde sale. Sale de tres o cuatro procedimientos que se apoyan unos en otros, y cada uno mide algo distinto de lo que uno supone: el radiocarbono no fecha cuándo se usó un objeto sino cuándo murió el organismo del que salió, y la dendrocronología fecha el año en que creció un árbol, no el año en que alguien puso la viga.

Los siete primeros capítulos son el método, en el orden en que se aplica sobre el terreno: el contexto, que es lo único del registro que la excavación destruye sin remedio; la estratigrafía, que convierte un montón de tierra en una secuencia; las dos dataciones absolutas; y la tafonomía y la cadena operatoria, que corrigen la lectura ingenua de lo que se encuentra. Los tres últimos son casos: Troya, donde Schliemann acertó el sitio y arrasó la ciudad que buscaba, y Tutankamón, donde diez años de documentación lenta fijaron el estándar actual. La revolución neolítica va entre ellos porque es el ejemplo mayor de una fecha que la propia disciplina tuvo que rehacer.

No hace falta ninguna base previa. Si solo se leen dos, el contexto y la estratigrafía son los que cambian la forma de mirar una excavación en las noticias.

Capítulo 1 de 10

Contexto arqueológico

Arqueología 605 palabras artículo suelto ↗

El contexto arqueológico es el conjunto de relaciones que un artefacto o resto mantiene con su entorno de hallazgo: el nivel en que se encontraba, su posición exacta dentro de él y su asociación con los demás materiales del mismo depósito. Es la información que convierte un objeto en un dato, y es la única parte del registro arqueológico que no se puede recuperar después: el objeto sobrevive a la excavación, sus relaciones no.

Eso explica la afirmación que suele parecer exagerada a quien viene de fuera de la disciplina: una pieza extraída sin control arqueológico ha perdido casi todo su valor científico aunque esté intacta. Un hacha de bronce sin contexto informa sobre técnicas de fundición y poco más; la misma hacha registrada en su estrato, con su orientación, junto a cerámica datable y a restos de carbón que se pueden llevar a datación por radiocarbono, informa además sobre cronología, sobre el uso del espacio y sobre las relaciones de intercambio de la comunidad que la dejó allí. La diferencia entre las dos situaciones no es de grado.

La estructura del contexto se lee mediante la estratigrafía, y el instrumento estándar es el diagrama que formalizó Edward Harris en 1979 y desarrolló en 1989: cada unidad estratigráfica —una capa, una fosa, un muro, la interfaz que deja una intrusión— se registra por separado y se ordena según sus relaciones de anterioridad, de modo que el resultado no es un dibujo del corte sino una secuencia lógica. Es lo que permite decir que una pieza es anterior a otra sin depender de una fecha absoluta.

Se distingue de forma habitual entre contexto primario, cuando el depósito conserva la disposición que tenía al formarse, y contexto secundario, cuando los materiales han sido desplazados. La distinción es útil pero la formulación corriente induce a error, porque sugiere que el contexto solo se altera por la intervención humana contemporánea. Michael Schiffer sistematizó en 1987 los llamados procesos de formación del registro y demostró que la mayoría de las alteraciones no son saqueos ni excavaciones antiguas, sino fenómenos ordinarios: la actividad de la propia comunidad —barrer, reutilizar, tirar la basura fuera, enterrar en un sitio ya ocupado—, la de los animales que remueven el suelo, la crioturbación, el arrastre por agua y la de la agricultura posterior. Todo yacimiento está alterado; la cuestión no es si el contexto es primario, sino qué procesos lo formaron y en qué medida se pueden reconstruir. La consecuencia práctica de esa corrección es que la disciplina dejó de tratar la alteración como una pérdida que hay que descontar y empezó a tratarla como una información que hay que interpretar.

Queda la dimensión que hace del contexto un asunto que va más allá del método. El comercio de antigüedades trata la pieza como el objeto de valor y el contexto como algo que no cotiza, y por eso el saqueo lo destruye sin coste para el vendedor. Christopher Chippindale y David Gill documentaron en 2000 el resultado midiendo catálogos de subastas y colecciones: una mayoría abrumadora de los objetos clásicos que aparecen en el mercado no tiene procedencia declarada anterior a su primera aparición comercial, lo que en la práctica significa que salieron de un yacimiento sin registro. Neil Brodie y Colin Renfrew estimaron en 2005 el alcance del problema y señalaron el punto que suele omitirse en la discusión sobre la restitución de bienes: aunque una pieza saqueada acabe en un museo público y bien conservada, la información que se destruyó al arrancarla no vuelve, y por tanto la conservación del objeto no repara el daño.

Datación por radiocarbonoDendrocronologíaTafonomía

Capítulo 2 de 10

Estratigrafía arqueológica

Arqueología 931 palabras artículo suelto ↗

La estratigrafía arqueológica es el estudio de la disposición y las relaciones de las capas y estructuras que componen un yacimiento, con el fin de establecer el orden en que se formaron. Es el método que permite convertir un montón de tierra y piedras en una secuencia temporal, y por tanto la operación fundamental de la disciplina: sin ella, una excavación produce objetos sin fecha relativa y por tanto sin historia.

El principio de partida se toma prestado de la geología. La ley de superposición formulada por Nicolas Steno en 1669 sostiene que, en una serie de estratos no alterada, cada capa es más reciente que la que tiene debajo y más antigua que la que tiene encima. Aplicada al nivel arqueológico, la ley da la cronología relativa de todo lo que contiene, y a partir de esa cronología se puede construir la de un yacimiento completo. Pero la traducción de la geología a la arqueología no es directa, y darse cuenta de eso tardó siglo y medio. Los estratos geológicos se depositan por procesos lentos, regulares y de gran extensión; los arqueológicos son el resultado de la actividad humana, que es rápida, local y sobre todo destructiva. Los humanos no solo acumulan: cavan zanjas, abren fosas, construyen cimientos, vacían silos, roban piedra de un muro para levantar otro. Cada una de esas acciones elimina parte del registro anterior y crea una superficie nueva.

Corte teórico grabado de los terrenos del bassin de Paris, con las capas rotuladas y sus fósiles característicos
Fig. 1 Coupe théorique des divers terrains… du bassin de Paris, de Georges Cuvier y Alexandre Brongniart (1811). Es el modelo que la arqueología heredó: capas continuas, horizontales, cada una con su fauna característica, apiladas por procesos lentos. La diferencia con un yacimiento es que aquí nadie ha cavado una fosa, robado piedra de un muro ni levantado un cimiento atravesando cuatro capas.Georges Cuvier y Alexandre Brongniart · 1811 · Dominio público · Wikimedia Commons

De ahí la aportación decisiva de la arqueología a su método propio. En 1979, Edward Harris formuló en Principles of Archaeological Stratigraphy un cuerpo de leyes que reconoce esa diferencia y añade a la superposición tres principios más: el de posición original —un depósito no consolidado tiende a formar bordes con los lados inclinados, de modo que una capa que termina en corte vertical ha sido cortada—, el de continuidad original —un depósito tuvo bordes originales, y si hoy aparece interrumpido es porque algo lo interrumpió— y el de sucesión estratigráfica, que establece que la posición de una unidad en la secuencia queda definida únicamente por su relación con la unidad inmediatamente anterior y la inmediatamente posterior, y no con todas las demás. Con ellas, Harris introdujo dos ideas que reorganizaron la práctica de campo.

