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La hiperinflación alemana de 1923

La hiperinflación alemana de 1923 es el episodio monetario más citado del siglo XX: el año en que el marco pasó de moneda a papel de estufa, los precios llegaron a duplicarse en pocos días y los salarios se cobraban a diario y se gastaban a mediodía porque por la tarde ya valían menos. En agosto de 1914 un dólar costaba 4,2 marcos; en noviembre de 1923 costaba 4,2 billones — la cifra alemana, doce ceros. Es también el caso fundacional de la categoría: cuando Phillip Cagan definió en 1956 la hiperinflación como el régimen en que los precios suben más del 50 % mensual, calibró el umbral sobre esta y otras seis del periodo de entreguerras.

La causa próxima es la más simple de la economía —el Estado pagó sus cuentas con la imprenta— y lo instructivo es la cadena que llevó hasta ahí. Alemania financió la Gran Guerra con deuda y no con impuestos, apostando a que pagaría el vencido; perdió, y salió de la guerra con la deuda, más las reparaciones fijadas en 1921. A cada gobierno de Weimar le resultó políticamente imposible el ajuste —subir impuestos o recortar en un país al borde de la guerra civil— y políticamente posible el déficit monetizado por el Reichsbank. La inflación, alta desde 1919, tenía además usos tácticos: demostraba que las reparaciones eran impagables. El salto a la hiperinflación llegó en enero de 1923, cuando Francia y Bélgica ocuparon el Ruhr para cobrarse en carbón los atrasos y el gobierno alemán respondió financiando la «resistencia pasiva» — pagó los sueldos de toda la cuenca parada, con la imprenta. A partir de ahí la dinámica se realimentó: la velocidad de circulación se disparó porque nadie quería retener marcos ni una hora, los impuestos recaudados perdían el valor entre el devengo y el ingreso, y el propio Reichsbank —bajo Havenstein— seguía descontando papel privado y proclamando que la culpa era de la balanza de pagos, mientras 130 imprentas trabajaban día y noche para él. Las fotografías del periodo —niños jugando con fajos como bloques de construcción, billetes pesados en balanza, estufas alimentadas con papel moneda— documentan el estadio final de una moneda: cuando el valor facial cae por debajo del valor del papel.

Billete alemán de veinte mil millones de marcos de octubre de 1923, con el reverso en blanco
Fig. 1 Reichsbanknote de 20.000 millones de marcos, fechada en Berlín el 1 de octubre de 1923 — con el reverso en blanco. En el estadio final, la Reichsbank imprimía por una sola cara para ganar tiempo: el propio billete documenta que la imprenta no daba abasto.Deutsche Reichsbank · 1923 · Dominio público · Wikimedia Commons

La vida diaria bajo ese régimen desarrolló una tecnología propia. Como el Reichsbank no daba abasto, cientos de ayuntamientos, cámaras de comercio y empresas emitieron su propio dinero de emergencia —el Notgeld, a menudo bellamente impreso, que los coleccionistas atesoran hoy por los grabados—, y en el otoño de 1923 circulaban junto al marco el dólar, el florín y unidades indexadas como el «marco centeno», atado al precio del grano. Los salarios se pactaron por índice y llegaron a pagarse dos veces al día, con pausa para que las familias corrieran a gastarlos; los comercios reetiquetaban por horas o directamente marcaban los precios en «múltiplos del factor» publicado por la mañana. La huida hacia los valores reales (Flucht in die Sachwerte) vació los escaparates de todo lo durable — pianos, máquinas de coser, terrenos — y convirtió el trueque en economía paralela: la entrada del teatro cobrada en mantequilla no es anécdota sino contabilidad de la época. Todo ese ingenio adaptativo tenía un coste invisible que los economistas llaman ahora costes de suela de zapato y de menú, y que 1923 exhibió en versión monumental: una fracción creciente del trabajo del país se gastaba en manejar el dinero en lugar de en producir.

