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Troya y Heinrich Schliemann

Heinrich Schliemann fue un comerciante alemán que amasó una fortuna en el comercio colonial y en la fiebre del oro de California, se retiró rico a los cuarenta y tantos años y dedicó la segunda mitad de su vida a demostrar que la Ilíada contaba un lugar real. En 1871 empezó a excavar en Hisarlik, una colina artificial de la Tróade, al noroeste de la actual Turquía, y en 1873 anunció al mundo que había encontrado Troya y el tesoro del rey Príamo. Tenía razón en lo primero y no en lo segundo, y la manera en que llegó a ambas cosas convirtió su nombre en el más famoso y en el más discutido de la arqueología: fundó la disciplina en el imaginario público y, al mismo tiempo, la practicó con una brutalidad que hoy sería delictiva.

La identificación del lugar no fue suya. El diplomático y arqueólogo aficionado Frank Calvert, cónsul británico en la zona y propietario de parte de la colina, llevaba años sosteniendo que Hisarlik —con sus estratos superpuestos de asentamientos— era la Troya homérica, y fue él quien convenció a Schliemann de excavar allí. Schliemann aceptó la pista, excavó con cientos de obreros y minimizó luego a Calvert en sus publicaciones hasta casi borrarlo. El método era el de un cazatesoros con capital: abrió un gran corte a través de la colina, destruyendo o dañando los estratos superiores —entre ellos restos de la Troya de época homérica que buscaba— para llegar cuanto antes a las capas profundas donde creía que estaba el asunto. La colina contiene nueve ciudades superpuestas, Troya I a IX, y el corte de Schliemann las atravesó como una carretera.

Grabado de un pozo de excavación muy profundo con un obrero con pala en el fondo, entre paredes de tierra cortada y casas de madera en el borde superior
Fig. 1 Un corte de excavación en la Tróade, en un grabado de Ilios (1880). El pozo con un obrero diminuto en el fondo da la escala real del método: la colina no se desmontaba capa a capa, se atravesaba. Buena parte de lo que hoy sabríamos de la Troya homérica —los estratos VI y VII— salió por los cubos de Schliemann sin registrar.Heinrich Schliemann, «Ilios» (1880) · 1880 · Sin restricciones conocidas · Wikimedia Commons

En junio de 1873, a punto de cerrar la campaña, apareció un escondite de objetos de oro, plata y cobre junto a un muro de la ciudad antigua: los «joyas de Helena», como Schliemann las llamó enseguida, hoy clasificadas como Tesoro A. La versión oficial —la encontró él solo, despachó a los obreros, su mujer Sophia lo sacó en su chal— es una composición posterior: Sophia estaba en Atenas, los obreros probablemente participaron en el hallazgo, y el «tesoro» pudo ser en realidad una reunión de piezas de distintos contextos. El biógrafo David Traill, cotejando diarios y cartas, documentó en Schliemann una pauta de invención sistemática: fechas cambiadas, hallazgos trasladados de sitio, su propia biografía novelada. Lo que no es invención es el tráfico: sacó el tesoro de contrabando del Imperio otomano, que lo demandó en Atenas; el pleito se saldó con una indemnización y, décadas después, el tesoro acabó donado a Berlín, fue capturado por el Ejército Rojo en 1945 y se expone desde los noventa en el Museo Pushkin de Moscú, reclamado por Alemania, por Turquía y discutido en todos los manuales de patrimonio cultural.

La paradoja central es cronológica. El Tesoro A pertenece a Troya II, una ciudad del III milenio a. C., unos mil años anterior a cualquier fecha defendible para la guerra de Troya. Schliemann había encontrado el lugar correcto y la ciudad equivocada: había pasado por encima de la Troya que buscaba, las capas VI y VII, ricamente construidas y destruidas en épocas plausibles para el recuerdo homérico, y lo había hecho sin reconocerlas. Fue su colaborador Wilhelm Dörpfeld, primero con él y después de su muerte en 1890, quien ordenó la secuencia estratigráfica y defendió Troya VI y Troya VIIa como candidatas. Es la lección que la arqueología tardó en aprender y que hoy enseña a sus alumnos: en un yacimiento de tell, el objeto no dice nada fuera de su contexto estratigráfico, y el método de Schliemann destruía el contexto para exhibir el objeto.

