La serendipia es el hallazgo valioso e inesperado que se produce mientras se busca otra cosa. La palabra la inventó Horace Walpole en una carta de 1754 a partir de Serendip, nombre persa de Ceilán, y de un cuento en el que tres príncipes de aquel reino deducen, por indicios que encuentran en el camino, la existencia y las características de un camello que no han visto. Walpole subrayaba en su carta un punto que la definición popular olvida: el hallazgo requiere sagacidad. Los príncipes no tropiezan con el camello, interpretan las huellas. La serendipia no es tener suerte, es reconocer lo que la suerte ha puesto delante.
Esa distinción es lo que la separa de la casualidad y lo que la vuelve un concepto útil en la sociología de la ciencia. Robert K. Merton, que dedicó buena parte de su obra al asunto, la definió como el patrón del dato anómalo, imprevisto y estratégico: imprevisto porque no se buscaba, anómalo porque no encaja con la teoría vigente, y estratégico porque permite desarrollar una teoría nueva. Los tres rasgos son necesarios. Un dato inesperado que no contradice nada es ruido; uno que contradice y no se puede explotar es una anomalía que se archiva. La historia de la ciencia está llena de las tres cosas, y solo la tercera produce descubrimientos.

Los casos canónicos ilustran bien la parte de sagacidad. Alexander Fleming no descubrió la penicilina por dejar una placa de cultivo destapada —eso ocurría constantemente en cualquier laboratorio de la época—, sino por advertir que las colonias de estafilococo se habían disuelto alrededor de un moho contaminante y por dedicar los meses siguientes a averiguar por qué. Wilhelm Röntgen encontró los rayos X porque una pantalla fluorescente situada fuera del tubo de descarga brillaba cuando no debía, y en lugar de apartarla pasó semanas caracterizando la radiación desconocida. Arno Penzias y Robert Wilson intentaban eliminar un ruido de fondo persistente en una antena de comunicaciones —limpiaron los excrementos de paloma que la ocupaban, entre otras cosas— antes de aceptar que el ruido venía del cielo entero y que estaban midiendo la radiación de fondo de microondas. El velcro, el horno de microondas, los adhesivos reposicionables, el caucho vulcanizado y varios fármacos de amplio uso tienen historias del mismo tipo. En todos ellos hay un accidente y una persona preparada para interpretarlo, que es lo que Pasteur formuló en la frase más citada del asunto: en los campos de la observación, el azar solo favorece a las mentes preparadas.
De ahí se sigue una consecuencia que interesa a la política científica, y es la parte de este concepto que no es anecdótica. Si los hallazgos importantes ocurren con frecuencia fuera del objetivo declarado del proyecto, entonces un sistema de financiación que exija especificar por adelantado el resultado esperado y que evalúe el cumplimiento de hitos está seleccionando en contra de la serendipia. La discusión es real y está documentada: los análisis de programas con financiación estable y no condicionada a objetivos concretos —el modelo del laboratorio de investigación fundamental frente al del proyecto con entregables— encuentran una proporción mayor de resultados inesperados y de patentes muy citadas, a cambio de una tasa mayor de fracasos sin retorno. No hay una respuesta única, porque las dos políticas optimizan cosas distintas; lo que sí puede afirmarse es que un sistema que solo financie lo previsible obtendrá, en promedio, lo previsible.
Conviene señalar los dos usos abusivos del término. El primero es retrospectivo: contada al final, cualquier trayectoria de investigación parece una cadena de casualidades afortunadas, porque los callejones sin salida no se cuentan. Las historias de serendipia son, casi por construcción, relatos con sesgo de supervivencia —el equivalente en este terreno del sesgo del superviviente— y sirven de mal argumento para cualquier cosa, incluida la defensa del método propio de quien las cuenta. El segundo es empresarial: la apelación a la serendipia como justificación de decisiones de diseño —oficinas diáfanas, encuentros informales provocados, plantas sin despachos— se ha apoyado durante años en evidencia bastante débil, y algunos estudios con sensores de proximidad y datos de correo encontraron que la eliminación de barreras físicas reducía la interacción cara a cara en lugar de aumentarla. El concepto describe bien lo que ocurre en la investigación; no autoriza a suponer que la casualidad productiva pueda planificarse.
Queda una precisión terminológica. En castellano se han usado también serendipidad y el calco serendipity, y la Real Academia admite «serendipia» como el hallazgo casual e inesperado. La definición académica se queda, como la popular, con la mitad de lo que Walpole quiso decir: no menciona la sagacidad. Es una pérdida menor en el diccionario y grande en el uso, porque la palabra sin ese componente no nombra nada que «casualidad» no nombrara ya.
Sesgo del superviviente – Navaja de Occam – Hipótesis de trabajo – Sesgo de confirmación – Paradigma