Expresiones de las pasiones del alma — Conocerse: identidad, emociones y las trampas de la relación
Henri Testelin / Charles Le Brun, 1696 · CC0 · Wikimedia Commons
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Conocerse: identidad, emociones y las trampas de la relación

Del autoconcepto a la autoestima, y de ahí a dos conceptos que corrigen su versión popular: el doble vínculo, que ya no explica la esquizofrenia, y el trabajo emocional, que exige un empleador.

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El vocabulario del autoconocimiento se usa como si fuera intercambiable, y este itinerario lo ordena en una cadena: la identidad, que no se encuentra sino que se construye con lo que el entorno ofrece; el autoconcepto, que es multidimensional y se forma de fuera adentro, con el mismo alumno viéndose peor en el colegio mejor; y la autoestima, que la revisión de Baumeister de 2003 rebajó de causa a consecuencia: no mejora las notas ni el trabajo, y subirla en abstracto no cambia nada. La brecha de confianza cierra el bloque mostrando qué pasa cuando esa valoración depende de lo que se espera de alguien como uno, y por qué pedir menos puede ser una lectura correcta del entorno.

El segundo bloque es el de las emociones, con tres correcciones a la versión corriente. La madurez emocional no es sentir menos: la supresión es la estrategia con peor balance, y la reevaluación falla justo a intensidad alta. La tormenta emocional es un plazo, no un enemigo: se agota sola en unos veinte minutos si no se alimenta con rumiación, y nombrarla la baja. Y el conflicto intrapsíquico tiene tres formulaciones medibles, de Lewin a Festinger e Higgins, y la disonancia que sigue a una decisión es uno de los motores del coste hundido.

El tercer bloque pasa de uno mismo a la relación. Los vínculos afectivos inclinan pero no determinan, y su distribución varía entre culturas más de lo que la teoría preveía. El doble vínculo, formulado por Bateson en 1956, ya no explica la esquizofrenia y sí una parálisis con culpa que no es incapacidad sino imposibilidad lógica. El trabajo emocional de Hochschild exige un empleador que compre la emoción, y el estrés de rol es una propiedad del puesto, no de la persona, con remedios organizativos. Once capítulos, poco más de media hora, y la lectura recomendada si solo se pueden dos es el doble vínculo seguido del estrés de rol.

Capítulo 1 de 11

Identidad personal

La identidad personal es la respuesta que cada persona da, de forma más o menos explícita, a la pregunta de quién es: el conjunto de rasgos, pertenencias, valores y recuerdos que reconoce como propios y que le permite sentirse la misma a lo largo del tiempo y distinta de los demás. Es la base sobre la que se construyen el autoconcepto y la autoestima, y la versión corriente, la de que hay un yo verdadero que se encuentra si se busca bien, es la que la investigación menos respalda.

La distinción de partida es de William James, en 1890: el yo que conoce y el yo conocido, el sujeto que mira y el objeto que ve cuando se mira, con sus componentes material, social y espiritual. La psicología del desarrollo tomó el segundo y lo puso en el tiempo. Erik Erikson describió en 1950 la adolescencia como la etapa cuyo conflicto propio es la identidad frente a la confusión de roles, y acuñó la expresión crisis de identidad, que en su uso original no designa una catástrofe sino un punto de decisión normal. James Marcia hizo operativa la idea en 1966 cruzando dos preguntas, si la persona ha explorado alternativas y si se ha comprometido con alguna, y obtuvo cuatro estados: identidad lograda, moratoria (explora sin decidir), identidad hipotecada (se compromete sin haber explorado, con lo que heredó) y difusión (ni una cosa ni otra). Los datos longitudinales matizan el calendario de Erikson: un metaanálisis de 2010 sobre estudios de Marcia encontró que a los treinta y seis años solo alrededor de la mitad de las personas estaba en el estado de identidad lograda. La identidad no se cierra en la adolescencia; se sigue trabajando.

La segunda corrección viene de la psicología social. Henri Tajfel y John Turner distinguieron en 1979 entre la identidad personal, lo que uno es como individuo, y la identidad social, lo que uno es en tanto que miembro de grupos, y mostraron que basta asignar a alguien a un grupo arbitrario para que empiece a favorecerlo. Una parte grande de lo que se vive como identidad propia es, en realidad, pertenencia, y cambia cuando cambia el grupo con el que uno se compara. En el mismo sentido va la idea de identidad narrativa de Dan McAdams, formulada en los años noventa: a partir de la adolescencia tardía la persona organiza su pasado, su presente y su futuro anticipado en una historia con protagonista, y esa historia, que se reescribe con cada versión que se cuenta, es la identidad. No hay un texto original debajo.

De ahí sale la objeción al yo verdadero. La filosofía la había planteado antes: John Locke fundó la identidad en la continuidad de la memoria en 1690, y Derek Parfit sostuvo en 1984 que la identidad personal no es lo que importa, porque en los casos límite, la duplicación, la pérdida gradual de recuerdos, la pregunta de si sigue siendo la misma persona no tiene respuesta y sin embargo todo lo relevante puede describirse sin ella. Lo que la psicología añade es que la identidad se fabrica con materiales que el entorno proporciona: los grupos disponibles, los roles que la sociedad ofrece a alguien de esa edad, ese sexo y esa clase, los relatos culturales sobre lo que es una vida bien contada. Buscarse no es excavar; es elegir entre lo que hay y comprometerse con ello a sabiendas, que es exactamente lo que Marcia llamaba identidad lograda.