La primera es que la interfaz es una unidad estratigráfica de pleno derecho. Una fosa no es solo el relleno que contiene: es también la superficie que se excavó para hacerla, que no tiene volumen ni materia pero sí una posición en la secuencia y una fecha. Una superficie de suelo pisado, la cara de un muro, el corte de una zanja de saqueo, la erosión de una capa a la intemperie: todo eso son interfaces, y su reconocimiento resuelve el viejo problema de la excavación que solo sabía describir lo que tenía sustancia. La segunda idea es la matriz de Harris, un diagrama que representa la secuencia como un grafo dirigido en el que cada unidad ocupa un nodo y cada relación estratigráfica una arista, prescindiendo del grosor de las capas y de la distancia entre ellas. El diagrama recoge solo lo que está demostrado por contacto físico, evita las relaciones redundantes y hace visibles de inmediato dos cosas que la sección dibujada esconde: las contradicciones lógicas —un circuito cerrado en el grafo señala un error de interpretación— y las unidades cuya posición relativa no está determinada. Es hoy el instrumento estándar de registro en excavación urbana, donde un solar puede contener dos mil unidades estratigráficas y ninguna sección legible.

La estratigrafía convive con un conjunto de problemas que la ley de superposición sola no resuelve, y conocerlos es lo que separa la lectura correcta de la ingenua. La inversión estratigráfica aparece cuando el material excavado de un hoyo se amontona al lado y luego se redeposita: las capas del montón quedan en orden invertido, y lo que estaba abajo aparece arriba. La intrusión coloca material reciente en un nivel antiguo, ya sea por una madriguera, por una raíz, por el arado o por un enterramiento posterior; el conjunto de estos fenómenos son los procesos postdeposicionales, y su identificación es previa a cualquier interpretación. Y está el problema del material residual: en un relleno del siglo XIV puede haber más cerámica romana que medieval si el relleno se hizo con tierra removida de un nivel romano. La regla práctica que se deriva de ello es que un estrato no se fecha por el objeto más antiguo que contiene sino por el más reciente, porque el conjunto no puede haberse depositado antes de que existiera su pieza más moderna. Se le llama fechar por el terminus post quem, y es una de las inferencias más elegantes del método arqueológico: no dice cuándo se formó la capa, dice desde cuándo pudo formarse.

Conviene por último señalar el coste del método. La excavación estratigráfica exige retirar el yacimiento en el orden inverso al de su formación, unidad por unidad, y eso significa que excavar es destruir: el registro escrito, dibujado y fotografiado es lo único que quedará, porque la secuencia física no se puede reconstruir. De ahí la insistencia contemporánea en la documentación exhaustiva —fotogrametría, modelos tridimensionales de cada superficie, registro digital de cada unidad— y de ahí también el argumento a favor de dejar sin excavar parte de todo yacimiento, para que las preguntas que aún no sabemos formular encuentren materia intacta. La discusión no es técnica sino ética, y ha desplazado el prestigio profesional desde la excavación total de los grandes proyectos del siglo XX hacia la intervención mínima y la conservación preventiva.

Nivel arqueológicoContexto arqueológicoProcesos postdeposicionalesDatación por radiocarbonoLa peste negra (1347-1353)Troya y Heinrich Schliemann

Capítulo 3 de 10

Datación por radiocarbono

Arqueología 995 palabras artículo suelto ↗

La datación por radiocarbono o datación por carbono 14 determina la antigüedad de un material orgánico midiendo cuánto queda en él de un isótopo inestable del carbono. La desarrolló Willard Libby en la Universidad de Chicago entre 1946 y 1949, le valió el premio Nobel de Química en 1960, y su efecto sobre la arqueología fue tan grande que se habla de la primera revolución del radiocarbono: por primera vez una datación absoluta podía obtenerse de un fragmento de carbón vegetal, un hueso o una semilla, sin depender de la posición del hallazgo en una secuencia ni de su parecido con objetos de cronología conocida.

El mecanismo es el siguiente. Los rayos cósmicos que golpean la alta atmósfera generan neutrones que transforman átomos de nitrógeno en carbono 14, un isótopo radiactivo. Ese carbono se oxida, se mezcla con el dióxido de carbono atmosférico y entra en la cadena alimentaria: mientras un organismo vive, la proporción de carbono 14 respecto al carbono estable de sus tejidos es la misma que la del ambiente, porque lo que se desintegra se reemplaza. Al morir, el intercambio se detiene y la proporción empieza a caer siguiendo una desintegración exponencial. Medir cuánto queda equivale a medir cuánto tiempo hace que el intercambio se interrumpió, es decir cuánto hace que el organismo murió, no cuándo se usó ni cuándo se depositó, distinción que resulta ser el origen de la mitad de los errores de interpretación.

Primera fotografía del Santo Sudario de Turín, negativo de Secondo Pia de 1898
Fig. 1 La primera fotografía del sudario de Turín, tomada por Secondo Pia en 1898. Noventa años después, tres laboratorios independientes —Oxford, Zúrich y Tucson— dataron por radiocarbono una muestra del lienzo entre 1260 y 1390. El caso es el ejemplo de manual de las dos cosas a la vez: la potencia del método y la fragilidad de su cadena de custodia, porque toda la discusión posterior se ha jugado en si aquella muestra representaba al tejido original.Secondo Pia · 1898 · Dominio público · Wikimedia Commons

La vida media es la constante que gobierna el cálculo. Libby la estimó en 5.568 años; mediciones posteriores la fijaron en 5.730 ± 40, pero la comunidad decidió seguir publicando las llamadas edades convencionales con el valor antiguo, para que los millares de fechas ya publicadas siguieran siendo comparables, y corregir después. Es una convención que desconcierta a quien la descubre y que resulta ser bastante sensata: una fecha de radiocarbono no es una fecha de calendario, sino una medida que hay que traducir. Otra convención del mismo tipo es el «antes del presente»: el presente son las cero horas de 1950, elegido porque las pruebas nucleares atmosféricas de los años cincuenta y sesenta duplicaron el carbono 14 de la atmósfera y arruinaron la referencia moderna. La misma anomalía tiene un uso forense: el pico de bomba permite datar con precisión de uno o dos años los tejidos de organismos que vivieron después de 1955.

La traducción de edad de radiocarbono a fecha de calendario es la calibración, y es lo que Libby no podía hacer porque presuponía que la concentración atmosférica había sido constante. No lo fue: varía con la actividad solar, con el campo magnético terrestre y con el intercambio entre atmósfera y océano. La dendrocronología resolvió el problema aportando muestras de edad conocida al año —anillos de árbol contados uno a uno— con las que medir la desviación siglo a siglo; a ellas se han sumado corales, espeleotemas y foraminíferos marinos hasta construir las curvas internacionales de calibración, cuya versión vigente es IntCal20. La consecuencia práctica es que una fecha de radiocarbono bien publicada nunca es un número: es un intervalo con una probabilidad asociada, del tipo «2870–2620 a. C. con un 95 % de probabilidad», y quien la cita como un año redondo la está falseando. La calibración tiene además tramos malos: allí donde la curva se aplana —el más célebre es la meseta de Hallstatt, entre los siglos VIII y V a. C.— dos siglos enteros producen prácticamente la misma medida y la datación pierde resolución por completo, por buena que sea la muestra.

Los errores sistemáticos son de tres tipos y todos son de contexto, no de laboratorio. El primero es el efecto reservorio: el carbono del océano profundo lleva siglos fuera de contacto con la atmósfera, de modo que un molusco marino, un pez o el hueso de una persona que comía sobre todo pescado dan edades aparentes varios siglos más antiguas de lo que corresponde, unos cuatrocientos años como valor global que hay que corregir región por región. Lo mismo ocurre en aguas continentales sobre calizas. El segundo es el efecto de la madera vieja: un poste de roble tiene doscientos años de anillos, y si la muestra sale del corazón la fecha es la del corazón y no la de la tala; peor aún si la viga fue reutilizada de un edificio anterior. El tercero es la contaminación, que en una muestra antigua es devastadora por pura aritmética: un uno por ciento de carbono moderno en un material de treinta mil años rebaja la fecha varios miles de años, mientras que la misma proporción de carbono muerto la envejece. De ahí los protocolos de limpieza química y de ahí que la datación de colágeno de hueso exija comprobar antes que el colágeno esté bien conservado.

