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Falsacionismo y revoluciones científicas

El falsacionismo es la tesis de Karl Popper según la cual una teoría es científica si prohíbe algo, es decir si existe una observación posible que la refutaría, y de que el progreso del conocimiento consiste en proponer conjeturas audaces y eliminar las que fallan. Las revoluciones científicas son la descripción rival que Thomas Kuhn ofreció en 1962: la ciencia no avanza refutando sino resolviendo problemas dentro de un marco heredado, hasta que la acumulación de anomalías fuerza un cambio de marco que se parece más a una conversión que a una inferencia. Las dos propuestas están en el origen de casi todo lo que hoy se dice sobre cómo funciona la ciencia, y las dos se citan mucho más de lo que se leen.

Popper parte de un problema técnico y llega a uno cultural. El problema técnico es que la verificación no sirve para nada: por el problema de la inducción, ninguna cantidad de casos favorables establece una ley universal, mientras que un contraejemplo la refuta con validez deductiva impecable. La asimetría es lógica y no admite discusión. De ella Popper deriva un criterio de demarcación: lo que distingue una teoría empírica de una que no lo es no es que esté confirmada, sino que sea falsable, que se juegue algo. Una teoría que puede acomodar cualquier resultado no dice nada sobre el mundo, por mucho que lo explique todo a posteriori. Sus ejemplos favoritos eran de su juventud vienesa: la relatividad general, que predijo un valor concreto y comprobable de la desviación de la luz por el Sol y podía haberse hundido con la medición; frente al marxismo y al psicoanálisis de su época, que en su lectura reinterpretaban cualquier dato —el paciente que niega el complejo lo confirma por resistencia— y por tanto no arriesgaban nada.

Placa fotográfica del eclipse solar de 1919 con marcas sobre las estrellas próximas al disco solar
Fig. 1 Placa del eclipse del 29 de mayo de 1919, obtenida por la expedición de Dyson, Eddington y Davidson. La medición de la desviación de la luz de las estrellas al pasar junto al Sol distinguía entre dos predicciones numéricas incompatibles —la newtoniana y la de la relatividad general— y podía haber refutado a Einstein. Para Popper era el ejemplo canónico de contrastación arriesgada; conviene añadir que el margen de error de aquellas placas era grande y que la aceptación de 1919 tuvo tanto de juicio profesional como de dato limpio.Placa de la expedición de Dyson, Eddington y Davidson · 1919 · Dominio público · Wikimedia Commons

Kuhn hizo algo distinto: en lugar de proponer una norma, describió lo que los científicos hacen. Su descripción, extraída de la historia de la física y de la astronomía, es que el trabajo ordinario —lo que llama ciencia normal— no pone a prueba los fundamentos, sino que resuelve rompecabezas dentro de un paradigma: un conjunto de teorías, instrumentos, ejemplos resueltos y criterios de lo que cuenta como problema legítimo, que se aprende en los manuales más por imitación de casos que por enunciados. En ciencia normal, una anomalía no refuta nada: se archiva como problema pendiente, se atribuye al aparato, al experimentador o a una aproximación mal hecha, y esa actitud no es dogmatismo sino la condición de que se pueda trabajar. Solo cuando las anomalías se acumulan en un punto sensible y resisten durante mucho tiempo se entra en crisis, y entonces aparecen propuestas alternativas y una fase de discusión en la que están en juego los criterios mismos. El cambio de paradigma no se decide por un experimento: Kuhn insiste en que no hay algoritmo neutral para la elección de teorías, porque cada candidato define de otro modo qué problemas importan y qué significan los términos. De ahí su noción más discutida, la inconmensurabilidad: «masa» en Newton y en Einstein no nombran lo mismo, así que la comparación entre teorías no se puede hacer punto por punto en un lenguaje común.

Grabado barroco del sistema ptolemaico con la Tierra en el centro y las esferas planetarias
Fig. 2 El sistema ptolemaico en la Harmonia Macrocosmica de Cellarius, 1660 — más de un siglo después de Copérnico. La astronomía geocéntrica no era un error grosero: con epiciclos y ecuantes predecía las posiciones planetarias con una precisión suficiente para el calendario y la navegación, y siguió imprimiéndose y enseñándose mientras la alternativa se ganaba el sitio. Un paradigma no cae cuando se demuestra falso, sino cuando hay otro que hace mejor el trabajo.Jan van Loon para la «Harmonia Macrocosmica» de Andreas Cellarius · 1660 · Dominio público · Wikimedia Commons

