Los apaches fueron las bandas de jóvenes de los barrios periféricos de París que entre 1900 y 1914 ocuparon las portadas de la prensa francesa hasta convertirse en el primer pánico juvenil de la era de los periódicos de masas. El nombre no era suyo: se lo puso la prensa, tomándolo prestado de las novelas de indios que se vendían en los mismos quioscos, y su éxito fue tan completo que en pocos años pasó al inglés, al español y al alemán como sinónimo de matón urbano. Es el caso mejor documentado de un fenómeno que la sociología describiría medio siglo después con otro material: una etiqueta periodística que empieza describiendo un grupo y termina fabricándolo.

El nombre aparece hacia 1902 y la atribución más repetida señala al cronista Arthur Dupin, que comparó el estado de un barrio del este de París con una reserva apache. La comparación era doblemente eficaz: colocaba a los jóvenes de Belleville y Charonne en el papel de salvajes interiores —una operación que la antropología de la época practicaba con normalidad, y que en Ikusmira puede leerse junto a los zoos humanos y al racismo científico— y a la vez los volvía familiares, porque cualquier lector de folletines sabía exactamente lo que un apache hacía en una novela. La etiqueta funcionaba porque llegaba con la trama incluida.
El detonante fue un caso de celos. En enero de 1902, dos jefes de banda rivales —Joseph Pleigneur, llamado Manda, de los Orteaux, y François Leca, de Popincourt— se acuchillaron en las inmediaciones de Les Halles por Amélie Élie, una joven prostituta a la que el pelo rubio y muy cardado le valió el apodo de Casque d’Or, casco de oro. El pleito era menor en cualquier medida objetiva. En términos periodísticos era perfecto: dos bandas con nombre, un territorio, una mujer, un juicio con público y un vocabulario nuevo que explicar al lector. La cobertura duró meses, y de ella salió a la vez el estereotipo del apache y su primera celebridad.


Amélie Élie hizo algo que la teoría del pánico moral no había previsto: se apropió del papel. Vendió sus memorias por entregas a un semanario, posó para el fotógrafo de moda del Boulevard —los retratos coloreados a mano de Eugène Pirou circularon como tarjetas postales—, apareció en escena y cobró por ser lo que la prensa decía que era. La etiqueta que servía para criminalizar a un grupo era, para un miembro concreto de ese grupo, un activo negociable. Ese doble uso es una constante de las tribus urbanas: el estigma y la marca son el mismo objeto visto desde dos posiciones distintas.

El estilo llegó después del nombre, y esa secuencia importa. La descripción del apache se estabilizó en la prensa antes de que existiera nada parecido a un uniforme: gorra de visera, pañuelo rojo al cuello, pantalón de campana, zapatos de punta, tatuajes, faja, y el surin —la navaja— como objeto emblemático. Alexandre Lacassagne había publicado en 1881 un estudio médico-legal de los tatuajes que los leía como signos de criminalidad, de modo que la prensa disponía de una autoridad científica para cada rasgo que enumeraba. La secuencia es la contraria de la que sugiere el sentido común: no es que unos jóvenes adoptaran un estilo y la prensa lo describiera, sino que la prensa publicó el retrato-robot y después hubo jóvenes que se reconocieron en él. Michelle Perrot, que fue la primera historiadora en tratar a los apaches como el primer fenómeno de bandas juveniles y no como un episodio criminal, subrayó lo que ese retrato ocultaba: la inmensa mayoría de los detenidos eran obreros o aprendices de entre dieciséis y veintiún años, con oficio y domicilio, cuyos delitos habituales eran el hurto, la pelea y el proxenetismo de barrio, no el crimen organizado.

Las cifras muestran el mecanismo con más claridad que los relatos. La Prefectura llegó a manejar estimaciones de decenas de miles de apaches en París, cálculos que ningún registro judicial sostiene y que se difundieron porque servían a la vez a los periódicos, que vendían más, y a la policía, que pedía medios. El desenlace político es el punto que convierte este episodio en algo más que una curiosidad. Entre 1906 y 1908 Francia debatía la abolición de la pena de muerte, con un presidente, Armand Fallières, que conmutaba sistemáticamente las condenas capitales. La prensa popular respondió con una campaña sostenida en la que el apache era la figura central, y Le Petit Journal llegó a organizar entre sus lectores un plebiscito postal sobre la pena de muerte cuyo resultado —abrumadoramente favorable a mantenerla— se presentó como voz del país. En 1908 la Cámara rechazó la abolición. Un pánico construido sobre bandas de aprendices de dieciocho años había contribuido a mantener la guillotina en funcionamiento otros setenta años.

La reacción institucional dejó dos herencias duraderas. La primera es policial: en diciembre de 1907 Georges Clemenceau creó por decreto doce brigadas móviles, motorizadas y con jurisdicción interregional —las que la prensa llamaría brigadas del Tigre—, concebidas explícitamente para perseguir bandas que se desplazaban más rápido que la policía municipal. El aparato de policía judicial moderna en Francia nace, en parte, de una figura periodística. La segunda es cultural, y es la mejor ilustración de lo que Dick Hebdige llamaría incorporación: hacia 1908 los cabarés de Montmartre habían convertido la violencia apache en un número de baile —la danse apache, un dúo estilizado de golpes y arrastres— que se exportó a Londres y Nueva York como atracción para turistas. En menos de una década, la amenaza social se vendía como entretenimiento nocturno; el mismo recorrido que harían el zoot suit, el punk y cualquier otro estilo suficientemente fotogénico.

El episodio se cierra por donde había empezado, con un cambio de titular. Cuando en 1911 y 1912 la banda de Jules Bonnot atracó bancos usando automóviles y pistolas automáticas, la prensa dejó de hablar de apaches: los nuevos criminales eran anarquistas motorizados, un guion mejor. La palabra sobrevivió en el argot y en el nombre de un baile, y las bandas de Belleville siguieron existiendo exactamente igual que antes, sin portadas. Es el detalle que Stanley Cohen convertiría en tesis en 1972 al estudiar a los mods y los rockers británicos: la curva del pánico moral no la dibuja la conducta desviada, la dibuja la atención. Sube cuando la etiqueta es rentable y baja cuando aparece otra mejor, y en ninguno de los dos tramos informa sobre lo que pasa en la calle.
Tribus urbanas – Pánico moral – Las bandas juveniles – El zoot suit y los pachucos – La clasificación algorítmica – Los zoos humanos – Racismo científico y craniometría – Comunicación de masas
Fuentes
- Michelle PerrotDans la France de la Belle Époque, les «Apaches», premières bandes de jeunesen Les marginaux et les exclus dans l'histoire, Cahiers Jussieu 5, UGE, París1979
- Dominique KalifaL'encre et le sang: récits de crimes et société à la Belle ÉpoqueFayard, París1995
- Alphonse BertillonIdentification anthropométrique: instructions signalétiquesImprimerie administrative, Melun1893
- Alexandre LacassagneLes tatouages: étude anthropologique et médico-légaleJ.-B. Baillière, París1881
- Jean-Marc BerlièreLe monde des polices en France, XIXe-XXe sièclesComplexe, Bruselas1996
- Stanley CohenFolk Devils and Moral Panics: The Creation of the Mods and RockersMacGibbon and Kee, Londres1972