La segunda revolución llegó con la espectrometría de masas con acelerador, que en lugar de contar desintegraciones cuenta átomos y por tanto necesita miligramos en vez de gramos. Eso permitió datar un solo grano de cereal carbonizado, una fibra textil, un pigmento, y con ello resolver un problema metodológico serio: antes había que datar un bloque de sedimento o un puñado de carbones, y como el conjunto podía mezclar materiales de siglos distintos la fecha resultante no correspondía a nada. La práctica actual —datar varias muestras de vida corta y en relación estratigráfica conocida, y combinarlas con modelos estadísticos bayesianos que incorporan el orden de las capas— ha estrechado los intervalos hasta las décadas en secuencias bien excavadas. Y ha dejado claro, de paso, cuál es el límite real del método: no está en el aparato, que llega sin problema a los cuarenta o cincuenta mil años, sino en poder demostrar que lo que se ha medido es lo que se creía estar midiendo. La cadena que une la muestra con el acontecimiento —qué era, de qué nivel salió, con qué se asocia, qué pudo alterarla— sigue siendo un problema de excavación, y ninguna precisión analítica lo sustituye.

Estratigrafía arqueológicaDendrocronologíaContexto arqueológicoDataciónLa revolución neolítica

Capítulo 4 de 10

Dendrocronología

Arqueología 842 palabras artículo suelto ↗

La dendrocronología es la datación de la madera mediante el recuento y la comparación de sus anillos de crecimiento. Es el único método de datación absoluta que alcanza la precisión de un año concreto, y en el mejor de los casos la de una estación del año, lo que la sitúa en una categoría propia frente a la datación por radiocarbono, que siempre entrega un intervalo. Su alcance, en cambio, está limitado a lo que haya dejado madera conservada y a las regiones donde exista una cronología maestra con la que comparar.

El fundamento es que en climas con estaciones marcadas el árbol crece de forma desigual a lo largo del año y deja una banda clara de crecimiento rápido y otra oscura de crecimiento lento, cuyo par constituye un anillo anual. Contar anillos, sin embargo, solo da la edad del árbol, no una fecha. La aportación decisiva es el cofechado, que descubrió el astrónomo Andrew Ellicott Douglass en las dos primeras décadas del siglo XX mientras buscaba en los árboles un registro del ciclo de las manchas solares. Douglass advirtió que el grosor de los anillos varía de año en año según el clima, y que esa variación es común a todos los árboles de una misma región: cada secuencia de anillos gruesos y finos forma un patrón irrepetible, como un código de barras, que permite emparejar dos maderas distintas y averiguar en qué años exactos crecieron. En 1929, con una viga procedente de un yacimiento de Arizona, cerró el hueco que le faltaba y fechó por primera vez los grandes poblados del suroeste norteamericano.

Sección de un tocón de pino ponderosa con los anillos de crecimiento y cicatrices de incendios rotuladas entre 1255 y 1930
Fig. 1 Sección de un tocón de pino ponderosa documentada en Oregón en 1937: los anillos van de 1255 a 1930 y las cicatrices marcadas corresponden a incendios sucesivos. Este tipo de muestra hace dos cosas a la vez: aporta un tramo de cronología maestra y registra una serie de acontecimientos —sequías, fuegos, plagas— fechados al año.U.S. Forest Service · 1937 · Dominio público · Wikimedia Commons

El procedimiento de construcción de una cronología funciona hacia atrás y por solapamiento. Se empieza por árboles vivos, cuya secuencia termina en el año de la extracción y por tanto está fechada de antemano. Con ella se fechan vigas de edificios históricos cuyos anillos más recientes solapan con los más antiguos de los árboles vivos; con esas vigas se fechan otras más antiguas, y así sucesivamente. Cada eslabón hereda la precisión del anterior, de modo que la cadena entera está anclada al calendario. Las cronologías europeas de roble, levantadas sobre todo a partir de troncos subfósiles conservados en gravas fluviales del sur de Alemania, cubren de forma continua más de doce mil años, y son las que sirven de patrón de calibración al radiocarbono: la exactitud de las fechas de carbono 14 depende, en última instancia, de que alguien haya contado anillos uno por uno.

Lo que la dendrocronología puede afirmar cuando las condiciones acompañan es notablemente concreto. Si la muestra conserva el último anillo bajo la corteza, la fecha de la tala es exacta, y por la anatomía de ese anillo se puede saber si el árbol se cortó en invierno o a mediados del verano. Con ello se han fechado al año la construcción de iglesias medievales, el naufragio de barcos, la ampliación de un palafito o la reparación de un tejado, y se ha podido demostrar que las vigas de un mismo edificio proceden de talas separadas por décadas, lo que documenta fases constructivas que la estratigrafía no distinguía. Una extensión reciente, la dendroprovenancia, compara el patrón de anillos de una madera con cronologías de distintas regiones para averiguar de dónde salió el árbol: así se ha establecido que buena parte de los paneles de la pintura flamenca del siglo XV se pintó sobre roble báltico, y con ello se ha reconstruido una ruta comercial que ningún documento describía por completo.

Las limitaciones son igual de concretas. Hacen falta anillos suficientes —por debajo de cincuenta o sesenta el patrón no es distintivo y el cofechado no es fiable—, lo que descarta la madera joven, las ramas y buena parte de los objetos pequeños. Hace falta también una cronología maestra regional de la especie correspondiente, y en amplias zonas del planeta no existe: en los trópicos, donde no hay estación marcada, muchos árboles no forman anillos anuales en absoluto. A escala de la muestra individual aparecen los anillos ausentes, que un año de sequía extrema puede suprimir, y los anillos falsos, que una interrupción del crecimiento a mitad de temporada puede añadir; ambos desplazan el recuento y solo el cofechado con varias muestras los detecta.

Y queda el problema que la dendrocronología comparte con cualquier método de datación de la madera, que es de interpretación y no de medida: la fecha obtenida es la del crecimiento del árbol, no la del uso del objeto. Una viga puede haberse almacenado años antes de colocarse, haberse reutilizado de un edificio anterior —práctica constante en la construcción tradicional— o haberse desbastado eliminando los anillos exteriores, en cuyo caso la fecha de tala solo puede darse como un mínimo. La madera de deriva y la madera comerciada añaden distancia geográfica al problema. Nada de esto es un defecto del método; es el recordatorio, otra vez, de que fechar un material y fechar un acontecimiento humano son dos operaciones distintas, y que la segunda depende del contexto arqueológico y no del laboratorio.

Datación por radiocarbonoEstratigrafía arqueológicaArqueobotánicaDatación

Capítulo 5 de 10

Tafonomía

Arqueología 897 palabras artículo suelto ↗

La tafonomía es el estudio de todo lo que le ocurre a un resto orgánico entre la muerte del organismo y el momento en que un arqueólogo o un paleontólogo lo recupera. El término lo acuñó en 1940 el paleontólogo ruso Iván Efremov a partir del griego taphos, sepultura, para nombrar lo que él llamaba las leyes del enterramiento: el tránsito de los restos desde la biosfera a la litosfera. Aplicada a la arqueología, la tafonomía es la disciplina que decide qué parte de un yacimiento es información sobre el comportamiento humano y qué parte es información sobre lo que le pasó al yacimiento después, y esa distinción es previa a cualquier interpretación.

