La pulga, de Micrographia — El método científico, discutido
Robert Hooke, 1665 · Public domain · Wikimedia Commons
Itinerarios / medio

El método científico, discutido

El ciclo hipotético-deductivo y sus cuatro mejores críticos, Hume, Duhem, Kuhn y Lakatos, que discuten el método desde dentro y no desde fuera.

6 capítulos · 3,231 palabras · 17 min · cada capítulo es un artículo de la enciclopedia

Casi nadie discute que la ciencia funcione; la pregunta difícil es por qué. Este itinerario expone el procedimiento estándar, plantear una hipótesis, deducir de ella algo observable y salir a comprobarlo, y luego se toma en serio las objeciones que lleva encima desde el principio.

Hay dos que no se han resuelto. Hume observó en 1739 que ningún argumento válido autoriza a pasar de lo observado a lo no observado, y en casi tres siglos nadie ha ofrecido uno. Y cuando una predicción falla, el experimento no dice qué parte del montaje ha fallado: puede ser la hipótesis, pero también cualquiera de los supuestos auxiliares. De ahí sale la discusión entre Popper, para quien una teoría es científica si prohíbe algo, y Kuhn, para quien la ciencia normal no vive refutando sino resolviendo rompecabezas dentro de un paradigma.

El peso está en los capítulos segundo, tercero y cuarto. Los otros tres son cápsulas de definición que se leen en un minuto y sirven de andamio. Nada de esto exige formación científica previa, pero el itinerario cambia bastante lo que se entiende al oír que algo está demostrado.

Capítulo 1 de 6

Conocimiento científico

Metodología 27 palabras artículo suelto ↗

El conocimiento científico es un conjunto de información sobre la realidad observable basada en hechos objetivos y verificables, organizado de forma sistemática formando leyes y teorías.

Capítulo 2 de 6

Método hipotético-deductivo

Metodología 832 palabras artículo suelto ↗

El método hipotético-deductivo es el procedimiento de investigación que parte de un problema, propone una hipótesis general para resolverlo, deduce de ella consecuencias observables y las somete a contrastación empírica: si los datos las contradicen, la hipótesis queda refutada y debe corregirse o abandonarse; si los acompañan, queda corroborada de forma provisional, nunca probada. Es la reconstrucción más influyente de cómo funciona la ciencia moderna, la que subyace al contraste de hipótesis estadístico y al ensayo controlado, y su formulación canónica se debe a Karl Popper en La lógica de la investigación científica (1934), aunque la práctica que describe es muy anterior: el propio Popper la ilustraba con la expedición de Eddington de 1919, que pudo haber refutado la relatividad general midiendo la desviación de la luz junto al Sol, y con el contraste entre esa audacia y las teorías que nunca arriesgan nada.

La novedad del esquema no está en deducir —eso lo hace cualquier silogismo— sino en el lugar que asigna a la experiencia. Frente al inductivismo clásico, que pretendía ascender de la acumulación de observaciones a la ley general, el método hipotético-deductivo invierte el orden: primero la conjetura, después el tribunal de los hechos. La razón es lógica antes que psicológica. Como dejó planteado Hume en el problema de la inducción, ningún número finito de casos favorables demuestra una ley universal — que mil cisnes sean blancos no prueba que todos lo sean. La refutación, en cambio, sí es lógicamente concluyente: un solo cisne negro basta. De esa asimetría extrae Popper la regla del juego: las hipótesis no se verifican, se someten a intentos de refutación, y llamamos corroborada a la que los sobrevive. El esquema completo forma un ciclo, no una escalera: la hipótesis corroborada sigue en observación, y cualquier anomalía nueva reabre el proceso.

El ciclo hipotético-deductivo: de la conjetura a la contrastación, con la refutación devolviendo el proceso a la hipótesis

Cada estación del ciclo tiene su oficio propio. La formulación de hipótesis exige enunciados generales de los que de verdad se siga algo observable; una conjetura compatible con cualquier resultado posible no es prudente sino vacía, porque no hay dato que pueda desmentirla. La deducción traduce la hipótesis a predicciones concretas mediante supuestos auxiliares: condiciones iniciales, instrumentos, cláusulas de normalidad. Y la contrastación empírica compara la predicción con el dato, en el laboratorio, en la encuesta o en el registro histórico. En la investigación social el ciclo suele adoptar la forma del contraste estadístico —hipótesis nula, nivel de significación, rechazo o no rechazo—, que es el método hipotético-deductivo administrado en dosis: también ahí el resultado favorable no prueba la hipótesis, solo la deja en pie.

