Casi todo lo que la cultura popular asocia a esta historia no está en el libro. La criatura no se llama Frankenstein, que es el apellido de quien la hizo; no es muda ni torpe, sino elocuente y capaz de argumentar mejor que su creador; no hay ayudante jorobado ni laboratorio con generadores; no hay rayo ni la palabra «vive»; y no se explica en ninguna página cómo se le dio la vida, porque Víctor se niega expresamente a decirlo. La electricidad aparece en la novela dos veces y de pasada. Todo lo demás (los electrodos del cuello, la torre, el «It’s alive!») viene de la película de James Whale de 1931 y de la obra de teatro de Peggy Webling en que se basó.
Con eso a la vista, la pregunta moral del libro cambia de sitio. El pecado de Víctor no es fabricar un ser vivo: es abandonarlo. La criatura nace neutra, aprende a hablar leyendo a Milton y a Plutarco, ayuda a una familia pobre sin que lo sepan y salva a una niña de un río, y solo mata después de haber sido apaleada por la única familia a la que se atrevió a acercarse. El texto lo dice con toda claridad en el glaciar: «era bueno y benévolo; el sufrimiento me hizo un demonio». Leerlo como una advertencia contra la soberbia científica, que es la lectura escolar, deja fuera la mitad: es también, y sobre todo, un libro sobre lo que ocurre cuando se trae a alguien al mundo y no se responde de él. El subtítulo apunta a lo primero, Prometeo castigado por robar el fuego; el epígrafe apunta a lo segundo, y es un verso del Paraíso perdido en el que Adán pregunta a su creador si le pidió él ser hecho de barro.
Sobre el origen del libro conviene distinguir el dato de la anécdota. El dato es que se escribió a partir de un desafío en Villa Diodati, junto al lago de Ginebra, en el verano sin verano de 1816, oscurecido en toda Europa por la erupción del Tambora, donde Byron propuso a sus invitados escribir cada uno un relato de fantasmas; de esa misma reunión salió El vampiro de John Polidori. Mary Godwin tenía dieciocho años y ya había perdido una hija recién nacida. La primera edición de 1818 salió anónima, con un prefacio escrito por Percy Shelley, y muchos lectores lo atribuyeron a él; el nombre de la autora apareció en la edición francesa de 1823. La anécdota discutible es la del sueño: en su introducción de 1831, Mary Shelley cuenta que vio en una visión al estudiante arrodillado junto a la cosa que había armado, y esa introducción es también donde ella misma revisó el texto para atenuar el anticlericalismo y la responsabilidad de Víctor, de modo que la edición más leída es la menos radical de las dos. Quien quiera el libro que escribió con veinte años tiene que buscar el de 1818.