La metamorfosis es una novela corta de Franz Kafka publicada en 1915. Gregorio Samsa, viajante de comercio, despierta una mañana convertido en un insecto enorme, y el relato no dedica una sola línea a explicar por qué: la transformación es el punto de partida, no el enigma. Lo que se cuenta después es una administración doméstica del problema (quién limpia, quién paga, cuánto tiempo se aguanta) y el relato avanza por la vía de lo cotidiano, no de lo fantástico. Está dividida en tres capítulos que corresponden a tres estados de la casa: el día del descubrimiento, los meses de convivencia y la decisión de acabar con ella. La palabra alemana del original, Ungeziefer, no nombra ninguna especie: significa «bicho» en el sentido de sabandija dañina, un animal que no sirve para nada y que se elimina, y Kafka pidió expresamente a su editor que no dibujara el insecto en la cubierta.
RESUMEN POR CAPÍTULOS
Capítulo 1: la mañana
Gregorio Samsa despierta de un sueño intranquilo convertido en un insecto de caparazón duro, con el vientre segmentado y unas patas delgadas que se agitan sin obedecerle. Su primera reacción no es el horror sino la contrariedad práctica: le duele el costado, no puede dormir sobre el lado derecho como acostumbra, y comprueba con angustia que ha perdido el tren de las cinco. Repasa mentalmente su trabajo (cinco años sin faltar un día, el hotel, el pupitre, la promesa de saldar la deuda de su padre con el jefe en unos años más) y calcula que si se declara enfermo lo visitará el médico del seguro, para quien todos los enfermos son perezosos sanos. Su madre lo llama al otro lado de la puerta con dulzura; su padre y su hermana Grete se suman. La voz de Gregorio ya sale como un chirrido y ninguno lo entiende, aunque los tres siguen hablándole como al hijo que era. Se presenta en casa el principal, jefe de oficina de su empresa, para averiguar por qué no ha ido a trabajar: hace desde el recibidor un discurso sobre la mala racha de sus ventas, sobre el dinero en efectivo que le fue confiado y sobre la falta de constancia de los empleados jóvenes. Gregorio, desesperado por conservar el puesto, consigue con un esfuerzo enorme girar la llave con las mandíbulas y abrir la puerta. La familia retrocede; la madre se desploma sobre la mesa; el principal huye escaleras abajo con el sombrero en la mano y sin decir palabra. El padre coge un bastón y un periódico y empuja a Gregorio de vuelta al dormitorio silbándole como a un animal; al entrar en el vano, Gregorio se hiere el flanco y sangra, y el padre cierra la puerta de golpe con el bastón.
Capítulo 2: la convivencia
Gregorio se despierta al atardecer y descubre junto a la puerta un cuenco de leche con pan, su comida favorita, que ahora le repugna. Aprende su cuerpo: que puede trepar por las paredes y quedarse colgado del techo, donde respira mejor; que la vista se le ha nublado y ya no distingue el hospital de la acera de enfrente. Grete se ocupa de él. Le trae por la mañana y por la tarde restos de comida podrida (queso viejo, verduras rancias, huesos con salsa cuajada) que es lo único que le apetece, y entra siempre con la ventana abierta y sin mirarlo; Gregorio se esconde bajo el canapé para ahorrarle la visión y hasta lo cubre con una sábana. Escuchando tras las puertas se enteran de la situación económica: el negocio del padre quebró cinco años atrás, pero quedó un pequeño capital intacto y los intereses acumulados, de modo que la familia podría vivir uno o dos años sin ingresos, aunque no de eso. El padre, que Gregorio creía acabado, vuelve a vestirse de banca; la madre cose ropa interior fina para una tienda; Grete, que tiene diecisiete años y estudiaba violín, entra a trabajar de dependienta y aprende francés por las noches. La madre insiste en ver a su hijo y, cuando por fin entra, ella y Grete deciden vaciar la habitación de muebles para que Gregorio tenga sitio de trepar. A Gregorio, que al principio lo agradece, se le ocurre entonces que le están retirando su vida: se lanza a defender el retrato enmarcado de la dama con estola de piel, el último objeto que le queda, y se pega al cristal. La madre lo ve, grita y se desmaya. El padre llega de la calle con el uniforme y, creyendo que Gregorio ha atacado a su mujer, le bombardea con las manzanas del frutero. Una se le incrusta en la espalda y queda allí, pudriéndose en la carne. La escena termina con la madre suplicando por la vida de su hijo, y con esa herida Gregorio pierde para siempre la movilidad.
