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Principio de Pareto

El principio de Pareto, conocido también como regla del 80/20, afirma que en muchos fenómenos una minoría de las causas produce la mayoría de los efectos. Es una de las heurísticas más citadas de la gestión y también una de las peor entendidas: se invoca como una ley cuando es una observación empírica sobre una familia de distribuciones, se aplica a magnitudes en las que no se cumple, y las dos cifras se toman como exactas cuando son una etiqueta.

Su origen es doble. Vilfredo Pareto, economista y sociólogo italiano, observó a finales del siglo XIX que la distribución de la renta y de la propiedad de la tierra en Italia era muy desigual y que su cola superior se ajustaba a una ley de potencias, hoy llamada distribución de Pareto: una relación en la que la proporción de individuos que superan un valor decae como una potencia de ese valor. Pareto no formuló ninguna regla del 80/20 ni la aplicó a la gestión. Fue Joseph Juran, ingeniero de calidad, quien a mediados del siglo XX bautizó con su nombre lo que él llamaba «los pocos vitales y los muchos triviales», después de comprobar que en los procesos industriales un número pequeño de tipos de defecto explicaba la mayor parte de las piezas rechazadas. Juran reconoció más tarde que la atribución había sido un error suyo: la idea era de él, la distribución era de Pareto.

Retrato fotográfico de Vilfredo Pareto
Fig. 1 Vilfredo Pareto (1848-1923). Su hallazgo no fue una regla de gestión sino una regularidad estadística: la cola alta de la distribución de la renta se ajusta a una ley de potencias, y esa forma reaparece —no siempre, pero con mucha frecuencia— en el tamaño de las ciudades, en las ventas por título, en las citas por artículo y en los daños por siniestro.Retrato de Vilfredo Pareto, autoría desconocida · 1870 · Dominio público · Wikimedia Commons

Lo que hace útil el principio es que la forma de la distribución tiene consecuencias operativas. Si el 80 % de las reclamaciones proviene del 20 % de las causas, atacar esas causas rinde muchas veces más que repartir el esfuerzo por igual, y la práctica estándar del control de calidad —el diagrama de Pareto, un histograma de causas ordenado de mayor a menor con su curva acumulada— existe precisamente para hacer visible dónde está la concentración. El mismo razonamiento se aplica al inventario, donde la clasificación ABC concentra el control en las referencias que absorben la mayor parte del valor; a la cartera de clientes; a la depuración de programas informáticos, donde una minoría de defectos causa la mayoría de los fallos observados; y a la gestión del tiempo personal, aunque en este último terreno la aplicación es la más laxa y la menos comprobada de todas.

Las precisiones importantes son tres. La primera es que las cifras no suman ni son exactas. Que el 20 % de las causas explique el 80 % de los efectos es un caso particular; según el exponente de la distribución, el reparto puede ser 90/10, 70/30 o 99/1, y en la mayoría de los conjuntos reales no es ninguno de ellos exactamente. Que 20 y 80 sumen cien es una coincidencia aritmética sin ningún significado, y hablar de un «80/20» como si fuera una constante universal es el primer síntoma de que se está citando de oído. La segunda es que el principio no se cumple en todas las magnitudes: se aplica a variables con distribuciones muy asimétricas y de cola gruesa, y no a las que se reparten de forma aproximadamente normal. La estatura, la temperatura corporal o el tiempo de reacción no tienen un 20 % de casos que expliquen el 80 % de nada. Antes de aplicar el principio hay que mirar la distribución de los datos, no suponerla.

La tercera es la más importante en la práctica y la que más se olvida: la cola larga no es residuo. En una distribución de este tipo, los «muchos triviales» pueden sumar una fracción muy relevante del total y, según el negocio, ser precisamente la ventaja competitiva —el argumento que popularizó Chris Anderson al describir los catálogos digitales, en los que la suma de miles de títulos con pocas ventas cada uno compite con la de los pocos éxitos—. Y hay dominios en los que atender solo a la parte concentrada es directamente peligroso: en seguridad, en salud pública o en fiabilidad, el suceso raro es el que produce el daño catastrófico, y una gestión que ordene las prioridades por frecuencia dejará sin atender exactamente lo que importa. La aplicación mecánica del principio conduce ahí al error opuesto al que pretende evitar.

Conviene añadir un último matiz sobre lo que el principio no explica. Describe una forma de reparto, no su causa. Las leyes de potencias surgen de mecanismos muy distintos —crecimiento proporcional, ventaja acumulativa o efecto Mateo, redes con conexión preferente, procesos multiplicativos— y saber que una distribución es paretiana no dice cuál de ellos está operando ni si es modificable. Tratar la concentración como un hecho natural e inevitable es una lectura ideológica del principio y no una consecuencia suya: en la desigualdad de renta, que fue el caso original, la forma de la distribución es estable pero sus parámetros varían mucho entre países y épocas, y esa variación es justamente el objeto de la discusión política.

EficienciaIndicadorÍndice de rotación de personalFalacia del coste hundidoTeoría de la desventaja acumulativa

Sarasola, Josemari (2026). "Principio de Pareto". Ikusmira. Recuperado de https://ikusmira.org/p/principio-de-pareto/

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