El sincretismo es la combinación de elementos de tradiciones religiosas, culturales o doctrinales distintas en un sistema nuevo que funciona como una unidad. Su etimología viene del griego synkretismós, literalmente «unión de cretenses», que designaba la alianza entre facciones enfrentadas para hacer frente a un enemigo común; el término pasó a la teología en el siglo XVII, en las polémicas entre corrientes protestantes, y desde el principio se usó como acusación: sincretista era quien mezclaba lo que debía permanecer puro.
La antropología lo convirtió en categoría descriptiva a partir del trabajo de Melville Herskovits sobre las religiones afroamericanas, en los años treinta y cuarenta. Los casos que estudió —el candomblé brasileño, la santería cubana, el vudú haitiano— muestran el mecanismo con claridad: las divinidades africanas quedaron asociadas a santos católicos con los que compartían atributos, de manera que un culto prohibido podía celebrarse a la vista de todos bajo advocación permitida. Herskovits llamó a esto reinterpretación, y su tesis de fondo era polémica en su momento: lo que había en América no era la pérdida de las culturas africanas, sino su continuidad bajo otra forma. En el ámbito hispanoamericano los ejemplos equivalentes son el culto a la Virgen de Guadalupe en el cerro del Tepeyac, donde se rendía culto a Tonantzin, y el Día de Muertos, que superpone el calendario católico de Todos los Santos a prácticas funerarias mesoamericanas.
La crítica más consistente al concepto llegó con el volumen que Charles Stewart y Rosalind Shaw editaron en 1994, y va al fondo del asunto: si todas las culturas son históricamente mixtas, llamar sincrética a una es decir implícitamente que otras son puras, y la etiqueta acaba marcando quién tiene derecho a la ortodoxia. Su propuesta fue estudiar el fenómeno junto a su contrario, el antisincretismo: los movimientos que buscan depurar una tradición de sus contaminaciones, desde las reformas religiosas hasta los procesos de reafricanización del candomblé que retiran los santos católicos de los altares. Ambos son actividades políticas: mezclar y separar son maneras de reclamar autoridad sobre una tradición.
Conviene por último no confundirlo con las nociones vecinas. La aculturación describe el proceso de cambio que sufre un grupo en contacto con otro, normalmente asimétrico; la transculturación, en la formulación de Fernando Ortiz, subraya que en ese contacto ambas partes se transforman; la fusión cultural o mestizaje opera sobre el conjunto de la cultura y no solo sobre el sistema de creencias. El sincretismo nombra el resultado —un sistema nuevo y coherente—, no el proceso ni la relación de fuerzas que lo produjo.
Fusión cultural (mestizaje) – Aculturación – Transculturación – Creencias – Los cultos cargo – Cosmovisión