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Ley de Brandolini (asimetría de la desinformación)

La ley de Brandolini sostiene que la energía necesaria para refutar una afirmación falsa es un orden de magnitud mayor que la necesaria para producirla. La enunció el ingeniero de software italiano Alberto Brandolini en un mensaje publicado en Twitter el 11 de enero de 2013, escrito, según su propio relato, mientras seguía una intervención televisiva de un político y leía a la vez a Daniel Kahneman. Se conoce también como principio de la asimetría de la desinformación, y describe una restricción material —de tiempo, de atención y de trabajo— que condiciona cualquier política de verificación de hechos.

La asimetría tiene causas identificables. Producir una afirmación falsa no exige coherencia con nada: basta que sea enunciable y compatible con lo que el receptor ya cree. Refutarla exige localizar la fuente, comprobar el dato original, reconstruir el contexto, explicar por qué el argumento no se sostiene y hacerlo en un lenguaje comprensible, es decir, un trabajo documental completo por cada frase. La refutación es además específica y no se transfiere: cada versión ligeramente distinta del mismo bulo requiere una nueva verificación, mientras que producir esas variantes cuesta lo mismo que producir la primera. A esto se añade la asimetría de recepción: la afirmación falsa suele ser simple, emocionalmente rentable y narrativamente completa, mientras que la corrección es compleja, matizada y aburrida. La distribución también juega en contra: el trabajo de Vosoughi, Roy y Aral publicado en Science en 2018, sobre cascadas de información verificadas en Twitter entre 2006 y 2017, encontró que las noticias falsas se difundían más lejos, más rápido y de forma más profunda que las verdaderas, y que la responsabilidad no era de las cuentas automatizadas sino de los usuarios humanos.

La versión pesimista de la ley —refutar es tan caro que no vale la pena— no está bien fundada, y conviene separarla del enunciado. La investigación sobre corrección de creencias erróneas muestra que las correcciones funcionan: reducen la creencia en la afirmación falsa de forma medible y bastante robusta entre distintos públicos. Sí es cierto que el efecto es incompleto, porque la información desacreditada sigue influyendo en el razonamiento posterior —lo que la psicología cognitiva llama efecto de influencia continuada—, y que el temido efecto rebote, según el cual corregir reforzaría la creencia falsa, apenas se ha reproducido en los estudios posteriores a 2016. El problema no es que refutar sea inútil, sino que refutar cuesta caro y no escala.

De ahí que las respuestas eficaces sean estructurales antes que argumentales. En términos documentales: verificación previa a la publicación en vez de posterior, trazabilidad de la fuente primaria, archivo estable que permita comprobar qué se dijo y cuándo, y catalogación de los bulos recurrentes para reutilizar la refutación en vez de reescribirla. En términos de diseño de plataformas: intervenir en la velocidad de propagación —fricción, límites al reenvío, etiquetado de origen— es más barato que intervenir en el contenido, porque actúa sobre el lado de la asimetría que sí es controlable. Y en términos de alfabetización informacional, enseñar a evaluar la fuente resulta más rentable que enseñar a evaluar la afirmación, por la razón que la propia ley expresa: las afirmaciones son infinitas y las fuentes no.

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Sarasola, Josemari (2026). "Ley de Brandolini (asimetría de la desinformación)". Ikusmira. Recuperado de https://ikusmira.org/p/ley-de-brandolini/

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