El planteamiento invierte la lectura ingenua del registro. Un conjunto de huesos en una cueva no es una muestra de lo que se comió allí: es lo que ha sobrevivido a la masticación, la digestión, el pisoteo, la acción de carnívoros y roedores, la meteorización, la disolución química, la compactación del sedimento y, muy a menudo, a la excavación misma. Cada uno de esos filtros es selectivo, y los tres primeros favorecen sistemáticamente lo mismo: los huesos densos y compactos frente a los porosos, los dientes frente a las vértebras, los individuos adultos frente a los juveniles. Un conjunto en el que abundan las falanges y faltan las costillas no documenta una preferencia culinaria, documenta una atrición mediada por la densidad ósea. Reconocer esa clase de sesgo —el mismo problema lógico que el sesgo de selección en estadística— es la aportación central de la tafonomía, y su corolario es incómodo: la abundancia relativa de las cosas en un yacimiento casi nunca puede leerse directamente como abundancia relativa en el pasado.

Grabado de Cuvier de 1812 con los huesos fósiles de un ave hallados en el yeso de Montmartre
Fig. 1 Lámina de Cuvier (1812) con la «ornitolita» de Montmartre: los huesos de un ave conservados en el yeso, desarticulados y comprimidos en el plano del sedimento. Lo que el dibujo registra no es un ave, sino el resultado de una serie de procesos —descomposición, desarticulación, sepultura, compactación— sobre los que la tafonomía se pregunta antes de preguntarse por el animal.Georges Cuvier · 1812 · Dominio público · Wikimedia Commons

Para separar las causas hay que aprender a leer las marcas, y ese es el terreno donde la tafonomía se ha hecho experimental. Un corte de instrumento lítico deja una incisión de sección en V con estrías paralelas en el fondo; el diente de un carnívoro deja depresiones y surcos de sección en U, con bordes redondeados; el pisoteo sobre sedimento arenoso deja arañazos superficiales, cortos y con orientaciones dispersas; la digestión redondea los bordes y produce un pulido característico; la raíz de una planta graba un dibujo dendrítico. Distinguirlas exigió replicar cada proceso en condiciones controladas —descarnar huesos con lascas, dejar carroñear cadáveres, exponer piezas a la intemperie durante años— y examinar los resultados con microscopio electrónico. De ese programa salieron también las escalas de meteorización de Anna K. Behrensmeyer, que relacionan el aspecto de la superficie del hueso con el tiempo de exposición a la intemperie antes de la sepultura, y con ellas la posibilidad de estimar si un conjunto se formó en un episodio breve o se acumuló durante décadas.

El caso que dio a la tafonomía su prestigio y su filo polémico es el de los yacimientos africanos del Plioceno y el Pleistoceno inferior. Durante los años sesenta, las concentraciones de huesos y piedras de Olduvai se interpretaron como campamentos base de cazadores que llevaban las presas a un lugar central para compartirlas: una imagen doméstica y cooperativa de los primeros humanos. En 1981, Lewis Binford sometió esos mismos conjuntos a una lectura tafonómica y sostuvo que las marcas y los perfiles esqueléticos eran compatibles con carroñeo marginal sobre presas que los grandes carnívoros habían abandonado, y en algunos casos con una superposición de acumulaciones de carnívoros y de humanos que nada tenía de campamento. El debate posterior —con estudios de secuencia de acceso a la carcasa, de marcas de percusión para extraer médula, de proporción entre marcas de corte y de diente— ha matizado ambas posturas, pero cambió la disciplina de forma permanente: desde entonces, afirmar que un conjunto de fauna es resultado de la caza exige demostrarlo, no suponerlo.

La tafonomía tiene su propio límite lógico, y conviene nombrarlo porque es más severo de lo que suele admitirse: la equifinalidad. Procesos distintos pueden producir resultados indistinguibles, de modo que un mismo patrón admite varias historias y ninguna prueba interna decide entre ellas. Un conjunto dominado por huesos densos puede deberse a la disolución diferencial, al transporte selectivo por el agua o a una decisión humana sobre qué partes llevarse; el pisoteo puede imitar marcas de corte muy tenues. La respuesta metodológica es no fiarse de un solo indicador y buscar líneas de evidencia independientes —sedimentología, orientación de las piezas, distribución espacial, procesos postdeposicionales documentados en la estratigrafía— cuya coincidencia sea improbable si la explicación fuera otra.

Conviene añadir que la tafonomía no es solo cosa de huesos. La arqueobotánica trabaja con un sesgo aún más brutal, porque en la mayoría de los yacimientos solo se conservan las semillas que se carbonizaron, es decir las que cayeron al fuego: el registro de plantas está filtrado por un accidente doméstico, y las especies que no pasaban por el hogar son casi invisibles. La cerámica se fragmenta según su forma y su pasta, los metales se corroen según el suelo, el textil y la madera desaparecen salvo en condiciones extremas de anegamiento, aridez o congelación. Entendida en sentido amplio, la tafonomía es la teoría de la formación del registro arqueológico, y su lección general es que un yacimiento no es una fotografía del pasado con partes borradas, sino un objeto formado por procesos que hay que reconstruir antes de leer nada en él.

Procesos postdeposicionalesEvidencia arqueológicaEcofactosSesgo de selección

Capítulo 6 de 10

Cadena operatoria

Arqueología 852 palabras artículo suelto ↗

La cadena operatoria es la reconstrucción de la secuencia completa de gestos, decisiones y operaciones técnicas que va desde la obtención de una materia prima hasta el abandono del objeto fabricado con ella. El concepto procede de la etnología francesa —lo formula Marcel Mauss al hablar de las técnicas del cuerpo y lo desarrolla André Leroi-Gourhan en los años sesenta— y su traslado a la arqueología prehistórica cambió el objeto de estudio: en lugar de clasificar la pieza acabada, se estudia el proceso que la produjo, y la pieza pasa a ser un momento de ese proceso y no su resumen.

El cambio de perspectiva es más profundo de lo que parece. La tipología clásica ordenaba los útiles de piedra por su forma final —raederas, buriles, puntas— y a partir de esas categorías construía culturas y secuencias. La cadena operatoria observa que la forma final de una lasca es en gran medida un subproducto: depende del volumen del bloque de partida, de la calidad del sílex, del estado del núcleo en ese momento y del objetivo del tallador, y una misma intención técnica puede dar formas muy distintas según cómo fuera la piedra. Lo que se estudia entonces es la intención, y el modo de acceder a ella es la remontada: reunir sobre una mesa todos los fragmentos de una misma actividad de talla y volver a pegarlos, con lo que reaparece el bloque original y, en negativo, el orden exacto en que se extrajeron las lascas. En un yacimiento bien excavado esa operación devuelve algo parecido a una grabación: se puede seguir cuántos golpes hicieron falta, dónde se equivocó el tallador, cómo corrigió el error y qué se llevó consigo al marcharse.

