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Tafonomía

La tafonomía es el estudio de todo lo que le ocurre a un resto orgánico entre la muerte del organismo y el momento en que un arqueólogo o un paleontólogo lo recupera. El término lo acuñó en 1940 el paleontólogo ruso Iván Efremov a partir del griego taphos, sepultura, para nombrar lo que él llamaba las leyes del enterramiento: el tránsito de los restos desde la biosfera a la litosfera. Aplicada a la arqueología, la tafonomía es la disciplina que decide qué parte de un yacimiento es información sobre el comportamiento humano y qué parte es información sobre lo que le pasó al yacimiento después, y esa distinción es previa a cualquier interpretación.

El planteamiento invierte la lectura ingenua del registro. Un conjunto de huesos en una cueva no es una muestra de lo que se comió allí: es lo que ha sobrevivido a la masticación, la digestión, el pisoteo, la acción de carnívoros y roedores, la meteorización, la disolución química, la compactación del sedimento y, muy a menudo, a la excavación misma. Cada uno de esos filtros es selectivo, y los tres primeros favorecen sistemáticamente lo mismo: los huesos densos y compactos frente a los porosos, los dientes frente a las vértebras, los individuos adultos frente a los juveniles. Un conjunto en el que abundan las falanges y faltan las costillas no documenta una preferencia culinaria, documenta una atrición mediada por la densidad ósea. Reconocer esa clase de sesgo —el mismo problema lógico que el sesgo de selección en estadística— es la aportación central de la tafonomía, y su corolario es incómodo: la abundancia relativa de las cosas en un yacimiento casi nunca puede leerse directamente como abundancia relativa en el pasado.

Grabado de Cuvier de 1812 con los huesos fósiles de un ave hallados en el yeso de Montmartre
Fig. 1 Lámina de Cuvier (1812) con la «ornitolita» de Montmartre: los huesos de un ave conservados en el yeso, desarticulados y comprimidos en el plano del sedimento. Lo que el dibujo registra no es un ave, sino el resultado de una serie de procesos —descomposición, desarticulación, sepultura, compactación— sobre los que la tafonomía se pregunta antes de preguntarse por el animal.Georges Cuvier · 1812 · Dominio público · Wikimedia Commons

Para separar las causas hay que aprender a leer las marcas, y ese es el terreno donde la tafonomía se ha hecho experimental. Un corte de instrumento lítico deja una incisión de sección en V con estrías paralelas en el fondo; el diente de un carnívoro deja depresiones y surcos de sección en U, con bordes redondeados; el pisoteo sobre sedimento arenoso deja arañazos superficiales, cortos y con orientaciones dispersas; la digestión redondea los bordes y produce un pulido característico; la raíz de una planta graba un dibujo dendrítico. Distinguirlas exigió replicar cada proceso en condiciones controladas —descarnar huesos con lascas, dejar carroñear cadáveres, exponer piezas a la intemperie durante años— y examinar los resultados con microscopio electrónico. De ese programa salieron también las escalas de meteorización de Anna K. Behrensmeyer, que relacionan el aspecto de la superficie del hueso con el tiempo de exposición a la intemperie antes de la sepultura, y con ellas la posibilidad de estimar si un conjunto se formó en un episodio breve o se acumuló durante décadas.

El caso que dio a la tafonomía su prestigio y su filo polémico es el de los yacimientos africanos del Plioceno y el Pleistoceno inferior. Durante los años sesenta, las concentraciones de huesos y piedras de Olduvai se interpretaron como campamentos base de cazadores que llevaban las presas a un lugar central para compartirlas: una imagen doméstica y cooperativa de los primeros humanos. En 1981, Lewis Binford sometió esos mismos conjuntos a una lectura tafonómica y sostuvo que las marcas y los perfiles esqueléticos eran compatibles con carroñeo marginal sobre presas que los grandes carnívoros habían abandonado, y en algunos casos con una superposición de acumulaciones de carnívoros y de humanos que nada tenía de campamento. El debate posterior —con estudios de secuencia de acceso a la carcasa, de marcas de percusión para extraer médula, de proporción entre marcas de corte y de diente— ha matizado ambas posturas, pero cambió la disciplina de forma permanente: desde entonces, afirmar que un conjunto de fauna es resultado de la caza exige demostrarlo, no suponerlo.

La tafonomía tiene su propio límite lógico, y conviene nombrarlo porque es más severo de lo que suele admitirse: la equifinalidad. Procesos distintos pueden producir resultados indistinguibles, de modo que un mismo patrón admite varias historias y ninguna prueba interna decide entre ellas. Un conjunto dominado por huesos densos puede deberse a la disolución diferencial, al transporte selectivo por el agua o a una decisión humana sobre qué partes llevarse; el pisoteo puede imitar marcas de corte muy tenues. La respuesta metodológica es no fiarse de un solo indicador y buscar líneas de evidencia independientes —sedimentología, orientación de las piezas, distribución espacial, procesos postdeposicionales documentados en la estratigrafía— cuya coincidencia sea improbable si la explicación fuera otra.

Conviene añadir que la tafonomía no es solo cosa de huesos. La arqueobotánica trabaja con un sesgo aún más brutal, porque en la mayoría de los yacimientos solo se conservan las semillas que se carbonizaron, es decir las que cayeron al fuego: el registro de plantas está filtrado por un accidente doméstico, y las especies que no pasaban por el hogar son casi invisibles. La cerámica se fragmenta según su forma y su pasta, los metales se corroen según el suelo, el textil y la madera desaparecen salvo en condiciones extremas de anegamiento, aridez o congelación. Entendida en sentido amplio, la tafonomía es la teoría de la formación del registro arqueológico, y su lección general es que un yacimiento no es una fotografía del pasado con partes borradas, sino un objeto formado por procesos que hay que reconstruir antes de leer nada en él.

Procesos postdeposicionalesEvidencia arqueológicaEcofactosSesgo de selección

Sarasola, Josemari (2026). "Tafonomía". Ikusmira. Recuperado de https://ikusmira.org/p/tafonomia/

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