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La revolución industrial

La revolución industrial es el proceso por el que la economía británica —y después la del resto de Europa occidental y Norteamérica— pasó entre mediados del XVIII y mediados del XIX de una base agraria y artesanal a una base de manufactura mecanizada, energía fósil y fábrica. La expresión la popularizó Arnold Toynbee en unas conferencias póstumas de 1884, y es discutida desde su nacimiento: donde los contemporáneos vieron una ruptura brusca, la historiografía cuantitativa de finales del XX —Crafts es el nombre clave— midió un crecimiento más lento y más largo, de modo que «revolución» hoy se defiende como un cambio de régimen y no de velocidad. Lo que no discute nadie es el resultado: por primera vez en la historia, la producción por habitante creció de forma sostenida durante generaciones, y eso rompió la trampa malthusiana en la que toda mejora se comía en más bocas.

La pregunta que ordena la literatura es por qué Gran Bretaña y por qué entonces. La respuesta más influyente, la de Robert Allen, es de precios relativos: la Gran Bretaña del XVIII tenía los salarios más altos de Europa —tras un siglo de comercio atlántico— y la energía más barata, porque el carbón afloraba cerca de las ciudades y de los puertos. Una economía de trabajo caro y carbón barato premia las máquinas que ahorran trabajo quemando carbón, y esa es exactamente la lista de invenciones del período: la lanzadera volante de Kay (1733), la spinning jenny de Hargreaves (1764), la water frame de Arkwright (1769), la mule de Crompton (1779), el telar mecánico de Cartwright (1785), la máquina atmosférica de Newcomen para achicar minas (1712) y la máquina de Watt con condensador separado (patente de 1769, rotativa en los ochenta). Otras sociedades tenían ciencia y artesanos; solo la británica tenía un mercado en el que esas máquinas cerraban las cuentas. La objeción conocida es la de la cultura e instituciones —disenteros excluidos de las universidades haciendo ingeniería, patentes, parlamento de propietarios—, y la objeción a la objeción es que Francia tenía más ilustrados y menos carbón.

Pintura nocturna de hornos industriales junto a un río, con resplandores rojizos sobre las nubes y casas
Fig. 1 Coalbrookdale de noche, de Philip James de Loutherbourg (1801): los hornos de coque del Severn ardiendo de noche. El cuadro es propaganda y testimonio a la vez —pintado cuando el paisaje industrial era una novedad que había que aprender a mirar— y fija la estética del proceso: la producción ya no depende del día, y la noche deja de ser un límite.Philip James de Loutherbourg · 1801 · Dominio público · Wikimedia Commons

El sector tractor fue el algodón, y ahí la historia se vuelve incómoda. La industria algodonera británica no creció sobre lana europea sino sobre un insumo tropical que Gran Bretaña no producía: algodón en rama recogido por esclavos en el sur de Estados Unidos, las Antillas y después Brasil, comprado con el crédito de la City, hilado y tejido en Lancashire y vendido por todo el imperio, en especial a la India —que en 1700 era el mayor exportador textil del mundo y en 1850 era importador neto de paño inglés. Beckert lo llamó «capitalismo de guerra»: la fase en que la expansión europea funcionó por conquista de tierras, expropiación y trabajo forzado, antes de que la fábrica bastara sola. La lectura de Pomeranz completa el cuadro: hacia 1750 el Yangtsé tenía niveles de vida y mercados comparables a los de Inglaterra, y la «gran divergencia» se abrió cuando Europa obtuvo dos alivios ecológicos que China no tuvo a mano —carbón cerca de sus centros industriales y las «tierras fantasma» del Nuevo Mundo, que le prestaron algodón, azúcar y madera sin gastar suelo propio. La revolución industrial deja de ser un milagro de la inventiva insular para ser, también, una transferencia planetaria.