Dibujo arqueológico de un bifaz achelense de Um Qatafa, con las dos caras y la sección
Fig. 1 Dibujo de un bifaz de Um Qatafa. La convención del dibujo lítico no es decorativa: las líneas indican la dirección y el orden de los levantamientos, de modo que la lámina registra la secuencia de gestos y no solo la silueta. Un bifaz es a la vez el resultado y el registro de su propia fabricación.José-Manuel Benito · 2006 · Dominio público · Wikimedia Commons

De ese trabajo salió una de las reorganizaciones más sólidas de la prehistoria: la distinción entre grandes esquemas de producción lítica. La talla llamada de tipo Levallois, característica del Paleolítico medio, prepara cuidadosamente el núcleo mediante extracciones periféricas para obtener después una lasca de forma y dimensiones predeterminadas con un solo golpe; exige planificar varios pasos por adelantado y aceptar que casi todo el material extraído es preparación y no producto. La talla laminar del Paleolítico superior organiza el núcleo como una superficie de la que se van desprendiendo láminas en serie, en un régimen casi industrial de rendimiento por kilo de sílex. El bifaz achelense, en el otro extremo, es una forma buscada directamente sobre el bloque. Ninguno de esos esquemas es simplemente más avanzado que el anterior: son estrategias distintas de resolver el mismo problema —cómo convertir piedra en filo útil— con soluciones que responden a la materia prima disponible, a la movilidad del grupo y a lo que se quiera hacer con el filo.

La cadena operatoria tiene además una dimensión espacial que la convierte en un instrumento de análisis del territorio. Las fases de la secuencia no ocurren en el mismo sitio: el descortezado del bloque suele hacerse en la cantera, la producción de soportes en el asentamiento, el retoque y la reparación allí donde se usa el útil, y el abandono en cualquier parte. Un conjunto en el que faltan los productos iniciales indica que los núcleos llegaron ya preparados, y por tanto que hubo transporte y previsión; un conjunto en el que faltan los productos finales indica que se los llevaron. Combinando esa lectura con la identificación petrográfica de la materia prima se han reconstruido radios de aprovisionamiento y redes de circulación de decenas o cientos de kilómetros, y con ellas patrones de movilidad que ningún otro tipo de resto documenta.

El concepto se ha extendido con éxito mucho más allá de la piedra. En cerámica permite seguir la elección de la arcilla, el desgrasante, la técnica de levantamiento, el acabado, la decoración y la cocción, y ahí ha resultado especialmente productivo porque muchas de esas decisiones no tienen consecuencias funcionales: son maneras de hacer aprendidas, y por tanto marcadores de tradición técnica y de transmisión de conocimiento entre generaciones. Lo mismo vale para la metalurgia, el hueso trabajado o la construcción. En todos esos casos la cadena operatoria funciona como puente entre la cultura material y el comportamiento: no describe objetos, describe savoir-faire.

Su punto débil es simétrico a su virtud. Reconstruir intenciones a partir de negativos de extracción exige un componente interpretativo considerable, y la frontera entre la secuencia demostrada por las remontadas y la secuencia atribuida por analogía con la talla experimental no siempre queda explícita en las publicaciones. La etnoarqueología y la arqueología experimental aportan el repertorio de gestos posibles, pero de la posibilidad no se sigue la ocurrencia, y el riesgo de proyectar sobre un tallador del Pleistoceno la lógica del tallador contemporáneo que aprendió a replicar sus piezas es real. A ello se suma que el método es caro en tiempo y depende de una excavación con registro tridimensional fino: sin coordenadas por pieza no hay remontada posible, y con material recogido por niveles gruesos la cadena operatoria simplemente no se puede aplicar. Es, en ese sentido, un método que impone condiciones a la excavación antes que al análisis.

Cultura materialArtefactos (arqueología)EtnoarqueologíaTipología

Capítulo 7 de 10

Arqueología procesual y postprocesual

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La arqueología procesual y la arqueología postprocesual son las dos grandes corrientes teóricas que se disputaron la disciplina en la segunda mitad del siglo XX. La primera, que se presentó a sí misma como Nueva Arqueología en los años sesenta, quiso convertir la arqueología en una ciencia explicativa capaz de formular leyes sobre el comportamiento humano. La segunda, a partir de los años ochenta, sostuvo que ese programa era filosóficamente insostenible y políticamente ingenuo. Ninguna ganó, y entender por qué es más útil que tomar partido.

El punto de partida es lo que ambas rechazaban. La arqueología de la primera mitad del siglo, hoy llamada histórico-cultural, ordenaba los hallazgos en culturas arqueológicas definidas por conjuntos recurrentes de tipos de objetos, y explicaba el cambio por migración, invasión o difusión: si en un territorio aparecía una cerámica nueva, había llegado un pueblo nuevo. Ese esquema producía mapas de pueblos y secuencias de sustitución, y no producía prácticamente ninguna explicación de por qué las sociedades cambian. También se prestó con facilidad a los usos nacionalistas de la prehistoria, y ese antecedente pesa en toda la discusión posterior.

La arqueología procesual, cuyo texto fundador suele fijarse en el artículo de Lewis Binford de 1962 «Archaeology as anthropology», propuso cambiar el objeto: no las culturas sino los procesos, es decir el funcionamiento de los sistemas socioculturales y su adaptación al medio. Su método era explícitamente hipotético-deductivo: formular hipótesis, derivar de ellas consecuencias contrastables y confrontarlas con el registro. Su vocabulario venía de la teoría de sistemas y de la ecología cultural; su ambición, del positivismo lógico. De ese programa salieron aportaciones que hoy nadie discute: el muestreo estadístico de yacimientos y regiones en lugar de la excavación del sitio espectacular, la incorporación sistemática de la arqueometría y de la datación por radiocarbono, el desarrollo de la tafonomía y de la etnoarqueología como fuentes de teoría de rango medio —los puentes entre lo observado y lo inferido—, y la insistencia en que una interpretación debe poder equivocarse. La arqueología dejó de ser un catálogo y empezó a discutir cómo sabe lo que dice saber.

Placa sumeria en relieve con escenas de transporte de vasijas y de animales, procedente de las excavaciones de Ur
Fig. 1 Placa en relieve de las excavaciones de Ur. El mismo objeto admite dos preguntas incompatibles solo en apariencia: cuánto grano y cuánto ganado circulaban por una ciudad capaz de organizar ese transporte —la pregunta procesual, sobre el funcionamiento del sistema— y qué estaba afirmando alguien al hacer visible ese orden en piedra, y ante quién —la pregunta postprocesual, sobre el significado y el poder.Lámina de «Ur Excavations» · Sin restricciones conocidas · Wikimedia Commons

La reacción postprocesual, encabezada por Ian Hodder y por un grupo de investigadores británicos a partir de Symbolic and Structural Archaeology (1982), atacó tres puntos. El primero es epistemológico: no existen datos neutros que puedan contrastar una hipótesis, porque lo que cuenta como dato ya está determinado por la teoría con la que se excava y se clasifica; la observación arqueológica es interpretación desde el principio. El segundo es sustantivo: reducir la cultura material a función adaptativa deja fuera lo que hace humano al comportamiento humano, es decir el significado. Una vasija no solo contiene, también dice; una casa no solo cobija, también ordena relaciones. El tercero es político: el arqueólogo escribe desde una posición —de clase, de género, de nación, de imperio— y la pretensión de objetividad sirve sobre todo para no tener que examinarla. De aquí salieron la arqueología de género, que mostró cuánto de la reconstrucción del pasado consistía en proyectar la división del trabajo del presente; la atención a la agencia individual frente al determinismo sistémico; la arqueología pública y la discusión sobre a quién pertenece el pasado, que ha reconfigurado la relación con las comunidades indígenas y la práctica museística.

El coste del planteamiento postprocesual es igual de visible. Si toda observación es interpretación y no hay criterio externo, no queda claro cómo se decide entre dos lecturas incompatibles del mismo yacimiento, y el relativismo que sus críticos le reprocharon no siempre fue un espantajo: parte de la producción de aquellos años es difícilmente contrastable con nada. Su versión más productiva fue la que Hodder practicó en Çatalhöyük a partir de 1993, con un proyecto que hizo explícito el proceso interpretativo —registrando en el propio archivo las dudas y los cambios de opinión del equipo— y que no renunció por ello a la analítica más fina disponible. Es, en el fondo, la solución que la disciplina adoptó de facto: nadie llama hoy a su trabajo procesual ni postprocesual, y casi todo el mundo usa a la vez el muestreo estadístico, los isótopos, el modelo bayesiano, la crítica de la neutralidad del observador y la pregunta por el significado.