Las objeciones más serias no discuten la lógica del esquema sino su retrato de la práctica científica, y conviene conocerlas porque marcan sus límites reales de uso. La primera es la tesis de Duhem, radicalizada por Quine: de una hipótesis aislada no se deduce nada observable — se deduce del conjunto formado por la hipótesis y sus supuestos auxiliares, de modo que un dato en contra refuta el paquete entero sin señalar al culpable. El investigador siempre puede salvar la conjetura sacrificando un supuesto auxiliar, y a veces hace bien: cuando Urano desobedecía a Newton, la anomalía no refutó la mecánica sino el inventario de planetas, y el cálculo condujo a Neptuno. La segunda es la carga teórica de la observación, señalada por Hanson: no existe el dato puro que hace de árbitro neutral, porque ya se observa desde categorías teóricas — el propio resultado de Eddington de 1919 exigía decidir, con la teoría en la mano, qué placas fotográficas eran fiables. La tercera es histórica: la ciencia real rara vez ejecuta el ciclo con la disciplina del manual. Lakatos mostró que los programas de investigación conviven durante décadas con anomalías conocidas sin que nadie los abandone, protegiendo su núcleo con un cinturón de hipótesis auxiliares, y que esa terquedad ha sido a menudo fértil y no patológica.

A estas objeciones se añade una limitación interna que el propio esquema admite: no dice nada de cómo se llega a la hipótesis. El contexto de descubrimiento queda fuera del método, confiado a la imaginación, la analogía o la abducción —la inferencia hacia la mejor explicación que describió Peirce—, y el método solo gobierna el contexto de justificación. Por eso presentarlo como «el método científico» a secas, en singular y con mayúsculas, es más pedagogía que descripción: Chalmers ha insistido en que ni la historia de la ciencia ni su práctica actual se dejan reducir a una receta única, y la investigación cualitativa, la taxonomía o buena parte de la arqueología producen conocimiento científico sin ajustarse al ciclo popperiano. Nada de esto disuelve su valor. Como norma regulativa sigue siendo insustituible: obliga a formular conjeturas que arriesguen algo, a declarar por adelantado qué resultado las desmentiría y a tratar toda corroboración como un préstamo revocable. Es menos un retrato de la ciencia que su código deontológico — y como el falsacionismo del que forma parte, vale más como disciplina del investigador que como crónica de lo que los investigadores hacen.

Capítulo 3 de 6

El problema de la inducción

Filosofía 1134 palabras artículo suelto ↗

El problema de la inducción es la constatación de que no existe ningún argumento válido que justifique inferir de lo observado a lo no observado. Lo planteó David Hume en el Tratado de la naturaleza humana (1739) y lo reformuló con más claridad en la Investigación sobre el entendimiento humano (1748), y en casi tres siglos nadie ha ofrecido una solución que satisfaga a la mayoría. Es, con diferencia, el problema abierto más incómodo de la filosofía, porque todo lo que hacemos —la ciencia, el seguro, la medicina, el aprendizaje automático, cruzar la calle— presupone que está resuelto.

El planteamiento de Hume es de una economía notable. Cuando afirmo que el pan me alimentará mañana porque me ha alimentado siempre, hago una inferencia que no es de un tipo ni del otro de los dos que él admite. No es demostrativa: no hay contradicción en suponer que mañana el pan no alimente, y lo que no implica contradicción no puede refutarse por la sola razón. Y no es probable en el sentido de estar apoyada en la experiencia, porque cualquier apoyo experiencial que ofrezca ya presupone lo que se quiere probar: si digo que el pasado predice el futuro porque hasta ahora lo ha hecho, estoy usando la inducción para justificar la inducción. La inferencia depende de un supuesto —que el curso de la naturaleza es uniforme— que no es analítico y no se puede establecer empíricamente sin circularidad. Hume distingue por eso entre relaciones de ideas, donde la razón demuestra, y cuestiones de hecho, donde solo puede haber experiencia; la inducción cae en medio y se queda sin fundamento.

