El código Da Vinci es el thriller más vendido de la historia reciente: unos ochenta millones de ejemplares desde 2003, traducción a más de cuarenta lenguas, una adaptación cinematográfica con Tom Hanks y una onda expansiva que llenó durante años las estanterías de réplicas, refutaciones y guías de viaje por sus escenarios. Es la segunda novela de Dan Brown protagonizada por Robert Langdon, «simbólogo» de Harvard (tras Ángeles y demonios), y su mecanismo es una caza del tesoro contrarreloj: 105 capítulos brevísimos, casi todos con anzuelo final, comprimidos en apenas veinticuatro horas entre París, Londres y Escocia. Su tesis argumental (que el santo grial no es una copa sino María Magdalena, esposa de Jesús y madre de su descendencia, y que la Iglesia lleva veinte siglos suprimiéndolo) la toma Brown del pseudohistórico El enigma sagrado (1982), y conviene decirlo de entrada: el «priorato de Sión» sobre el que descansa la trama fue una superchería documentada, fabricada en los años sesenta por el francés Pierre Plantard, y la página inicial de «hechos» de la novela es parte del juego, no historia. Como artefacto narrativo, en cambio, el libro es un mecanismo de relojería que redefinió el best seller del siglo XXI.
RESUMEN POR CAPÍTULOS
Prólogo y capítulos 1-10: el cadáver del Louvre
De madrugada, en la Gran Galería del Louvre, el conservador Jacques Saunière es asesinado de un disparo por Silas, un monje albino y autoflagelante que obedece a un misterioso «Maestro» y busca la ubicación de una «clave de bóveda». Saunière, moribundo, emplea sus últimos minutos en fabricar un enigma con su propio cuerpo: se desnuda, se tiende en el suelo en la postura del Hombre de Vitruvio de Leonardo, se dibuja un pentáculo en el pecho y escribe en el suelo, con tinta invisible, una secuencia numérica desordenada (la sucesión de Fibonacci), dos versos anagramáticos y una posdata: P. S. Buscar a Robert Langdon. La policía francesa, encabezada por el capitán Bezu Fache, saca de la cama a Langdon, que está en París dando una conferencia, y lo lleva al museo, no como asesor, sino, aunque él no lo sabe, como principal sospechoso. Allí irrumpe Sophie Neveu, criptógrafa de la policía judicial y nieta de Saunière, que le advierte del engaño: la posdata iba dirigida a ella (Princesse Sophie), y su abuelo, con quien llevaba diez años sin hablarse, ha muerto dejándole un mensaje que solo ella y Langdon pueden descifrar.
Capítulos 11-30: la fuga y la clave de bóveda
Sophie ayuda a Langdon a burlar a Fache (el localizador GPS lanzado a un camión es el primer truco de una larga serie) y ambos resuelven la primera capa del enigma: los anagramas señalan La Gioconda y La Virgen de las rocas, tras las que Saunière ha dejado una llave con una flor de lis y una dirección. En paralelo se despliega la trama eclesiástica: el obispo Manuel Aringarosa, presidente del Opus Dei, ha aceptado la oferta del Maestro, recuperar el grial a cambio de veinte millones de euros en bonos, porque el Vaticano se dispone a retirar su apoyo a la prelatura; Silas es su instrumento. Siguiendo la información arrancada a Saunière y a otros tres hombres antes de matarlos, Silas revienta la losa bajo el altar de Saint-Sulpice, y encuentra solo una cita bíblica: la ubicación era una mentira ensayada, la hermandad ha muerto llevándose el secreto. Los cuatro asesinados eran la cúpula del priorato de Sión, la sociedad secreta que la novela presenta custodiando el grial desde las cruzadas, con Leonardo, Newton y Victor Hugo entre sus grandes maestres; Saunière era su gran maestre. La llave conduce al banco depositario de Zúrich en París, donde la cuenta, el número es la Fibonacci ordenada, entrega una caja de palisandro que contiene un criptex: un cilindro de mármol con anillos de letras que guarda un papiro y una ampolla de vinagre que lo disolverá si alguien lo fuerza. Es la clave de bóveda. El banquero Vernet, primero cómplice y luego traidor, los saca del cerco policial y trata de quedarse la caja.