Capítulo 3: la decisión
La manzana podrida en el lomo dura un mes. Como concesión, la puerta de la habitación de Gregorio se deja abierta al atardecer y él asiste desde la sombra a la vida familiar: los tres agotados a la mesa, la conversación reducida a lo indispensable, la resignación de haber caído de golpe en la mediocridad. La criada ha sido despedida y de la casa se ocupa una asistenta anciana, huesuda y sin ninguna delicadeza, que abre la puerta de Gregorio cuando quiere y lo llama «viejo escarabajo». La familia realquila tres habitaciones a tres huéspedes barbudos y meticulosos, y el cuarto de Gregorio se convierte en el almacén de todo lo que estorba. Una noche los huéspedes piden a Grete que toque el violín en el salón. Gregorio, atraído por la música, se arrastra hasta el umbral con la idea de llegar hasta su hermana, besarle el cuello y decirle que iba a mandarla al conservatorio. Los huéspedes lo descubren, se indignan, declaran que en semejantes condiciones higiénicas no piensan pagar y anuncian que dejan el piso. Es entonces cuando Grete pronuncia la frase que decide el relato: hay que deshacerse de «eso», porque «eso» no es Gregorio; si lo fuera, se habría marchado por su propia voluntad. Gregorio, que la ha oído, vuelve muy despacio a su habitación, con la luz apagada, y en la cabeza no tiene rencor sino una idea suave: piensa en su familia con cariño y con la convicción de que tiene que desaparecer. Muere al amanecer, sin dolor. La asistenta lo encuentra, avisa con una brutalidad alegre, «está reventado», y los tres van a verlo y notan que el cuerpo está completamente seco y plano. El padre despide a los huéspedes en el acto. La familia escribe tres cartas de excusa a sus trabajos y sale a tomar el tranvía al campo, y por primera vez en meses hablan de sus perspectivas, que no son malas. En el vagón, los padres advierten al mismo tiempo que Grete se ha convertido en una muchacha hermosa y de buena figura, y concluyen que ya es hora de buscarle un marido. Al llegar al destino, ella se levanta antes que ellos y estira su cuerpo joven.
LA OBRA Y SU LECTURA
El tópico escolar dice que La metamorfosis trata de la alienación del individuo en la sociedad moderna, y no es falso, pero explica poco del efecto del texto. Lo característico está en la construcción: el suceso imposible se enuncia en la primera frase y a partir de ahí todo es verosímil, minucioso y administrativo. Nadie llama a un médico ni a un cura ni a un naturalista; la pregunta que la casa se hace no es «qué ha pasado» sino «cómo se paga el alquiler». Kafka había trabajado siete años en un instituto de seguros de accidentes de trabajo en Praga y su oficio consistía en clasificar cuerpos mutilados según su capacidad productiva restante; la novela aplica ese criterio a un hijo, y el resultado es que el afecto familiar se revela como una función del rendimiento.
De ahí que la metamorfosis del título no sea únicamente la de Gregorio. Los tres capítulos son la curva de una sustitución: en el primero Gregorio mantiene a la familia, en el segundo la familia empieza a mantenerse y en el tercero descubre que puede prescindir de él. El padre, que aparecía en la cama como un anciano derrotado, acaba con uniforme de portero de banco; la madre, que se ahogaba, cose; la hermana, que era una niña con un violín, decide la muerte de su hermano y en el último párrafo estira un cuerpo lleno de futuro. Vladimir Nabokov, que dedicó a la obra un curso famoso en Cornell, insistía además en un dato de precisión zoológica que la mayoría de las lecturas pasan por alto: Gregorio tiene alas bajo el caparazón y no lo sabe, y por lo tanto podría haber volado.
Conviene desconfiar de una vía interpretativa muy transitada, la biográfica estricta. La Carta al padre de Kafka, escrita en 1919 y no enviada, invita a leer la novela como una alegoría de su relación con Hermann Kafka, y la crítica lo ha hecho abundantemente. El problema es que el texto no aguanta la reducción: el padre del relato no es sólo un tirano, sino también un hombre arruinado que recupera la dignidad a costa de su hijo, y la figura que dicta la sentencia es la hermana, precisamente el personaje al que Gregorio quiere proteger. La violencia de la casa no viene de un carácter, viene de una contabilidad.