El intercambio colombino es el trasvase de plantas, animales, microorganismos y personas entre América, Europa y África que empieza en 1492 y que reorganizó la biología del planeta. El término lo acuñó el historiador Alfred W. Crosby en 1972, y su aportación fue de encuadre: propuso leer la conquista de América no como un episodio político y militar con consecuencias biológicas secundarias, sino como un acontecimiento biológico de escala geológica con consecuencias políticas. La propuesta era heterodoxa y hoy es el marco estándar.
El punto de partida es una separación. Las poblaciones de plantas, animales y patógenos de los dos hemisferios habían evolucionado por separado durante milenios, y esa divergencia explica lo asimétrico del resultado. Eurasia había domesticado grandes mamíferos gregarios —vacas, cerdos, ovejas, cabras, caballos, gallinas— y había convivido durante milenios con las enfermedades que salen de esa convivencia: viruela, sarampión, gripe, tosferina, tuberculosis bovina. América tenía muy pocos animales domesticables de ese tipo —la llama, el cuy, el pavo, el perro— y por tanto un repertorio patógeno mucho más pobre. La misma asimetría, invertida, aparece en las plantas: la agricultura americana había domesticado un conjunto de cultivos de un rendimiento calórico y una adaptabilidad extraordinarios, empezando por el maíz y la patata.

La consecuencia demográfica no tiene comparación en la historia documentada. Las estimaciones de población americana en 1492 se mueven entre cuarenta y sesenta millones de personas, y el descenso en los primeros ciento cincuenta años se cifra en torno al noventa por ciento en las zonas más afectadas. La viruela llega a La Española en 1518, alcanza el altiplano mexicano en 1520 —en plena guerra de conquista— y baja por el corredor andino antes que los propios españoles, de modo que el imperio inca estaba ya en guerra civil por una sucesión abierta por la enfermedad cuando Pizarro desembarcó. Después llegan el sarampión, el tifus, la gripe, la malaria y la fiebre amarilla con el comercio esclavista, y en México dos epidemias catastróficas conocidas como cocoliztli en 1545 y 1576, cuyo agente se desconocía y en las que el análisis de ADN antiguo de un cementerio oaxaqueño ha identificado Salmonella enterica, la bacteria de la fiebre entérica.
Sobre la interpretación de ese colapso hay una discusión importante y conviene no simplificarla. Crosby popularizó la idea de las «epidemias en suelo virgen»: poblaciones sin inmunidad previa ante patógenos nuevos sufren mortalidades desproporcionadas por razones estrictamente inmunológicas. La objeción, formulada con detalle por David S. Jones, no niega la falta de inmunidad; niega que baste para explicar la magnitud. Las epidemias más letales coinciden sistemáticamente con guerra, desplazamiento forzoso, hambre, trabajo obligatorio en minas y encomiendas, y desarticulación de las estructuras que cuidaban a los enfermos: una viruela que llega a una población bien alimentada y en paz mata mucho menos que la misma viruela en una ciudad sitiada. La versión puramente microbiana tiene además un efecto político incómodo, porque convierte el desastre en un accidente natural del que nadie es responsable. La lectura solvente es la combinada: la vulnerabilidad inmunológica fue real y el contexto colonial la multiplicó.

