La profundidad de campo es el intervalo de distancias, delante y detrás del plano enfocado, dentro del cual los objetos se perciben como nítidos. La formulación importa: un objetivo enfoca con precisión matemática un único plano, y todo lo demás está técnicamente desenfocado. Lo que llamamos profundidad de campo es la zona en la que ese desenfoque es demasiado pequeño para que el observador lo distinga, de modo que no es una propiedad de la óptica sino una propiedad de la óptica más un criterio de percepción. Esta dependencia del observador es la que explica por qué una fotografía que parecía nítida en la pantalla de la cámara deja de estarlo ampliada al cien por cien.
El criterio se formaliza en el círculo de confusión aceptable. Un punto situado fuera del plano de enfoque no se proyecta como punto sino como un pequeño disco; mientras el diámetro de ese disco no supere cierto umbral, el ojo lo lee como punto. El umbral tradicional se fijó suponiendo una copia de 20 × 25 cm observada a 25 cm por un ojo capaz de resolver un tercio de milímetro, lo que traducido al negativo de 35 mm da 0,03 mm, y de ahí salen las escalas grabadas en los objetivos antiguos y las tablas de los manuales. Es un valor de 1936 pensado para un uso que ya casi nadie hace: una pantalla de cuatro metros, un recorte agresivo o un sensor de sesenta megapíxeles exigen un círculo de confusión bastante menor, con lo que la profundidad de campo real es más estrecha que la que promete la tabla. No hay una profundidad de campo verdadera que la industria oculte; hay un convenio, y conviene saber cuál se está usando.
Cuatro factores la determinan. Cerrar el diafragma la aumenta, porque estrecha el cono de luz que converge en cada punto y por tanto el diámetro del disco: en primera aproximación la profundidad crece proporcionalmente al número f. Alejarse del sujeto la aumenta mucho más deprisa, aproximadamente con el cuadrado de la distancia, y esto la convierte en el factor dominante en la práctica. Aumentar la distancia focal la reduce, aproximadamente con su cuadrado. Y por último influye el tamaño del sensor, no por sí mismo sino a través del círculo de confusión admisible, que se escala con el formato porque un negativo pequeño se amplía más.
De la combinación de los dos factores dominantes sale un resultado que sorprende a casi todo el mundo y que en el manual habitual queda oculto tras la fórmula: para un mismo encuadre, la distancia focal apenas cambia la profundidad de campo. Si con un 100 mm se retrocede hasta que el sujeto ocupe lo mismo que ocupaba con un 50 mm, el aumento de focal y el aumento de distancia se cancelan en gran medida, y las dos imágenes tienen una zona nítida muy parecida en torno al sujeto. Lo que sí cambia radicalmente es el fondo: el teleobjetivo encuadra una porción mucho más estrecha de él y lo amplía, de modo que el desenfoque de las luces lejanas se ve más grande y más envolvente. La creencia de que «el teleobjetivo desenfoca más» describe correctamente una impresión visual y atribuye mal su causa: no reduce la profundidad de campo, magnifica el fondo. La forma correcta de reducir la profundidad de campo de verdad es acercarse o abrir el diafragma.

La distancia hiperfocal es el caso límite útil: la distancia a la que hay que enfocar para que la zona nítida se extienda desde la mitad de esa distancia hasta el infinito. Un gran angular a f/11 tiene una hiperfocal de pocos metros, y enfocar ahí es lo que permite el paisaje con el primer plano de piedras y las montañas del fondo igualmente resueltos sin apilar tomas. La técnica tiene una trampa que la fotografía digital ha hecho evidente: el infinito así obtenido es nítido por definición del círculo de confusión, no por ser un punto. En una pantalla grande las estrellas o el horizonte enfocados a la hiperfocal se ven blandos, y por eso muchos paisajistas trabajan con la variante conservadora de doblar la hiperfocal, sacrificando algo de primer plano.
En el extremo opuesto, la macrofotografía vive contra la profundidad de campo. Al aumentar la ampliación la zona nítida se derrumba: a escala 1:1 y f/8 puede quedar en menos de un milímetro, y cerrar más no salva la situación porque la difracción ya está degradando la imagen entera. La respuesta es el apilado por enfoque, es decir tomar decenas de imágenes desplazando el plano de enfoque y combinarlas por software, que es hoy la técnica estándar tanto en fotografía de insectos como en microscopía. La otra vía es óptica y mucho más antigua: la báscula de un objetivo descentrable o de una cámara de gran formato inclina el plano de enfoque en lugar de desplazarlo, y con el ajuste correcto —la llamada regla de Scheimpflug— la zona nítida deja de ser una losa paralela al sensor y se acuesta sobre el suelo, lo que permite un campo de trigo nítido de un metro al infinito a f/5,6.
Merece una nota el desenfoque calculado de los teléfonos móviles. Su sensor diminuto obliga a una focal muy corta, lo que da una profundidad de campo casi inevitablemente enorme, y el «modo retrato» compensa estimando un mapa de profundidad y aplicando un difuminado sintético. Es una simulación convincente en el caso central —una cara sobre un fondo lejano— y una que falla exactamente donde el fenómeno óptico real no fallaría: cabello, gafas, hojas, humo, cualquier borde semitransparente. La profundidad de campo es un fenómeno continuo, y el algoritmo la trata como una segmentación entre sujeto y fondo. La diferencia sigue siendo visible a poco que se mire de cerca, y es un buen recordatorio de que se trata de un efecto de propagación de la luz y no de una capa de posproducción.
Enfoque – Diafragma y número f – Distancia focal – Composición fotográfica