AutoconceptoAutoimagen, autoconcepto y autoestima: diferenciasGrupo de referenciaIdentidad de géneroMadurez emocional

Capítulo 2 de 11

Autoconcepto

El autoconcepto es el conjunto organizado de creencias que una persona tiene sobre sí misma: qué es, qué sabe hacer, a qué grupos pertenece, cómo es su cuerpo, qué se le da mal. Es la parte descriptiva de la identidad personal, previa a la valoración que le pone la autoestima, y lo que se sabe de él corrige dos ideas corrientes: que es una cosa, y que se forma de dentro afuera.

Que no es una cosa lo estableció la investigación psicométrica de los años setenta. Richard Shavelson y sus colegas propusieron en 1976 que el autoconcepto es multidimensional y jerárquico: hay un autoconcepto académico, otro social, otro físico y otro emocional, cada uno con subdominios (matemáticas y lengua se separan pronto, y con frecuencia en direcciones opuestas), y un autoconcepto general en la cúspide que resume mal a los de abajo. Los cuestionarios de Herbert Marsh confirmaron la estructura en miles de escolares, y su consecuencia práctica es que la pregunta «qué autoconcepto tiene este niño» no tiene respuesta: puede verse muy capaz en el deporte y nulo para el estudio, y mejorar uno no arrastra al otro. Susan Harter añadió la línea de edad: los niños pequeños se describen con rasgos concretos y en positivo casi sin excepción, hacia los ocho años empiezan a compararse con otros y el autoconcepto se vuelve más realista y menos halagüeño, y en la adolescencia se hace abstracto, contradictorio según el contexto y sensible a la mirada de los iguales, que desplazan a los padres como fuente principal.

Que no se forma de dentro afuera es la aportación de la sociología. Charles Cooley describió en 1902 el yo espejo: nos vemos como imaginamos que nos ven los demás, y George Herbert Mead sostuvo en 1934 que el yo surge en la interacción, cuando el niño aprende a adoptar el papel del otro y a mirarse desde él. El autoconcepto es, en este sentido, una teoría sobre uno mismo construida con los datos que devuelve el entorno. El experimento natural más claro es el efecto del pez grande en el estanque pequeño, que Marsh documentó en 1987 y que se ha replicado en decenas de países: el mismo alumno, con las mismas notas, tiene un autoconcepto académico más bajo si estudia en un centro de alto rendimiento que si estudia en uno mediocre, porque se compara con los que tiene al lado. Cambiar de colegio cambia el autoconcepto sin que cambie la capacidad.

Sobre la relación entre autoconcepto y rendimiento, los estudios longitudinales de Marsh y Rhonda Craven encontraron en 2006 efectos recíprocos: verse capaz en una materia predice mejoras pequeñas en ella, y mejorar en ella predice verse más capaz, en un bucle modesto que no funciona con el autoconcepto general, solo con el del dominio concreto. De ahí que los programas que intentan elevar el autoconcepto en abstracto no mejoren nada medible.

Queda la variación cultural, que Hazel Markus y Shinobu Kitayama formularon en 1991: en las culturas que ellos llamaron independientes el autoconcepto se organiza en torno a atributos internos y a la diferencia respecto a los demás, y en las interdependientes en torno a relaciones y pertenencias, de modo que describirse por lo que uno es en su familia o en su empresa no es un autoconcepto menos desarrollado sino otro. La consistencia entre contextos, que la psicología occidental toma como signo de salud, es en parte una preferencia local.

Identidad personalAutoimagen, autoconcepto y autoestima: diferenciasGrupo de referenciaEstereotiposEsquema cognitivo (Piaget)

Capítulo 3 de 11

Autoimagen, autoconcepto y autoestima: diferencias

Autoimagen, autoconcepto y autoestima se usan a menudo como sinónimos, y nombran tres cosas encadenadas. La autoimagen es la representación que una persona tiene de sí, el retrato: alta o baja, tímida o no, del montón o fuera de él. El autoconcepto es la organización de esas representaciones en creencias sobre lo que uno es y sabe hacer, dominio por dominio. La autoestima es la valoración afectiva del conjunto, la actitud favorable o desfavorable hacia el propio yo, que es la definición que Morris Rosenberg fijó en 1965 junto con la escala de diez ítems que sigue siendo el instrumento más usado del mundo para medirla. Lo que la investigación de las últimas décadas ha hecho con la tercera es rebajarla.

La historia tiene una fecha. En 1986 el estado de California creó por ley un grupo de trabajo para promover la autoestima, con la tesis de que su falta estaba detrás del fracaso escolar, la delincuencia, el embarazo adolescente y la dependencia de la asistencia social, y de que elevarla sería una vacuna social. El volumen académico que el propio grupo encargó, coordinado por el sociólogo Neil Smelser en 1989, encontró asociaciones débiles o inexistentes, y su promotor lo dio igualmente por confirmado. Durante los veinte años siguientes las escuelas de medio mundo trabajaron la autoestima como objetivo educativo.

