La datación por radiocarbono o datación por carbono 14 determina la antigüedad de un material orgánico midiendo cuánto queda en él de un isótopo inestable del carbono. La desarrolló Willard Libby en la Universidad de Chicago entre 1946 y 1949, le valió el premio Nobel de Química en 1960, y su efecto sobre la arqueología fue tan grande que se habla de la primera revolución del radiocarbono: por primera vez una datación absoluta podía obtenerse de un fragmento de carbón vegetal, un hueso o una semilla, sin depender de la posición del hallazgo en una secuencia ni de su parecido con objetos de cronología conocida.
El mecanismo es el siguiente. Los rayos cósmicos que golpean la alta atmósfera generan neutrones que transforman átomos de nitrógeno en carbono 14, un isótopo radiactivo. Ese carbono se oxida, se mezcla con el dióxido de carbono atmosférico y entra en la cadena alimentaria: mientras un organismo vive, la proporción de carbono 14 respecto al carbono estable de sus tejidos es la misma que la del ambiente, porque lo que se desintegra se reemplaza. Al morir, el intercambio se detiene y la proporción empieza a caer siguiendo una desintegración exponencial. Medir cuánto queda equivale a medir cuánto tiempo hace que el intercambio se interrumpió, es decir cuánto hace que el organismo murió, no cuándo se usó ni cuándo se depositó, distinción que resulta ser el origen de la mitad de los errores de interpretación.

La vida media es la constante que gobierna el cálculo. Libby la estimó en 5.568 años; mediciones posteriores la fijaron en 5.730 ± 40, pero la comunidad decidió seguir publicando las llamadas edades convencionales con el valor antiguo, para que los millares de fechas ya publicadas siguieran siendo comparables, y corregir después. Es una convención que desconcierta a quien la descubre y que resulta ser bastante sensata: una fecha de radiocarbono no es una fecha de calendario, sino una medida que hay que traducir. Otra convención del mismo tipo es el «antes del presente»: el presente son las cero horas de 1950, elegido porque las pruebas nucleares atmosféricas de los años cincuenta y sesenta duplicaron el carbono 14 de la atmósfera y arruinaron la referencia moderna. La misma anomalía tiene un uso forense: el pico de bomba permite datar con precisión de uno o dos años los tejidos de organismos que vivieron después de 1955.
La traducción de edad de radiocarbono a fecha de calendario es la calibración, y es lo que Libby no podía hacer porque presuponía que la concentración atmosférica había sido constante. No lo fue: varía con la actividad solar, con el campo magnético terrestre y con el intercambio entre atmósfera y océano. La dendrocronología resolvió el problema aportando muestras de edad conocida al año —anillos de árbol contados uno a uno— con las que medir la desviación siglo a siglo; a ellas se han sumado corales, espeleotemas y foraminíferos marinos hasta construir las curvas internacionales de calibración, cuya versión vigente es IntCal20. La consecuencia práctica es que una fecha de radiocarbono bien publicada nunca es un número: es un intervalo con una probabilidad asociada, del tipo «2870–2620 a. C. con un 95 % de probabilidad», y quien la cita como un año redondo la está falseando. La calibración tiene además tramos malos: allí donde la curva se aplana —el más célebre es la meseta de Hallstatt, entre los siglos VIII y V a. C.— dos siglos enteros producen prácticamente la misma medida y la datación pierde resolución por completo, por buena que sea la muestra.
Los errores sistemáticos son de tres tipos y todos son de contexto, no de laboratorio. El primero es el efecto reservorio: el carbono del océano profundo lleva siglos fuera de contacto con la atmósfera, de modo que un molusco marino, un pez o el hueso de una persona que comía sobre todo pescado dan edades aparentes varios siglos más antiguas de lo que corresponde, unos cuatrocientos años como valor global que hay que corregir región por región. Lo mismo ocurre en aguas continentales sobre calizas. El segundo es el efecto de la madera vieja: un poste de roble tiene doscientos años de anillos, y si la muestra sale del corazón la fecha es la del corazón y no la de la tala; peor aún si la viga fue reutilizada de un edificio anterior. El tercero es la contaminación, que en una muestra antigua es devastadora por pura aritmética: un uno por ciento de carbono moderno en un material de treinta mil años rebaja la fecha varios miles de años, mientras que la misma proporción de carbono muerto la envejece. De ahí los protocolos de limpieza química y de ahí que la datación de colágeno de hueso exija comprobar antes que el colágeno esté bien conservado.
La segunda revolución llegó con la espectrometría de masas con acelerador, que en lugar de contar desintegraciones cuenta átomos y por tanto necesita miligramos en vez de gramos. Eso permitió datar un solo grano de cereal carbonizado, una fibra textil, un pigmento, y con ello resolver un problema metodológico serio: antes había que datar un bloque de sedimento o un puñado de carbones, y como el conjunto podía mezclar materiales de siglos distintos la fecha resultante no correspondía a nada. La práctica actual —datar varias muestras de vida corta y en relación estratigráfica conocida, y combinarlas con modelos estadísticos bayesianos que incorporan el orden de las capas— ha estrechado los intervalos hasta las décadas en secuencias bien excavadas. Y ha dejado claro, de paso, cuál es el límite real del método: no está en el aparato, que llega sin problema a los cuarenta o cincuenta mil años, sino en poder demostrar que lo que se ha medido es lo que se creía estar midiendo. La cadena que une la muestra con el acontecimiento —qué era, de qué nivel salió, con qué se asocia, qué pudo alterarla— sigue siendo un problema de excavación, y ninguna precisión analítica lo sustituye.
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