Billete de emergencia de cien mil millones de marcos del distrito de Bielefeld, impreso a color con figuras campesinas
Fig. 2 Notgeld de 100.000 millones de marcos del distrito de Bielefeld, 25 de octubre de 1923. Cientos de ayuntamientos y cámaras de comercio emitieron su propio dinero de emergencia; el de Bielefeld, cuidadosamente ilustrado —hubo emisiones locales impresas en seda y en lino—, se coleccionaba ya entonces, que es otra manera de decir que valía más como estampa que como dinero.Landkreis Bielefeld (impr. G. Thomas) · 1923 · Dominio público · Wikimedia Commons

La estabilización fue tan abrupta como la caída, y esa velocidad es el segundo enigma del caso. El 15 de noviembre de 1923 empezó a circular el Rentenmark, emitido por un banco nuevo, con emisión estrictamente limitada y «respaldado» por una hipoteca sobre la tierra y la industria del país — una ficción jurídica, porque nadie podía canjear billetes por fincas. Funcionó en semanas. Thomas Sargent lo convirtió en 1982 en la pieza central de un argumento célebre: lo que estabiliza no es el respaldo sino el cambio de régimen — simultáneamente se detuvo la monetización, se reequilibró el presupuesto, se reanudó la negociación exterior (el plan Dawes, 1924) y el público, al creer el cambio, dejó de huir del dinero. Las expectativas hicieron en semanas lo que la ortodoxia gradualista consideraba imposible. La réplica (Wicker, entre otros) rebaja el milagro: la estabilización tuvo costes reales — desempleo agudo, un Estado que despidió a cientos de miles de empleados — y la credibilidad no fue instantánea. Pero el núcleo resiste: una hiperinflación es un fenómeno fiscal con ropaje monetario, y termina el día en que el régimen fiscal cambia de verdad.

Billete alemán de quinientos mil millones de marcos del 26 de octubre de 1923
Fig. 3 500.000 millones de marcos, 26 de octubre de 1923, reverso también en blanco. La letra pequeña anuncia que desde el 1 de febrero de 1924 el billete podrá ser retirado y canjeado «por otros medios de pago legales»: la moneda que lo sustituyó, el Rentenmark, ya estaba en marcha cuando este papel salió de la imprenta.Deutsche Reichsbank · 1923 · Dominio público · Wikimedia Commons

Los efectos distributivos fueron un terremoto social, y ahí está el tercer interés del caso. La inflación es un impuesto y una amnistía a la vez: liquidó las deudas — las hipotecas, y con ellas los bonos de guerra en que la clase media patriótica había puesto sus ahorros — y expropió a todo acreedor y a todo tenedor de papel, mientras premiaba a los deudores y a los dueños de activos reales, con el industrial Hugo Stinnes comprando imperios con marcos prestados como emblema. Gerald Feldman documentó el «gran desorden» completo: no un rayo caído en 1923, sino un proceso de una década (1914-1924) que reordenó la posición relativa de cada grupo social alemán y dejó un rencor difuso contra la República que lo había administrado.

Sobre ese rencor se construyó el mito político, que conviene manejar con fechas. La hiperinflación no llevó a Hitler al poder: su intentona de Múnich, en el noviembre de 1923 de la catástrofe, fracasó, y en 1928 su partido obtenía el 2,6 % de los votos. Lo que precedió a 1933 fue lo contrario — la deflación de Brüning, con recortes y un paro del 30 % —, y la historiografía (Evans) subraya que la lección alemana completa es doble: la inflación destruyó el patrimonio y la confianza de la clase media; la deflación, años después, destruyó lo demás. La memoria colectiva fundió los dos traumas en uno y atribuyó al primero el desenlace del segundo — y esa memoria fundida, más duradera que cualquier dato, siguió gobernando la cultura de estabilidad del Bundesbank y los debates del Banco Central Europeo un siglo después. Pocas veces se ve tan claro que en economía política los episodios no terminan cuando terminan: siguen actuando como relato.

Inflación de demanda e inflación de ofertaInflación de costesPresiones inflacionistasDinero legalCrac de 1929

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Fuentes

  1. Costantino Bresciani-TurroniThe Economics of Inflation: A Study of Currency Depreciation in Post-War GermanyGeorge Allen & Unwin1937
  2. Phillip CaganThe Monetary Dynamics of Hyperinflation, en «Studies in the Quantity Theory of Money» (ed. Milton Friedman)University of Chicago Press1956
  3. Carl-Ludwig HoltfrerichDie deutsche Inflation 1914-1923: Ursachen und Folgen in internationaler PerspektiveWalter de Gruyter1980
  4. Thomas J. SargentThe Ends of Four Big Inflations, en «Inflation: Causes and Effects» (ed. Robert E. Hall)University of Chicago Press / NBER1982
  5. Gerald D. FeldmanThe Great Disorder: Politics, Economics, and Society in the German Inflation, 1914-1924Oxford University Press1993
  6. Richard J. EvansThe Coming of the Third ReichAllen Lane2003
Sarasola, Josemari (2026). "La hiperinflación alemana de 1923". Ikusmira. Recuperado de https://ikusmira.org/p/la-hiperinflacion-alemana-de-1923/

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