Queda una lección metodológica que sobrevive a la polémica. El desacuerdo no era en último término sobre qué es el pasado, sino sobre qué tipo de conocimiento permite el registro arqueológico: un registro formado por procesos físicos —y por tanto tratable con métodos de ciencia natural— que a la vez es el residuo de acciones cargadas de sentido —y por tanto irreductible a ellos—. Las dos descripciones son verdaderas del mismo material, y la tensión entre ambas no es un problema que la arqueología vaya a resolver, sino la condición en la que trabaja.

Cultura materialEtnoarqueologíaTafonomíaEvidencia arqueológicaFuncionalismo

Capítulo 8 de 10

La revolución neolítica

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La revolución neolítica es el nombre que el prehistoriador V. Gordon Childe dio en los años treinta a la transición más profunda de la historia humana: el paso de la caza y la recolección a la producción de alimentos, con la domesticación de plantas y animales, el sedentarismo, la cerámica y las aldeas permanentes. Childe la puso en un par con la revolución urbana que la siguió y con la industrial que nos precede, y eligió la palabra «revolución» a propósito: no porque el cambio fuese rápido —fue lento— sino porque transformó por completo la base económica de la sociedad, como haría después la máquina de vapor. La metáfora ha envejecido mal en casi todos sus detalles y sigue siendo insustituible como mapa.

El modelo original de Childe era elegante y geográfico. Al terminar la última glaciación, la desecación de Asia occidental y el norte de África habría concentrado a humanos, animales y plantas en los oasis y en las riberas, y esa convivencia forzada en espacios reducidos habría llevado a la domesticación: primero la familiarización, después el control del pastoreo y de la siembra, después la aldea. El excedente de grano almacenable liberaría a parte de la población para la artesanía especializada, el comercio y el mando, y de ahí a la ciudad. Era una teoría de gabinete con una virtud: hacía predicciones comprobables, y la arqueología salió a comprobarlas. Las excavaciones de Robert Braidwood en Jarmo, en las estribaciones de los Zagros —y no en un oasis—, y las de Kathleen Kenyon en Jericó mostraron que la domesticación apareció en las laderas boscosas donde ya crecían los ancestros silvestres del trigo y la cebada, no en los márgenes áridos, y que el clima de posglaciación mejoró en vez de empeorar. La teoría del oasis quedó descartada; el marco de Childe, en pie.

Grabado decimonónico de dos bifaces de sílex tallados y una lasca, dibujados con gran detalle
Fig. 1 Bifaces de sílex tallados por percusión, en una lámina de The Ancient Stone Implements de John Evans (1872). Son piezas paleolíticas, no neolíticas, y la lámina sirve aquí por contraste: la etiqueta «neolítico» se acuñó en el siglo XIX para la piedra pulimentada, pero el cambio decisivo no fue la técnica del pulido sino la economía que lo acompañaba. Childe se opuso precisamente a definir una época por sus herramientas.John Evans, «The Ancient Stone Implements» (1872) · 1872 · Sin restricciones conocidas · Wikimedia Commons

Lo que las excavaciones fueron añadiendo desordenó la cronología de un modo más radical. En el Levante mediterráneo, la cultura natufiense practicó entre el 12500 y el 9500 a. C. un sedentarismo de cazadores-recolectores: aldeas con construcciones de piedra, morteros, hoces para cereales silvestres, cementerios —milenios antes de la agricultura. Es decir, el sedentarismo no fue consecuencia de la producción de alimentos, como quería el modelo, sino su condición previa: primero se echa raíces quien puede vivir de la abundancia silvestre, y solo después, presionado quizá por el clima o por la demografía, se pasa a cultivar. La domesticación, por su parte, no fue un acto sino un proceso de dos a cuatro milenios: el trigo de espiga quebradiza tarda generaciones humanas en convertirse en trigo de espiga maciza que espera a la hoz, y durante ese tiempo la «revolución» no se anuncia en ninguna parte. La arqueología actual prefiere hablar de neolitización, en plural y sin mayúsculas: un conjunto de transiciones locales, reversibles y parciales, que ocurrieron de forma independiente al menos en el Próximo Oriente, China, Mesoamérica, Nueva Guinea, los Andes, el este de Norteamérica y el Sahel.

Sobre cómo se extendió la agricultura por Europa hay una disputa que la genética ha ayudado a zanjar. El modelo demicó de Ammerman y Cavalli-Sforza —una «ola de avance» de agricultores que crecían, se expandían unos veinte kilómetros por generación y desplazaban a los cazadores— se enfrentó al modelo de adopción cultural, en que la idea se difunde sin que la gente se mueva. El ADN antiguo ha dado la razón, con matices, a la migración: los agricultores de la Europa central del sexto milenio descienden en buena medida de poblaciones anatolias, aunque hubo mezcla y no sustitución pura. La revolución viajó con gente.

Las consecuencias tardías completan el cuadro. La demografía creció en una proporción que la caza y la recolección no conocen —las estimaciones habituales multiplican por decenas la densidad de población de los primeros milenios agrarios— y con el almacenamiento llegaron la propiedad transmisible, la desigualdad heredada y los monumentos que exigen jefes capaces de movilizar trabajo: los círculos de piedra y los túmulos son, en estricto, contabilidad de excedente hecha paisaje. Andrew Sherratt añadió el segundo piso del proceso, la «revolución de los productos secundarios»: durante los dos primeros milenios la ganadería se explotó sobre todo por la carne, y solo hacia el IV milenio aparecieron la leche, la lana, la tracción animal y el arado, que multiplicaron el rendimiento de cada animal sin sacrificarlo y desplazaron la agricultura hacia el trabajo masculino de campo. La domesticación del perro, mucho más antigua y aún paleolítica, queda como recordatorio de que la relación con los animales no esperó a la economía.

Pintura de Stonehenge bajo un cielo tormentoso atravesado por un arcoíris doble, con el monumento solitario en la llanura
Fig. 2 Stonehenge, acuarela de John Constable de 1835. El monumento —levantado en fases entre el 3000 y el 1600 a. C., ya al final del neolítico británico— es el icono romántico de la época que Childe quiso sacar del paisaje sentimental para convertirla en economía. Constable lo pinta como ruina sublime en la intemperie; Childe lo leería como el costo de mano de obra que solo un excedente agrario puede pagar.John Constable · 1835 · Dominio público · Wikimedia Commons

La objeción contemporánea más incómoda al relato es la que pregunta si la revolución fue un progreso. La paleopatología dice que no, al menos al principio: los esqueletos de las primeras sociedades agrarias muestran estaturas menores, más caries, más anemias y más infecciones que los de los cazadores-recolectores vecinos, porque la dieta se empobrece al estrecharse a unos pocos cultivos, porque el grano cariega y porque la aldea permanente concentra patógenos y parásitos. A eso se suma el trabajo: la jornada del agricultor es más larga y más monótona que la del recolector, y la desigualdad y la guerra organizada aparecen documentadas con la propiedad de la tierra y del excedente. Diamond lo formuló con provocación deliberada como «el peor error de la historia de la raza humana», y aunque la frase es de ensayo y no de excavación, el dato osteológico que la sostiene es sólido. La respuesta de fondo es que la pregunta está mal puesta: la neolitización no fue una elección entre opciones sopesadas sino una trampa de prosperidad —cada paso permitía alimentar a más bocas y exigía alimentarlas—, y para cuando sus costes eran visibles no había vuelta atrás demográficamente posible. Childe, marxista, habría aceptado la paradoja: llamó revolución a un proceso que empeoró la vida de quienes lo hicieron, como otra revolución que él mismo vivía.