La revisión que cerró la discusión es de Roy Baumeister, Jennifer Campbell, Joachim Krueger y Kathleen Vohs, publicada en 2003 por encargo de la Asociación Americana de Psicología. Repasaron la literatura con un criterio estricto, medidas objetivas en lugar de autoinformes, y las conclusiones son estas. La autoestima alta no causa mejores notas; la correlación existe pero va en la dirección contraria, del rendimiento a la autoestima. No mejora el desempeño laboral. No previene el consumo de alcohol ni la conducta sexual temprana. Los agresores escolares no tienen la autoestima baja, más bien al revés. Lo que sí hace es dos cosas: aumenta la iniciativa, porque quien se valora se atreve a más, y se asocia con sentirse bien, de forma robusta. Es decir, es en buena parte una consecuencia de que las cosas vayan bien y un ingrediente de la felicidad, no una causa de que vayan bien. Un experimento posterior lo ilustró de forma cruel: a estudiantes universitarios que iban suspendiendo se les enviaron mensajes semanales para reforzar su autoestima, y sacaron peores notas que el grupo de control.

Dos matices posteriores importan. El primero es que el nivel importa menos que la estabilidad y la base: Michael Kernis mostró que una autoestima alta pero frágil, que sube y baja con cada éxito o fracaso, se asocia con más hostilidad y defensividad que una moderada y estable, y Jennifer Crocker que la autoestima contingente, la que depende de rendir en un dominio concreto, convierte cada examen en una amenaza a la persona entera. El segundo es la trayectoria vital: los estudios de Ulrich Orth y Richard Robins muestran que la autoestima media sube desde la adolescencia hasta alrededor de los sesenta años y solo entonces declina, con lo que la crisis de autoestima de la mediana edad es, estadísticamente, una excepción.

La cadena, entonces, se lee mejor al revés de como se suele leer. No se trata de subir la autoestima para que mejore el rendimiento, sino de que un autoconcepto realista, con dominios en los que uno rinde de verdad, produce con el tiempo una autoestima que no necesita defenderse. Lo que sigue en este itinerario, la brecha de confianza, muestra qué pasa cuando esa valoración no depende de lo que uno hace sino de lo que el entorno espera de alguien como uno.

AutoconceptoIdentidad personalBrecha de confianzaMadurez emocionalPlacer, gozo y felicidad

Capítulo 4 de 11

Brecha de confianza

La brecha de confianza es la diferencia sistemática entre hombres y mujeres en la seguridad con que valoran sus propias capacidades y en la disposición a actuar sobre esa valoración: presentarse a un puesto, pedir un aumento, dar una opinión en una reunión, atribuirse un mérito. La expresión la popularizaron las periodistas Katty Kay y Claire Shipman en 2014, y el concepto tiene dos partes de calidad muy distinta: la brecha se ha medido bien, y la explicación que la acompaña, que las mujeres deben trabajar su confianza, no se sigue de los datos.

La medición es sólida. Christine Exley y Judd Kessler publicaron en 2022 una serie de experimentos en los que hombres y mujeres realizaban la misma prueba, obtenían el mismo resultado y después debían describir su desempeño a un evaluador: las mujeres se puntuaban sistemáticamente más bajo, la diferencia no desaparecía cuando se les informaba de su resultado real ni cuando la modestia no tenía ningún beneficio, y se detectaba ya en la adolescencia. Muriel Niederle y Lise Vesterlund habían mostrado en 2007 que, a igual rendimiento en una tarea, las mujeres elegían con mucha menor frecuencia el sistema de pago competitivo. Y Pedro Bordalo, Katherine Coffman y sus colegas documentaron en 2019 que la autoevaluación sigue el estereotipo del dominio: las mujeres se infravaloran en lo que se considera masculino y los hombres en lo que se considera femenino, con independencia de lo que cada uno haga de verdad. La brecha, por tanto, no es un rasgo de las mujeres sino un efecto de los estereotipos sobre el autoconcepto, que opera en los dos sexos con signo contrario según el terreno.

Dos piezas de la versión popular aguantan peor. La primera es el dato de que las mujeres solo se presentan a un puesto cuando cumplen el cien por cien de los requisitos y los hombres con el sesenta: procede de un informe interno de Hewlett-Packard que nadie ha podido localizar, y cuando Tara Mohr preguntó en 2014 a más de mil profesionales por qué no se habían presentado a una vacante, el motivo principal no era la falta de confianza sino la convicción de que no les contratarían y no querían perder el tiempo, es decir, un cálculo sobre el entorno y no sobre sí mismas. La segunda es el síndrome del impostor, que Pauline Clance y Suzanne Imes describieron en 1978 en mujeres de alto rendimiento: las revisiones posteriores encuentran que los hombres lo declaran con una frecuencia parecida, y que su relación con el sexo es inconsistente.

El punto decisivo lo aportó la investigación sobre negociación. Linda Babcock y Sara Laschever mostraron en 2003 que las mujeres piden menos, y el remedio obvio era enseñarles a pedir. Pero Hannah Riley Bowles, Babcock y Lei Lai encontraron en 2007 que cuando una mujer negocia su salario con la misma firmeza que un hombre, los evaluadores, hombres y mujeres, la penalizan y se muestran menos dispuestos a trabajar con ella, mientras que al hombre no le cuesta nada. La menor confianza es entonces, en parte, una lectura correcta de las consecuencias: quien anticipa el castigo por afirmarse y se contiene no está siendo insegura sino precisa. De ahí que la crítica al planteamiento de trabajar la confianza, la que se hizo a Lean In de Sheryl Sandberg en 2013, no sea que la brecha no exista sino que su sitio está mal puesto: es un problema de la posición y del entorno que se trata como si fuera de la persona, y que la persona lo trabaje sola alivia a corto plazo lo que solo se corrige cambiando lo que el entorno premia. El paso siguiente, la madurez emocional, tiene la misma estructura: lo que parece una cualidad individual depende de lo que la situación permite.

