Ana Karenina, León Tolstói: resumen por partes

Ana Karenina (1877) es, por consenso insistente de los propios novelistas (Faulkner, Nabokov, Dostoievski la llamó «perfecta como obra de arte»), candidata permanente a mejor novela jamás escrita. Tolstói la publicó por entregas entre 1875 y 1877, y su primera frase es probablemente el arranque más citado de la historia del género: «Todas las familias felices se parecen unas a otras; cada familia infeliz lo es a su manera». La novela es una estructura doble deliberada: la historia de Ana, que lo destruye todo por una pasión, y la de Levin, que construye trabajosamente una vida; dos arcos que se cruzan una sola vez en escena y que Tolstói entrelazó con lo que él llamaba una «arquitectura de bóvedas» cuya clave, presumía, nadie sabría encontrar. No es una novela «sobre el adulterio» sino sobre todas las formas del matrimonio y del sentido: alrededor de la pareja central orbitan los Oblonski (la infidelidad tolerada por cansancio), los Karenin (el matrimonio como institución sin cuerpo) y los Levin (el matrimonio como trabajo diario), y el lema bíblico del epígrafe («Mía es la venganza, yo daré el pago») advierte desde la primera página que quien castiga a Ana no debe ser el lector: es la sociedad hipócrita que perdona al hombre lo que aniquila a la mujer. Son ocho partes.

RESUMEN POR PARTES

Primera parte: la estación

La novela abre en casa ajena: el simpático e incorregible Stiva Oblonski, hermano de Ana, ha sido sorprendido por su mujer Dolly con la institutriz, y la casa es un caos. Ana Karenina viaja de San Petersburgo a Moscú a salvar ese matrimonio. La ironía estructural del libro: su primera aparición es como reconciliadora de adulterios. En la estación conoce al conde Alexéi Vronski, oficial brillante que ha bajado a recibir a su madre, compañera de vagón de Ana; un guardavías muere aplastado por un tren ante sus ojos («mal presagio», dice Ana, y la novela acaba de enseñar su última carta en la primera mano). Vronski cortejaba por diversión a Kitty Scherbatski, de dieciocho años, hermana de Dolly; Kitty, deslumbrada, acaba de rechazar por él la proposición torpe y sentidísima de Konstantín Levin, terrateniente huraño y honesto que la ama desde siempre. En el baile, la catástrofe en miniatura: Vronski solo tiene ojos para Ana, Ana (vestida de negro, no del lila que Kitty esperaba) resplandece «con un brillo casi feroz», y Kitty ve hundirse su mundo. Ana huye a Petersburgo asustada de sí misma; Vronski toma el mismo tren, y en el andén nevado de una parada intermedia le declara que va donde ella vaya. En el reencuentro con su marido (Alexéi Karenin, alto funcionario veinte años mayor, correcto, irónico, con las orejas de pronto insoportablemente grandes), Ana descubre que su vida entera se ha vuelto una decoración.

Segunda parte: la caída y las carreras

Kitty enferma de la humillación y es llevada a un balneario alemán, donde aprende, tras un desvío por la caridad devota que no le sienta, a curarse con la verdad sobre sí misma. Levin se entierra en su hacienda, en el trabajo físico y en la gestión agraria. En Petersburgo, Ana y Vronski se ven en el único salón que los junta, y tras un año de asedio la novela consuma el adulterio con una elipsis célebre y un despertar terrible: Vronski de rodillas ante una Ana deshecha que se siente «como una asesina»; Tolstói niega a la pasión hasta la escena de la pasión. El emblema de la segunda parte es la carrera de obstáculos: Vronski, montando a su yegua Fru-Frú, comete un error de asiento en el último salto y le parte el lomo; el paralelismo con Ana es tan brutal que ningún lector lo ha necesitado nunca explicado: la criatura espléndida destruida por la torpeza del jinete que la ama. En la tribuna, Ana no sabe disimular su espanto, y esa noche, acorralada por la vergüenza más que por el arrepentimiento, le confiesa a Karenin: «soy su amante, no puedo soportarle, le temo, le odio». Karenin, cuyo primer pensamiento es «cómo sacudirse el barro sin mancharse», elige la respuesta más suya: que todo siga igual en apariencia, a cambio de que ella no reciba a Vronski en casa.

Tercera y cuarta parte: los dos Alexéis

La tercera parte pertenece sobre todo a Levin: la jornada de la siega con los campesinos (páginas que están entre lo mejor que escribió Tolstói: el cuerpo encontrando el ritmo, el pensamiento callándose, la felicidad sin nombre del trabajo) y su proyecto de reorganizar la agricultura rusa sobre el interés del trabajador, contra la burocracia y contra la importación de modelos europeos. Es el laboratorio donde Tolstói ensaya su propia conversión. Mientras, el triángulo Karenin-Ana-Vronski se pudre por dentro: Ana está embarazada de Vronski; Karenin, oscilando entre el duelo, el divorcio que lo escandaliza y la venganza por la vía respetable, consulta abogados. La cuarta parte contiene la escena capital del libro: Ana, de parto, agoniza de fiebre puerperal y llama a su marido; junto a la cama de la moribunda, Karenin es alcanzado por lo único que su personaje no tenía previsto; el perdón real, un desbordamiento de compasión que lo ennoblece de golpe; perdona, llora, y tiende la mano a un Vronski aniquilado que, al salir de aquella casa donde ha sido moralmente derrotado, se pega un tiro, y falla. La cima moral dura lo que dura la fiebre: Ana sobrevive, la santidad de Karenin se vuelve insoportable para todos precisamente por ser genuina, y Ana huye con Vronski y la niña recién nacida a Italia, sin divorcio y dejando atrás a su hijo Seriozha. En paralelo, la novela reconstruye lo que rompió: en una cena en casa de los Oblonski, Levin y Kitty se reencuentran y se declaran en el juego más famoso del realismo ruso, escribiendo con tiza solo las iniciales de las palabras, y entendiéndose.