Sobre si la revolución mejoró la vida de quienes la hicieron hay una polémica centenaria —la controversia del nivel de vida— con dos campos. El pesimista, de Engels a Hobsbawm, lee los barrios de Mánchester, la jornada de catorce horas, el trabajo infantil y la estadística de estaturas, que desciende en las generaciones nacidas hacia 1780-1830: el ejército y los reclutadores midieron literalmente el empobrecimiento biológico. El optimista, de Hartwell a los neoclásicos, lee los salarios reales, que no caen, y el abaratamiento de bienes antes suntuarios. El consenso actual es un matiz con nombre propio: la pausa de Engels, la media de vida que se estanca mientras el producto por trabajador crece, porque las ganancias se concentran primero en el capital y solo llegan a los salarios cuando el trabajo escasea, hacia 1830-1840. La revolución, en su primer medio siglo, hizo más rica a la economía y no a la gente que la trabajaba.

Grabado de un gran edificio de fábricas de cinco pisos junto a un canal, con barcazas y chimeneas humeando
Fig. 2 Las fábricas de algodón de Union Street en Mánchester, en la History of the Cotton Manufacture de Edward Baines (1835). El edificio es la máquina puesta en vertical: cada piso una etapa del hilado, la fuerza de vapor subiendo por los ejes, el canal trayendo el algodón del Atlántico y llevándose el paño. Baines escribió el libro para celebrarlo; Engels paseó el mismo barrio para denunciarlo.Edward Baines, «History of the Cotton Manufacture» (1835) · 1835 · Dominio público · Wikimedia Commons

La fase de 1780-1830 fue lenta incluso en su propio territorio: el vapor no llegó a aportar gran cosa al crecimiento agregado hasta pasados 1830, y la economía que transformó el mundo hasta 1850 fue en gran parte de agua, carbón y músculo. Detrás había una condición previa que el relato de las máquinas suele saltarse: una revolución agraria británica de un siglo —cercamientos, rotación norfolk con nabos y trébol, drenajes, selección ganadera— que había subido el rendimiento por hectárea lo bastante para alimentar a una población urbana creciente sin importar hambruna. La formula de Wrigley ordena el resto: las economías preindustriales son «economías orgánicas», limitadas por lo que la fotosíntesis anual rinde, y el carbón abrió una «economía mineral» que consume fotosíntesis fósil acumulada en eras geológicas. La generalización vino con el ferrocarril —Stockton-Darlington en 1825, Liverpool-Mánchester en 1830, donde la Rocket de Stephenson ganó las pruebas de Rainhill—, que sí arrastró a la siderurgia, a la ingeniería y a las finanzas en masa, y que la segunda revolución industrial llevaría después al acero, la química y la electricidad. Si la revolución neolítica había multiplicado las bocas que la tierra sostiene, esta multiplicó lo que cada boca produce, y fijó la regla bajo la que vivimos: el crecimiento compuesto como estado normal, y su interrupción como crisis.

Grabado de una locomotora de vapor temprana con una gran caldera y ruedas altas, junto a un vagón abierto
Fig. 3 La Rocket de Stephenson en un grabado de 1877. En las pruebas de Rainhill de 1829 sostuvo una media de 45 km/h durante el trayecto, y la línea Liverpool-Mánchester que inauguró fue la primera del mundo en transportar pasajeros por horario. Con el ferrocarril la revolución dejó de ser un fenómeno de fábricas y pasó a reorganizar el territorio, el tiempo y el capital.Popular Science Monthly · 1877 · Dominio público · Wikimedia Commons

Segunda revolución industrialProtoindustrializaciónClase obreraLa división del trabajo en Adam SmithLa revolución neolítica

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Fuentes

  1. Arnold ToynbeeLectures on the Industrial RevolutionRivingtons1884
  2. Eric HobsbawmIndustry and EmpireWeidenfeld & Nicolson1968
  3. N. F. R. CraftsBritish Economic Growth during the Industrial RevolutionOxford University Press1985
  4. Robert C. AllenThe British Industrial Revolution in Global PerspectiveCambridge University Press2009
  5. Kenneth PomeranzThe Great Divergence: China, Europe, and the Making of the Modern World EconomyPrinceton University Press2000
  6. Sven BeckertEmpire of Cotton: A Global HistoryAlfred A. Knopf2014
Sarasola, Josemari (2026). "La revolución industrial". Ikusmira. Recuperado de https://ikusmira.org/p/la-revolucion-industrial/

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