El problema de la inducción es la constatación de que no existe ningún argumento válido que justifique inferir de lo observado a lo no observado. Lo planteó David Hume en el Tratado de la naturaleza humana (1739) y lo reformuló con más claridad en la Investigación sobre el entendimiento humano (1748), y en casi tres siglos nadie ha ofrecido una solución que satisfaga a la mayoría. Es, con diferencia, el problema abierto más incómodo de la filosofía, porque todo lo que hacemos —la ciencia, el seguro, la medicina, el aprendizaje automático, cruzar la calle— presupone que está resuelto.
El planteamiento de Hume es de una economía notable. Cuando afirmo que el pan me alimentará mañana porque me ha alimentado siempre, hago una inferencia que no es de un tipo ni del otro de los dos que él admite. No es demostrativa: no hay contradicción en suponer que mañana el pan no alimente, y lo que no implica contradicción no puede refutarse por la sola razón. Y no es probable en el sentido de estar apoyada en la experiencia, porque cualquier apoyo experiencial que ofrezca ya presupone lo que se quiere probar: si digo que el pasado predice el futuro porque hasta ahora lo ha hecho, estoy usando la inducción para justificar la inducción. La inferencia depende de un supuesto —que el curso de la naturaleza es uniforme— que no es analítico y no se puede establecer empíricamente sin circularidad. Hume distingue por eso entre relaciones de ideas, donde la razón demuestra, y cuestiones de hecho, donde solo puede haber experiencia; la inducción cae en medio y se queda sin fundamento.

Conviene subrayar ese punto porque es donde el argumento se malinterpreta más. Hume no recomienda dejar de inducir. Lo que hace es sustituir una pregunta normativa por una descriptiva: si la razón no explica por qué esperamos que el sol salga mañana, ¿qué lo explica? Su respuesta es la costumbre: la repetición de una conjunción produce en la mente una transición asociativa que no es un argumento sino un mecanismo psicológico, y la sensación de necesidad que acompaña a la expectativa es un hecho sobre nosotros y no sobre el mundo. Con ello Hume no resuelve el problema, lo naturaliza: la inducción es un rasgo de cómo funcionamos, no una inferencia con licencia lógica. Esa jugada es el origen de casi toda la epistemología naturalizada posterior.

En el siglo XX el problema se ramificó en dos direcciones nuevas y peores. La primera es la paradoja de los cuervos de Carl Hempel: si «todos los cuervos son negros» es lógicamente equivalente a «todo lo no negro no es un cuervo», entonces observar una manzana verde confirma la hipótesis sobre los cuervos, lo cual es absurdo pero se sigue de principios de confirmación aparentemente inocentes. La segunda, más profunda, es el nuevo enigma de la inducción de Nelson Goodman. Goodman define el predicado verdul: aplicable a las cosas examinadas antes de cierta fecha si son verdes, y a las demás si son azules. Todas las esmeraldas examinadas hasta hoy son verdes y también, con igual apoyo empírico, verdules; pero una hipótesis predice que la siguiente será verde y la otra que será azul. Ninguna evidencia disponible distingue entre ambas. La lección de Goodman es que el problema no es solo justificar el salto inductivo: es explicar por qué proyectamos algunos predicados y no otros, cuando la lógica no ofrece ningún criterio para preferirlos. Su respuesta —que los predicados «atrincherados» en el lenguaje por su historia de uso son los proyectables— desplaza el problema a la práctica científica y no lo resuelve.
Las respuestas al problema original se agrupan en cuatro familias y ninguna ha convencido. La primera es la deductivista de Popper: si la inducción no se puede justificar, prescindamos de ella; la ciencia no infiere leyes de observaciones, propone conjeturas y las somete a refutación, y la lógica de la refutación es deductiva. La objeción es que la ciencia sí necesita decir algo sobre el futuro —qué teoría usar para construir un puente— y ahí la preferencia por la teoría mejor corroborada es una inferencia inductiva reintroducida por la puerta de atrás. La segunda es la pragmática: la inducción no está garantizada, pero si algún método puede funcionar, este funciona, de modo que usarlo es la apuesta racional. La tercera es la probabilista, hoy dominante en la práctica: no se justifica una regla de inferencia sino que se representan los grados de creencia con probabilidades y se actualizan con el teorema de Bayes, lo que traslada el problema al origen de las probabilidades iniciales y a la elección del espacio de hipótesis —donde reaparece exactamente el enigma de Goodman—. La cuarta es disolutiva, y la formuló Peter Strawson: pedir que se justifique la inducción por medios no inductivos es como preguntar si la ley es legal; los estándares inductivos son el criterio de lo que llamamos razonable en cuestiones de hecho, y no hay un tribunal superior ante el que apelar. Es una respuesta elegante que muchos consideran un cambio de tema.

El problema tiene además una vida técnica contemporánea que conviene conocer, porque muestra que no era un ejercicio de salón. Toda la estadística inferencial descansa en supuestos que no se pueden contrastar con los mismos datos que se analizan: que las observaciones son independientes y de la misma distribución, que la muestra representa a la población, que el proceso que generó los datos seguirá siendo el mismo. Cuando alguno falla, el modelo sigue produciendo cifras con intervalos de confianza impecables y equivocadas; la crisis de 2008 fue en buena medida un accidente de este tipo. Y en aprendizaje automático el asunto está formalizado: los teoremas llamados de «no hay almuerzo gratis» demuestran que, promediando sobre todas las distribuciones posibles, ningún algoritmo de aprendizaje es mejor que otro, de modo que el rendimiento de cualquier sistema depende enteramente de que sus supuestos previos —su sesgo inductivo— casen con el mundo en el que se aplica. Es la tesis de Hume traducida a ingeniería: no hay generalización sin un supuesto previo, y el supuesto previo no se puede aprender de los datos.
De todo ello se sigue una moraleja práctica que es lo mejor que el problema ha dado. Como no hay garantía, la actitud sensata no es buscarla sino preguntar de qué depende cada extrapolación: qué supone sobre la estabilidad del proceso, en qué rango de casos se ha comprobado, qué observación la desmentiría, y qué pasa si el mundo cambia justo en lo que el supuesto daba por fijo. La ley de Goodhart y el sesgo del superviviente son, vistos así, casos particulares del problema de la inducción: regularidades que se sostienen mientras se sostiene el contexto que las producía.
Escepticismo ético – Conocimiento empírico – Falsacionismo y revoluciones científicas – Hipótesis nula – Sesgo del superviviente
Fuentes
- David HumeA Treatise of Human Nature, libro I, parte IIIJohn Noon1739
- David HumeAn Enquiry Concerning Human Understanding, secciones IV-VA. Millar1748
- Nelson GoodmanFact, Fiction, and ForecastHarvard University Press1955
- Carl G. HempelStudies in the Logic of ConfirmationMind1945
- Peter F. StrawsonIntroduction to Logical Theory, cap. 9Methuen1952
- Stanford Encyclopedia of PhilosophyThe Problem of Inductionenlace