El desorden no es un adorno experimental, es el argumento. Si la novela se contara en orden, sería la biografía de un cacique del Bajío mexicano y la crónica de la despoblación de un pueblo, y las dos cosas estaban muy escritas en 1955. Contada así, el lector hace lo mismo que Juan Preciado: entra en un pueblo donde no distingue a los vivos de los muertos, escucha voces que no puede atribuir y solo al final compone la historia; y en el momento en que la compone, descubre que quien la contaba estaba enterrado. Los sesenta y ocho fragmentos y su alternancia de tiempos convierten el tema del libro, un pueblo que sobrevive solo como murmullo de lo que fue, en la experiencia física de leerlo. Por eso cualquier resumen ordenado, incluido este, informa del argumento a cambio de destruir la obra.
Hay dos claves de fondo. La primera es histórica: Comala se muere por la Revolución mexicana y por la guerra cristera de 1926-1929, que Rulfo vivió de niño en Jalisco, su padre fue asesinado en 1923 y su madre murió cuando él tenía diez años, y el reparto agrario que llegó después no repartió nada donde el cacique había dejado la tierra estéril. La segunda es religiosa y más amarga: en Comala nadie se salva. El padre Rentería no puede absolver a nadie porque no está absuelto, las almas del cementerio siguen esperando misas que nunca se dicen, y las voces que Juan Preciado oye son las de quienes murieron sin perdón. El infierno de la novela no es una metáfora del calor de la llanura: es un purgatorio administrativo en el que la intercesión se ha comprado con dinero de la Media Luna y ha dejado de funcionar.
Conviene desconfiar de dos tópicos. El primero es la etiqueta «realismo mágico», que se le aplica por comodidad y que encaja mal: no hay maravilla ni asombro en los muertos de Comala, hablan con la misma naturalidad con que se quejaban en vida, y el registro es el de la lengua campesina de Jalisco, no el de la fábula. Gabriel García Márquez, que contó haber leído la novela en una noche y haberla releído a la siguiente, dijo que había releído hasta aprendérsela de memoria, y lo que reconoció en ella no fue un procedimiento sino una manera de escuchar. El segundo tópico es el del escritor de una sola obra que se calló para siempre; Rulfo publicó antes El llano en llamas (1953), trabajó como guionista y como editor, y su silencio posterior se ha explicado muchas veces con anécdotas de las que él mismo se burlaba. Lo que sí está documentado es el trabajo material del libro: se escribió a lo largo de años y se recortó mucho, y de las páginas suprimidas salieron varios de los fragmentos que la crítica considera esenciales.