El gran Gatsby es una novela de F. Scott Fitzgerald publicada en 1925 y ambientada en el verano de 1922, en plena ley seca y en pleno auge bursátil. Narrada por un testigo implicado, Nick Carraway, cuenta la historia de un hombre que ha construido una fortuna de origen turbio y una identidad entera con el único fin de recuperar a una mujer a la que perdió cinco años antes, y funciona como la crítica más citada del sueño americano: no porque el sueño falle, sino porque cumplirlo no sirve para lo que se quería.
Son nueve capítulos y un solo verano. La geografía importa y la novela la establece en la primera página: West Egg, donde vive el dinero recién hecho, y East Egg, enfrente, al otro lado de la bahía, donde vive el heredado; entre Long Island y Nueva York, el valle de las cenizas, un vertedero industrial vigilado por el cartel de un oculista.
RESUMEN POR CAPÍTULOS
Capítulo 1: las dos orillas
Nick Carraway, del Medio Oeste, licenciado en Yale y veterano de la Gran Guerra, se ha instalado en una casita alquilada de West Egg para dedicarse al negocio de los bonos. Empieza el relato recordando el consejo de su padre sobre no juzgar a los demás y advirtiendo que él es un hombre tolerante que aquella temporada perdió la tolerancia; solo Gatsby, dice, quedó exento de su desprecio. Su vecino inmediato es un desconocido dueño de una mansión enorme. Nick cruza la bahía a cenar con su prima segunda Daisy Buchanan y su marido Tom, compañero suyo en Yale, jugador de fútbol americano famoso a los veintiún años y hombre de una riqueza vieja e insolente. Está también Jordan Baker, golfista profesional, apoyada en un sofá con una indiferencia estudiada. Tom expone en la mesa sus lecturas racistas sobre la decadencia de la civilización blanca; suena el teléfono y Jordan explica a Nick, sin bajar la voz, que es la amante de Tom, que vive en Nueva York. Daisy habla del nacimiento de su hija y confiesa que al enterarse de que era niña lloró y dijo que lo mejor que puede ser una chica en este mundo es una tonta preciosa. Al volver a casa, Nick ve por primera vez a Gatsby, de pie en su jardín, con los brazos tendidos hacia el otro lado del agua y una luz verde al final de un muelle.
Capítulo 2: el valle de las cenizas
Camino de Nueva York, el tren pasa por el valle de las cenizas, con los ojos gigantes y las gafas amarillas del doctor T. J. Eckleburg pintados en una valla publicitaria abandonada. Allí Tom obliga a Nick a bajarse para presentarle a su amante: Myrtle Wilson, mujer de George Wilson, un mecánico agotado que tiene el taller y la gasolinera al pie del cartel. Suben todos a la ciudad, a un apartamento que Tom mantiene, y se organiza una fiesta con la hermana de Myrtle y unos vecinos. Myrtle, borracha, cuenta cómo conoció a Tom en un tren y habla del vestido que llevaba; se ha comprado un perro por el camino. La velada acaba cuando ella empieza a repetir a gritos el nombre de Daisy y Tom le rompe la nariz de un revés sin dejar la copa.
Capítulo 3: la fiesta
Nick describe el funcionamiento de las fiestas de su vecino: los camiones de naranjas y limones, la orquesta con oboes y trombones, la gente que llega sin haber sido invitada. Recibe una invitación formal, la única que nadie recuerda haber visto, y va. Todo el mundo habla de Gatsby y nadie lo conoce: que mató a un hombre, que fue espía alemán, que estudió en Oxford. Un hombre de su edad, de sonrisa cortés y tratamiento anticuado, «old sport», se presenta como el anfitrión. En la biblioteca, un invitado con gafas de búho se maravilla de que los libros sean de verdad y no de cartón. Nick vuelve a ver a Jordan Baker, que le cuenta que Gatsby le ha pedido hablar con ella a solas. Al final del capítulo Nick apunta dos cosas: que Jordan hizo trampas en un torneo de golf, y que él se considera una de las pocas personas honradas que ha conocido.
