La Escuela de Chicago es el grupo de sociólogos que, desde el departamento fundado en la Universidad de Chicago en 1892 —el primero del mundo dedicado a la disciplina—, convirtió la ciudad en laboratorio y la observación directa en método. Su periodo clásico va de los años diez a los años treinta, sus nombres centrales son Robert E. Park, Ernest W. Burgess, William I. Thomas y Louis Wirth, y su material fue el Chicago que se multiplicaba alrededor: una ciudad que pasó de 300.000 habitantes a 3,3 millones entre 1870 y 1930, alimentada por migración europea y por la Gran Migración negra del sur, con todos los problemas —hacinamiento, delincuencia juvenil, guetos, hoteles de paso— convertidos en objeto de estudio a veinte minutos de tranvía del seminario.

La consigna de Park, periodista durante años antes que profesor, era salir del despacho: ensuciarse los pantalones en la investigación real, mirar los registros, sentarse en los salones de los hoteles y en los portales de las casas de vecindad. De ahí salió el género que identifica a la escuela, la monografía etnográfica urbana: The Hobo de Nels Anderson (1923) sobre los trabajadores itinerantes, The Gang de Frederic Thrasher (1927) con sus 1.313 bandas cartografiadas, The Ghetto de Wirth (1928), The Gold Coast and the Slum de Zorbaugh (1929) sobre la convivencia de la milla más rica y la más pobre de la ciudad. Antes que todas ellas, The Polish Peasant in Europe and America de Thomas y Znaniecki (1918-1920) había fundado el método documental —cartas familiares, autobiografías encargadas, archivos parroquiales— y dejado el teorema que más ha viajado de toda la escuela, el que Thomas formuló después: si los hombres definen las situaciones como reales, son reales en sus consecuencias, semilla de la profecía autocumplida.
El marco teórico fue la ecología humana: la ciudad entendida como un orden cuasi biológico donde poblaciones compiten por el suelo, invaden zonas y se suceden como especies en un bosque. Su pieza más famosa es el diagrama de círculos concéntricos de Burgess (1925): un centro de negocios, un anillo de transición donde la industria invade la vivienda degradada, y anillos sucesivos de vivienda obrera, residencial y suburbana. El modelo dio su fruto más sólido en la criminología de Shaw y McKay, que cartografiaron décadas de expedientes de menores y encontraron que las tasas de delincuencia se mantenían estables en las mismas zonas mientras las poblaciones que las habitaban cambiaban por completo — la delincuencia era un atributo del lugar y su desorganización social, no de los grupos étnicos que lo atravesaban, un resultado que desarmaba las explicaciones racialistas de su tiempo y que emparenta con la anomia de Durkheim. Wirth condensó la teoría en 1938: el tamaño, la densidad y la heterogeneidad bastan para explicar el urbanismo como forma de vida — anonimato, relaciones segmentadas, debilitamiento de los vínculos primarios.

La crítica desmontó buena parte del edificio sin derribar el método. La palabra «desorganización» resultó ser un juicio moral disfrazado de descripción: William Foote Whyte vivió tres años y medio en un barrio italiano de Boston y mostró en Street Corner Society que el slum no estaba desorganizado, sino organizado de otra manera, con jerarquías y lealtades tan finas como las de cualquier club. El modelo de los anillos describía Chicago y poco más — otras ciudades crecieron por sectores o por núcleos múltiples, y la economía política urbana posterior (Castells, Harvey) objetó que los usos del suelo no los distribuye ninguna ecología sino el capital, la política y —en el propio Chicago— la discriminación hipotecaria organizada. W. S. Robinson formalizó en 1950 la trampa estadística que acechaba a todo el programa cartográfico, la falacia ecológica: las correlaciones entre zonas no autorizan conclusiones sobre individuos. Y la revisión histórica señaló una omisión de origen: veinte años antes que Park, las mujeres de Hull House —el centro social de Jane Addams— habían publicado Hull-House Maps and Papers (1895), con mapas de nacionalidades y salarios manzana a manzana que anticipan todo el programa empírico de la escuela; Mary Jo Deegan documentó cómo esa tradición fue apartada de la sociología académica hacia el trabajo social, y con ella su autoría.
La omisión tiene un segundo nombre propio, y es anterior aún. En 1899, W. E. B. Du Bois había publicado The Philadelphia Negro, un estudio puerta a puerta del Séptimo Distrito de Filadelfia —cinco mil entrevistas hechas por él mismo, mapas por manzana, historia, demografía y presupuestos familiares— que es, por método y por objeto, sociología urbana empírica completa quince años antes del programa de Park. La disciplina lo dejó fuera del canon durante casi un siglo, y su reincorporación tardía (Aldon Morris la documentó en The Scholar Denied, 2015) ha obligado a reescribir el relato fundacional: la escuela de Chicago no inventó el estudio empírico de la ciudad; inventó, con los recursos de una gran universidad y una editorial propia, su institucionalización — el doctorado, la serie de monografías, el mercado de discípulos. Que la versión institucional se recuerde como la original es, irónicamente, un hallazgo muy de la propia escuela: las posiciones en la ciudad —también en la ciudad académica— deciden qué trabajos heredan el territorio.

El balance no es un modelo sino un repertorio. De la primera Escuela de Chicago descienden la etnografía urbana, la sociología de la desviación, la criminología ecológica —Sampson y la «eficacia colectiva» son Shaw y McKay reestimados con estadística moderna— y el hábito de tratar el barrio como unidad de análisis. Una segunda generación (Everett Hughes, Howard Becker, Erving Goffman) heredó el oficio de mirar de cerca y lo giró hacia las ocupaciones, la interacción y el etiquetado. Lo que no sobrevivió fue la metáfora vegetal: nadie sostiene ya que la ciudad crezca como un bosque. Sobrevivió lo otro, que era lo difícil: la convicción de que la teoría urbana se escribe con los zapatos gastados, y que el mapa de una ciudad es un documento sociológico tan denso como cualquier tratado.
Comunidad urbana – Anomia – Proceso de urbanización – Profecía autocumplida – Hecho social
Fuentes
- Residentes de Hull HouseHull-House Maps and PapersThomas Y. Crowell1895
- William I. Thomas y Florian ZnanieckiThe Polish Peasant in Europe and AmericaUniversity of Chicago Press / Badger1918
- Robert E. Park, Ernest W. Burgess y Roderick D. McKenzieThe CityUniversity of Chicago Press1925
- Louis WirthUrbanism as a Way of LifeAmerican Journal of Sociology1938
- Clifford R. Shaw y Henry D. McKayJuvenile Delinquency and Urban AreasUniversity of Chicago Press1942
- William H. WhyteStreet Corner Society: The Social Structure of an Italian SlumUniversity of Chicago Press1943
- Mary Jo DeeganJane Addams and the Men of the Chicago School, 1892-1918Transaction Books1988