Retrato de David Hume con casaca roja, pintado por Allan Ramsay
Fig. 1 David Hume retratado por Allan Ramsay. Hume no era escéptico en el sentido práctico: sostenía que la costumbre es la gran guía de la vida humana y que quien se negara a inferir del pasado al futuro no sobreviviría un día. Su tesis es más fina y más inquietante: hacemos esa inferencia y no hay razón que la respalde, de modo que lo que la produce no es el razonamiento sino el hábito.Allan Ramsay · 1766 · Dominio público · Wikimedia Commons

Conviene subrayar ese punto porque es donde el argumento se malinterpreta más. Hume no recomienda dejar de inducir. Lo que hace es sustituir una pregunta normativa por una descriptiva: si la razón no explica por qué esperamos que el sol salga mañana, ¿qué lo explica? Su respuesta es la costumbre: la repetición de una conjunción produce en la mente una transición asociativa que no es un argumento sino un mecanismo psicológico, y la sensación de necesidad que acompaña a la expectativa es un hecho sobre nosotros y no sobre el mundo. Con ello Hume no resuelve el problema, lo naturaliza: la inducción es un rasgo de cómo funcionamos, no una inferencia con licencia lógica. Esa jugada es el origen de casi toda la epistemología naturalizada posterior.

Lámina de un cisne negro nadando, grabada hacia 1800
Fig. 2 Un cisne negro. Juvenal usaba al cisne negro como imagen de lo imposible —«un ave rara en la tierra, semejante a un cisne negro»— y en Europa «todos los cisnes son blancos» funcionó durante siglos como el ejemplo de libro de una generalización bien confirmada, con millones de observaciones a favor. En 1697 una expedición neerlandesa vio los primeros en el suroeste de Australia. El caso no demuestra que la inducción falle a menudo; demuestra que ninguna cantidad de casos favorables la garantiza.Lámina de un cisne negro, autoría desconocida · 1800 · Dominio público · Wikimedia Commons

En el siglo XX el problema se ramificó en dos direcciones nuevas y peores. La primera es la paradoja de los cuervos de Carl Hempel: si «todos los cuervos son negros» es lógicamente equivalente a «todo lo no negro no es un cuervo», entonces observar una manzana verde confirma la hipótesis sobre los cuervos, lo cual es absurdo pero se sigue de principios de confirmación aparentemente inocentes. La segunda, más profunda, es el nuevo enigma de la inducción de Nelson Goodman. Goodman define el predicado verdul: aplicable a las cosas examinadas antes de cierta fecha si son verdes, y a las demás si son azules. Todas las esmeraldas examinadas hasta hoy son verdes y también, con igual apoyo empírico, verdules; pero una hipótesis predice que la siguiente será verde y la otra que será azul. Ninguna evidencia disponible distingue entre ambas. La lección de Goodman es que el problema no es solo justificar el salto inductivo: es explicar por qué proyectamos algunos predicados y no otros, cuando la lógica no ofrece ningún criterio para preferirlos. Su respuesta —que los predicados «atrincherados» en el lenguaje por su historia de uso son los proyectables— desplaza el problema a la práctica científica y no lo resuelve.

Las respuestas al problema original se agrupan en cuatro familias y ninguna ha convencido. La primera es la deductivista de Popper: si la inducción no se puede justificar, prescindamos de ella; la ciencia no infiere leyes de observaciones, propone conjeturas y las somete a refutación, y la lógica de la refutación es deductiva. La objeción es que la ciencia sí necesita decir algo sobre el futuro —qué teoría usar para construir un puente— y ahí la preferencia por la teoría mejor corroborada es una inferencia inductiva reintroducida por la puerta de atrás. La segunda es la pragmática: la inducción no está garantizada, pero si algún método puede funcionar, este funciona, de modo que usarlo es la apuesta racional. La tercera es la probabilista, hoy dominante en la práctica: no se justifica una regla de inferencia sino que se representan los grados de creencia con probabilidades y se actualizan con el teorema de Bayes, lo que traslada el problema al origen de las probabilidades iniciales y a la elección del espacio de hipótesis —donde reaparece exactamente el enigma de Goodman—. La cuarta es disolutiva, y la formuló Peter Strawson: pedir que se justifique la inducción por medios no inductivos es como preguntar si la ley es legal; los estándares inductivos son el criterio de lo que llamamos razonable en cuestiones de hecho, y no hay un tribunal superior ante el que apelar. Es una respuesta elegante que muchos consideran un cambio de tema.

