Un morfema es la unidad mínima con significado o con función gramatical en la que puede dividirse una palabra. En desconfiadamente hay cinco: el prefijo des-, la raíz confi-, el sufijo -ad-, la marca de género -a y el adverbializador -mente, y ninguno de ellos admite una división posterior sin perder todo contenido. El morfema es al plano del significado lo que el fonema es al del sonido: la pieza más pequeña del sistema, definida no por su tamaño sino por el hecho de que su presencia o ausencia cambia algo.
La clasificación básica distingue morfemas léxicos, que aportan el contenido conceptual y forman la raíz de la palabra, y morfemas gramaticales, que aportan información de categoría o de relación. Estos últimos se subdividen a su vez en flexivos y derivativos, y la distinción es más importante de lo que parece. La flexión no crea palabras nuevas: canto, cantas, cantábamos son formas del mismo verbo y comparten entrada de diccionario, y los rasgos que expresa —persona, número, tiempo, género, caso— son los que la sintaxis exige para que la oración concuerde. La derivación sí crea palabras nuevas, con su propia entrada, y puede cambiar la categoría: de cantar salen cantante, canturrear y cantable, que son verbos, nombres y adjetivos distintos. Una prueba práctica de la diferencia es la posición: en español la derivación va por dentro y la flexión por fuera, de modo que se dice nacional-idad-es y no nacional-es-idad.
Un morfema no es lo mismo que su realización. El plural español se expresa como -s en casas y como -es en árboles, y ambos son alomorfos del mismo morfema; el prefijo negativo aparece como in-, im- o i- según el sonido siguiente. La relación puede ser mucho menos transparente: en hago frente a hice la misma raíz cambia de forma, fenómeno que se llama alternancia o supletismo según su grado, y en el caso extremo —ir, voy, fui— la palabra reúne raíces de origen completamente distinto sin que el hablante lo note. También hay morfemas sin forma audible: el singular español no se marca con nada, y llamarlo morfema cero es una decisión de análisis discutible que consiste en postular una pieza para que el sistema quede simétrico. La discusión sobre si esos ceros existen o son un artefacto de la notación acompaña a la morfología desde sus inicios.
La tipología morfológica clasifica las lenguas por cómo empaquetan los morfemas en palabras, y ese es probablemente el ámbito en el que el concepto ha resultado más productivo. En las lenguas aislantes, como el chino mandarín o el vietnamita, la palabra tiende a coincidir con el morfema y las relaciones gramaticales se expresan por orden y por partículas independientes. En las aglutinantes, como el turco, el finés, el quechua o el euskera, los morfemas se ensartan uno tras otro con fronteras nítidas y cada uno aporta una sola información, de modo que una única palabra puede corresponder a una oración entera de otra lengua. En las flexivas o fusionantes, como el latín, el ruso o el español, un mismo morfema acumula varias informaciones a la vez y se fusiona con la raíz hasta que separarlos deja de ser obvio: la -o de canto dice a la vez primera persona, singular, presente e indicativo. Y en las polisintéticas, con el inuit o el mohawk como casos habituales, la palabra incorpora además elementos que en otras lenguas serían argumentos independientes.
La tipología, sin embargo, describe tendencias y no compartimentos, y ese es su límite. El español es flexivo en la conjugación y perfectamente aglutinante en la derivación adverbial con -mente; el inglés es en gran medida aislante en la morfología nominal y conserva flexión irregular en los verbos fuertes. Ninguna lengua pertenece a un tipo puro, y los tipos no son etapas de una evolución, aunque el siglo XIX lo creyó y construyó con esa idea una jerarquía de lenguas que servía para ordenar también a sus hablantes. Lo que sí hay son ciclos documentados: la gramaticalización convierte palabras plenas en morfemas gramaticales —el futuro romance cantaré proviene de cantare habeo, «he de cantar», donde un verbo independiente terminó soldado como terminación— y la erosión fonética acaba borrando esas marcas hasta que la lengua recluta piezas nuevas. La morfología de cualquier lengua es un corte momentáneo en ese movimiento, lo que conecta directamente con la distinción entre sincronía y diacronía.
Queda una advertencia sobre el propio concepto. La segmentación en morfemas funciona muy bien en las lenguas aglutinantes y se vuelve incómoda en las fusionantes, donde a menudo no hay manera de asignar un trozo de forma a cada trozo de significado. De ahí que buena parte de la morfología contemporánea haya abandonado el modelo de «palabra hecha de piezas» en favor de modelos basados en la palabra entera y en las relaciones entre paradigmas: en lugar de descomponer hice, se afirma que ocupa una casilla determinada de la tabla de hacer. El morfema sigue siendo la herramienta descriptiva y didáctica de referencia, y con razón, pero no conviene tomar sus fronteras por objetos naturales: son el resultado de una decisión analítica que unas lenguas facilitan y otras no.
Fonema – Signo lingüístico – Familia léxica – Léxico – Sincronía y diacronía