El rasgo más comentado de la novela es la puntuación, y no es un adorno. Delibes suprime el punto y organiza el texto en versículos separados por comas y guiones, de modo que el discurso del narrador y el de los personajes se contaminan: no hay una voz culta que describa y unas voces incultas que hablen, hay una sola corriente en la que se dice «la Niña Chica» y «el señorito» como los dice la casa. El efecto es que el lector no recibe un juicio, recibe el mundo tal como lo enuncian quienes viven en él, y el juicio tiene que hacerlo solo. Por eso la novela no denuncia: no hay un párrafo en el que alguien explique que la situación es injusta, y esa ausencia es la que hace insoportable la frase de Iván en el libro quinto, que quien la pronuncia considera un favor.
El título procede de la fiesta de los Santos Inocentes, el 28 de diciembre, día de los niños degollados por Herodes, y los inocentes del libro son tres: Azarías, la Niña Chica y la grajilla. Los tres carecen de habla útil, los tres se les exhibe y los tres son intercambiables para los señores. Que el crimen final lo cometa precisamente el personaje al que la finca considera incapaz de entender nada es la construcción entera de la novela: Azarías es el único que no ha aprendido a aceptar el clima, y lo que castiga no es la explotación de los suyos, que no percibe como injusticia, sino la muerte de un pájaro.
Conviene desconfiar del lugar común que hace del libro un panfleto contra el caciquismo agrario, y desconfiar también de la versión contraria. Delibes había recorrido esas fincas como cazador, lo cuenta en sus libros de caza, y conocía la escena desde el lado del invitado; el retrato no viene de una investigación sociológica sino de haber estado dentro. La adaptación de Mario Camus de 1984, que ganó dos premios en Cannes para Alfredo Landa y Paco Rabal, es fiel y excelente, pero altera el reparto de la culpa: pone en pantalla planos que subrayan la iniquidad, ordena la cronología y da a Quirce una conciencia política que en el libro no está enunciada. La película acusa. La novela, que es más dura, se limita a dejar hablar.