Autoimagen, autoconcepto y autoestima: diferenciasEstereotiposCapacidad de negociaciónTrabajo emocionalIdentidad de género

Capítulo 5 de 11

Madurez emocional

La madurez emocional es la capacidad de sentir una emoción, reconocerla, entender de dónde viene y decidir qué hacer con ella, en lugar de que la emoción decida. El término viene de la psiquiatría estadounidense de los años cuarenta, donde William Menninger enumeró sus criterios como objetivo del desarrollo adulto, y hoy se solapa con dos conceptos que la investigación ha tratado con más rigor: la inteligencia emocional y la regulación emocional. Lo que se sabe de ambos corrige la idea de que madurar emocionalmente consiste en sentir menos.

La inteligencia emocional la definieron Peter Salovey y John Mayer en 1990 como una capacidad con cuatro ramas: percibir emociones, propias y ajenas; usarlas para pensar; comprender cómo evolucionan y se combinan; y gestionarlas. Daniel Goleman la popularizó en 1995 con la afirmación de que importa más que el cociente intelectual para el éxito en la vida, y esa afirmación no tiene apoyo. El metaanálisis de Dana Joseph y Daniel Newman de 2010 encontró que la inteligencia emocional medida como capacidad añade poco a la predicción del rendimiento laboral una vez descontadas la inteligencia general y la personalidad, y que las versiones medidas por cuestionario se solapan tanto con los rasgos de personalidad que apenas son otra cosa. Lo que sí resiste es más modesto y más útil: la rama de comprensión y gestión predice mejor el desempeño en los empleos con alta carga emocional, los que se describen en el capítulo sobre el trabajo emocional.

La regulación emocional es el terreno más firme. James Gross propuso en 1998 un modelo por fases según el momento en que se interviene: antes de que la emoción se dispare, eligiendo o modificando la situación o redirigiendo la atención; cuando se está formando, reinterpretando lo que ocurre; o cuando ya está en marcha, suprimiendo su expresión. Las estrategias no son equivalentes. Gross y Oliver John mostraron en 2003 que quienes habitualmente reevalúan sienten más emociones positivas, tienen mejores relaciones y menos síntomas depresivos, mientras que quienes habitualmente suprimen sienten lo mismo por dentro, lo expresan menos, recuerdan peor lo ocurrido y tienen relaciones más pobres. El metaanálisis de Amelia Aldao, Susan Nolen-Hoeksema y Susanne Schweizer de 2010, sobre más de cien estudios, encontró que la rumiación, la evitación y la supresión se asocian con más ansiedad, depresión y trastornos alimentarios, y que la reevaluación y la resolución de problemas se asocian con menos. La supresión, que es lo que la cultura corriente toma por madurez, la cara impasible, es la estrategia con peor balance.

Dos hechos completan el cuadro. El primero es que la regulación mejora con la edad: Laura Carstensen ha mostrado que las personas mayores declaran un bienestar emocional igual o superior al de los jóvenes, se recuperan antes de las emociones negativas y atienden y recuerdan preferentemente lo positivo, no porque sientan menos sino porque, con un horizonte temporal más corto, eligen mejor a qué exponerse. La madurez emocional es en parte, literalmente, madurez. El segundo es que la estrategia adecuada depende de la intensidad: en las emociones fuertes la reevaluación fracasa y la distracción funciona mejor, un resultado de Gal Sheppes y sus colegas de 2011 que enlaza con el capítulo siguiente, la tormenta emocional. Madurar no es aplicar siempre la misma técnica; es tener varias y saber cuál toca.

Tormenta emocionalConflicto intrapsíquicoEducación emocionalTrabajo emocionalAutoimagen, autoconcepto y autoestima: diferencias

Capítulo 6 de 11

Tormenta emocional

Una tormenta emocional es un estado de activación tan intensa, y a veces con emociones contrapuestas a la vez, que la persona pierde durante un rato la capacidad de pensar con claridad, de escuchar y de elegir su conducta. No es un término técnico de la psicología, pero nombra algo que la investigación ha descrito con precisión desde tres ángulos, y de los tres sale la misma conclusión práctica: en plena tormenta no se razona, se espera.

El primer ángulo es fisiológico. John Gottman, que lleva desde los años setenta grabando a parejas mientras discuten con sensores puestos, llamó a este estado inundación: cuando la frecuencia cardiaca supera aproximadamente los cien latidos por minuto en reposo, el cuerpo entra en una activación difusa que estrecha la atención, favorece la interpretación hostil y anula la capacidad de procesar información nueva. Gottman observó que en ese estado las parejas repiten lo dicho, escalan y no recuerdan después con exactitud la conversación, y que los hombres se inundan antes y tardan más en volver a la línea base. De ahí su prescripción, que es de las pocas de la psicología de pareja con apoyo empírico: interrumpir y no retomar antes de veinte minutos, que es lo que el organismo tarda en desactivarse, y en ese intervalo no rumiar la discusión, porque rumiarla mantiene la activación.

