La correspondencia con la historia soviética es deliberada y casi entrada por entrada: el Comandante es Marx, y en parte Lenin, Snowball es Trotski expulsado y luego convertido en el enemigo interior de todas las desgracias, Napoleón es Stalin, Squealer es el aparato de propaganda, los nueve perros son la policía política, las ovejas son la consigna coreada, Boxer es el proletariado que responde a la explotación trabajando más, Moses es la Iglesia tolerada porque promete un premio de ultratumba, Frederick es Hitler y el montón de madera pagado con billetes falsos es el pacto Mólotov-Ribbentrop, roto por la invasión de 1941. La Batalla del Establo es la guerra civil rusa y la partida de cartas final, la conferencia de Teherán. Orwell, que había combatido en Cataluña con el POUM y había visto de cerca cómo se fabricaba una acusación de traición, escribió el libro entre noviembre de 1943 y febrero de 1944, en el peor momento posible: la URSS era el aliado principal, y cuatro editores británicos lo rechazaron, entre ellos T. S. Eliot en Faber y Jonathan Cape, que consultó al Ministerio de Información. Apareció el 17 de agosto de 1945.
Reducirlo a la clave, sin embargo, es la forma más segura de perder lo que el libro tiene de propio. Su argumento no es que la Revolución rusa se desviara por culpa de Stalin, sino algo más incómodo y más general: la falsificación funciona porque los animales no tienen memoria escrita. Los mandamientos se corrigen de noche y a nadie le consta el texto anterior; cuando Clover cree recordar otra cosa, no tiene contra qué comprobarlo, y ni siquiera puede leer. La escena decisiva de la novela no es una ejecución, es un animal viejo mirando una pared repintada. Ese hallazgo es el que Orwell desarrolló cuatro años después en 1984 con el Ministerio de la Verdad.
Hay un punto en que la fábula se defiende peor. Los animales que consienten son estúpidos por naturaleza (las ovejas balan, Boxer no pasa de la letra D, Benjamín entiende todo y no hace nada), y esa distribución de inteligencias reparte la responsabilidad de un modo que la política real no permite: si la tiranía se sostiene porque los explotados no dan para más, la crítica pierde filo. Orwell era consciente y en su prefacio a la edición ucraniana de 1947 dio la escena que corrige el reparto: el momento en que Napoleón deja de repartir la leche entre todos. Lo que allí falla no es la capacidad de los animales para entender, es que nadie protesta cuando la injusticia todavía es pequeña.