El punto en el que el falsacionismo ingenuo se rompe es técnico y anterior a los dos: lo formuló Pierre Duhem en 1906 y lo generalizó Quine medio siglo después. Ninguna hipótesis se contrasta sola. Entre la teoría y la observación hay siempre un cuerpo de supuestos auxiliares —el funcionamiento del instrumento, las condiciones iniciales, la corrección de las aproximaciones, otras teorías— y cuando la predicción falla, la lógica dice que algo de ese conjunto es falso, no cuál. Siempre se puede salvar la hipótesis principal culpando a un auxiliar, y eso no es necesariamente tramposo: es lo que se hizo cuando Urano se desviaba de la órbita newtoniana. Nadie abandonó a Newton; se postuló un planeta desconocido, y en 1846 se encontró Neptuno donde el cálculo lo situaba. Ese mismo movimiento se intentó con la anomalía del perihelio de Mercurio —se postuló otro planeta interior, Vulcano— y ahí no había nada, y la anomalía acabó siendo uno de los primeros éxitos de la relatividad general. La misma maniobra lógica: en un caso ciencia brillante, en el otro un callejón. Ninguna regla metodológica podía decir de antemano cuál era cuál, y ese es el argumento más fuerte contra la idea de que exista un criterio mecánico de racionalidad científica.

Diagrama heliocéntrico de De revolutionibus con el Sol en el centro y las órbitas planetarias concéntricas
Fig. 3 El diagrama heliocéntrico de De revolutionibus (1543). Copérnico no ganó por precisión: su sistema, con órbitas circulares, predecía las posiciones planetarias con un error comparable al de Ptolomeo, y para deshacerse de los epiciclos hizo falta que Kepler introdujera las elipses sesenta años después. Lo que ofrecía era simplicidad estructural y una explicación natural del movimiento retrógrado — razones reales, y no del tipo que un experimento decisivo pueda zanjar.Diagrama heliocéntrico de «De revolutionibus», de Nicolás Copérnico · 1543 · Dominio público · Wikimedia Commons

Imre Lakatos propuso la síntesis más utilizable. Su unidad de análisis no es la teoría aislada sino el programa de investigación: un núcleo de supuestos que se protege por convención y un cinturón de hipótesis auxiliares que se va modificando. Lo que se juzga entonces no es la verdad de un enunciado sino la trayectoria del programa: es progresivo si sus modificaciones sucesivas predicen hechos nuevos que después se comprueban —como Neptuno—, y degenerativo si solo sirven para absorber lo que ya se sabía. El criterio es histórico y comparativo, no lógico e instantáneo, y admite que un programa en apuros siga siendo racional durante un tiempo. Paul Feyerabend llevó la crítica al extremo opuesto en Contra el método: sostuvo que toda regla metodológica ha sido violada con éxito en algún episodio importante y que la única regla superviviente es que no hay ninguna, tesis provocadora que funciona mejor como advertencia que como programa.

Queda por señalar el destino del criterio de demarcación, porque su uso público es la parte más deteriorada de todo este asunto. «Eso no es falsable» se ha convertido en una fórmula de descalificación, y funciona mal por tres razones. Primera: la falsabilidad no es una propiedad binaria de los enunciados sino algo que depende de qué se acepte como observación y con qué auxiliares, y por tanto de una decisión de la comunidad. Segunda: hay ciencia perfectamente respetable que no es falsable en el sentido estricto —buena parte de la biología evolutiva histórica, la cosmología, la epidemiología observacional— y que se contrasta por convergencia de indicios y no por experimentos decisivos. Tercera, y la más importante: como argumentó Larry Laudan, ningún criterio propuesto ha conseguido separar limpiamente lo científico de lo que no lo es, entre otras cosas porque «ciencia» no es una categoría natural sino el nombre de un conjunto heterogéneo de prácticas, y la pregunta útil no es si algo es ciencia sino si una afirmación concreta está bien apoyada. Popper y Kuhn siguen valiendo, pero no como una regla y una descripción rivales: valen como el par de preguntas que conviene hacer ante cualquier teoría —qué observación te haría cambiar de opinión, y qué estás dando por supuesto para poder trabajar—.

ParadigmaEl problema de la inducciónNeopositivismoHipótesis auxiliaresNavaja de Occam

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Fuentes

  1. Karl R. PopperLogik der Forschung (La lógica de la investigación científica)Julius Springer1934
  2. Karl R. PopperConjectures and Refutations: The Growth of Scientific KnowledgeRoutledge1963
  3. Thomas S. KuhnThe Structure of Scientific RevolutionsUniversity of Chicago Press1962
  4. Pierre DuhemLa théorie physique: son objet, sa structureChevalier & Rivière1906
  5. Imre LakatosFalsification and the Methodology of Scientific Research ProgrammesCriticism and the Growth of Knowledge, Cambridge University Press1970
  6. Paul FeyerabendAgainst MethodNew Left Books1975
  7. Larry LaudanThe Demise of the Demarcation ProblemPhysics, Philosophy and Psychoanalysis1983
Sarasola, Josemari (2026). "Falsacionismo y revoluciones científicas". Ikusmira. Recuperado de https://ikusmira.org/p/falsacionismo-y-revoluciones-cientificas/

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