El segundo ángulo es el de la duración. Las emociones son cortas: Paul Ekman las sitúa en segundos o minutos, y un ataque de pánico, que es la tormenta en su forma clínica, alcanza su pico en unos diez minutos y remite solo. Lo que las prolonga es lo que se hace con ellas. Philippe Verduyn y sus colegas midieron en 2015 qué determina que una emoción dure más, y el factor principal fue la rumiación, volver una y otra vez sobre el episodio. La tormenta se sostiene sola mucho menos de lo que parece; la sostiene el que la sufre.

El tercer ángulo es el de qué funciona dentro de ella, y aquí la respuesta es distinta de la del capítulo anterior. La madurez emocional recomienda reevaluar, reinterpretar la situación, y esa estrategia funciona con emociones de intensidad baja o media. Gal Sheppes y sus colegas mostraron en 2011 que a intensidad alta las personas eligen espontáneamente la distracción y hacen bien, porque reevaluar exige una capacidad de procesamiento que la activación ha secuestrado; la reevaluación falla justo cuando más se la necesita. Lo que sí opera a cualquier intensidad es nombrar lo que se siente: Matthew Lieberman y su equipo mostraron en 2007 que poner palabras a una emoción, sin intentar cambiarla, reduce la actividad de la amígdala, y Katharina Kircanski comprobó en 2012 que las personas con miedo a las arañas que describían en voz alta su ansiedad al acercarse a una toleraban después la exposición mejor que quienes intentaban tranquilizarse o distraerse. Decir «estoy furioso y asustado a la vez» no resuelve nada y, sin embargo, baja la intensidad.

La versión divulgada habla de un secuestro de la amígdala, expresión de Daniel Goleman construida sobre el trabajo de Joseph LeDoux acerca de la vía rápida del miedo. El propio LeDoux se ha distanciado después de esa lectura: la amígdala detecta amenazas y organiza respuestas corporales, pero el sentimiento consciente de miedo es cortical, y la metáfora de un cerebro primitivo que toma el mando no describe bien lo que ocurre. Lo que sí ocurre es más simple y más manejable: una activación que se agota por sí misma en veinte minutos si no se alimenta. La tormenta emocional no es un enemigo que vencer, sino un plazo que cumplir, y cuando lo que la provoca son dos exigencias incompatibles a la vez, el problema ya no es la emoción sino el conflicto intrapsíquico que hay debajo.

Madurez emocionalConflicto intrapsíquicoDoble vínculoVínculos, lazos afectivos, emocionales, apegoEstrés de rol

Capítulo 7 de 11

Conflicto intrapsíquico

Un conflicto intrapsíquico es la contradicción entre deseos, valores, creencias o exigencias que una misma persona sostiene a la vez, de modo que satisfacer uno frustra el otro. A diferencia del conflicto con otra persona, no tiene contrincante externo: las dos partes son propias. El concepto nace en el psicoanálisis y ha sobrevivido a él en tres formulaciones que se pueden medir, y una de ellas conecta directamente con la toma de decisiones.

En Freud el conflicto es la estructura misma de la mente. El modelo de 1923 la divide en tres instancias, el ello que empuja, el superyó que prohíbe y el yo que negocia entre ambos y con la realidad, y el síntoma neurótico es el compromiso que resulta cuando la negociación fracasa y el deseo reprimido vuelve disfrazado. Esa versión, en la que el conflicto es inconsciente por definición y su contenido se descubre en la interpretación, es la que la psicología experimental no ha podido confirmar ni refutar, porque no está formulada para ello.

La primera versión medible es de Kurt Lewin, en los años treinta, que clasificó los conflictos según la dirección de las fuerzas: entre dos metas atractivas (aproximación-aproximación, que se resuelve pronto porque acercarse a una la hace más atractiva), entre dos amenazas (evitación-evitación, que produce huida o parálisis), y el más interesante, el de aproximación-evitación, en el que una misma meta atrae y repele. Neal Miller estudió este último en 1944 con ratas que corrían hacia una comida junto a la que recibían una descarga, y encontró que la fuerza de la evitación crece más deprisa que la de la aproximación conforme uno se acerca, de modo que el animal se detiene a una distancia intermedia y oscila. Es el modelo formal de la ambivalencia: quien quiere y no quiere dejar un trabajo, una relación o una ciudad no está indeciso por falta de información, está en el punto en que las dos curvas se cruzan.

La segunda es la disonancia cognitiva de Leon Festinger, de 1957: sostener dos cogniciones incompatibles produce un malestar que motiva a reducirlo, casi siempre cambiando la creencia más fácil de cambiar y no la conducta. El experimento de Festinger y James Carlsmith de 1959 pagó a unos participantes un dólar y a otros veinte por decir a un tercero que una tarea aburrida había sido interesante; los del dólar acabaron creyendo que la tarea les había gustado, porque no tenían una justificación externa para la mentira y tuvieron que fabricar una interna. Jack Brehm había mostrado en 1956 la variante que importa para decidir: después de elegir entre dos electrodomésticos parecidos, las personas revalorizan el elegido y devalúan el rechazado. La decisión no acaba con el conflicto, lo reescribe, y esa reescritura es uno de los mecanismos que sostienen la falacia del coste hundido. La disonancia ha sufrido en los últimos años el escrutinio que se ha aplicado a toda la psicología social: Jane Risen y Keith Chen mostraron en 2010 que el paradigma de la libre elección infla el efecto por un artefacto estadístico, y un intento multicéntrico y prerregistrado de 2024 no consiguió reproducir el efecto clásico de la mentira pagada. La idea sigue en pie; las cifras que la acompañaban, menos.