Portada de la primera edición de los Principia de Newton, 1687
Fig. 3 Portada de los Principia de Newton (1687). Newton formuló en el libro III sus «reglas para filosofar», y la tercera es una regla inductiva explícita: las cualidades que se encuentran en todos los cuerpos accesibles a la experiencia deben tenerse por cualidades de todos los cuerpos. Hume escribe medio siglo después contra el fundamento de esa regla, no contra su utilidad — y de hecho la mecánica newtoniana era, en 1748, el argumento más impresionante disponible a favor de inducir.Portada de los «Principia» de Isaac Newton · 1687 · Dominio público · Wikimedia Commons

El problema tiene además una vida técnica contemporánea que conviene conocer, porque muestra que no era un ejercicio de salón. Toda la estadística inferencial descansa en supuestos que no se pueden contrastar con los mismos datos que se analizan: que las observaciones son independientes y de la misma distribución, que la muestra representa a la población, que el proceso que generó los datos seguirá siendo el mismo. Cuando alguno falla, el modelo sigue produciendo cifras con intervalos de confianza impecables y equivocadas; la crisis de 2008 fue en buena medida un accidente de este tipo. Y en aprendizaje automático el asunto está formalizado: los teoremas llamados de «no hay almuerzo gratis» demuestran que, promediando sobre todas las distribuciones posibles, ningún algoritmo de aprendizaje es mejor que otro, de modo que el rendimiento de cualquier sistema depende enteramente de que sus supuestos previos —su sesgo inductivo— casen con el mundo en el que se aplica. Es la tesis de Hume traducida a ingeniería: no hay generalización sin un supuesto previo, y el supuesto previo no se puede aprender de los datos.

De todo ello se sigue una moraleja práctica que es lo mejor que el problema ha dado. Como no hay garantía, la actitud sensata no es buscarla sino preguntar de qué depende cada extrapolación: qué supone sobre la estabilidad del proceso, en qué rango de casos se ha comprobado, qué observación la desmentiría, y qué pasa si el mundo cambia justo en lo que el supuesto daba por fijo. La ley de Goodhart y el sesgo del superviviente son, vistos así, casos particulares del problema de la inducción: regularidades que se sostienen mientras se sostiene el contexto que las producía.

Escepticismo éticoConocimiento empíricoFalsacionismo y revoluciones científicasHipótesis nulaSesgo del superviviente

Capítulo 4 de 6

Falsacionismo y revoluciones científicas

Filosofía 1123 palabras artículo suelto ↗

El falsacionismo es la tesis de Karl Popper según la cual una teoría es científica si prohíbe algo, es decir si existe una observación posible que la refutaría, y de que el progreso del conocimiento consiste en proponer conjeturas audaces y eliminar las que fallan. Las revoluciones científicas son la descripción rival que Thomas Kuhn ofreció en 1962: la ciencia no avanza refutando sino resolviendo problemas dentro de un marco heredado, hasta que la acumulación de anomalías fuerza un cambio de marco que se parece más a una conversión que a una inferencia. Las dos propuestas están en el origen de casi todo lo que hoy se dice sobre cómo funciona la ciencia, y las dos se citan mucho más de lo que se leen.

