El extranjero es una novela de Albert Camus publicada en 1942. Esta obra fundamental del existencialismo narra la historia de Meursault, un hombre ajeno a las convenciones sociales y a la emotividad, cuya indiferencia ante la vida lo lleva a cometer un crimen y a enfrentar las consecuencias de su acto en un mundo que busca sentido donde él no lo encuentra.
RESUMEN POR CAPÍTULOS
Capítulo 1
Meursault recibe un telegrama informándole del fallecimiento de su madre en el asilo de Marengo. Parte en autobús hacia allí, notando el calor y la somnolencia del viaje. Al llegar, se encuentra con el director, quien le explica que su madre será enterrada al día siguiente. Meursault se niega a ver el cuerpo de su madre y pasa la noche en la sala de velatorio, donde le ofrecen café con leche y fuma un cigarrillo. Observa a los ancianos que velan con él, incluido el amigo de su madre, Thomas Pérez, quien llora desconsoladamente. Meursault se siente incómodo por la presencia de los demás y por la luz, pero no experimenta un dolor particular. Al día siguiente, asiste al funeral bajo un sol abrasador, sintiéndose agotado y deseando que todo termine. El director y Pérez lo acompañan. Meursault apenas recuerda los detalles del entierro, solo el calor sofocante y el cansancio.
Capítulo 2
De regreso en Argel, Meursault se despierta el sábado sintiendo que el día es “uno menos”. Decide ir a la playa y se encuentra con Marie Cardona, una antigua mecanógrafa de su oficina. Nadan juntos y luego van al cine a ver una película de Fernandel. Pasan la noche juntos en el apartamento de Meursault. A la mañana siguiente, Marie se sorprende al saber que su madre murió el día anterior, pero Meursault le explica que no tiene nada que ver y que es domingo. Ella se marcha, y Meursault pasa el resto del día observando a la gente desde su balcón: un grupo de jóvenes, un vendedor de periódicos, una familia que sale a pasear, soldados y, finalmente, el cielo oscureciéndose. Reflexiona sobre cómo su vida no ha cambiado sustancialmente.
Capítulo 3
El lunes, Meursault regresa a su trabajo. Al mediodía, almuerza en el restaurante de Céleste, donde se siente a gusto. De vuelta en su edificio, se encuentra con su vecino, Salamano, un anciano que maltrata a su perro, pero al que en el fondo está muy apegado. Poco después, otro vecino, Raymond Sintès, lo invita a cenar. Raymond le cuenta que es proxeneta y que ha tenido un altercado con su amante, a quien ha golpeado. Le pide a Meursault que le escriba una carta para humillarla y hacerla volver, a lo que Meursault accede sin objeciones. Más tarde, escuchan gritos y la policía interviene por la agresión de Raymond a su amante. Meursault testifica a favor de Raymond, afirmando que la mujer lo había engañado.
Capítulo 4
Marie visita a Meursault y le pregunta si la ama. Él responde que eso no significa nada, pero que cree que no. Ella le pregunta si se casaría con ella, y él dice que le da igual, que si ella quiere, lo harán. Marie se entristece por su falta de emoción, pero luego se ríe. Esa noche, Meursault escucha a Raymond pegarle a su amante de nuevo, y los gritos de la mujer. Más tarde, Salamano aparece en la puerta de Meursault, angustiado porque ha perdido a su perro. Meursault intenta consolarlo, y Salamano le confiesa que, a pesar de maltratarlo, no sabe qué haría sin él y que su perro es lo único que le queda. Meursault reflexiona sobre la soledad del anciano.
Capítulo 5
Raymond invita a Meursault y Marie a pasar el domingo en la cabaña de playa de su amigo Masson, en los alrededores de Argel. Meursault recibe una propuesta de su jefe para trasladarse a París, lo que implicaría un ascenso y un cambio de vida. Meursault responde que le da igual, que no le interesa cambiar de vida. El jefe se muestra decepcionado por su falta de ambición. Marie le pregunta de nuevo si quiere casarse, y él reitera su indiferencia, pero acepta la propuesta. Al salir a la calle, ven a un grupo de árabes apostados en la acera de enfrente, entre ellos el hermano de la amante de Raymond, que los sigue con la mirada sin decir nada. Raymond está asustado; Meursault registra el detalle como registra todo, sin sacar conclusiones.