Estratigrafía arqueológicaDatación por radiocarbonoArqueología procesual y postprocesualProtoindustrializaciónLa revolución industrial

Capítulo 9 de 10

Troya y Heinrich Schliemann

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Heinrich Schliemann fue un comerciante alemán que amasó una fortuna en el comercio colonial y en la fiebre del oro de California, se retiró rico a los cuarenta y tantos años y dedicó la segunda mitad de su vida a demostrar que la Ilíada contaba un lugar real. En 1871 empezó a excavar en Hisarlik, una colina artificial de la Tróade, al noroeste de la actual Turquía, y en 1873 anunció al mundo que había encontrado Troya y el tesoro del rey Príamo. Tenía razón en lo primero y no en lo segundo, y la manera en que llegó a ambas cosas convirtió su nombre en el más famoso y en el más discutido de la arqueología: fundó la disciplina en el imaginario público y, al mismo tiempo, la practicó con una brutalidad que hoy sería delictiva.

La identificación del lugar no fue suya. El diplomático y arqueólogo aficionado Frank Calvert, cónsul británico en la zona y propietario de parte de la colina, llevaba años sosteniendo que Hisarlik —con sus estratos superpuestos de asentamientos— era la Troya homérica, y fue él quien convenció a Schliemann de excavar allí. Schliemann aceptó la pista, excavó con cientos de obreros y minimizó luego a Calvert en sus publicaciones hasta casi borrarlo. El método era el de un cazatesoros con capital: abrió un gran corte a través de la colina, destruyendo o dañando los estratos superiores —entre ellos restos de la Troya de época homérica que buscaba— para llegar cuanto antes a las capas profundas donde creía que estaba el asunto. La colina contiene nueve ciudades superpuestas, Troya I a IX, y el corte de Schliemann las atravesó como una carretera.

Grabado de un pozo de excavación muy profundo con un obrero con pala en el fondo, entre paredes de tierra cortada y casas de madera en el borde superior
Fig. 1 Un corte de excavación en la Tróade, en un grabado de Ilios (1880). El pozo con un obrero diminuto en el fondo da la escala real del método: la colina no se desmontaba capa a capa, se atravesaba. Buena parte de lo que hoy sabríamos de la Troya homérica —los estratos VI y VII— salió por los cubos de Schliemann sin registrar.Heinrich Schliemann, «Ilios» (1880) · 1880 · Sin restricciones conocidas · Wikimedia Commons

En junio de 1873, a punto de cerrar la campaña, apareció un escondite de objetos de oro, plata y cobre junto a un muro de la ciudad antigua: los «joyas de Helena», como Schliemann las llamó enseguida, hoy clasificadas como Tesoro A. La versión oficial —la encontró él solo, despachó a los obreros, su mujer Sophia lo sacó en su chal— es una composición posterior: Sophia estaba en Atenas, los obreros probablemente participaron en el hallazgo, y el «tesoro» pudo ser en realidad una reunión de piezas de distintos contextos. El biógrafo David Traill, cotejando diarios y cartas, documentó en Schliemann una pauta de invención sistemática: fechas cambiadas, hallazgos trasladados de sitio, su propia biografía novelada. Lo que no es invención es el tráfico: sacó el tesoro de contrabando del Imperio otomano, que lo demandó en Atenas; el pleito se saldó con una indemnización y, décadas después, el tesoro acabó donado a Berlín, fue capturado por el Ejército Rojo en 1945 y se expone desde los noventa en el Museo Pushkin de Moscú, reclamado por Alemania, por Turquía y discutido en todos los manuales de patrimonio cultural.

La paradoja central es cronológica. El Tesoro A pertenece a Troya II, una ciudad del III milenio a. C., unos mil años anterior a cualquier fecha defendible para la guerra de Troya. Schliemann había encontrado el lugar correcto y la ciudad equivocada: había pasado por encima de la Troya que buscaba, las capas VI y VII, ricamente construidas y destruidas en épocas plausibles para el recuerdo homérico, y lo había hecho sin reconocerlas. Fue su colaborador Wilhelm Dörpfeld, primero con él y después de su muerte en 1890, quien ordenó la secuencia estratigráfica y defendió Troya VI y Troya VIIa como candidatas. Es la lección que la arqueología tardó en aprender y que hoy enseña a sus alumnos: en un yacimiento de tell, el objeto no dice nada fuera de su contexto estratigráfico, y el método de Schliemann destruía el contexto para exhibir el objeto.

Lámina con dos cortes estratigráficos dibujados de un túmulo, con capas, tumbas y esqueletos numerados y una leyenda
Fig. 2 La otra cara de Ilios: la sección del túmulo de Hanai Tepeh, con sus estratos históricos y prehistóricos, tumbas griegas, bizantinas y romanas encima, altares y esqueletos abajo. Cuando Schliemann dibuja capas en vez de buscar oro está practicando estratigrafía, la técnica que acabaría invalidando sus conclusiones sobre Troya II.Heinrich Schliemann, «Ilios» (1880) · 1880 · Sin restricciones conocidas · Wikimedia Commons

La Troya de hoy no es la de Schliemann. Las excavaciones de Carl Blegen en los años treinta —que corrigieron la cronología y defendieron Troya VIIa como la candidata homérica— y las de Manfred Korfmann entre 1988 y 2005 revelaron una ciudad baja extensa, fosos defensivos y un puerto en la llanura aluvial: Troya VI-VII era una capital regional próspera, con murallas dignas de la epopeya, destruida la primera por un terremoto y la segunda por violencia, hacia 1180 a. C., dentro del rango de la cronología tradicional de la guerra. En los archivos hititas de Hattusa aparecen un reino de Wilusa y un gobernante llamado Alaksandu —nombre emparentado con el Aleixandros homérico, Paris— en tratados que sitúan Wilusa en el noroeste de Anatolia y en conflicto con los aqueos, Ahhiyawa. La cadena Wilusa-Ilión, Alaksandu-Paris, Ahhiyawa-aqueos es fonéticamente plausible y está aceptada por gran parte de la especialidad, con Latacz como su defensor más completo. Lo que la epopeya conserva, si conserva algo, no es la guerra de Príamo con su tesoro sino una memoria comprimida de conflictos del Bronce Final en el Egeo.

La misma pauta —acierto de lugar, error de capa, leyenda fabricada— se repitió en Micenas, donde Schliemann excavó en 1876 las tumbas de fosa con sus máscaras funerarias de oro y telegrafió al rey de Grecia que había contemplado «el rostro de Agamenón»: las fosas son del XVI-XV a. C., tres o cuatro siglos anteriores a cualquier Agamenón posible. La frase no la escribió exactamente así, el telegrama fue otra composición, y la máscara sigue llamándose de Agamenón en las vitrinas.

La evaluación final de Schliemann es doble y no admite reconciliación. Inventó la arqueología como espectáculo público y pagó de su bolsillo el nacimiento de la prehistoria mediterránea; también falsificó, saqueó y destruyó a una escala que ningún sucesor podría permitirse. La disciplina construyó su método —registro, estratigrafía, tipología— en gran parte como respuesta a él: cada norma de la excavación moderna es una cláusula contra Schliemann.