La tercera es la teoría de la autodiscrepancia de E. Tory Higgins, de 1987, que distingue entre el yo real, el yo ideal (lo que uno querría ser) y el yo deber (lo que uno cree que tiene que ser), y predice emociones distintas para cada distancia: la brecha con el ideal produce abatimiento y desilusión; la brecha con el deber, ansiedad y culpa. Es la formulación que enlaza este capítulo con los anteriores, porque el autoconcepto contiene esas tres versiones y la autoestima depende en parte de la distancia entre ellas. Y anticipa el siguiente: cuando el yo deber no es propio sino impuesto por una relación de la que no se puede salir, el conflicto intrapsíquico es la forma que toma por dentro un doble vínculo.

Tormenta emocionalDoble vínculoAutoconceptoToma de decisionesFalacia del coste hundido

Capítulo 8 de 11

Vinculos (lazos) afectivos (emocionales) (apego)

Los vínculos afectivos, o apego, son los lazos duraderos de cercanía y confianza que una persona establece con unas pocas figuras concretas, primero con quien la cuida y después con la pareja y los amigos íntimos, y que se reconocen por un patrón: buscar la proximidad de esa figura, usarla como base desde la que explorar, protestar cuando se va y calmarse cuando vuelve. La teoría que los explica es una de las más influyentes de la psicología del desarrollo, y también una de las que más se ha simplificado al divulgarse.

La formuló John Bowlby a partir de 1958, contra la explicación entonces dominante, la de que el bebé se apega a la madre porque la asocia con la comida. Harry Harlow lo refutó en 1958 con crías de macaco que disponían de una madre de alambre que daba leche y de otra de felpa que no daba nada: pasaban el día agarradas a la de felpa y corrían a ella cuando se asustaban. El vínculo no se aprende por recompensa; es un sistema conductual propio, seleccionado porque mantiene a la cría cerca de quien la protege. Mary Ainsworth lo hizo medible en 1978 con la situación extraña, un protocolo de veinte minutos en el que la madre sale y vuelve dos veces y se observa la reacción del niño. De ahí salieron tres patrones: seguro (alrededor de dos tercios de los niños en las muestras estadounidenses, protesta y se consuela al reencuentro), evitativo (ignora la vuelta) y resistente o ambivalente (se aferra y a la vez se enfada). Mary Main añadió en 1986 el desorganizado, con conductas contradictorias, el único que predice con alguna fuerza problemas posteriores. Cindy Hazan y Phillip Shaver trasladaron el esquema al amor adulto en 1987, y desde entonces se habla de estilos de apego en la pareja.

Ahí empiezan las precisiones. La primera es cultural: el metaanálisis de Marinus van IJzendoorn y Pieter Kroonenberg de 1988 encontró que la distribución de patrones varía entre países, con más evitativos en el norte de Alemania y más resistentes en Japón, y que la variación dentro de cada país era mayor que la variación entre ellos. Lo que la situación extraña mide en parte es qué grado de independencia espera cada cultura de un niño de un año. La segunda es la estabilidad, que la versión popular da por hecha: el metaanálisis de Chris Fraley de 2002 estimó una continuidad modesta desde la infancia a la edad adulta, y los estudios con intervalos largos la sitúan más baja aún. El apego temprano inclina, no determina, y cambia cuando cambian las circunstancias de los cuidados. La tercera es que los patrones no son rasgos de personalidad heredados: el estudio de gemelos de Caroline Bokhorst de 2003 atribuyó la seguridad del apego casi por entero al ambiente compartido y casi nada a la genética, lo que es a la vez una buena noticia, porque es modificable, y un aviso sobre el temperamento, que Jerome Kagan señaló como variable confundida con el apego en el protocolo.

Sobre lo que el apego predice, el balance es más sobrio que su fama. Un metaanálisis de Ashley Groh y sus colegas de 2014 encontró que la seguridad temprana predice una competencia social algo mayor con los iguales, con un efecto pequeño, y que su relación con la psicopatología posterior es débil salvo en el patrón desorganizado. Es decir, un apego seguro ayuda, pero la mayor parte de lo que una persona será no está escrito en su primer año.

Queda el uso extendido, el apego a objetos, marcas o lugares, que el marketing tomó prestado en los años noventa. Describe una movilización real de recursos hacia lo que se posee y una reacción de pérdida cuando falta, y no cumple el criterio que define el vínculo original: la figura de apego responde. Un objeto no consuela, se usa para consolarse. La distinción importa para el capítulo siguiente, porque lo que convierte un vínculo en una trampa no es su intensidad sino que sea con alguien de quien no se puede prescindir y que emite mensajes incompatibles, que es la definición del doble vínculo.