Capítulo 4: la biografía y la de verdad
Gatsby lleva a Nick a comer a la ciudad en su Rolls-Royce amarillo y por el camino le hace su autobiografía: hijo de una familia rica y muerta del Medio Oeste, educado en Oxford por tradición familiar, condecorado en la guerra por todos los gobiernos aliados. Saca de la cartera una medalla montenegrina y una fotografía de Oxford, y Nick decide creerle. Un policía que los detiene por exceso de velocidad se retira en cuanto Gatsby le muestra una tarjeta. En un restaurante clandestino les acompaña Meyer Wolfshiem, un socio de Gatsby que lleva gemelos hechos con molares humanos y a quien se atribuye el amaño de la final de béisbol de 1919. Esa tarde Jordan cuenta a Nick la historia verdadera: en 1917, en Louisville, Daisy Fay era la muchacha más solicitada de la ciudad y estuvo con un teniente pobre llamado Jay Gatsby; se casó con Tom Buchanan en 1919 tras recibir la víspera de la boda una carta que la dejó llorando en la bañera, y se puso el collar de perlas de trescientos cincuenta mil dólares y bajó. Gatsby compró la casa de West Egg para estar justo enfrente de la de Daisy, y quiere que Nick los invite a tomar el té.
Capítulo 5: el reencuentro
Gatsby ofrece a Nick un negocio como pago del favor y Nick lo rechaza para que el encuentro no quede pagado. Llueve. Gatsby manda cortar el césped de Nick y trae flores. La escena empieza en un ridículo perfecto: Gatsby, aterrado, apoyado en la chimenea y a punto de romper un reloj. Después salen los tres a recorrer la mansión, y Gatsby saca de los armarios camisas de lino, seda y franela para lanzarlas sobre la mesa hasta que Daisy llora con la cara metida en ellas. En el muelle, la luz verde que Gatsby había mirado durante cinco años deja de tener sentido en cuanto Daisy está a su lado: Nick observa que el número de objetos encantados se ha reducido en uno. El pianista Klipspringer, un parásito que vive en la casa, toca Ain’t We Got Fun.
Capítulo 6: la biografía real y la fiesta que no funciona
Nick cuenta por fin quién es Gatsby: se llamaba James Gatz, hijo de granjeros pobres de Dakota del Norte, y a los diecisiete años se inventó el nombre al remar hasta el yate del millonario Dan Cody, con quien pasó cinco años y del que no heredó nada porque una amante se quedó con el legado. Se conserva el horario de superación personal que el muchacho escribió en la guarda de un libro. Tom, que ya sospecha, aparece en una de las fiestas con Daisy, y esa noche todo sale mal: Daisy no reconoce a nadie, se ofende con el ambiente y Tom anuncia que va a averiguar de dónde sale el dinero. Cuando se van, Gatsby le confiesa a Nick lo que espera exactamente: que Daisy le diga a Tom que nunca lo quiso y que los cinco años puedan borrarse. Nick le advierte que no se puede repetir el pasado y Gatsby responde, incrédulo, que claro que se puede.
Capítulo 7: el hotel Plaza
Las fiestas se acaban de golpe y Gatsby despide a la servidumbre. En el día más caluroso del verano, Nick y Gatsby comen en casa de los Buchanan; la niñera saca un momento a la hija de Daisy y Gatsby la mira sin acabar de creer que exista. Deciden ir a Nueva York y cambian de coche: Tom conduce el de Gatsby con Nick y Jordan, y Gatsby lleva a Daisy en el de Tom. En la gasolinera, Wilson dice que se marcha al oeste porque ha descubierto que su mujer le engaña, aunque no sabe con quién; Myrtle mira desde la ventana. En una suite del Plaza, con el Marcha nupcial subiendo de un salón de bodas, Tom fuerza el enfrentamiento: le echa a la cara el negocio de las farmacias con alcohol y le hace decir que estudió en Oxford solo unos meses, con un programa para oficiales. Gatsby exige a Daisy la frase; ella dice que lo quiere, pero se niega a decir que nunca quiso a Tom, y con eso el proyecto entero se cae. Tom, seguro de haber ganado, los manda de vuelta juntos en el coche amarillo. En el valle de las cenizas, Myrtle Wilson, encerrada por su marido y convencida de que Tom pasa en ese coche, sale corriendo a la carretera y muere atropellada. Los tres del otro coche llegan poco después y ven el cuerpo. Esa noche Gatsby cuenta a Nick que conducía Daisy y que él piensa asumirlo. Nick, desde el jardín, ve a los Buchanan en la cocina hablando y comiendo pollo frío, y a Gatsby en la puerta de su casa, montando guardia hacia una ventana que ya se ha apagado.
