La presión de grupo es la influencia que el grupo al que una persona pertenece, o al que quiere pertenecer, ejerce sobre sus opiniones, juicios y conductas, hasta el punto de que la persona dice o hace lo que el grupo espera aunque en privado piense otra cosa. Es el fenómeno más estudiado de la psicología social, su experimento canónico se recuerda al revés de como salió, y lo que se ha aprendido desde entonces cambia bastante la imagen de una persona indefensa ante la mayoría.
El antecedente es de Muzafer Sherif, en 1935: en una habitación a oscuras, un punto de luz fijo parece moverse, y cuando varias personas estiman en voz alta cuánto se mueve, sus estimaciones convergen en pocas rondas hacia una norma común que cada una conserva después a solas. El grupo fabrica la realidad donde la realidad es ambigua. Solomon Asch quiso comprobar en 1951 qué pasaba cuando no lo era. Sentó a un participante con siete cómplices y pidió a todos que dijeran cuál de tres líneas medía lo mismo que una de referencia, una tarea en la que a solas casi nadie se equivoca; los cómplices daban por turno una respuesta unánime y falsa. El participante cedió en algo más de un tercio de las pruebas críticas, tres de cada cuatro cedieron al menos una vez, y uno de cada cuatro no cedió nunca. Lo que la divulgación retiene es la primera cifra; lo que Asch subrayó fue que casi dos tercios de las respuestas fueron independientes, y que las condiciones del efecto eran estrechas. Bastaba un solo cómplice que dijera la verdad para que la conformidad cayera a alrededor de una décima parte, y bastaba que el participante respondiera por escrito, sin que el grupo lo oyera, para que casi desapareciera.
Ese último dato separa las dos cosas que la palabra presión mezcla. Morton Deutsch y Harold Gerard las distinguieron en 1955: la influencia informativa, en la que uno cambia de opinión porque toma al grupo como fuente de datos sobre lo que es verdad, y la influencia normativa, en la que uno cambia de respuesta, no de opinión, para no quedar fuera. En la tarea de Asch, donde la evidencia era clara, casi toda la conformidad era normativa: los participantes veían bien y decían lo que no veían. Cuando la tarea es difícil o ambigua, como en Sherif, domina la informativa, y entonces la conformidad no es debilidad sino una regla razonable, porque en la mayoría de las situaciones reales siete personas se equivocan menos que una.
La magnitud tampoco es una constante. Rod Bond y Peter Smith revisaron en 1996 ciento treinta y tres réplicas del experimento de Asch en diecisiete países y encontraron que la conformidad en Estados Unidos había ido bajando desde los años cincuenta, y que era mayor en las culturas colectivistas, donde ajustarse al grupo se valora como madurez y no como falta de carácter. La presión de grupo es, en parte, una norma sobre cuánto hay que ceder a las normas.
La adolescencia, que es donde el concepto se usa más, tiene datos propios. Margo Gardner y Laurence Steinberg mostraron en 2005 que en un juego de conducción simulada los adolescentes asumían el doble de riesgos cuando los observaban dos amigos que cuando jugaban solos, un efecto que en los adultos casi no existía, y Steinberg y Kathryn Monahan midieron en 2007 que la resistencia a la influencia de los iguales crece de forma marcada entre los catorce y los dieciocho años y después se estabiliza. La presión de grupo pesa más justo cuando se está construyendo la identidad a través de la pertenencia, y en ese periodo lo que la reduce no es la advertencia sino la presencia de un disidente.
Queda la pregunta que abre el resto de este itinerario. En el experimento de Asch la mayoría existía y estaba equivocada. En muchas situaciones reales la mayoría que presiona no existe: cada uno cede ante lo que cree que los demás piensan, y los demás hacen lo mismo. Ese caso, en el que la presión la ejerce un grupo que no opina lo que aparenta, es la ignorancia pluralista.
Ignorancia pluralista – Espiral del silencio – Grupo de referencia – Identidad personal – Dinámicas de grupo