Doble vínculoMadurez emocionalIdentidad personalSocialización primariaConflicto intrapsíquico

Capítulo 9 de 11

Doble vínculo

El doble vínculo es una situación comunicativa en la que una persona recibe dos mensajes contradictorios de distinto nivel lógico dentro de una relación de la que no puede salir, no puede señalar la contradicción y está obligada a responder. Cualquier respuesta que dé será errónea, porque obedecer un mensaje equivale a desobedecer el otro, y la salida evidente —comentar en voz alta que las dos órdenes son incompatibles— está prohibida por la propia relación. El concepto lo formularon Gregory Bateson, Don D. Jackson, Jay Haley y John Weakland en 1956, en el artículo «Toward a Theory of Schizophrenia», dentro del grupo de investigación de Palo Alto.

Sus condiciones son precisas y no se cumplen con una simple orden contradictoria. Hace falta una relación intensa y significativa para el sujeto; un mandato primario explícito («haz esto»); un mandato secundario que lo contradice y que suele ser no verbal o implícito, transmitido por el tono, el gesto o el contexto («no obedezcas la orden que acabo de darte», «no interpretes que esto es una orden»); la imposibilidad de metacomunicar, es decir, de hablar sobre los mensajes en vez de dentro de ellos; y la imposibilidad de abandonar el campo. El ejemplo mínimo que Bateson usaba es la orden sé espontáneo: cumplirla por obediencia la incumple. La versión clínica que describieron era la madre que reclama verbalmente afecto al hijo mientras se rigidiza corporalmente cuando este se acerca, y que además reprocha al hijo su reticencia, dejándolo sin ninguna conducta correcta disponible.

La tesis etiológica original —que la exposición sostenida a dobles vínculos en la familia produce esquizofrenia— está hoy abandonada. No obtuvo apoyo empírico, y su versión divulgada, la de la «madre esquizofrenógena», causó daño real al culpabilizar a las familias de pacientes con un trastorno de base neurobiológica y fuerte componente hereditario. Lo que sobrevivió, y con mucha fuerza, es el concepto comunicativo. Paul Watzlawick lo integró en la Teoría de la comunicación humana (1967) como uno de los patrones paradójicos básicos, junto a la imposibilidad de no comunicar y a la distinción entre contenido y relación. La terapia sistémica y estratégica invirtió su lógica para construir intervenciones —la prescripción del síntoma, la contraparadoja del grupo de Milán—, que colocan al paciente en un doble vínculo terapéutico cuya única salida es el cambio.

Fuera de la clínica, el concepto describe con precisión ciertas patologías organizativas y sociales. Chris Argyris analizó las empresas que exigen iniciativa y castigan la desviación, o que piden sinceridad en las encuestas internas mientras la sinceridad se recuerda en la evaluación anual. Las instituciones producen dobles vínculos con facilidad porque emiten mensajes en dos canales de distinta jerarquía: el reglamento y la práctica, el discurso y el presupuesto. El síntoma característico de que hay uno operando no es el conflicto abierto, sino un tipo particular de parálisis acompañada de culpa: el sujeto atribuye a su propia incapacidad lo que es una imposibilidad lógica de la situación. Nombrar la contradicción, cuando se puede, deshace el vínculo; que casi nunca se pueda es lo que lo constituye.

Ignorancia pluralistaVínculos, lazos afectivos, emocionales, apegoAutopoiesis (autopoyesis)Teoría General de Sistemas

Capítulo 10 de 11

Trabajo emocional

El trabajo emocional es la gestión de los propios sentimientos exigida por un empleo para producir en el cliente el estado emocional que la empresa considera adecuado. El concepto es de la socióloga estadounidense Arlie Russell Hochschild, que lo desarrolló en The Managed Heart (1983) a partir del estudio de las auxiliares de vuelo de Delta Air Lines y de los cobradores de deudas. Su aportación decisiva es que la emoción deja de ser un residuo privado del trabajo y pasa a ser parte de lo que se vende: no se paga por atender al pasajero, se paga por sentir —o parecer que se siente— cordialidad hacia él.

Hochschild distingue dos modos de producirla. La actuación superficial consiste en exhibir la emoción requerida sin experimentarla: la sonrisa administrada, el tono cálido, la fórmula amable. La actuación profunda consiste en trabajar sobre uno mismo hasta sentirla realmente, evocando recuerdos, reinterpretando la situación o convenciéndose de que el cliente hostil está pasando un mal día. El manual de formación es explícito al respecto —a las auxiliares se les enseñaba a imaginar la cabina como su propio salón y a los pasajeros como invitados personales—, y ahí está el hallazgo incómodo: la empresa no regula la conducta observable, regula el sentimiento. El coste documentado de esa exigencia es la disonancia emocional sostenida, asociada a agotamiento, despersonalización del cliente y una forma específica de extrañamiento respecto de las propias emociones, que el trabajador acaba percibiendo como falsas también fuera del trabajo. La actuación superficial es la que se relaciona con peores resultados de salud laboral; la profunda protege más, y cuesta más.

El concepto tiene un componente de clase y de género que Hochschild subrayó desde el principio. Las ocupaciones intensivas en trabajo emocional están feminizadas y peor pagadas —atención al cliente, enfermería, cuidados, educación infantil, hostelería, atención telefónica—, y en ellas la competencia emocional se trata como atributo natural de la trabajadora, no como cualificación remunerable. En el extremo opuesto, la exigencia se invierte: al cobrador de deudas se le entrenaba para producir desconfianza y presión, no calidez. Lo común a ambos casos es que la jerarquía determina quién debe ajustar sus sentimientos a los de quién; cuanto más abajo, más obligación de gestionar la emoción propia y más obligación de absorber la ajena.