Capítulos 31-60: Teabing y el evangelio según Leonardo
Langdon lleva el criptex al hombre que más sabe del grial: sir Leigh Teabing, historiador británico millonario, lisiado y encantador, obsesionado con el tema, que vive en un château cerca de Versalles. En el salón de Teabing la novela coloca su carga doctrinal, el largo seminario que la hizo célebre y polémica: el grial (san greal / sang real, «sangre real») sería María Magdalena, esposa de Jesús y embarazada de su hija Sarah en la crucifixión; el cristianismo primitivo habría venerado lo «sagrado femenino» hasta que Constantino y el concilio de Nicea canonizaron la divinidad de Jesús y los evangelios convenientes; y Leonardo lo habría cifrado en La última cena, donde la figura a la derecha de Jesús no sería Juan sino la Magdalena. (Prácticamente cada eslabón de esta cadena es rechazado por los historiadores (de Nicea no salió el canon bíblico, la lectura del cuadro es iconográficamente insostenible, y el matrimonio de Jesús no tiene fuente antigua), pero dentro de la novela funciona como revelación.) Silas, que ha seguido a los fugitivos, irrumpe en el château; lo reducen, y Teabing, su mayordomo Rémy, Langdon y Sophie huyen todos en el avión privado del inglés con el monje atado: la clave de bóveda debe «encontrar refugio», y el segundo enigma de Saunière, en Londres yace un caballero que un papa enterró, apunta a Inglaterra.
Capítulos 61-90: Londres, la tumba de Newton y la traición
En el vuelo, Sophie resuelve el primer criptex (la palabra es SOFIA) y dentro aparece otro menor con un nuevo acertijo, el juego de cajas chinas que estructura todo el tercio final. También se abre la herida privada de Sophie: rompió con su abuelo al sorprenderlo años atrás en el sótano de su casa normanda oficiando un rito sexual ceremonial (el hieros gamos) rodeado de enmascarados; la novela lo reencuadra como liturgia del priorato. En Londres, la pista del «caballero enterrado por un papa» se revela juego de palabras: no un pontífice sino Alexander Pope, que ofició el funeral de Isaac Newton en la abadía de Westminster. Allí la trama se da la vuelta: el Maestro es el propio Teabing. Ha manejado a Aringarosa y a Silas a través de Rémy, ha orquestado los asesinatos para que el priorato «traicionero», que en su opinión ha decidido no revelar jamás el secreto, pierda la custodia del grial, y ahora secuestra el criptex y exige a Langdon que lo abra a punta de pistola. Silas, entretanto, cae en una redada; en la confusión hiere de bala a Aringarosa, su protector y padre espiritual, y muere desangrado en un parque murmurando una oración; el obispo, moribundo de culpa, sobrevive para colaborar con Fache, que resulta no ser el villano policial del molde, sino un investigador engañado que acaba entendiendo la trama.
Capítulos 91-105 y epílogo: Rosslyn y la tumba de la Magdalena
En la cámara del capítulo de Westminster, Langdon resuelve mentalmente el segundo criptex (la palabra es APPLE, la manzana de Newton) y, en lugar de entregárselo, lo lanza al aire: Teabing se abalanza, la ampolla se rompe, el papiro parece perdido, pero Langdon ya lo había sacado. Teabing es detenido; el mensaje final conduce a la capilla de Rosslyn, en Escocia, erizada de símbolos y de leyendas templarias. Allí no está el grial, pero sí algo mejor para Sophie: su abuela y su hermano, vivos y ocultos desde el accidente de coche que mató a sus padres; Sophie es descendiente directa de la dinastía merovingia y, por tanto, según la lógica del libro, de la sangre real: de Jesús y María Magdalena. La abuela revela que los documentos del grial y el sarcófago de la Magdalena fueron trasladados de Rosslyn hace décadas, y que quizá el secreto no deba «revelarse» nunca: su poder es ser buscado. En el epílogo, ya en París, Langdon comprende el último verso de Saunière: el grial reposa bajo la pirámide invertida del Louvre, sobre la pequeña pirámide de piedra de la sala inferior; la hoja y el cáliz, el monumento que Francia construyó sin saberlo sobre la tumba de María Magdalena. Langdon se arrodilla sobre el mármol, y la novela cierra con la certeza sin prueba, que es exactamente la materia de la que está hecha: la fe en una historia bien contada.