Un grupo de referencia es el grupo con el que una persona se compara para juzgar su situación y del que toma las normas para orientar su conducta, con independencia de que pertenezca a él. Puede ser el grupo propio, el vecindario, los compañeros de promoción, o uno al que se aspira, y puede ser incluso una sola persona. El concepto tiene una consecuencia que la intuición se resiste a aceptar: la satisfacción con lo que uno tiene depende menos de lo que tiene que de con quién se compara, y eso se puede medir.
El término lo acuñó Herbert Hyman en 1942, al observar que las personas situaban su estatus no en la escala social entera sino respecto a un grupo concreto que cada una elegía. El hallazgo que lo hizo célebre vino de la investigación sobre el ejército estadounidense en la Segunda Guerra Mundial, publicada por Samuel Stouffer y sus colegas en 1949: los policías militares, un cuerpo con muy pocos ascensos, estaban más satisfechos con su sistema de promoción que los aviadores, que ascendían con rapidez. La explicación de Robert Merton y Alice Kitt en 1950 fue que cada soldado se comparaba con los de su unidad; donde casi nadie ascendía, no ascender no dolía, y donde ascendían muchos, quedarse atrás era una herida. Llamaron a esto privación relativa, y Walter Runciman la desarrolló en 1966 para explicar por qué la protesta social no sigue a la pobreza absoluta sino a la comparación desfavorable con un grupo próximo. Harold Kelley había distinguido en 1952 las dos funciones que el concepto reúne: la normativa, el grupo que fija lo que hay que hacer, y la comparativa, el grupo que sirve de vara para medirse.
Que el grupo se elige, y que cambiarlo cambia a la persona, lo mostró Theodore Newcomb en la universidad de Bennington en los años treinta: las alumnas llegaban de familias conservadoras y, conforme adoptaban a la comunidad universitaria como referencia, se desplazaban hacia posiciones progresistas, y las que mantenían a la familia como referencia no lo hacían. Leon Festinger generalizó el mecanismo en 1954 con la teoría de la comparación social: en ausencia de criterios objetivos, evaluamos nuestras capacidades y opiniones comparándonos con otros, y elegimos para ello a los parecidos, porque la comparación con alguien muy distinto no informa.
Los datos económicos recientes son los más contundentes. Erzo Luttmer mostró en 2005, con datos de bienestar declarado en Estados Unidos, que a igual renta propia las personas se declaraban menos felices cuanto más ganaban sus vecinos; el título del artículo, los vecinos como negativos, resume el resultado. David Card y sus colegas aprovecharon en 2012 que un periódico publicó una base de datos con los salarios de los empleados de la Universidad de California: los trabajadores que descubrieron que cobraban por debajo de la mediana de su departamento quedaron menos satisfechos y más dispuestos a buscar otro empleo, y los que descubrieron que cobraban por encima no quedaron más satisfechos. La comparación hace daño hacia abajo y no compensa hacia arriba. Y el efecto del pez grande en el estanque pequeño, tratado en el capítulo sobre el autoconcepto, es el mismo mecanismo en la escuela.
De ahí dos consecuencias para este itinerario. La primera es que el grupo de referencia es la fuente de la que la presión de grupo toma sus normas, de modo que cambiar de referencia cambia qué presiona, lo que en parte explica la deriva de Bennington y en parte la de cualquiera que cambia de trabajo, de ciudad o de red social. La segunda es que las redes digitales han hecho algo nuevo con la función comparativa: han puesto al alcance, todo el tiempo, grupos de referencia que no son parecidos ni próximos, con los que la comparación no informa pero sí duele. Sobre qué se ve al mirar a esos grupos, y con qué distorsiones, trata el capítulo siguiente, los estereotipos.
Presión de grupo – Grupo de pertenencia – Autoconcepto – Estereotipos – Clase social