Popper parte de un problema técnico y llega a uno cultural. El problema técnico es que la verificación no sirve para nada: por el problema de la inducción, ninguna cantidad de casos favorables establece una ley universal, mientras que un contraejemplo la refuta con validez deductiva impecable. La asimetría es lógica y no admite discusión. De ella Popper deriva un criterio de demarcación: lo que distingue una teoría empírica de una que no lo es no es que esté confirmada, sino que sea falsable, que se juegue algo. Una teoría que puede acomodar cualquier resultado no dice nada sobre el mundo, por mucho que lo explique todo a posteriori. Sus ejemplos favoritos eran de su juventud vienesa: la relatividad general, que predijo un valor concreto y comprobable de la desviación de la luz por el Sol y podía haberse hundido con la medición; frente al marxismo y al psicoanálisis de su época, que en su lectura reinterpretaban cualquier dato —el paciente que niega el complejo lo confirma por resistencia— y por tanto no arriesgaban nada.

Placa fotográfica del eclipse solar de 1919 con marcas sobre las estrellas próximas al disco solar
Fig. 1 Placa del eclipse del 29 de mayo de 1919, obtenida por la expedición de Dyson, Eddington y Davidson. La medición de la desviación de la luz de las estrellas al pasar junto al Sol distinguía entre dos predicciones numéricas incompatibles —la newtoniana y la de la relatividad general— y podía haber refutado a Einstein. Para Popper era el ejemplo canónico de contrastación arriesgada; conviene añadir que el margen de error de aquellas placas era grande y que la aceptación de 1919 tuvo tanto de juicio profesional como de dato limpio.Placa de la expedición de Dyson, Eddington y Davidson · 1919 · Dominio público · Wikimedia Commons

Kuhn hizo algo distinto: en lugar de proponer una norma, describió lo que los científicos hacen. Su descripción, extraída de la historia de la física y de la astronomía, es que el trabajo ordinario —lo que llama ciencia normal— no pone a prueba los fundamentos, sino que resuelve rompecabezas dentro de un paradigma: un conjunto de teorías, instrumentos, ejemplos resueltos y criterios de lo que cuenta como problema legítimo, que se aprende en los manuales más por imitación de casos que por enunciados. En ciencia normal, una anomalía no refuta nada: se archiva como problema pendiente, se atribuye al aparato, al experimentador o a una aproximación mal hecha, y esa actitud no es dogmatismo sino la condición de que se pueda trabajar. Solo cuando las anomalías se acumulan en un punto sensible y resisten durante mucho tiempo se entra en crisis, y entonces aparecen propuestas alternativas y una fase de discusión en la que están en juego los criterios mismos. El cambio de paradigma no se decide por un experimento: Kuhn insiste en que no hay algoritmo neutral para la elección de teorías, porque cada candidato define de otro modo qué problemas importan y qué significan los términos. De ahí su noción más discutida, la inconmensurabilidad: «masa» en Newton y en Einstein no nombran lo mismo, así que la comparación entre teorías no se puede hacer punto por punto en un lenguaje común.

Grabado barroco del sistema ptolemaico con la Tierra en el centro y las esferas planetarias
Fig. 2 El sistema ptolemaico en la Harmonia Macrocosmica de Cellarius, 1660 — más de un siglo después de Copérnico. La astronomía geocéntrica no era un error grosero: con epiciclos y ecuantes predecía las posiciones planetarias con una precisión suficiente para el calendario y la navegación, y siguió imprimiéndose y enseñándose mientras la alternativa se ganaba el sitio. Un paradigma no cae cuando se demuestra falso, sino cuando hay otro que hace mejor el trabajo.Jan van Loon para la «Harmonia Macrocosmica» de Andreas Cellarius · 1660 · Dominio público · Wikimedia Commons

El punto en el que el falsacionismo ingenuo se rompe es técnico y anterior a los dos: lo formuló Pierre Duhem en 1906 y lo generalizó Quine medio siglo después. Ninguna hipótesis se contrasta sola. Entre la teoría y la observación hay siempre un cuerpo de supuestos auxiliares —el funcionamiento del instrumento, las condiciones iniciales, la corrección de las aproximaciones, otras teorías— y cuando la predicción falla, la lógica dice que algo de ese conjunto es falso, no cuál. Siempre se puede salvar la hipótesis principal culpando a un auxiliar, y eso no es necesariamente tramposo: es lo que se hizo cuando Urano se desviaba de la órbita newtoniana. Nadie abandonó a Newton; se postuló un planeta desconocido, y en 1846 se encontró Neptuno donde el cálculo lo situaba. Ese mismo movimiento se intentó con la anomalía del perihelio de Mercurio —se postuló otro planeta interior, Vulcano— y ahí no había nada, y la anomalía acabó siendo uno de los primeros éxitos de la relatividad general. La misma maniobra lógica: en un caso ciencia brillante, en el otro un callejón. Ninguna regla metodológica podía decir de antemano cuál era cuál, y ese es el argumento más fuerte contra la idea de que exista un criterio mecánico de racionalidad científica.

