El coeficiente de Gini es una medida de desigualdad de una distribución que vale 0 cuando todos los individuos reciben exactamente lo mismo y 1 cuando una sola persona lo recibe todo. Se construye a partir de la curva de Lorenz —la línea que representa qué porcentaje del total acumula cada porcentaje acumulado de la población, ordenada de menor a mayor— y equivale al doble del área que queda entre esa curva y la diagonal de la igualdad perfecta. La curva la propuso Max Lorenz en 1905 y el índice, Corrado Gini en 1912.
Su virtud es la que explica su hegemonía: resume una distribución entera en un solo número comparable entre países y entre años, cumple la condición de ser insensible a la escala —duplicar todas las rentas no cambia el Gini— y tiene una interpretación intuitiva alternativa, la de ser la mitad de la diferencia media de renta entre dos personas elegidas al azar, expresada como proporción de la renta media. Con eso se pueden ordenar países, seguir series históricas y detectar giros.
El problema es que el resumen borra la forma. Dos distribuciones muy distintas pueden dar el mismo Gini, porque el índice es una integral: no distingue si la desigualdad se concentra en la distancia entre la mitad pobre y la mitad rica o en la distancia entre el 1 % más rico y el resto. Un país donde el decil superior se lleva mucho y el resto está muy comprimido puede coincidir en Gini con otro donde la escala se reparte de forma gradual, y lo que hay que hacer con esos dos países en materia de política pública no tiene nada que ver. Anthony Atkinson lo formalizó en 1970 mostrando que cualquier índice de desigualdad incorpora un juicio implícito sobre cuánto pesa una transferencia según en qué tramo ocurra, y propuso una familia de índices con ese parámetro a la vista en lugar de escondido. El Gini es más sensible a lo que pasa en el centro de la distribución que en los extremos, y ese sesgo es precisamente el contrario del que interesa a quien estudia la concentración de la riqueza.
De ahí la segunda limitación, más práctica. El Gini se calcula casi siempre sobre encuestas de hogares, y las encuestas de hogares captan mal los dos extremos: los muy ricos no responden y, cuando responden, declaran mal las rentas del capital; y las rentas no monetarias o irregulares de los más pobres se registran de forma incompleta. El grupo del World Inequality Report ha insistido desde 2018 en que combinar las encuestas con datos fiscales y con las cuentas nacionales eleva de forma sistemática la parte de renta atribuida al percentil superior, y por tanto que las series de Gini basadas solo en encuestas subestiman la desigualdad de manera creciente conforme más renta se concentra arriba. El efecto no es un detalle: en varios países la corrección desplaza el índice varios puntos.
La tercera cosa que hay que preguntar ante cualquier Gini es de qué es el Gini, porque el mismo país tiene varios y muy distintos. El de renta de mercado, antes de impuestos y transferencias, mide lo que reparte la economía; el de renta disponible, después de impuestos y prestaciones, mide lo que queda tras la intervención pública, y la diferencia entre los dos es la medida de la capacidad redistributiva de un Estado. En los países de la Unión Europea la brecha entre ambos es de entre diez y veinte puntos. Existe además el Gini de riqueza, que en todos los países es mucho mayor que el de renta —porque el patrimonio se acumula y la renta no—, y el Gini del consumo, que es menor que el de la renta porque los hogares suavizan el gasto ahorrando y endeudándose. Comparar el Gini de riqueza de un país con el Gini de renta de otro es un error corriente en la prensa y produce diferencias espectaculares que no existen.
Queda una advertencia sobre el propio Gini como estadístico y sobre su autor, que suele omitirse. Corrado Gini fue el estadístico oficial del régimen fascista italiano, presidió el Instituto Central de Estadística creado por Mussolini en 1926 y publicó obra explícitamente vinculada a la teoría de la población del régimen; el índice es una herramienta neutra y su origen no lo invalida, pero conviene no repetir la hagiografía que a veces lo acompaña.
Y la objeción de fondo, la que Branko Milanovic ha llevado más lejos, es que un Gini nacional se ha vuelto un objeto de medición cada vez menos informativo. Si lo que se quiere saber es cómo está repartida la renta entre los seres humanos, el Gini de cada país no lo dice, porque la mayor parte de la desigualdad mundial es desigualdad entre países y no dentro de ellos; y esa proporción ha estado cambiando en las últimas décadas, con la desigualdad global bajando por el crecimiento asiático mientras la desigualdad interna de muchos países ricos subía. Las dos cosas ocurren a la vez y el Gini nacional solo ve una. La conclusión razonable no es abandonar el índice, que sigue siendo la mejor cifra única disponible, sino tratarlo como lo que es: la primera pregunta de una conversación, y no la respuesta.


