La novela se enseña como la crítica del sueño americano y lo es, pero conviene precisar dónde está el filo. Gatsby cumple el programa entero (se cambia el nombre, se hace rico, compra la casa de enfrente) y el resultado es que la mujer a la que quería no puede dar el paso, porque el dinero de Tom no es una cantidad sino una pertenencia. Lo que Fitzgerald describe no es una sociedad sin movilidad, es una sociedad con movilidad económica y sin movilidad de clase: en la suite del Plaza, lo que hunde a Gatsby no es ser pobre, es haber sido pobre. La frase que Tom y Daisy comparten al final (gente que rompe cosas y se retira a su dinero, dejando que otros limpien) es el juicio de la novela, y lo pronuncia el narrador.
El narrador es el segundo asunto, y el más útil para leer bien el libro. Nick se presenta en la primera página como tolerante y en la última página como una de las pocas personas honradas que conoce, pero el texto lo desmiente varias veces: cortejó a una mujer en el oeste y se marchó, sabe que Jordan hace trampas y sigue con ella, guarda el secreto del volante, y en el capítulo 2 asiste sin decir nada a que Tom rompa una nariz. Su devoción por Gatsby, que es la que sostiene el adjetivo del título, se decide en la escena de las camisas y no en ningún hecho comprobable. Que la única biografía fiable del protagonista llegue de terceros (Jordan, Wolfshiem, el padre) y que el propio Nick reconstruya lo de Louisville de oídas es parte de la construcción: el lector no ve a Gatsby, ve la versión que Nick necesita.
Dos datos de contexto que suelen faltar. El primero: el libro se vendió mal. La primera edición dejó miles de ejemplares sin colocar y Fitzgerald murió en 1940 convencido de ser un fracaso; la reputación actual empezó con la edición de las Fuerzas Armadas estadounidenses, que repartió ciento cincuenta mil ejemplares entre los soldados de la Segunda Guerra Mundial. El segundo: la portada, la de los ojos y la boca femenina sobre un cielo azul, se pintó antes de que el libro estuviera terminado, y Fitzgerald escribió a su editor que la había incorporado al texto, de ahí el cartel del doctor Eckleburg, un caso poco común en que la cubierta precede a la escena que ilustra.