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Sincronía y diacronía

La sincronía es el estudio de una lengua como sistema en un momento dado, y la diacronía el estudio de sus cambios a lo largo del tiempo. La oposición la establece Ferdinand de Saussure en el Curso de lingüística general y con ella hizo dos cosas a la vez: separar dos objetos de estudio que la filología del siglo XIX confundía, y declarar la prioridad del primero. La lingüística del siglo XX se construyó sobre esa prioridad, y buena parte de la del XXI sobre su revisión.

El argumento de Saussure es que un hablante no sabe nada de la historia de su lengua y sin embargo la habla perfectamente. Quien dice cadera no necesita saber que la palabra viene del griego kathédra, «asiento», ni quien conjuga voy que esa forma procede de un verbo latino distinto del que da ir. Si el sistema funciona sin ese conocimiento, entonces el sistema es describible sin él, y describirlo así es describir lo que el hablante realmente tiene. La analogía que emplea es la del corte transversal de un tronco: la sección muestra la disposición de las fibras en un plano, y esa disposición es una realidad completa aunque el tronco haya tardado décadas en formarla. De ahí la afirmación fuerte: para el hablante solo existe la sincronía, y la diacronía es un saber del historiador.

Página de la Gramática castellana de Antonio de Nebrija, edición de 1492
Fig. 1 La Gramática castellana de Nebrija (1492), la primera de una lengua romance. Nebrija justificó la obra ante Isabel de Castilla con el argumento de fijar el castellano «para que lo que agora i de aquí adelante en él se escriviere pueda quedar en un tenor»: un corte sincrónico levantado, precisamente, para detener la diacronía. Cinco siglos después el libro se lee como documento de una lengua que ya no es la nuestra.Antonio de Nebrija · 1492 · Dominio público · Wikimedia Commons

La distinción resolvió un problema real. La lingüística histórica y comparada del XIX había alcanzado logros enormes —la reconstrucción del indoeuropeo, las leyes de correspondencia fonética entre lenguas emparentadas— y a la vez había convertido la explicación de cualquier hecho de lengua en un relato de su origen. Preguntado por qué el plural inglés de foot es feet, el filólogo respondía contando una metafonía germánica; y esa respuesta, siendo correcta, no dice nada sobre cómo funciona hoy el plural inglés. Saussure sostuvo que confundir los dos planos produce descripciones que no describen: la etimología no es el significado, y el origen de una forma no es su función. Es el mismo error que se comete al defender el uso «correcto» de una palabra apelando a lo que significaba en latín, falacia tan extendida que tiene nombre propio en la crítica del lenguaje.

Ahora bien, el propio Saussure señaló que los dos planos se cruzan de una manera incómoda para su esquema: el cambio siempre es local y el sistema siempre es global. Un cambio fonético afecta a un sonido en un contexto, no al sistema entero, pero al ocurrir reorganiza todo el conjunto de oposiciones. Cuando el español pierde la distinción entre las sibilantes medievales, no cambia una palabra: cambia el inventario de fonemas y con él el reparto de todo el vocabulario. La consecuencia es que ningún estado de lengua es un sistema perfectamente equilibrado, sino un sistema con los restos del anterior dentro. La irregularidad de los verbos más frecuentes, los plurales excepcionales, la motivación lingüística opaca de las palabras heredadas: todo eso es diacronía fosilizada operando en plena sincronía.

Esa objeción se ha convertido en el punto de partida de tres programas de investigación posteriores. El primero es la fonología diacrónica estructural de André Martinet, que explica los cambios como reajustes de un sistema que tiende a mantener sus oposiciones útiles y a economizar esfuerzo. El segundo es la sociolingüística variacionista de William Labov, que asestó el golpe más directo al planteamiento saussureano al demostrar que el cambio en curso es observable en el presente: en una comunidad conviven variantes cuya distribución por edad, clase y contexto permite ver la dirección del cambio antes de que se complete. La lengua, vista así, no es un sistema homogéneo que cambia entre corte y corte, sino un sistema heterogéneo cuyo funcionamiento normal incluye la variación —lo que Labov y sus colegas llamaron heterogeneidad ordenada—. El tercero es la gramaticalización, que estudia los recorridos regulares por los que una palabra plena se convierte en marca gramatical y una marca gramatical en nada, y que es un fenómeno intrínsecamente diacrónico con efectos sincrónicos visibles en cualquier lengua.

Queda por último una precisión terminológica útil. Sincrónico no significa actual: se puede hacer una descripción sincrónica del latín de Cicerón o del castellano del Cantar de mio Cid, y de hecho la lingüística histórica seria consiste en comparar cortes sincrónicos sucesivos, no en contar una historia continua. Y diacrónico no significa antiguo: el cambio que se está produciendo ahora mismo en una lengua es un hecho diacrónico. El error de manual, muy frecuente, consiste en identificar la sincronía con el presente y la diacronía con el pasado, cuando la distinción es entre dos preguntas —cómo funciona un sistema y cómo se transforma— que pueden hacerse sobre cualquier época. Y conviene recordar, contra la lectura escolar, que Saussure no negó el interés de la diacronía: dijo que eran dos lingüísticas distintas, con métodos distintos, y que mezclarlas era la fuente principal de confusión en la disciplina. Sigue teniendo bastante razón.

Signo lingüísticoFonemaMorfemaTradiciones discursivas (Coseriu)Léxico

Sarasola, Josemari (2026). "Sincronía y diacronía". Ikusmira. Recuperado de https://ikusmira.org/p/sincronia-y-diacronia/

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