La difusión del concepto ha traído su desgaste. En el uso corriente, trabajo emocional se emplea hoy para designar cualquier esfuerzo afectivo no reconocido —recordar cumpleaños, sostener el ánimo de la familia, mediar en conflictos domésticos—, un desplazamiento que Hochschild ha criticado por vaciar la definición: lo que caracterizaba al concepto original era la existencia de un empleador que compra la emoción y de unas reglas del sentimiento impuestas por él. El trabajo afectivo no remunerado del hogar es un fenómeno real y estudiado, pero es otro. La distinción importa porque de ella depende la consecuencia práctica del análisis: si la emoción es una exigencia del puesto, es negociable como cualquier otra condición laboral, y puede figurar en la valoración del trabajo, en la carga horaria y en la prevención de riesgos.

Cuidados: conceptoSocialización laboralFuerza de trabajoHabitus (Pierre Bourdieu)Doble vínculo

Capítulo 11 de 11

Estrés de rol

El estrés de rol es la tensión que produce la posición que una persona ocupa en una organización cuando las expectativas asociadas a esa posición son excesivas, contradictorias o no están claras. La teoría de roles lo descompone en tres fuentes: la sobrecarga de rol, cuando lo que se pide supera el tiempo o la capacidad disponibles; la ambigüedad de rol, cuando no se sabe qué se espera ni con qué criterio se va a juzgar; y el conflicto interrol, cuando dos posiciones que la misma persona ocupa, ser jefe y ser compañero, ser trabajador y ser madre, exigen cosas incompatibles. Es el antecedente mejor documentado del síndrome del trabajador quemado, y lo que lo distingue de otras formas de estrés es dónde sitúa la causa: en el puesto, no en la persona.

El estudio fundacional es el de Robert Kahn y sus colegas de la Universidad de Míchigan, publicado en 1964 con el título de Organizational Stress, que entrevistó a trabajadores y a las personas que les enviaban expectativas, jefes, subordinados y clientes, y mostró que el conflicto y la ambigüedad eran propiedades medibles del conjunto de emisores y no percepciones caprichosas del receptor. John Rizzo, Robert House y Sidney Lirtzman construyeron en 1970 las escalas que siguen usándose, y el metaanálisis de Susan Jackson y Randall Schuler de 1985 fijó el balance: la ambigüedad y el conflicto de rol se asocian con fuerza a la insatisfacción, la tensión y la intención de marcharse, y mucho más débilmente al rendimiento, lo que explica por qué una organización puede tener a su gente agotada y sus indicadores en orden durante bastante tiempo.

La conexión con el agotamiento la hicieron Herbert Freudenberger, que describió el burnout en 1974 entre voluntarios de una clínica gratuita, y Christina Maslach, cuyo inventario de 1981 lo mide en tres dimensiones: agotamiento emocional, despersonalización o cinismo hacia las personas a las que se atiende, y sensación de ineficacia. La Organización Mundial de la Salud lo incluyó en 2019 en su clasificación internacional como fenómeno ocupacional, no como enfermedad, con una definición que lo restringe al contexto laboral. Esa restricción es deliberada y tiene su crítica: Renzo Bianchi y sus colegas sostienen desde 2015 que el agotamiento así medido se solapa tanto con la depresión que no está claro que sea otra cosa, y el debate sigue abierto.

Lo que sí está claro es qué características del puesto lo producen. Robert Karasek propuso en 1979 que el daño no lo hace la exigencia por sí sola sino la combinación de exigencia alta y control bajo, la falta de margen para decidir cómo hacer el trabajo, y los estudios Whitehall sobre funcionarios británicos, dirigidos por Michael Marmot, encontraron que el bajo control en el puesto predecía la enfermedad coronaria incluso descontando los hábitos de vida, con más riesgo cuanto más abajo en la jerarquía. Johannes Siegrist añadió en 1996 el desequilibrio entre esfuerzo y recompensa, y el modelo de demandas y recursos de Arnold Bakker y Evangelia Demerouti, de 2007, integra ambos: cualquier demanda agota si no va acompañada de recursos, autonomía, apoyo, retroalimentación, y los mismos recursos protegen frente a demandas altas.

De ahí la consecuencia que cierra este itinerario. Como el estrés de rol es una propiedad de la posición, sus remedios son organizativos: clarificar expectativas, reducir emisores contradictorios, devolver control sobre el método, ajustar la carga. Los programas que enseñan al trabajador a gestionar su estrés, resiliencia y atención plena incluidos, tienen efectos pequeños y que se disipan cuando el puesto no cambia. El trabajo emocional del capítulo anterior es el caso extremo: una exigencia del rol que se hace pasar por cualidad personal. Y el doble vínculo es el conflicto de rol en su versión más cerrada, aquella en la que no se puede señalar la contradicción ni salir de ella. Conocerse, en este terreno, incluye saber cuándo lo que uno siente como incapacidad propia es una imposibilidad del puesto.

Sobrecarga de rolAmbigüedad de rolConflicto interrolTrabajo emocionalDoble vínculo

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