Un pánico moral es un episodio en el que una condición, un grupo o una práctica pasan a ser definidos por una sociedad como una amenaza a sus valores, con una reacción pública, mediática y política cuya intensidad no guarda proporción con el daño demostrable. El concepto es del sociólogo británico Stanley Cohen, que lo expuso en Folk Devils and Moral Panics (1972) a partir del estudio de los enfrentamientos entre mods y rockers en las localidades costeras inglesas a partir de la Pascua de 1964 —Clacton primero, después Margate, Brighton y Hastings—, y su valor no está en la denuncia de la exageración, que es antigua, sino en haber descrito el mecanismo que la produce.

El mecanismo tiene tres piezas. La primera es la amplificación de la desviación, una idea que Leslie Wilkins había formulado en 1964 y que Cohen convirtió en descripción etnográfica: la reacción social a un acto desviado no lo reprime sino que lo define, le da nombre y público, atrae a quien busca ese papel y produce en la siguiente vuelta más de lo que denuncia. Cohen documentó cómo la cobertura de los primeros incidentes —menores, dispersos, con daños materiales modestos— fabricó la expectativa de los siguientes: los periódicos anunciaban el fin de semana siguiente, los jóvenes acudían a ver qué pasaba y la policía se desplegaba por adelantado, con lo que la profecía se cumplía. La segunda pieza son los diablos populares: el pánico necesita una figura visible, simplificada y reconocible por su indumentaria, porque la amenaza tiene que poder señalarse en la calle. La tercera es la curva: los pánicos aparecen rápido, escalan, generan medidas —una ordenanza, una condena ejemplar, una comisión— y se desvanecen sin que nadie evalúe si el problema existía, dejando tras sí la legislación aprobada durante el pico.
Erich Goode y Nachman Ben-Yehuda propusieron en 1994 cinco criterios para identificar un pánico moral, y siguen siendo el instrumento estándar: preocupación intensa por la conducta de un grupo; hostilidad hacia ese grupo, retratado como enemigo de la sociedad decente; consenso amplio de que la amenaza es real; desproporción entre la reacción y el daño verificable; y volatilidad, es decir, aparición y desaparición súbitas. Distinguieron además tres formas de originarse, que corresponden a explicaciones sociológicas distintas: el pánico dirigido por élites que desvían la atención de otro problema, el promovido por grupos de interés que ganan competencias o presupuesto —agencias policiales, asociaciones profesionales, medios—, y el que brota de una ansiedad difusa preexistente que solo necesita un objeto. La mayoría de los casos bien documentados combinan las tres.

La ampliación más influyente del concepto es también la que abre su principal debilidad. Stuart Hall y sus coautores publicaron en 1978 Policing the Crisis, un estudio del pánico británico por los atracos callejeros —el mugging— en el que sostenían que la alarma no había sido un error de apreciación sino un instrumento: sirvió para racializar la delincuencia, para reforzar el consenso en torno al orden público en un momento de crisis económica y para ampliar los poderes policiales. La respuesta más citada, de P. A. J. Waddington en 1986, atacó justamente el punto flaco de todo el edificio: para afirmar que una reacción es desproporcionada hay que disponer de una medida del daño real y de una regla que diga cuánta reacción sería la adecuada, y ninguna de las dos cosas existe. Sin ese patrón, la etiqueta «pánico moral» corre el riesgo de significar simplemente «preocupación que el analista no comparte».
La objeción es seria y Cohen la asumió. En la introducción a la tercera edición de su libro reconoció que el concepto se había convertido en una herramienta retórica para desacreditar cualquier alarma incómoda, y planteó una posibilidad que su formulación original no contemplaba: la de los pánicos morales acertados, aquellos en los que la campaña desproporcionada acaba resolviendo un problema real. Los ejemplos son incómodos para el uso perezoso del término. La movilización contra la conducción bajo los efectos del alcohol, contra el tabaco o contra el plomo en la gasolina reunió en su momento los cinco criterios formales de Goode y Ben-Yehuda —incluida la desproporción respecto a la evidencia disponible entonces— y las tres tenían razón. La consecuencia metodológica es que la forma de un episodio no dice nada sobre la verdad de su contenido: hay que analizar el mecanismo y el fundamento por separado.

El concepto ha tenido que adaptarse además a un entorno mediático que ya no se parece al de 1964. Sheldon Ungar señaló en 2001 que las ansiedades contemporáneas se orientan cada vez más hacia riesgos difusos y técnicos —ambientales, alimentarios, sanitarios— en los que no hay un grupo culpable al que señalar, y que el modelo del diablo popular encaja mal con ellos. A eso se añade la fragmentación: un pánico ya no requiere una prensa nacional que hable en una sola voz, puede sostenerse en circuitos pequeños e intensos, y en el mismo entorno circula simultáneamente la acusación contraria —que todo el asunto es un pánico moral—, con lo que las dos alarmas compiten por la misma atención. El aparato de Cohen sigue siendo el mejor disponible para analizar episodios como el de los apaches de París, el del zoot suit o cualquiera de los que se han montado alrededor de las tribus urbanas, a condición de usarlo como lo usó su autor: para describir cómo se fabrica una alarma, y no para decidir si hay que hacerle caso.
Tribus urbanas – Subculturas – Los apaches de París – El zoot suit y los pachucos – Las bandas juveniles – El punk y la teoría del estilo – Comunicación de masas – Espiral del silencio – Anomia
Fuentes
- Stanley CohenFolk Devils and Moral Panics: The Creation of the Mods and RockersMacGibbon and Kee, Londres1972
- Leslie T. WilkinsSocial Deviance: Social Policy, Action and ResearchTavistock, Londres1964
- Jock YoungThe Drugtakers: The Social Meaning of Drug UseMacGibbon and Kee, Londres1971
- Stuart Hall, Chas Critcher, Tony Jefferson, John Clarke y Brian RobertsPolicing the Crisis: Mugging, the State and Law and OrderMacmillan, Londres1978
- Erich Goode y Nachman Ben-YehudaMoral Panics: The Social Construction of DevianceBlackwell, Oxford1994
- P. A. J. WaddingtonMugging as a Moral Panic: A Question of ProportionThe British Journal of Sociology 37(2)1986
- Sheldon UngarMoral Panic versus the Risk Society: The Implications of the Changing Sites of Social AnxietyThe British Journal of Sociology 52(2)2001