Diagrama heliocéntrico de De revolutionibus con el Sol en el centro y las órbitas planetarias concéntricas
Fig. 3 El diagrama heliocéntrico de De revolutionibus (1543). Copérnico no ganó por precisión: su sistema, con órbitas circulares, predecía las posiciones planetarias con un error comparable al de Ptolomeo, y para deshacerse de los epiciclos hizo falta que Kepler introdujera las elipses sesenta años después. Lo que ofrecía era simplicidad estructural y una explicación natural del movimiento retrógrado — razones reales, y no del tipo que un experimento decisivo pueda zanjar.Diagrama heliocéntrico de «De revolutionibus», de Nicolás Copérnico · 1543 · Dominio público · Wikimedia Commons

Imre Lakatos propuso la síntesis más utilizable. Su unidad de análisis no es la teoría aislada sino el programa de investigación: un núcleo de supuestos que se protege por convención y un cinturón de hipótesis auxiliares que se va modificando. Lo que se juzga entonces no es la verdad de un enunciado sino la trayectoria del programa: es progresivo si sus modificaciones sucesivas predicen hechos nuevos que después se comprueban —como Neptuno—, y degenerativo si solo sirven para absorber lo que ya se sabía. El criterio es histórico y comparativo, no lógico e instantáneo, y admite que un programa en apuros siga siendo racional durante un tiempo. Paul Feyerabend llevó la crítica al extremo opuesto en Contra el método: sostuvo que toda regla metodológica ha sido violada con éxito en algún episodio importante y que la única regla superviviente es que no hay ninguna, tesis provocadora que funciona mejor como advertencia que como programa.

Queda por señalar el destino del criterio de demarcación, porque su uso público es la parte más deteriorada de todo este asunto. «Eso no es falsable» se ha convertido en una fórmula de descalificación, y funciona mal por tres razones. Primera: la falsabilidad no es una propiedad binaria de los enunciados sino algo que depende de qué se acepte como observación y con qué auxiliares, y por tanto de una decisión de la comunidad. Segunda: hay ciencia perfectamente respetable que no es falsable en el sentido estricto —buena parte de la biología evolutiva histórica, la cosmología, la epidemiología observacional— y que se contrasta por convergencia de indicios y no por experimentos decisivos. Tercera, y la más importante: como argumentó Larry Laudan, ningún criterio propuesto ha conseguido separar limpiamente lo científico de lo que no lo es, entre otras cosas porque «ciencia» no es una categoría natural sino el nombre de un conjunto heterogéneo de prácticas, y la pregunta útil no es si algo es ciencia sino si una afirmación concreta está bien apoyada. Popper y Kuhn siguen valiendo, pero no como una regla y una descripción rivales: valen como el par de preguntas que conviene hacer ante cualquier teoría —qué observación te haría cambiar de opinión, y qué estás dando por supuesto para poder trabajar—.

ParadigmaEl problema de la inducciónNeopositivismoHipótesis auxiliaresNavaja de Occam

Capítulo 5 de 6

Abducción científica

Metodología 86 palabras artículo suelto ↗

La abducción científica es una fase inicial dentro del método científico, que consiste en reunir cierta evidencia y hacerla compatible y concordante con  los paradigmas científicos y teorías vigentes, concretando para su explicación un conjunto de hipótesis científicas. Por ejemplo, si ves a tus dos amigos Ana y Pedro por  la calle cogidos de la mano, el proceso de abducción te llevará a plantear com hipótesis mas plausible que hayan formado una pareja, lo cul se deberá contrastar y verificar a la luz de nuevos datos.

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