En dirección contraria, los cultivos americanos reorganizaron la alimentación del Viejo Mundo, y ahí el efecto es medible con métodos económicos. La patata rinde más calorías por hectárea que el trigo o el centeno, crece en suelos pobres y en altitud, y no exige molienda ni horno; el maíz hace lo propio en climas donde el trigo falla. Un trabajo econométrico influyente de Nathan Nunn y Nancy Qian, que compara la evolución de regiones según cuánta superficie tenían apta para la patata antes y después de su introducción, atribuye a ese solo cultivo alrededor de una cuarta parte del crecimiento de la población y de la urbanización del Viejo Mundo entre 1700 y 1900. La contrapartida es la que Irlanda pagó en 1845: una población que depende de una sola variedad clonal de un solo cultivo es una monocultura, y la llegada de Phytophthora infestans mató a un millón de personas y expulsó a otro millón. La mandioca hizo posible la densidad demográfica del África occidental y central; el chile, el tomate y el cacao entraron en las cocinas de Asia y Europa hasta volverse irreconocibles como importaciones —la cocina italiana sin tomate y la tailandesa sin chile son anteriores a 1500—.
El tráfico en la otra dirección transformó los paisajes americanos con la misma violencia. El ganado europeo, sin depredadores y con pastos abundantes, se multiplicó hasta cifras que asombraban a los propios colonos, y con él llegaron el arado, el sobrepastoreo y la erosión; el caballo reconfiguró por completo las sociedades de las llanuras norteamericanas y de la pampa, hasta el punto de que la cultura ecuestre que asociamos a los pueblos de las praderas es posterior al contacto. Y el trigo, el arroz, el café y sobre todo la caña de azúcar organizaron el sistema que dio al intercambio su motor económico: la plantación. El azúcar es la mercancía que explica el volumen de la trata atlántica, con unos doce millones y medio de personas embarcadas por la fuerza desde África según la base de datos que ha reconstruido las travesías una por una, y una mortalidad en el trayecto que rondó el quince por ciento. Sin el intercambio biológico no hay plantación; sin plantación no hay esclavitud atlántica en esa escala.

Merece mención un efecto que la investigación reciente ha puesto sobre la mesa y que sigue en discusión: la posibilidad de que el intercambio dejara una huella en el clima global. La despoblación americana retiró de cultivo decenas de millones de hectáreas que la vegetación reconquistó, y esa reforestación habría retirado carbono de la atmósfera. Los testigos de hielo antárticos registran una caída del dióxido de carbono con mínimo en torno a 1610, y hay quien ha propuesto ese punto —el llamado «pico Orbis»— como frontera formal del Antropoceno, precisamente porque es el primer momento en que una acción humana queda inscrita de forma sincrónica y global en el registro geológico. La atribución causal está discutida y probablemente concurren otros factores, pero la hipótesis ilustra bien de qué tamaño fue el acontecimiento.
Dos precauciones para cerrar. La primera es que «intercambio» es un término engañosamente simétrico: no hubo dos partes negociando, hubo una conquista, y las plantas y los animales viajaron dentro de un sistema imperial que decidía qué se cultivaba, quién lo cultivaba y quién cobraba. La segunda es que la plata también formó parte del trasvase y no era biológica: Potosí, descubierta en 1545, y las minas mexicanas inyectaron en el sistema monetario mundial una cantidad de metal que acabó en China a través del galeón de Manila, y ese flujo hizo del comercio una red verdaderamente global un siglo antes de que existiera nada parecido a una economía mundial. El intercambio colombino es, entre otras cosas, la fecha en la que la historia deja de poder escribirse por continentes.
Colonialismo – Periodo colonial en América – Esclavismo – Criollos – La peste negra
Fuentes
- Alfred W. CrosbyThe Columbian Exchange: Biological and Cultural Consequences of 1492Greenwood1972
- Charles C. Mann1493: Uncovering the New World Columbus CreatedKnopf2011
- Nathan Nunn y Nancy QianThe Potato's Contribution to Population and Urbanization: Evidence from a Historical ExperimentQuarterly Journal of Economics2011
- Åshild J. Vågene et al.Salmonella enterica genomes from victims of a major sixteenth-century epidemic in MexicoNature Ecology & Evolution2018
- David S. JonesVirgin Soils RevisitedThe William and Mary Quarterly2003
- Simon L. Lewis y Mark A. MaslinDefining the AnthropoceneNature2015
- Universidad de Emory y otrasSlave Voyages: The Trans-Atlantic Slave Trade Databaseenlace