Capítulo 8: la mañana siguiente
Nick pasa por casa de Gatsby y le aconseja marcharse; él se niega, porque no quiere dejar a Daisy antes de saber lo que va a hacer. Cuenta entonces su versión de Louisville: que se acercó a Daisy con una mentira sobre su posición y que descubrió que la casa de una muchacha rica era una promesa de vida que no se puede pedir prestada. Nick se va a trabajar y le dice desde el césped, arrepentido de no habérselo dicho más veces, que vale más que todos ellos juntos. Mientras tanto, en la gasolinera, Wilson pasa la noche hablando con su vecino Michaelis sobre los ojos del doctor Eckleburg y sobre Dios, y por la mañana sale a buscar el coche amarillo. Llega a West Egg, mata a Gatsby en la piscina y se mata después. La llamada telefónica que Gatsby esperaba de Daisy no llegó nunca.
Capítulo 9: el entierro
Nadie va al entierro. Nick telefonea a Daisy y le dicen que los Buchanan se han ido de viaje sin dejar dirección; Wolfshiem contesta por carta que no puede mezclarse en esto y explica de paso que él hizo a Gatsby de la nada; Klipspringer llama solo para pedir que le manden unas zapatillas de tenis. Aparece el padre, Henry C. Gatz, orgulloso y arruinado, con un retrato recortado de la casa y con el libro de infancia donde su hijo apuntó el horario de mejora. Asisten al cementerio el padre, Nick, el criado, el cartero y el hombre de las gafas de búho, bajo la lluvia. Nick rompe con Jordan y semanas después se cruza con Tom en la Quinta Avenida: Tom reconoce que fue él quien le dijo a Wilson de quién era el coche y se defiende diciendo que Gatsby se lo merecía. Nick decide volver al Medio Oeste. La última noche va a la playa, borra con el zapato una obscenidad escrita en el escalón de la casa vacía y piensa en lo que sintieron los primeros marineros holandeses al ver el continente verde: Gatsby había creído en una luz que ya estaba a su espalda, y todos remamos contra una corriente que nos devuelve al pasado.
LA OBRA Y SU LECTURA
La novela se enseña como la crítica del sueño americano y lo es, pero conviene precisar dónde está el filo. Gatsby cumple el programa entero (se cambia el nombre, se hace rico, compra la casa de enfrente) y el resultado es que la mujer a la que quería no puede dar el paso, porque el dinero de Tom no es una cantidad sino una pertenencia. Lo que Fitzgerald describe no es una sociedad sin movilidad, es una sociedad con movilidad económica y sin movilidad de clase: en la suite del Plaza, lo que hunde a Gatsby no es ser pobre, es haber sido pobre. La frase que Tom y Daisy comparten al final (gente que rompe cosas y se retira a su dinero, dejando que otros limpien) es el juicio de la novela, y lo pronuncia el narrador.
El narrador es el segundo asunto, y el más útil para leer bien el libro. Nick se presenta en la primera página como tolerante y en la última página como una de las pocas personas honradas que conoce, pero el texto lo desmiente varias veces: cortejó a una mujer en el oeste y se marchó, sabe que Jordan hace trampas y sigue con ella, guarda el secreto del volante, y en el capítulo 2 asiste sin decir nada a que Tom rompa una nariz. Su devoción por Gatsby, que es la que sostiene el adjetivo del título, se decide en la escena de las camisas y no en ningún hecho comprobable. Que la única biografía fiable del protagonista llegue de terceros (Jordan, Wolfshiem, el padre) y que el propio Nick reconstruya lo de Louisville de oídas es parte de la construcción: el lector no ve a Gatsby, ve la versión que Nick necesita.
Dos datos de contexto que suelen faltar. El primero: el libro se vendió mal. La primera edición dejó miles de ejemplares sin colocar y Fitzgerald murió en 1940 convencido de ser un fracaso; la reputación actual empezó con la edición de las Fuerzas Armadas estadounidenses, que repartió ciento cincuenta mil ejemplares entre los soldados de la Segunda Guerra Mundial. El segundo: la portada, la de los ojos y la boca femenina sobre un cielo azul, se pintó antes de que el libro estuviera terminado, y Fitzgerald escribió a su editor que la había incorporado al texto, de ahí el cartel del doctor Eckleburg, un caso poco común en que la cubierta precede a la escena que ilustra.