La alegoría de la caverna es el pasaje del libro VII de la República en el que Platón describe a unos hombres encadenados desde la infancia en el fondo de una cueva, de espaldas a la entrada, que solo ven las sombras que un fuego proyecta sobre la pared que tienen delante. Es probablemente el texto filosófico más citado de la tradición occidental y también uno de los más mutilados: la versión que circula suele detenerse en la mitad, justo antes de la parte que a Platón le importaba.
El dispositivo tiene tres momentos. En el primero, los prisioneros toman las sombras por la realidad entera: no es que se equivoquen sobre el mundo, es que no conciben que haya otro, y por eso ponen nombre a las sombras y discuten sobre ellas con toda propiedad. Entre el fuego y los prisioneros hay un muro bajo por el que otros hombres transportan figuras de objetos, y son esas figuras las que proyectan las sombras: la información que llega al prisionero está doblemente mediada y alguien la administra. En el segundo momento, uno de ellos es liberado y obligado a volverse. El proceso es descrito como doloroso: la luz del fuego lo ciega, los objetos le parecen menos reales que las sombras a las que estaba acostumbrado, y hace falta arrastrarlo por la cuesta hasta la salida. Fuera, tarda en poder mirar; primero distingue reflejos en el agua, después las cosas, después el cielo nocturno, y solo al final el sol, que es la imagen de la idea del bien. En el tercer momento —el que se omite— vuelve a bajar.

La alegoría no es una pieza suelta. Cierra una secuencia de tres imágenes que Platón encadena a propósito: la analogía del sol, que compara la función del bien en el mundo inteligible con la del sol en el visible; el símil de la línea dividida, que reparte el conocimiento en cuatro grados —conjetura sobre imágenes, creencia sobre cosas visibles, razonamiento matemático y dialéctica—; y la caverna, que convierte esos cuatro grados en un itinerario que un sujeto puede recorrer. Leídas juntas, las tres dicen algo más preciso que «hay dos mundos»: dicen que hay grados de realidad y grados correlativos de conocimiento, que el criterio para ordenarlos es la dependencia —la sombra depende del objeto, el objeto depende de la forma— y que el ascenso consiste en dejar de tomar lo derivado por lo original. La distinción entre mundo sensible y mundo inteligible es la conclusión del recorrido, no su punto de partida.
El pasaje contiene además una definición de la educación que suele pasar desapercibida y que es la parte más viva del texto. Platón dice explícitamente que la formación no consiste en meter conocimiento en un alma que no lo tiene, como quien pusiera vista en unos ojos ciegos, sino en girar el alma que ya ve hacia el lado correcto. La palabra es periagogé, vuelta o conversión. La consecuencia pedagógica es fuerte y contraintuitiva: el problema del que no sabe no es la falta de capacidad, es la orientación, y por eso enseñar se parece más a reorientar que a transmitir. Y la resistencia al giro no es estupidez: el prisionero se resiste porque la costumbre le hace ver mejor las sombras que las cosas, lo que en términos actuales es una descripción bastante exacta de por qué cuesta abandonar una explicación con la que se lleva tiempo funcionando.

El regreso es la parte decisiva y la que la lectura popular suprime. El liberado que vuelve llega ciego a la penumbra, es peor que los demás juzgando sombras, y si intenta desatar a los otros se ríen de él y, dice el texto, lo matarían si pudieran. Nadie que lea eso en Atenas veinte o treinta años después del juicio de Sócrates puede dejar de reconocer a quién describe. Pero Platón no lo escribe como una elegía: lo escribe como un argumento político. Quien ha visto está obligado a bajar y a gobernar, y la ciudad justa no es la que deja a sus sabios contemplando el sol, sino la que los fuerza a ocuparse de los asuntos comunes precisamente porque no quieren. Es una tesis exigente y discutible —el gobierno de los que saben, contra su voluntad, sobre los que no—, y es lo que convierte la alegoría en el corazón de la República y no en una metáfora epistemológica decorativa.
De ahí vienen sus dos grandes objeciones. La primera es política y la formuló Karl Popper con brutalidad en 1945: si la verdad está reservada a unos pocos que la alcanzan tras un ascenso doloroso, y esos pocos deben gobernar sin rendir cuentas a quienes siguen entre sombras, entonces la caverna es el modelo fundacional del pensamiento autoritario, y su versión moderna es la vanguardia que sabe lo que el pueblo necesita. La lectura de Popper se ha discutido mucho —le reprochan proyectar sobre el siglo IV a. C. las categorías del siglo XX y desatender la ironía de los diálogos— pero puso el dedo en un problema real del texto: no hay en la República ningún mecanismo por el que la ciudad pueda corregir a sus filósofos. La segunda objeción es epistemológica y la formuló Heidegger: al hacer de la verdad la correspondencia entre la mirada y la cosa iluminada, Platón habría puesto en marcha la reducción de la verdad a exactitud, olvidando la pregunta previa por el desocultamiento mismo. Ambas objeciones son ajustes de cuentas con dos milenios de posteridad, más que con el pasaje, y ambas lo iluminan.
Merece una nota lo que la alegoría no dice, porque el uso contemporáneo se lo atribuye constantemente. No dice que el mundo sea una ilusión ni una simulación: las sombras son sombras de algo, y el error del prisionero no es percibir sino confundir grado de realidad. No propone escapar: propone subir y volver. No hay en el texto ninguna sugerencia de que alguien administre la caverna con mala intención —los portadores de figuras están ahí sin explicación—, de modo que leerla como una teoría de la manipulación mediática es un añadido nuestro; útil, a veces, y añadido. Y no es una alegoría del individuo listo entre necios: el prisionero liberado no se libera solo, alguien lo desata y lo arrastra, lo que en el esquema de Platón significa que sin maestro y sin ciudad no hay ascenso posible. Reducirla a la frase «vivimos entre sombras» conserva la imagen y pierde las tres cosas que la hacían filosofía: que subir cuesta, que se sube acompañado y que hay que bajar.
Idea del bien (Platón) – Mundo sensible y mundo inteligible – Verdad (Platón) – Mímesis – Episteme
Fuentes
- PlatónRepública, libros VI-VII (509d-520a)Ed. Gredos, trad. Conrado Eggers Lanh. 375 a. C.
- Julia AnnasAn Introduction to Plato's RepublicOxford University Press1981
- Myles BurnyeatCulture and Society in Plato's RepublicThe Tanner Lectures on Human Values1999
- Martin HeideggerLa doctrina platónica de la verdadGeistige Überlieferung1942
- Karl R. PopperThe Open Society and Its Enemies, vol. I: The Spell of PlatoRoutledge1945
- Gregory VlastosPlatonic StudiesPrinceton University Press1973