Quinta parte: dos matrimonios

Tolstói monta el contraste en paralelo explícito. Levin y Kitty se casan (con el pánico de última hora del novio y la camisa extraviada incluidos) y descubren que el matrimonio no es la dicha imaginada sino un aprendizaje áspero y cómico de dos egoísmos; la muerte de Nikolái, el hermano tuberculoso de Levin, en una posada miserable, el único capítulo del libro con título: «La muerte», enfrenta a Levin al enigma que lo perseguirá hasta la última página, y la naturalidad con que Kitty cuida al moribundo le enseña que su mujer sabe de la vida algo que toda su filosofía ignora: en la misma escena, Kitty descubre que está embarazada. En Italia, mientras, Ana y Vronski descubren la aritmética de la pasión consumada: él, sin carrera y sin regimiento, se aburre y juega al mecenas pintando; ella vive de la presencia de él. De vuelta en Petersburgo, Ana comete el acto más valiente y más caro del libro: entra a escondidas en casa de Karenin el día del cumpleaños de Seriozha para ver a su hijo (la escena del reencuentro y de la separación es de las más devastadoras de la literatura), y esa noche desafía a la sociedad presentándose en la ópera: el palco entero le da la espalda, una conocida la insulta en voz alta, y queda medido el precio exacto de todo: Vronski puede ir donde quiera; Ana está muerta para el mundo.

Sexta y séptima parte: el cerco se estrecha

La vida en la finca de Vronski es un teatro de la normalidad (lujo, hospital modelo, invitados, elecciones provinciales) sobre una mina: sin el divorcio que Karenin ahora niega (capturado por la beata condesa Lidia y un espiritista de salón), Ana no tiene estatuto, ni sus hijos futuros apellido, y su única posesión real es el amor de Vronski, al que somete a una vigilancia celosa que lo va gastando exactamente como ella teme. Tolstói registra la espiral con precisión clínica: la morfina para dormir, los celos como única ocupación, la inteligencia de Ana, que todos los personajes subrayan, trabajando a pleno rendimiento contra sí misma. La séptima parte junta por única vez los dos arcos: Levin conoce a Ana en Moscú y sale fascinado y compadecido. El juicio del libro en una escena: quien la trata la absuelve; la sociedad que la condena no la trata. Kitty da a luz a su hijo (el terror animal de Levin durante el parto, y su decepción perpleja ante lo que siente: no ternura sino «una lástima insoportable»), y Stiva mendiga en Petersburgo el divorcio que Karenin, tras consultar a su médium, deniega. La última jornada de Ana es un monólogo interior de una modernidad que asombró a Joyce y a Woolf medio siglo antes del Ulises: tras una pelea mezquina con Vronski por nada (por un telegrama, por una visita a su madre), Ana recorre Moscú viéndolo todo con una lucidez negra y definitiva («¿dónde termino yo y empieza la otra?»), llega a la estación, recuerda al guardavías del primer día, y se arroja bajo el segundo vagón de un tren de mercancías; la vela que le alumbraba «las inquietudes, los engaños, la pena y el mal» chisporrotea y se apaga. Tolstói le concede el último gesto: el espanto y el intento de retirarse, cuando ya no hay tiempo.

Octava parte: la fe de Levin

El libro no termina con Ana, y esa decisión es su tesis. Vronski, mudo de dolor de muelas y de culpa, parte como voluntario a la guerra de Serbia buscando morir; su madre y el tren de voluntarios permiten a Tolstói un desdén nada disimulado por el patrioterismo paneslavista (el fragmento incomodó tanto a su editor que la octava parte tuvo que publicarse aparte). En Pokróvskoie, Levin, felizmente casado y padre, está sin embargo tan desesperado por la falta de sentido que esconde las cuerdas y no sale al campo con la escopeta: la ciencia y la filosofía responden a todo menos a «¿qué debo hacer y para qué vivo?». La respuesta le llega, como todo lo importante en este libro, por lo bajo: un campesino comenta que el arrendero Fokanich «vive para el alma y se acuerda de Dios», y Levin comprende que la bondad no se deduce: se vive, que él ha sabido siempre, como saben los campesinos, lo que está bien, y que ese saber no razonado es la fe. No hay conversión espectacular: en la última página Levin sabe que seguirá irritándose con su cochero y discutiendo con su mujer, pero que su vida «tiene ahora el sentido indudable del bien que está en mi mano ponerle». Frente al tren de Ana, el cielo estrellado de Levin: las dos bóvedas de la novela; la pasión que se consume a sí misma y el sentido que se construye a diario, cerradas sobre la misma pregunta.

Redacción de Ikusmira (2026). "Ana Karenina, León Tolstói: resumen por partes". Ikusmira. Recuperado de https://ikusmira.org/resumenes/ana-karenina/