La histeria de la Salpêtrière es el capítulo de la historia de la psicología en que mejor se ve cómo una enfermedad puede ser a la vez real y fabricada. La Salpêtrière era un hospicio parisino que albergaba a varios miles de mujeres pobres —enfermas, ancianas, epilépticas, dementes— cuando Jean-Martin Charcot, el neurólogo más prestigioso de Europa, el hombre que había descrito la esclerosis lateral amiotrófica y la esclerosis múltiple, tomó a su cargo sus salas y decidió aplicar a la histeria el mismo método anatomoclínico que le había funcionado con todo lo demás: observar, clasificar, buscar la ley. De aquel «museo patológico vivo», como él lo llamaba, salió entre 1870 y 1893 una enfermedad con forma de ley natural: la grande hystérie, un ataque en cuatro fases —periodo epileptoide, grandes movimientos o clownismo, actitudes pasionales, delirio final—, con sus zonas histerógenas que disparaban o detenían la crisis al presionarlas y su arco de círculo como figura estelar. Charcot la declaró universal —diagnosticó también histeria masculina, contra el dogma etimológico del útero errante—, la desligó de la simulación y de la lesión visible, y la definió como enfermedad funcional del sistema nervioso a la espera de que la anatomía la alcanzara.
El dispositivo que hizo célebre esa enfermedad fue teatral y fotográfico. Las lecciones de los martes reunían a médicos, escritores y curiosos de todo el continente para ver a Charcot presentar pacientes hipnotizadas —la hipnotizabilidad misma era para él un síntoma histérico— que desplegaban las cuatro fases en escena; Blanche Wittmann pasó a la historia como «la reina de las histéricas». El hospital montó un estudio fotográfico propio, y la Iconographie photographique de la Salpêtrière de Bourneville y Régnard fijó en láminas seriadas los ataques de pacientes como Augustine, una adolescente cuyas «actitudes pasionales» —éxtasis, crucifixión, súplica— se convirtieron en las imágenes más reproducidas de la psiquiatría del XIX. La fotografía funcionaba como prueba: si la cámara lo captura, la enfermedad tiene forma objetiva. Un cuadro resume el momento: Una lección clínica en la Salpêtrière de André Brouillet (1887), con Wittmann desmayada en brazos de un ayudante ante el auditorio masculino en pleno. Freud, que pasó el invierno de 1885-86 becado con Charcot, colgó una reproducción sobre el diván de su consulta el resto de su vida.

El edificio se derrumbó con una velocidad reveladora. La escuela de Nancy —Liébeault y sobre todo Hippolyte Bernheim— sostenía que la hipnosis no era ningún estado patológico sino sugestión, disponible en personas sanas, y que los fenómenos de la Salpêtrière eran productos del propio procedimiento: las pacientes, hipnotizadas cientos de veces ante el público, adiestradas por internos que ensayaban con ellas antes de la lección, premiadas con atención y estatus cuando el ataque salía canónico, habían aprendido la enfermedad que ilustraban. La polémica Salpêtrière-Nancy la ganó Nancy, y la historia posterior lo confirmó de la manera más elocuente: la grande hystérie de cuatro fases no se encontró nunca fuera del círculo de influencia de Charcot, y desapareció de las salas del propio hospital a los pocos años de su muerte (1893). Su discípulo predilecto, Joseph Babinski, ejecutó la demolición doctrinal rebautizando el cuadro como «pitiatismo» — lo curable por persuasión, porque nacido de la sugestión. Georges Didi-Huberman, releyendo la Iconographie, describió el conjunto como una invención en el sentido fuerte: no un fraude, sino una coproducción entre el médico que necesitaba regularidades, la institución que vivía de exhibirlas y las pacientes —pobres, encerradas, sin otra moneda— que las suministraban. La lectura feminista (Showalter) añadió el fondo del cuadro: una enfermedad definida por hombres, fotografiada por hombres y padecida casi exclusivamente por mujeres cuya palabra no formaba parte del expediente.

Las biografías de las dos pacientes célebres completan el cuadro mejor que cualquier tesis. Augustine, ingresada a los catorce años, fotografiada decenas de veces y convertida en la imagen misma de la histeria, protagonizó fugas repetidas hasta la definitiva: en 1880 salió del hospital vestida de hombre y desapareció de la historia — el archivo que lo registró todo de ella no supo nunca más nada. Blanche Wittmann, la «reina» del cuadro de Brouillet, no volvió a tener un solo ataque tras la muerte de Charcot; siguió empleada en el hospital y acabó trabajando en el nuevo servicio de radiología, donde la exposición sin protección a los rayos X le costó una muerte lenta —amputaciones sucesivas incluidas— en 1913. La mujer exhibida como enferma de una enfermedad que resultó no existir murió de una lesión ocupacional perfectamente orgánica contraída al servicio de la ciencia siguiente. Es difícil inventar una alegoría mejor, y no hace falta: está en los registros del propio hospital.

Nada de esto significa que las pacientes no sufrieran, y ahí está la mitad seria del legado. El sufrimiento era real; lo fabricado era su forma. La descendencia clínica fue doble: de la histeria de Charcot salen, por la vía de Freud y Breuer, la conversión, el inconsciente y la cura por la palabra; y por la vía de la neurología, el actual trastorno neurológico funcional, que la disciplina ha dejado de tratar como cajón de simuladores — los síntomas son genuinos, incapacitantes y tratables, y la vieja categoría sobrevive sin el nombre infamado. La mitad epistemológica la formuló Ian Hacking con su noción de efecto bucle: las clasificaciones humanas actúan sobre los clasificados, que cambian hasta ajustarse o resistirse a la etiqueta, que a su vez debe revisarse — por eso existen enfermedades mentales transitorias, reales en un nicho histórico e imposibles fuera de él. La Salpêtrière es el experimento natural de ese bucle: un hospital entero produciendo, con toda la maquinaria de la ciencia —fotografía, estadística, lección magistral—, la evidencia de una ley que solo regía dentro de sus muros. La lección no es que Charcot fuera mal científico; es que ninguna observación clínica es inocente del dispositivo que la produce, y que en psicología el observador forma parte del fenómeno en un grado que ninguna otra ciencia natural conoce.
El caso de Phineas Gage – Principio de realidad (psicoanálisis) – El test de Rorschach – Racismo científico y craniometría – Profecía autocumplida
Fuentes
- Jean-Martin CharcotLeçons sur les maladies du système nerveux faites à la SalpêtrièreDelahaye1872
- Désiré-Magloire Bourneville y Paul RégnardIconographie photographique de la SalpêtrièreDelahaye & Lecrosnier1876
- Hippolyte BernheimDe la suggestion et de ses applications à la thérapeutiqueOctave Doin1886
- Joseph BabinskiDéfinition de l'hystérieRevue Neurologique1901
- Georges Didi-HubermanInvention de l'hystérie. Charcot et l'iconographie photographique de la SalpêtrièreMacula1982
- Elaine ShowalterThe Female Malady: Women, Madness, and English Culture, 1830-1980Pantheon1985
- Ian HackingMad Travelers: Reflections on the Reality of Transient Mental IllnessesUniversity Press of Virginia1998