4 min
Editar

Tormenta emocional

Una tormenta emocional es un estado de activación tan intensa, y a veces con emociones contrapuestas a la vez, que la persona pierde durante un rato la capacidad de pensar con claridad, de escuchar y de elegir su conducta. No es un término técnico de la psicología, pero nombra algo que la investigación ha descrito con precisión desde tres ángulos, y de los tres sale la misma conclusión práctica: en plena tormenta no se razona, se espera.

El primer ángulo es fisiológico. John Gottman, que lleva desde los años setenta grabando a parejas mientras discuten con sensores puestos, llamó a este estado inundación: cuando la frecuencia cardiaca supera aproximadamente los cien latidos por minuto en reposo, el cuerpo entra en una activación difusa que estrecha la atención, favorece la interpretación hostil y anula la capacidad de procesar información nueva. Gottman observó que en ese estado las parejas repiten lo dicho, escalan y no recuerdan después con exactitud la conversación, y que los hombres se inundan antes y tardan más en volver a la línea base. De ahí su prescripción, que es de las pocas de la psicología de pareja con apoyo empírico: interrumpir y no retomar antes de veinte minutos, que es lo que el organismo tarda en desactivarse, y en ese intervalo no rumiar la discusión, porque rumiarla mantiene la activación.

El segundo ángulo es el de la duración. Las emociones son cortas: Paul Ekman las sitúa en segundos o minutos, y un ataque de pánico, que es la tormenta en su forma clínica, alcanza su pico en unos diez minutos y remite solo. Lo que las prolonga es lo que se hace con ellas. Philippe Verduyn y sus colegas midieron en 2015 qué determina que una emoción dure más, y el factor principal fue la rumiación, volver una y otra vez sobre el episodio. La tormenta se sostiene sola mucho menos de lo que parece; la sostiene el que la sufre.

El tercer ángulo es el de qué funciona dentro de ella, y aquí la respuesta es distinta de la del capítulo anterior. La madurez emocional recomienda reevaluar, reinterpretar la situación, y esa estrategia funciona con emociones de intensidad baja o media. Gal Sheppes y sus colegas mostraron en 2011 que a intensidad alta las personas eligen espontáneamente la distracción y hacen bien, porque reevaluar exige una capacidad de procesamiento que la activación ha secuestrado; la reevaluación falla justo cuando más se la necesita. Lo que sí opera a cualquier intensidad es nombrar lo que se siente: Matthew Lieberman y su equipo mostraron en 2007 que poner palabras a una emoción, sin intentar cambiarla, reduce la actividad de la amígdala, y Katharina Kircanski comprobó en 2012 que las personas con miedo a las arañas que describían en voz alta su ansiedad al acercarse a una toleraban después la exposición mejor que quienes intentaban tranquilizarse o distraerse. Decir «estoy furioso y asustado a la vez» no resuelve nada y, sin embargo, baja la intensidad.

La versión divulgada habla de un secuestro de la amígdala, expresión de Daniel Goleman construida sobre el trabajo de Joseph LeDoux acerca de la vía rápida del miedo. El propio LeDoux se ha distanciado después de esa lectura: la amígdala detecta amenazas y organiza respuestas corporales, pero el sentimiento consciente de miedo es cortical, y la metáfora de un cerebro primitivo que toma el mando no describe bien lo que ocurre. Lo que sí ocurre es más simple y más manejable: una activación que se agota por sí misma en veinte minutos si no se alimenta. La tormenta emocional no es un enemigo que vencer, sino un plazo que cumplir, y cuando lo que la provoca son dos exigencias incompatibles a la vez, el problema ya no es la emoción sino el conflicto intrapsíquico que hay debajo.

Madurez emocionalConflicto intrapsíquicoDoble vínculoVínculos, lazos afectivos, emocionales, apegoEstrés de rol

Sarasola, Josemari (2024). "Tormenta emocional". Ikusmira. Recuperado de https://ikusmira.org/p/tormenta-emocional/

Una errata, un dato desfasado, un párrafo que falta: edítalo y la redacción revisa tu propuesta.

Sugerir una mejora
§ Tres puertas

¿Por dónde sigues?