La revolución neolítica es el nombre que el prehistoriador V. Gordon Childe dio en los años treinta a la transición más profunda de la historia humana: el paso de la caza y la recolección a la producción de alimentos, con la domesticación de plantas y animales, el sedentarismo, la cerámica y las aldeas permanentes. Childe la puso en un par con la revolución urbana que la siguió y con la industrial que nos precede, y eligió la palabra «revolución» a propósito: no porque el cambio fuese rápido —fue lento— sino porque transformó por completo la base económica de la sociedad, como haría después la máquina de vapor. La metáfora ha envejecido mal en casi todos sus detalles y sigue siendo insustituible como mapa.
El modelo original de Childe era elegante y geográfico. Al terminar la última glaciación, la desecación de Asia occidental y el norte de África habría concentrado a humanos, animales y plantas en los oasis y en las riberas, y esa convivencia forzada en espacios reducidos habría llevado a la domesticación: primero la familiarización, después el control del pastoreo y de la siembra, después la aldea. El excedente de grano almacenable liberaría a parte de la población para la artesanía especializada, el comercio y el mando, y de ahí a la ciudad. Era una teoría de gabinete con una virtud: hacía predicciones comprobables, y la arqueología salió a comprobarlas. Las excavaciones de Robert Braidwood en Jarmo, en las estribaciones de los Zagros —y no en un oasis—, y las de Kathleen Kenyon en Jericó mostraron que la domesticación apareció en las laderas boscosas donde ya crecían los ancestros silvestres del trigo y la cebada, no en los márgenes áridos, y que el clima de posglaciación mejoró en vez de empeorar. La teoría del oasis quedó descartada; el marco de Childe, en pie.

Lo que las excavaciones fueron añadiendo desordenó la cronología de un modo más radical. En el Levante mediterráneo, la cultura natufiense practicó entre el 12500 y el 9500 a. C. un sedentarismo de cazadores-recolectores: aldeas con construcciones de piedra, morteros, hoces para cereales silvestres, cementerios —milenios antes de la agricultura. Es decir, el sedentarismo no fue consecuencia de la producción de alimentos, como quería el modelo, sino su condición previa: primero se echa raíces quien puede vivir de la abundancia silvestre, y solo después, presionado quizá por el clima o por la demografía, se pasa a cultivar. La domesticación, por su parte, no fue un acto sino un proceso de dos a cuatro milenios: el trigo de espiga quebradiza tarda generaciones humanas en convertirse en trigo de espiga maciza que espera a la hoz, y durante ese tiempo la «revolución» no se anuncia en ninguna parte. La arqueología actual prefiere hablar de neolitización, en plural y sin mayúsculas: un conjunto de transiciones locales, reversibles y parciales, que ocurrieron de forma independiente al menos en el Próximo Oriente, China, Mesoamérica, Nueva Guinea, los Andes, el este de Norteamérica y el Sahel.
Sobre cómo se extendió la agricultura por Europa hay una disputa que la genética ha ayudado a zanjar. El modelo demicó de Ammerman y Cavalli-Sforza —una «ola de avance» de agricultores que crecían, se expandían unos veinte kilómetros por generación y desplazaban a los cazadores— se enfrentó al modelo de adopción cultural, en que la idea se difunde sin que la gente se mueva. El ADN antiguo ha dado la razón, con matices, a la migración: los agricultores de la Europa central del sexto milenio descienden en buena medida de poblaciones anatolias, aunque hubo mezcla y no sustitución pura. La revolución viajó con gente.
Las consecuencias tardías completan el cuadro. La demografía creció en una proporción que la caza y la recolección no conocen —las estimaciones habituales multiplican por decenas la densidad de población de los primeros milenios agrarios— y con el almacenamiento llegaron la propiedad transmisible, la desigualdad heredada y los monumentos que exigen jefes capaces de movilizar trabajo: los círculos de piedra y los túmulos son, en estricto, contabilidad de excedente hecha paisaje. Andrew Sherratt añadió el segundo piso del proceso, la «revolución de los productos secundarios»: durante los dos primeros milenios la ganadería se explotó sobre todo por la carne, y solo hacia el IV milenio aparecieron la leche, la lana, la tracción animal y el arado, que multiplicaron el rendimiento de cada animal sin sacrificarlo y desplazaron la agricultura hacia el trabajo masculino de campo. La domesticación del perro, mucho más antigua y aún paleolítica, queda como recordatorio de que la relación con los animales no esperó a la economía.

La objeción contemporánea más incómoda al relato es la que pregunta si la revolución fue un progreso. La paleopatología dice que no, al menos al principio: los esqueletos de las primeras sociedades agrarias muestran estaturas menores, más caries, más anemias y más infecciones que los de los cazadores-recolectores vecinos, porque la dieta se empobrece al estrecharse a unos pocos cultivos, porque el grano cariega y porque la aldea permanente concentra patógenos y parásitos. A eso se suma el trabajo: la jornada del agricultor es más larga y más monótona que la del recolector, y la desigualdad y la guerra organizada aparecen documentadas con la propiedad de la tierra y del excedente. Diamond lo formuló con provocación deliberada como «el peor error de la historia de la raza humana», y aunque la frase es de ensayo y no de excavación, el dato osteológico que la sostiene es sólido. La respuesta de fondo es que la pregunta está mal puesta: la neolitización no fue una elección entre opciones sopesadas sino una trampa de prosperidad —cada paso permitía alimentar a más bocas y exigía alimentarlas—, y para cuando sus costes eran visibles no había vuelta atrás demográficamente posible. Childe, marxista, habría aceptado la paradoja: llamó revolución a un proceso que empeoró la vida de quienes lo hicieron, como otra revolución que él mismo vivía.
Estratigrafía arqueológica – Datación por radiocarbono – Arqueología procesual y postprocesual – Protoindustrialización – La revolución industrial
Fuentes
- V. Gordon ChildeMan Makes HimselfWatts & Co.1936
- V. Gordon ChildeThe Urban RevolutionThe Town Planning Review1950
- Mark Nathan Cohen y George J. Armelagos (eds.)Paleopathology at the Origins of AgricultureAcademic Press1984
- Albert J. Ammerman y Luigi Luca Cavalli-SforzaMeasuring the Rate of Spread of Early Farming in EuropeMan1971
- Jared DiamondThe Worst Mistake in the History of the Human RaceDiscover1987