El signo lingüístico es la unidad mínima con significado de una lengua, entendida como la unión indisoluble de dos caras: el significante, que es la imagen acústica de la palabra, y el significado, que es el concepto asociado a ella. La formulación es de Ferdinand de Saussure y llegó al público en 1916, tres años después de su muerte, en el Curso de lingüística general que dos discípulos reconstruyeron a partir de apuntes de clase —detalle que conviene recordar, porque buena parte de lo que se atribuye a Saussure está mediado por esa edición—. Sobre esa definición se construyó el estructuralismo, y con él la lingüística del siglo XX.
Saussure compara el signo con una hoja de papel: el significado es el anverso y el significante el reverso, y no se puede cortar uno sin cortar el otro. La comparación va contra la idea de sentido común según la cual las palabras son etiquetas que se pegan a cosas que ya estaban ahí. Para Saussure el signo no une una palabra con una cosa, sino un significante con un concepto, y el concepto no preexiste al signo: es la lengua la que recorta el continuo de la experiencia en unidades. Un sema no es un trozo de mundo, es un trozo de sistema. De ahí la insistencia en que el objeto de la lingüística no son los sonidos ni las cosas, sino la relación entre ambos órdenes.

De la definición se derivan dos principios. El primero es la arbitrariedad: el lazo que une significante y significado no está motivado por ninguna semejanza natural, y la prueba es que lenguas distintas usan significantes distintos para el mismo concepto —buey, ox, Ochse, idi— sin que ninguno sea más apropiado. Arbitrario no significa aquí que el hablante pueda elegir: significa inmotivado y, a la vez, obligatorio, porque el hablante recibe el sistema ya hecho y no puede cambiarlo por decisión propia. El segundo es la linealidad del significante: al ser acústico, se despliega en el tiempo y no puede presentar dos elementos a la vez, lo que impone a la lengua un orden secuencial del que la escritura hereda su carácter lineal, y que la distingue de los signos visuales, capaces de presentar varios rasgos simultáneos.
La arbitrariedad ha sido matizada por todos los lados y sigue en pie en lo esencial. Saussure mismo distinguió entre arbitrariedad absoluta y relativa: diecinueve es motivado dentro del sistema —se ve de qué está hecho—, mientras que once no lo es, y la motivación lingüística interna es un principio productivo de todo el léxico derivado. Las onomatopeyas se citan siempre como contraejemplo y siempre lo son a medias: el gallo canta quiquiriquí en español, cock-a-doodle-doo en inglés y kokekokko en japonés, lo que muestra que incluso la imitación pasa por el filtro fonológico de cada lengua. Más serio es el fenómeno del iconismo sonoro documentado por la psicolingüística: existen asociaciones estadísticamente robustas entre ciertos sonidos y ciertas propiedades —vocales agudas con objetos pequeños o angulosos, graves con grandes o redondeados— que se replican en muchas lenguas y en experimentos con niños prelingüísticos. Y los estudios tipológicos de los últimos años han encontrado en vocabularios básicos de cientos de lenguas coincidencias entre sonido y sentido superiores al azar. Nada de eso derriba el principio; lo convierte en una tendencia dominante con excepciones sistemáticas, que es una descripción mejor.
El punto que Saussure subrayó y que suele quedar en segundo plano es que el signo no tiene valor por sí mismo, sino por su posición en el sistema. El valor de una pieza de ajedrez no está en su materia sino en lo que puede hacer respecto de las demás; el valor de una palabra está en su oposición a las que podrían haber ocupado su lugar. Carnero significa lo que significa porque existe cordero y porque existe oveja; en una lengua que no distinga esos tres cortes, la palabra correspondiente no significa lo mismo aunque el animal sea el mismo. Ese es el sentido fuerte de la tesis estructuralista: la lengua es un sistema de diferencias, y las unidades no son sustancias sino relaciones. El campo semántico es la aplicación directa de ese principio al vocabulario, y la fonología del siglo XX es la aplicación del mismo principio al plano del sonido con la noción de fonema.
Queda por señalar la ausencia notable del modelo. El signo saussureano tiene dos caras y ninguna apunta al mundo: el referente —el objeto concreto del que se habla— queda deliberadamente fuera. Ese recorte hizo posible la lingüística como ciencia autónoma, pero deja sin tratar todo lo que hoy se estudia bajo el rótulo de referencia y referente y de pragmática. La tradición angloamericana trabajó en paralelo con modelos de tres términos —el triángulo semiótico de Ogden y Richards, con símbolo, pensamiento y referente— y Charles S. Peirce había desarrollado antes una tipología de signos por su relación con el objeto (icono, índice, símbolo) que Saussure no conocía y que resulta más útil para tratar todo lo que no es lengua verbal. Ambos modelos coexisten en la semiótica actual, y saber cuál se está usando evita la mitad de las confusiones del campo.
Sema – Campo semántico – Referencia y referente – Motivación lingüística – Fonema – El desciframiento de la piedra de Rosetta