Lámina con dos cortes estratigráficos dibujados de un túmulo, con capas, tumbas y esqueletos numerados y una leyenda
Fig. 2 La otra cara de Ilios: la sección del túmulo de Hanai Tepeh, con sus estratos históricos y prehistóricos, tumbas griegas, bizantinas y romanas encima, altares y esqueletos abajo. Cuando Schliemann dibuja capas en vez de buscar oro está practicando estratigrafía, la técnica que acabaría invalidando sus conclusiones sobre Troya II.Heinrich Schliemann, «Ilios» (1880) · 1880 · Sin restricciones conocidas · Wikimedia Commons

La Troya de hoy no es la de Schliemann. Las excavaciones de Carl Blegen en los años treinta —que corrigieron la cronología y defendieron Troya VIIa como la candidata homérica— y las de Manfred Korfmann entre 1988 y 2005 revelaron una ciudad baja extensa, fosos defensivos y un puerto en la llanura aluvial: Troya VI-VII era una capital regional próspera, con murallas dignas de la epopeya, destruida la primera por un terremoto y la segunda por violencia, hacia 1180 a. C., dentro del rango de la cronología tradicional de la guerra. En los archivos hititas de Hattusa aparecen un reino de Wilusa y un gobernante llamado Alaksandu —nombre emparentado con el Aleixandros homérico, Paris— en tratados que sitúan Wilusa en el noroeste de Anatolia y en conflicto con los aqueos, Ahhiyawa. La cadena Wilusa-Ilión, Alaksandu-Paris, Ahhiyawa-aqueos es fonéticamente plausible y está aceptada por gran parte de la especialidad, con Latacz como su defensor más completo. Lo que la epopeya conserva, si conserva algo, no es la guerra de Príamo con su tesoro sino una memoria comprimida de conflictos del Bronce Final en el Egeo.

La misma pauta —acierto de lugar, error de capa, leyenda fabricada— se repitió en Micenas, donde Schliemann excavó en 1876 las tumbas de fosa con sus máscaras funerarias de oro y telegrafió al rey de Grecia que había contemplado «el rostro de Agamenón»: las fosas son del XVI-XV a. C., tres o cuatro siglos anteriores a cualquier Agamenón posible. La frase no la escribió exactamente así, el telegrama fue otra composición, y la máscara sigue llamándose de Agamenón en las vitrinas.

La evaluación final de Schliemann es doble y no admite reconciliación. Inventó la arqueología como espectáculo público y pagó de su bolsillo el nacimiento de la prehistoria mediterránea; también falsificó, saqueó y destruyó a una escala que ningún sucesor podría permitirse. La disciplina construyó su método —registro, estratigrafía, tipología— en gran parte como respuesta a él: cada norma de la excavación moderna es una cláusula contra Schliemann.

Fotografía de estudio de una mujer con joyas de oro apiladas en la cabeza y el pecho
Fig. 3 Sophia Schliemann con las joyas del Tesoro A, en la fotografía de estudio que su marido mandó hacer hacia 1874. Todo en la imagen es un montaje editorial: las piezas no formaban un ajuar, Sophia no estaba en el hallazgo y el «tesoro de Príamo» es mil años anterior a Príamo. Es la foto fundacional de la arqueología y también su primer publicista mintiendo.Estudio de Heinrich Schliemann · 1874 · Dominio público · Wikimedia Commons

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Fuentes

  1. Heinrich SchliemannIlios: The City and Country of the TrojansJohn Murray1880
  2. Wilhelm DörpfeldTroja und IlionBeck & Barth1902
  3. David A. TraillSchliemann of Troy: Treasure and DeceitJohn Murray1995
  4. Donald F. EastonSchliemann's Excavations at Troia, 1870-1873Philipp von Zabern2002
  5. Joachim LataczTroy and Homer: Towards a Solution of an Old MysteryOxford University Press2004
Sarasola, Josemari (2026). "Troya y Heinrich Schliemann". Ikusmira. Recuperado de https://ikusmira.org/p/troya-y-heinrich-schliemann/

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