Capítulo 6
El domingo van a la playa. En el autobús, y luego caminando, Raymond cree ver a los árabes siguiéndolos. La mañana en la casita de Masson es luminosa y trivial: el baño, el sol, la comida abundante, el vino, la conversación de Masson sobre venir a vivir allí en verano. Al salir a pasear después de comer, los tres hombres se encuentran con dos árabes junto a la roca; hay pelea, Masson derriba a uno y el otro hiere a Raymond con un cuchillo en el brazo y en la boca. Curado por el médico, Raymond quiere volver a bajar solo; Meursault lo acompaña, le quita el revólver para evitar el disparo y los árabes desaparecen tras una roca. Raymond regresa a la casa, pero Meursault, incapaz de subir la escalera y hablar otra vez con las mujeres, vuelve a caminar por la playa bajo un sol insoportable. Encuentra al hermano de la amante de Raymond tumbado a la sombra de la roca, junto al arroyo. El árabe saca el cuchillo, la luz estalla en la hoja, el sudor le cae a Meursault sobre los ojos y el mar exhala un soplo espeso de calor. Aprieta el gatillo. Después de una pausa disuelve la inmovilidad del cuerpo con cuatro disparos más, que describe como cuatro golpes breves llamando a la puerta de la desgracia: comprende que ha destruido el equilibrio del día y la felicidad excepcional de aquella playa.
Segunda parte, capítulos 1-2
Comienza la instrucción. Meursault no entiende por qué hacen falta abogado y explicaciones: los hechos son sencillos y su interés por el caso es escaso. El abogado de oficio se inquieta al saber que el día del entierro de su madre «dominó sus sentimientos», y le sugiere que declare lo contrario; Meursault se niega a mentir, no por principio, sino porque le parece inexacto. El juez de instrucción, con el crucifijo en la mano, le pregunta si cree en Dios y si quiere que su vida no tenga sentido, y al no obtener arrepentimiento acaba llamándolo «el señor Anticristo» con una mezcla de fastidio y familiaridad. La instrucción dura once meses. Marie lo visita una sola vez, hay que gritar entre el ruido del locutorio, y después no puede volver porque no es su mujer. Meursault aprende a habitar la celda: descubre que un hombre que hubiera vivido un solo día podría vivir cien años en una prisión sin aburrirse, recorre de memoria los objetos de su habitación, duerme dieciséis horas al día y relee mil veces un recorte de periódico sobre un checoslovaco al que su madre y su hermana matan sin reconocerlo. Pierde la cuenta de los días, ve su propio reflejo en la escudilla de metal y una tarde se oye hablar solo.
Segunda parte, capítulos 3-4
El juicio se celebra en pleno verano, en una sala llena de periodistas y de curiosos que se saludan como en un club. El presidente, el fiscal y los abogados discuten sobre él con una cordialidad que lo excluye; tiene la impresión de sobrar en su propio proceso. Los testigos no hablan del árabe muerto: hablan del entierro. El director del asilo declara que el hijo no quiso ver el cuerpo y no lloró; el conserje añade que fumó un cigarrillo y aceptó un café con leche ante el féretro; Thomas Pérez no recuerda si Meursault lloró. Céleste, el dueño del restaurante, dice que fue una desgracia y que todo el mundo sabe lo que es una desgracia, y no le dejan seguir. Marie, entre lágrimas, se ve obligada a reconocer que la relación empezó el día siguiente al entierro y que fueron al cine a ver una comedia de Fernandel. Salamano habla del perro, Raymond declara que la culpa fue de la casualidad, y el fiscal lo presenta como el proxeneta cuya amistad basta para juzgar al acusado. En su informe final, el fiscal construye la tesis que gana el proceso: no se juzga un disparo en una playa, se juzga a un hombre que enterró a su madre con corazón de criminal, sin alma, sin acceso a ningún principio humano, y cuya indiferencia amenaza a la sociedad entera; concluye pidiendo la muerte. El abogado defensor, que habla del alma y del buen empleado, resulta mediocre y ajeno. Meursault, al que apenas dejan intervenir, dice que mató por culpa del sol y en la sala se ríen, es condenado a ser decapitado en una plaza pública en nombre del pueblo francés.
Segunda parte, capítulo 5
En la celda de los condenados, Meursault se niega tres veces a recibir al capellán y piensa obsesivamente en dos cosas: en el mecanismo de la guillotina, que había imaginado como un cadalso con escalones y una ascensión y resulta ser un artefacto de precisión al nivel del suelo, y en la posibilidad de que el recurso prospere. Calcula, se prohíbe la esperanza y la recupera al amanecer. Cuando el capellán entra sin permiso y le habla de Dios, del más allá y de la mirada divina que vería en los muros de la celda otro rostro, Meursault estalla: lo agarra por la sotana y le grita que su certeza no vale un cabello de mujer, que nada tiene importancia y que sabe por qué, que todos estamos condenados igual, que da lo mismo morir hoy o dentro de cuarenta años porque en ambos casos serán otros los que sigan viviendo. Vacío después del arrebato, se duerme y despierta con las estrellas en la cara. Oye las sirenas del puerto, respira el olor de la noche de verano, piensa por primera vez sin rencor en su madre y comprende que ella pudo sentirse dispuesta a volver a empezar. Se abre entonces a la tierna indiferencia del mundo, la encuentra tan fraternal que se descubre feliz y sigue siéndolo, y solo le queda un deseo para consumar su destino: que haya mucha gente el día de la ejecución y que lo reciban con gritos de odio.