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Autoimagen, autoconcepto y autoestima: diferencias

Autoimagen, autoconcepto y autoestima se usan a menudo como sinónimos, y nombran tres cosas encadenadas. La autoimagen es la representación que una persona tiene de sí, el retrato: alta o baja, tímida o no, del montón o fuera de él. El autoconcepto es la organización de esas representaciones en creencias sobre lo que uno es y sabe hacer, dominio por dominio. La autoestima es la valoración afectiva del conjunto, la actitud favorable o desfavorable hacia el propio yo, que es la definición que Morris Rosenberg fijó en 1965 junto con la escala de diez ítems que sigue siendo el instrumento más usado del mundo para medirla. Lo que la investigación de las últimas décadas ha hecho con la tercera es rebajarla.

La historia tiene una fecha. En 1986 el estado de California creó por ley un grupo de trabajo para promover la autoestima, con la tesis de que su falta estaba detrás del fracaso escolar, la delincuencia, el embarazo adolescente y la dependencia de la asistencia social, y de que elevarla sería una vacuna social. El volumen académico que el propio grupo encargó, coordinado por el sociólogo Neil Smelser en 1989, encontró asociaciones débiles o inexistentes, y su promotor lo dio igualmente por confirmado. Durante los veinte años siguientes las escuelas de medio mundo trabajaron la autoestima como objetivo educativo.

La revisión que cerró la discusión es de Roy Baumeister, Jennifer Campbell, Joachim Krueger y Kathleen Vohs, publicada en 2003 por encargo de la Asociación Americana de Psicología. Repasaron la literatura con un criterio estricto, medidas objetivas en lugar de autoinformes, y las conclusiones son estas. La autoestima alta no causa mejores notas; la correlación existe pero va en la dirección contraria, del rendimiento a la autoestima. No mejora el desempeño laboral. No previene el consumo de alcohol ni la conducta sexual temprana. Los agresores escolares no tienen la autoestima baja, más bien al revés. Lo que sí hace es dos cosas: aumenta la iniciativa, porque quien se valora se atreve a más, y se asocia con sentirse bien, de forma robusta. Es decir, es en buena parte una consecuencia de que las cosas vayan bien y un ingrediente de la felicidad, no una causa de que vayan bien. Un experimento posterior lo ilustró de forma cruel: a estudiantes universitarios que iban suspendiendo se les enviaron mensajes semanales para reforzar su autoestima, y sacaron peores notas que el grupo de control.

Dos matices posteriores importan. El primero es que el nivel importa menos que la estabilidad y la base: Michael Kernis mostró que una autoestima alta pero frágil, que sube y baja con cada éxito o fracaso, se asocia con más hostilidad y defensividad que una moderada y estable, y Jennifer Crocker que la autoestima contingente, la que depende de rendir en un dominio concreto, convierte cada examen en una amenaza a la persona entera. El segundo es la trayectoria vital: los estudios de Ulrich Orth y Richard Robins muestran que la autoestima media sube desde la adolescencia hasta alrededor de los sesenta años y solo entonces declina, con lo que la crisis de autoestima de la mediana edad es, estadísticamente, una excepción.

La cadena, entonces, se lee mejor al revés de como se suele leer. No se trata de subir la autoestima para que mejore el rendimiento, sino de que un autoconcepto realista, con dominios en los que uno rinde de verdad, produce con el tiempo una autoestima que no necesita defenderse. Lo que sigue en este itinerario, la brecha de confianza, muestra qué pasa cuando esa valoración no depende de lo que uno hace sino de lo que el entorno espera de alguien como uno.

AutoconceptoIdentidad personalBrecha de confianzaMadurez emocionalPlacer, gozo y felicidad

Sarasola, Josemari (2023). "Autoimagen, autoconcepto y autoestima: diferencias". Ikusmira. Recuperado de https://ikusmira.org/p/autoimagen-autoconcepto-y-autoestima-diferencias/

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