La metacomunicación es la comunicación sobre la comunicación: el conjunto de señales, explícitas o no, que indican cómo debe entenderse lo que se está diciendo, en qué relación se dice y qué respuesta se espera. Cuando alguien dice «es broma», metacomunica; cuando lo indica con la sonrisa y el tono sin decirlo, también. El concepto tiene una historia precisa y una consecuencia práctica que la mayoría de los manuales de comunicación omiten: casi ningún malentendido persistente se arregla en el nivel del contenido.
El término lo introdujo Gregory Bateson a comienzos de los años cincuenta, y su observación fundacional, publicada en 1955, procede del zoo de San Francisco. Viendo jugar a dos monos, Bateson notó que el mordisco de juego denota el mordisco de verdad y a la vez comunica que no es el mordisco de verdad, y que para que dos animales jueguen tienen que estar intercambiando la señal «esto es juego». Esa señal no está en el mordisco; está en otro nivel lógico, y enmarca lo que ocurre dentro. Bateson llamó a ese nivel marco, y a los mensajes que lo fijan, metacomunicativos. Paul Watzlawick, Janet Beavin y Don Jackson convirtieron la idea en 1967, en Teoría de la comunicación humana, en el segundo de sus cinco axiomas: toda comunicación tiene un aspecto de contenido, lo que se dice, y un aspecto de relación, lo que ese decir afirma sobre el vínculo entre quienes hablan, y el segundo clasifica al primero. La misma frase, «cierra la ventana», es una petición entre iguales, una orden o un reproche según la relación que la acompaña, y la mayoría de las disputas que parecen ser sobre la ventana son sobre la relación.
De los otros axiomas, dos son relevantes aquí. Uno es que no se puede no comunicar: callar, mirar el teléfono o cambiar de tema son mensajes, y quien cree estar fuera de la conversación está metacomunicando que no quiere estar en ella. El otro es la puntuación de la secuencia: cada parte organiza el intercambio con un principio y un fin distintos, la que se retrae porque la otra insiste y la que insiste porque la otra se retrae, y las dos descripciones son verdaderas y incompatibles. Watzlawick sostuvo que la diferencia entre una relación sana y una patológica no es que en la primera no haya desacuerdos, sino que en la primera se puede hablar de cómo se está hablando, y en la segunda no. Esa prohibición es exactamente lo que define al doble vínculo, que aparece en el itinerario sobre conocerse.
Conviene desmontar la cifra que suele acompañar a este tema, la de que el noventa y tres por ciento de la comunicación es no verbal, con un siete por ciento para las palabras, un treinta y ocho para el tono y un cincuenta y cinco para el gesto. Procede de dos estudios de Albert Mehrabian de 1967 en los que se pedía a los participantes juzgar la actitud del hablante a partir de palabras sueltas sobre sentimientos, pronunciadas con tono y expresión incongruentes. El resultado dice algo real y estrecho: cuando el contenido y la señal relacional se contradicen, la gente cree a la señal relacional. No dice que las palabras aporten un siete por ciento de nada, y el propio Mehrabian ha pedido que no se cite así. Lo que el dato bien leído confirma es la jerarquía de Bateson: la metacomunicación manda sobre el contenido cuando chocan.
De ahí la consecuencia práctica. El capítulo anterior, sobre las barreras a la comunicación, mostró que el emisor no puede saber si se le ha entendido y que en los medios escritos el tono se pierde con una frecuencia que nadie anticipa. La solución de los usuarios ha sido inventar metacomunicación explícita, emoticonos, marcas de ironía, un «no lo digo con mala intención» antes de la crítica, que es tosca y funciona porque repone el nivel que el canal quita. Y en las conversaciones atascadas, la salida que Watzlawick describía es subir un nivel: dejar de discutir el asunto y describir lo que está pasando entre los dos mientras lo discuten. Es una operación sencilla de enunciar y difícil de hacer, porque exige nombrar la relación, y la relación es lo que la mayoría de las conversaciones difíciles está negociando sin decirlo. La negociación propiamente dicha, que es el capítulo siguiente, tiene la misma estructura.
Barreras a la comunicación – Doble vínculo – Capacidad de negociación – Teoría General de Sistemas – Actos de habla