Una subcultura es un conjunto de prácticas, normas, gustos y significados sostenidos por una red de personas que interactúan entre sí y que sus propios participantes marcan como distintos de los de la cultura que las rodea. La definición es deliberadamente austera y cada una de sus partes está discutida, empezando por el prefijo: «sub-» sugiere a la vez subordinación e inclusión en un todo mayor, dos supuestos que el uso del término ha ido abandonando sin sustituir la palabra.

El término entra en la sociología estadounidense en los años cuarenta —Milton Gordon publicó en 1947 el artículo que lo definió como una subdivisión de la cultura nacional formada por la combinación de clase, etnia, región y residencia—, aunque el terreno lo habían preparado los estudios de la Escuela de Chicago sobre bandas y sobre transmisión del delito entre pares. Su primer uso canónico es delictivo: Albert Cohen publicó en 1955 Delinquent Boys, donde sostenía que los chicos de clase obrera, medidos en la escuela con un baremo de clase media que su posición no les permite satisfacer, construyen colectivamente un sistema de valores invertido en el que lo que la norma castiga otorga prestigio. La subcultura era, en esa versión, una solución a un problema de estatus, y su relación con la cultura dominante era de dependencia: la niega punto por punto, luego la conoce.
El segundo momento es británico y traslada el concepto de la delincuencia a la clase. El Centro de Estudios Culturales Contemporáneos de Birmingham publicó en 1976 Resistance Through Rituals y Dick Hebdige firmó en 1979 Subculture: The Meaning of Style, y con ellos la subcultura pasó a leerse como una operación simbólica: una clase obrera sin instrumentos políticos librando en el terreno del estilo la batalla perdida en el del trabajo, mediante el bricolaje —arrancar objetos de su contexto y recombinarlos— y sometida a un ciclo previsible de incorporación mercantil e ideológica. Es la versión que dio al término su prestigio y también la que acumuló más objeciones, empezando por la de Angela McRobbie en 1980: toda esa literatura estaba escrita sobre chicos en la calle, ignoraba la casa y la familia, y celebraba como resistencia una masculinidad que para las jóvenes del mismo barrio formaba parte del problema.

La objeción más útil, y la menos citada, es metodológica. Gary Alan Fine y Sherryl Kleinman señalaron en 1979 que el término se usaba sin especificar nunca la unidad social a la que se refiere: si una subcultura es un conjunto de significados compartidos, hay que poder decir quiénes los comparten y por qué canales, y en cambio la literatura hablaba de la subcultura punk o motera como si fuera una población censada. Su propuesta era sustituir la entidad por la red: lo que existe son grupos pequeños que interactúan, conectados entre sí por individuos que pertenecen a varios, por medios especializados y por objetos que circulan, y la aparente unidad de una subcultura es el resultado agregado de esas conexiones. Es la formulación que mejor ha resistido, porque convierte una etiqueta en algo observable.
Las demás objeciones son empíricas y convergen. Sue Widdicombe y Robin Wooffitt documentaron en 1995 que, preguntados directamente, los presuntos miembros dedican la mayor parte de la conversación a rechazar la etiqueta y a atribuírsela a otros por imitación; la pertenencia declarada es casi siempre pertenencia negada. Andy Bennett sostuvo en 1999 que las adscripciones de estilo son fluidas, mediadas por el consumo y de corta duración, y propuso hablar de escenas o de neotribus. Y el propio criterio de distinción se ha vuelto difícil de aplicar: no hay manera clara de decidir cuándo un público de aficionados con gustos comunes se convierte en subcultura, porque el rasgo que se suele invocar —la oposición a la cultura dominante— falta en la mayoría de los casos reales, como se ve en las agrupaciones formadas alrededor del surf, del cómic japonés o de un género musical cualquiera.

Conviene distinguir tres términos que se usan como sinónimos y no lo son. Una contracultura se define por su oposición explícita y programática a los valores dominantes, y por tanto es un caso particular y minoritario. Una subcultura, en el uso posterior a los años noventa, no requiere oposición: basta con que sus participantes mantengan un repertorio propio y lo marquen como propio. Y una tribu urbana no es una categoría analítica sino una etiqueta de clasificación cultural, mayoritariamente de origen periodístico, que puede o no tener detrás un grupo real. El mínimo defendible es, por tanto, el de Fine y Kleinman: hay subcultura donde puede identificarse una red de interacción que transmite prácticas y significados que sus miembros consideran distintos; y no la hay —hay público, gusto o mercado— donde solo puede identificarse un repertorio compartido sin nadie que lo transmita.
Tribus urbanas – El punk y la teoría del estilo – Las estéticas de internet – Pánico moral – Las bandas juveniles – Cultura popular – Cultura dominante – Resistencia cultural – Identidad cultural – Aculturación
Fuentes
- Milton M. GordonThe Concept of the Sub-Culture and Its ApplicationSocial Forces 26(1)1947
- Albert K. CohenDelinquent Boys: The Culture of the GangThe Free Press, Glencoe1955
- Stuart Hall y Tony Jefferson (eds.)Resistance Through Rituals: Youth Subcultures in Post-War BritainHutchinson, Londres1976
- Gary Alan Fine y Sherryl KleinmanRethinking Subculture: An Interactionist AnalysisAmerican Journal of Sociology 85(1)1979
- Dick HebdigeSubculture: The Meaning of StyleMethuen, Londres1979
- Angela McRobbieSettling Accounts with Subcultures: A Feminist CritiqueScreen Education 341980
- Sue Widdicombe y Robin WooffittThe Language of Youth Subcultures: Social Identity in ActionHarvester Wheatsheaf, Hemel Hempstead1995
- Andy BennettSubcultures or Neo-Tribes? Rethinking the Relationship between Youth, Style and Musical TasteSociology 33(3)1999