Fotografía de estudio de una mujer con joyas de oro apiladas en la cabeza y el pecho
Fig. 3 Sophia Schliemann con las joyas del Tesoro A, en la fotografía de estudio que su marido mandó hacer hacia 1874. Todo en la imagen es un montaje editorial: las piezas no formaban un ajuar, Sophia no estaba en el hallazgo y el «tesoro de Príamo» es mil años anterior a Príamo. Es la foto fundacional de la arqueología y también su primer publicista mintiendo.Estudio de Heinrich Schliemann · 1874 · Dominio público · Wikimedia Commons

Estratigrafía arqueológicaYacimiento arqueológicoContexto arqueológicoPatrimonio culturalTutankamón y Howard Carter

Capítulo 10 de 10

Tutankamón y Howard Carter

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La tumba de Tutankamón —la KV62 del Valle de los Reyes— fue encontrada por Howard Carter el 4 de noviembre de 1922, y su apertura se convirtió en el hallazgo arqueológico más famoso de la historia por una combinación que no se había dado antes: una tumba real casi intacta, una prensa de masas en su primera edad de oro y un fotógrafo profesional, Harry Burton, documentando cada paso en placas de vidrio. El descubrimiento fue un trabajo de años, no un golpe de suerte, y su celebridad es inseparable de la política egipcia del momento: tres años después de la revolución de 1919 y a unos meses de la independencia formal de 1922, la prensa egipcia leyó la tumba como lo que era, un tesoro nacional excavado con dinero de un aristócrata inglés.

Carter no era un académico. Había llegado a Egipto a los diecisiete años como dibujante, aprendió excavación con Flinders Petrie —el inventor de la arqueología de secuencia, que le enseñó que un fragmento anónimo en su capa vale más que un tesoro fuera de ella— y fue inspector jefe del Servicio de Antigüedades antes de quedarse sin empleo y pasarse al servicio privado de lord Carnarvon en 1907. Con Carnarvon excavó quince años en el Valle de los Reyes, agotando zona tras zona, hasta que en 1922 el mecenas quiso cerrar el grifo y Carter le pidió una última temporada. La escalera de la tumba apareció a los tres días de reanudar el trabajo, bajo las chozas de los obreros de la tumba de Ramsés VI, en el último triángulo sin excavar del valle.

Fotografía antigua de dos hombres inclinados trabajando sobre una gran superficie decorada en el interior de una tumba
Fig. 1 Carter y Arthur Callender durante el vaciado de la tumba, fotografiados por Harry Burton. La imagen resume el cambio de escala respecto a Troya: aquí ya no hay cientos de obreros sacando tierra sino dos especialistas desmontando una pieza con pinceles, y detrás de ellos un archivo fotográfico que documenta cada objeto in situ antes de tocarlo.Harry Burton · 1923 · Dominio público · Wikimedia Commons

El 26 de noviembre de 1922 Carter abrió un boquete en el tabique sellado de la antecámara, introdujo una vela y, a la pregunta de Carnarvon de si veía algo, contestó la frase que ha sobrevivido a todo: «sí, cosas maravillosas». La cámara funeraria se abrió en febrero de 1923 ante una veintena de invitados; dentro, cuatro capillas de madera dorada anidadas como muñecas rusas envolvían el sarcófago de cuarcita, los tres ataúdes —el más interno, de 110 kilos de oro macizo— y la momia con su máscara. El inventario llevó diez años: 5.398 objetos numerados por Carter, cada uno fotografiado por Burton, dibujado, estabilizado con parafina y celloidina por el químico Alfred Lucas en un laboratorio improvisado en la tumba de Seti II, y evacuado al museo de El Cairo por decauville. La rapidez era imposible y Carter no la buscó: ese trato con el objeto, lento y reversible en la medida de lo posible, es su legado técnico.

La tumba no estaba intacta: había sido saqueada dos veces poco después del entierro, vuelta a sellar por los guardianes de la necrópolis, y su suerte posterior fue la insignificancia del difunto. Tutankamón murió hacia 1323 a. C. a los diecinueve años, heredero incómodo de la revolución religiosa de su padre Akenatón, y sus sucesores —Ay, Horemheb— borraron su nombre de las listas reales para borrar la herejía entera. La tumba, pequeña y seguramente adaptada con prisas de una tumba no real, quedó cubierta por los escombros de construcción de la de Ramsés VI y, al faltar su nombre de las listas, nadie la buscó con éxito durante tres mil años. La fama del rey más célebre de Egipto es un accidente de la damnatio memoriae de sus enemigos.

Fotografía de Carter con chaqueta clara y un capataz egipcio junto a un tabique semiderruido en un entarimado de madera
Fig. 2 Carter, a la derecha, junto a un capataz egipcio en uno de los tabiques de la tumba, fotografía de Burton de 1923. El entarimado de protección y el número de inventario pintado sobre el dintel —el 28— pertenecen ya a la arqueología moderna: el tabique no se derriba, se documenta y se desmonta.Harry Burton · 1923 · Dominio público · Wikimedia Commons

La leyenda de la maldición es un producto periodístico, no egipcio. No existe ninguna inscripción de maldición en la tumba; Carnarvon murió en abril de 1923 de una septicemia tras un corte al afeitarse sobre una picadura, y la prensa —con Arthur Conan Doyle declarando contra los «elementales»— fabricó el patrón de muertes encadenadas. Las cifras no lo sostienen: de las decenas de personas presentes en las aperturas, la inmensa mayoría vivió años o décadas, y el propio Carter murió en 1939, a los sesenta y cuatro años. La maldición contaba, en clave de ficción gótica, algo que la política contaba en serio: el malestar por un tesoro egipcio administrado por británicos.

La segunda vida de la tumba fue la de la ciencia y la de la gira. Las radiografías de 1968 descartaron la muerte por golpe en la nuca que la especulación había convertido en asesinato; el escáner de 2005 y los análisis de ADN de 2010 reconstruyeron una genealogía de matrimonios entre hermanos, restos de malaria y una fractura de pierna infectada como candidata a causa de muerte, con la reserva de que la momia, dañada en la antigüedad y maltratada por el desvendado de Carter, responde mal a las preguntas finas. Y entre 1972 y 1981 la exposición itinerante Treasures of Tutankhamun —1,7 millones de visitantes en el British Museum, colas de horas en París, Moscú y medio Estados Unidos— convirtió la máscara en el icono más reproducido de la arqueología y financió museos enteros. Egipto dejó de prestarla en 2011: la última gira fue también el final de una época, y la colección completa se reúne hoy en El Cairo para el Gran Museo Egipcio.

Ese malestar tenía causa. Hasta entonces la norma del Servicio de Antigüedades era la partage: quien financiaba la excavación se llevaba la mitad de los hallazgos. El gobierno egipcio de la época, sostenido por la calle nacionalista, impuso en 1922-24 la regla de que la tumba intacta lo quedaba entera en Egipto; Carter, que se consideró desposeído y trató a los inspectores egipcios como subalternos, llegó a cerrar la tumba con llave en 1924 en un pulso que perdió, y el vaciado se reanudó bajo bandera egipcia. La lección institucional del hallazgo no es la maldición sino el final de la partage: después de Tutankamón, la arqueología colonial en Egipto dejó de exportar sus tesoros. Y una comparación final que corrige la leyenda del hallazgo único: en 1939-40 Pierre Montet excavó en Tanis las tumbas intactas de los faraones de la XXI dinastía, con sus máscaras de oro y sus sarcófagos de plata, un hallazgo comparable que casi nadie recuerda —ocurrió al estallar la guerra, sin corresponsales y sin máquina de fama. Tutankamón no es el hallazgo más grande de la egiptología; es el que llegó justo cuando el mundo había aprendido a mirar.

El desciframiento de la piedra de RosettaArqueología preventivaPatrimonio culturalTafonomíaTroya y Heinrich Schliemann

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