La arqueología procesual y la arqueología postprocesual son las dos grandes corrientes teóricas que se disputaron la disciplina en la segunda mitad del siglo XX. La primera, que se presentó a sí misma como Nueva Arqueología en los años sesenta, quiso convertir la arqueología en una ciencia explicativa capaz de formular leyes sobre el comportamiento humano. La segunda, a partir de los años ochenta, sostuvo que ese programa era filosóficamente insostenible y políticamente ingenuo. Ninguna ganó, y entender por qué es más útil que tomar partido.
El punto de partida es lo que ambas rechazaban. La arqueología de la primera mitad del siglo, hoy llamada histórico-cultural, ordenaba los hallazgos en culturas arqueológicas definidas por conjuntos recurrentes de tipos de objetos, y explicaba el cambio por migración, invasión o difusión: si en un territorio aparecía una cerámica nueva, había llegado un pueblo nuevo. Ese esquema producía mapas de pueblos y secuencias de sustitución, y no producía prácticamente ninguna explicación de por qué las sociedades cambian. También se prestó con facilidad a los usos nacionalistas de la prehistoria, y ese antecedente pesa en toda la discusión posterior.
La arqueología procesual, cuyo texto fundador suele fijarse en el artículo de Lewis Binford de 1962 «Archaeology as anthropology», propuso cambiar el objeto: no las culturas sino los procesos, es decir el funcionamiento de los sistemas socioculturales y su adaptación al medio. Su método era explícitamente hipotético-deductivo: formular hipótesis, derivar de ellas consecuencias contrastables y confrontarlas con el registro. Su vocabulario venía de la teoría de sistemas y de la ecología cultural; su ambición, del positivismo lógico. De ese programa salieron aportaciones que hoy nadie discute: el muestreo estadístico de yacimientos y regiones en lugar de la excavación del sitio espectacular, la incorporación sistemática de la arqueometría y de la datación por radiocarbono, el desarrollo de la tafonomía y de la etnoarqueología como fuentes de teoría de rango medio —los puentes entre lo observado y lo inferido—, y la insistencia en que una interpretación debe poder equivocarse. La arqueología dejó de ser un catálogo y empezó a discutir cómo sabe lo que dice saber.

La reacción postprocesual, encabezada por Ian Hodder y por un grupo de investigadores británicos a partir de Symbolic and Structural Archaeology (1982), atacó tres puntos. El primero es epistemológico: no existen datos neutros que puedan contrastar una hipótesis, porque lo que cuenta como dato ya está determinado por la teoría con la que se excava y se clasifica; la observación arqueológica es interpretación desde el principio. El segundo es sustantivo: reducir la cultura material a función adaptativa deja fuera lo que hace humano al comportamiento humano, es decir el significado. Una vasija no solo contiene, también dice; una casa no solo cobija, también ordena relaciones. El tercero es político: el arqueólogo escribe desde una posición —de clase, de género, de nación, de imperio— y la pretensión de objetividad sirve sobre todo para no tener que examinarla. De aquí salieron la arqueología de género, que mostró cuánto de la reconstrucción del pasado consistía en proyectar la división del trabajo del presente; la atención a la agencia individual frente al determinismo sistémico; la arqueología pública y la discusión sobre a quién pertenece el pasado, que ha reconfigurado la relación con las comunidades indígenas y la práctica museística.
El coste del planteamiento postprocesual es igual de visible. Si toda observación es interpretación y no hay criterio externo, no queda claro cómo se decide entre dos lecturas incompatibles del mismo yacimiento, y el relativismo que sus críticos le reprocharon no siempre fue un espantajo: parte de la producción de aquellos años es difícilmente contrastable con nada. Su versión más productiva fue la que Hodder practicó en Çatalhöyük a partir de 1993, con un proyecto que hizo explícito el proceso interpretativo —registrando en el propio archivo las dudas y los cambios de opinión del equipo— y que no renunció por ello a la analítica más fina disponible. Es, en el fondo, la solución que la disciplina adoptó de facto: nadie llama hoy a su trabajo procesual ni postprocesual, y casi todo el mundo usa a la vez el muestreo estadístico, los isótopos, el modelo bayesiano, la crítica de la neutralidad del observador y la pregunta por el significado.
Queda una lección metodológica que sobrevive a la polémica. El desacuerdo no era en último término sobre qué es el pasado, sino sobre qué tipo de conocimiento permite el registro arqueológico: un registro formado por procesos físicos —y por tanto tratable con métodos de ciencia natural— que a la vez es el residuo de acciones cargadas de sentido —y por tanto irreductible a ellos—. Las dos descripciones son verdaderas del mismo material, y la tensión entre ambas no es un problema que la arqueología vaya a resolver, sino la condición en la que trabaja.
Cultura material – Etnoarqueología – Tafonomía – Evidencia arqueológica – Funcionalismo